La Ronda

Enrique Buenaventura
Dramaturgo y Director de Teatro Colombiano

DECORADOS:

Un rancho chocoano en medio de la selva. Un camastro con toldillo, hornilla de barro y ollas también de barro. En las paredes retratos de familia y de santos alumbrados por velas.

ÑA PACHA: Mulata aventajada. 35 años, no obstante pinta canas.
CRISTINO: Mulato fuerte. 16 años. Amarildo y perezoso.
LA ÑAÑA: 14 años. Mulata de ojos claros. Bien desarrolladas sus formas.

Acto Unico

En el camastro está la Ña Pacha sentada, recostada en jergones de trapo, velada por un toldillo. Con verla se siente que es paralítica. Mece el tronco de un lado a otro. Tiene los ojos cerrados y con voz ronca canta un “Alabao”.

ÑA PACHA: Gloria al Padre
         Gloria al Hijo
         Gloria al Espíritu Santo,
         Santísima Trinidad que nos cubra con su manto...
ÑAÑA: (Desde adentro). Mamá, no cante más...
ÑA PACHA: No estoy cantando, Ñaña, toy rezando por los difuntos. ¿Quién quita que tu taita mesmo sea difunto en esta hora?
ÑAÑA: Los alabaos me dan miedo, mamá.
ÑA PACHA: Finado que se queda sin alabaos no descansa tranquilo. (Pausa).
ÑAÑA: Hace calor, mamá.
ÑA PACHA: Jumm...
ÑAÑA: Los zancudos se cuelan por el toldillo.
ÑA PACHA:Jum. (Pausa. Ña Pacha vuelve a su alabao entonándolo primero nasalmente y luego continuando con palabras).
... De verme muerto y tendido en la mitad de esta caja... unos me estarán velando y otros se estarán riyendo...
ÑAÑA: (Con un grito). Mamá.
ÑA PACHA: ¿Qué?
ÑAÑA: No cante... (Pausa. Entra en el cuarto con un pañolón que se ha echado encima de la delgada camisa de dormir). Mamá... tá la luna grande sobre los árboles. (Corre al ventanuco). No hay ni gota de viento esta noche y en la hondonada, junto al río, deben andar las malas visiones. (Pausa en la cual se oyen los grillos y a veces el croar de esos enormes sapos de las selvas del Chocó). Mamá.
ÑA PACHA: ¿Qué, Ñaña?
ÑAÑA: Nada. (Otra vez los grillos y el sapo)
ÑA PACHA: Ya se dejó coger de la oscuridá.
ÑAÑA: Eso le iba a decir, mamá. ¿Por qué se demora tanto?
ÑA PACHA: Ha salido al taita. Andariego y vagamundo. Como sabe que no me puedo parar de aquí... pero apenas llegue...
ÑAÑA: Nada le hace, mamá.
ÑA PACHA: Nada... Tullida como estoy... Dios me valga. Yo que puse los horcones de esta casa. Yo que hice esta roza a güinchazo limpio y sembré el primer arroz y los primeros maíces... Porque tu taita no era pa nada... Castigo será, Pacha, por tus pecados.
ÑAÑA: Cállese, mamá.
ÑA PACHA: Castigáme, Señor, castigáme.
ÑA PACHA: Dame mi infierno en medio de esta montaña. (Los secos brazos abiertos como dos ramas, los ojos cerrados y el tronco bamboleándose, envuelto en el pañolón negro y velado por el toldillo).
ÑAÑA: ¿Es verdá que se quedó valentudinaria porque vio una mala visión, mamá? ¿La viejita con el atao de leña seca a la espalda que va pisando las hojas secas y fumando chicote?
ÑA PACHA: No fue por visión, visiones vi muchas... Antes de ise tu padre vi como una cosa blanca acurrucada detrás de él.
ÑAÑA: ¿Qué era, mamá?
ÑA PACHA: La muerte.
ÑAÑA: Y vusté, ¿no le avisó?
ÑA PACHA: Le avisé, pero era muy perezoso para darse vuelta a mirar.
“Dejála allí, Pacha”, me dijo, y por eso creo es finao y rezo por él pero no me enfermé de visiones.
ÑAÑA: ¿Y de qué, mamá?
ÑA PACHA: Pisé un pelo de arco.
ÑAÑA: ¿Un pelo de arco?
ÑA PACHA: El arco iris, donde nace y donde muere, dejó pelos de colores. Si se pisan, viene la erisipela... Después de la erisipela me vino el reuma y después se me durmieron las zancas.
ÑAÑA: ¿Y mi taita?
ÑA PACHA: Ese ya se había ido... La compañía de petróleo lo trajo pa que viviera aquí con su familia. Pa eso le pagaron y le dieron las semillas y el toro y la vara y le hicieron poner el nombre en un papel.
ÑAÑA: ¿Por qué, mamá?
ÑA PACHA: Porque dicen quizque hay mucho del petróleo por estos lados y la compañía lo puso para cuidar, para asegurar la propiedá.
ÑAÑA: ¿Y por qué no vienen a sacar el petróleo, mamá?
ÑA PACHA: Eso no sé... Le tendrán miedo a la montaña cerrada... (Pausa).
ÑAÑA: (Volviendo al ventanuco). Ya era hora de que hubiera aparecido.
ÑA PACHA: Al taita sale... Le dije que volviera temprano... El tigre rondó no hace ni tres días.
ÑAÑA: El blancor de la luna es como una visión, mamá.
ÑA PACHA: Es malo mirarlo de fijo. En Condoto una negra se volvió loca déso.
