Memorias de un pupitre
Miriam Vázquez
Estudiante de Humanidades - Universidad de Texas, Brownsville
Ilustración:
Pìlar Ribas Maura
Les voy a contar las memorias de un pupitre, pero no era un pupitre cualquiera; en sus mejores años todos querían sentarse en él, escribir en él; todos los estudiantes lo querían poseer. La historia comenzó hace muchos años cuando un benefactor decidió donar un pupitre al mejor alumno de la primaria del pueblo. El niño lo recibió con muchísimo gusto, pero al mismo tiempo con tristeza porque era su último año en la primaria. Durante el único año que convivieron Leugim y su pupitre, ambos estaban felices, pero el pupitre lo estaba aún más, pues le había tocado un dueño muy responsable. A pesar de su corta edad, lo cuidaba mucho, lo limpiaba y siempre procuraba que los demás niños no brincasen encima de él. Al finalizar el año escolar, el pupitre estaba triste porque perdería a su fiel dueño. Al mismo tiempo se sentía feliz pues el niño entraría en una nueva escuela y seguiría avanzando con sus estudios. Pasó todas las vacaciones preguntándose ¿cómo iría a ser su nuevo poseedor? ¿Lo cuidaría igual que su anterior dueño? Una semana antes de iniciar clases, los padres de familia decidieron ir a limpiar la escuela y darles una pintadita a los pupitres. El pupitre estaba orgulloso de su buen estado; no estaba rayado, mucho menos maltratado, solo algo desgastado por el tiempo transcurrido, pero su estructura estaba completa, casi intacta. Por fin llegó el primer día de clases. El pupitre estaba ansioso esperando a su nuevo poseedor que lo tratara y lo cuidara bien.
—¿Quién será el afortunado que me poseerá durante todo el año? Tal vez en esta ocasión sea una niña; me parecen bien las niñas. Son más delicadas y cuidadosas —pensaba el pupitre.
Para su sorpresa, ese año habían entrado muy pocos niños al salón de sexto y el pupitre quedó sin dueño. Lo mandaron a otro salón… con los terribles alumnos de tercer grado. El pupitre aterrado rogaba porque le tocara un buen niño. Finalmente, lo conoció; su dueño iba a ser Beto, un niño tremendo que había reprobado tres veces el tercer año. ¡Pobre pupitre! Fue su peor año. Beto era un niño traviesísimo. Siempre copiaba en los exámenes. Se la pasaba jugando y brincando encima de todos los pupitres. Una vez, cuando el director de la primaria descubrió que Beto había escrito todas las respuestas del examen en él, se molestó tanto que le ordenó al niño pintarlo. El pupitre se sintió muy feliz porque el pintarlo sería como rejuvenecerlo, dándole una mejor vista y volviéndolo atractivo para los alumnos. Tal vez al verlo como nuevo, algún otro niño se apoderaría de él y aquel niño irresponsable ya no sería su poseedor. Pero, como en todos lados pasa, la mayoría de los alumnos son muy irresponsables y descuidados con los objetos que no les pertenecen. Los alumnos lo maltrataban, lo rayaban, se subían sobre él, lo aventaban, sin darse cuenta de que el pupitre sufría por su deterioro; pero, él seguía ahí, firme, aunque maltratado; siempre, esperando a un niño deseoso de aprender. Pero… un día los niños, por estar jugando con el pupitre, le quebraron la paleta, sintió que era su fin. El pupitre aterrado deseaba poder esconderse: deseaba no ser visto. No quería que el conserje lo encontrara, pero finalmente llegó éste y lo sacó del salón. Después de revisarlo minuciosamente y descubrir que su mal ya no tenía compostura, decidieron deshacerse finalmente de él. Le prendieron fuego, y el pupitre que tanto sirvió a los alumnos terminó convertido en un pedazo de carbón haciendo realidad el adagio: todo por servir se acaba.
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© Miriam Vázquez
LA CASA DE ASTERIÓN
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Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VIII – Número 30
Julio-Agosto-Septiembre de 2007
SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
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El Baúl de los Disfraces
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