ÑAÑA: Mamá, cuando la miro siento que el calor se me agrada por dentro. Es otro calor distinto del aire, mamá.
ÑA PACHA: Fiebre, será... Ven acá pa tentarte. (La muchacha separa el toldillo para acercarse, la madre le acaricia la cara y trata luego de tocarle el cuerpo. La muchacha salta).
ÑAÑA: No, mamá.
ÑA PACHA: ¿Qué pasa?
ÑAÑA: Nada, mamá... Sentí una cosa rara por todo el cuerpo.
ÑA PACHA: Tomá una porción de quinina... no vaya a ser una mala fiebre.
ÑAÑA: No, mamá. No es eso.
ÑA PACHA: ¿Qué es?
ÑAÑA: Como un fuego, mamá, y en veces me pongo a temblar... Una vez Cristino me tocó así y me eché encima de él como una tigra.
ÑA PACHA: Santiguáte.
ÑAÑA: ¿Por qué, mamá?
ÑA PACHA: Santiguáte, rezá conmigo. (Rezan juntas).
Dios te salve, María,
Llena eres de gracia
(Desde lo hondo de la selva se oye el rugido del tigre. Las dos se callan y luego la Ñaña se abraza a la madre).
ÑAÑA: ¿Tiene hambre, mamá?
ÑA PACHA: Si... maullido de hambruna le sale de los ijares.
ÑAÑA: Y Cristino, mamá.
ÑA PACHA: Rezá...
ÑAÑA: No quiero rezar. No quiero. Quiero que venga Cristino. (Rompe en sollozos y se refugia en los brazos de la madre).
ÑA PACHA: Tas sudando frío, hija.
ÑAÑA: Pero por dentro me corre calor... (La pausa se llena con el grillo, el sapo y, de vez en vez, el graznar de un pájaro nocturno, el morrocoy o el güeviarrastrao).
ÑA PACHA: Andá acostáte. Has de madrugar mañana. (La muchacha, envolviéndose bien en el pañolón, sale).
Unos me estarán velando y otros se estarán riyendo... los que estuvieren llorando... (Por el puente de guadua, frente al rancho, cruza en dos trancos Cristino. Trae la escopeta de fisto y colgada del hombro la guambia de perdigones. En la cintura el machete y en la mano el azadón. Un último salto de gato de monte y entra en el rancho).
ÑA PACHA: (Con ese dominio de sí misma propio de su condición). Mucho tardaste.
CRISTINO: Di un rodeo.
ÑA PACHA: Porque me ves tullida, porque sabés que no puedo moverme. Zambo malaley.
CRISTINO: No levante cantaleta, mamá.
ÑA PACHA: ¿Por qué me has de hundir ese cuchillo en las entrañas, Cristino? No alcanzo ni a mirar por la ventana... Aquí sentada he de aguantar la zozobra...
CRISTINO: Tengo hambre, mamá. (Va a la hornilla, destapa una olla de barro, la toma y va a sentarse junto al camastro de la madre con la olla entre las rodillas. Come trozos de yuca y plátano cocido).
ÑAÑA: (Desde adentro). Cristino, traéme agua...
CRISTINO: Ven a buscarla.
ÑAÑA: Estoy en cueros.
ÑA PACHA: ¡Muchacha!
ÑAÑA: Estoy acostada.
CRISTINO: (Se encoge de hombros y sigue comiendo). Terminé temprano, limpié hasta abajo, hasta la quebrada...
ÑA PACHA: Podrías haberte subido con la caída del sol...
CRISTINO: Me entró ganas de dar una güeltica, mamá. Agarré la canoa y me fui canaletiando río abajo hasta que me metí en las palizadas del estero. Cómo se ve el sol por entre medio de las raíces que salen del agua.
ÑA PACHA: Ciega.
CRISTINO: Hace música el chapoloteo de canalete y uno se deja dir.
ÑA PACHA: Puede haber un tronco o un remolino.
CRISTINO: Allí el río se arrastra como una culebra por entre los troncos y los monos saltan allá arriba, negros retintos contra esa claridá...
ÑA PACHA: Son unos diablos.
CRISTINO: ¿Verdá, mamá, que son hombres maldecidos?
ÑA PACHA: Eso dicen.
CRISTINO: Y la pejcá, mamá... ¿Verdá que es una blanca que se bañó en Viernes Santo?
ÑA PACHA: Así es.
CRISTINO: Yo quiero ver una, mamá.
ÑA PACHA: Trae mal agüero.
CRISTINO: ¿Verdá, mamá, que tiene tetas como la Ñaña?
ÑA PACHA: Callá la boca.
CRISTINO: Mi taita me contó que él tuvo una mujer pejcá.
ÑA PACHA: Tu taita. Hasta con eso andaría.
CRISTINO: Bajé cerca del pueblo de los cholos, mamá.
ÑA PACHA: A tu taita salís. Por llevarme la contraria.
Te he dicho que no vayás. Los cholos no gustan de los zambos. Si es blanco entuavía lo reciben, pero abominan del que tiene pinta negra.
CRISTINO: Estaban enfiestaos, mamá, bebiendo chicha.
ÑA PACHA: Es cuando están más peligrosos.
ÑAÑA: (Siempre desde adentro). Traéme agua, Cristino.
CRISTINO: Un cholo y una chola, así como yo y como la Ñaña, salieron corriendo pa donde yo estaba. Me escondí bien detrás del bejucal... Cómo reían, mamá.
ÑA PACHA: Como meros animales son.
CRISTINO: Luego, la india se quedó quieta, tirada allí, en cueros, sobre la yerba. En la barriga le bailaban las sombras del manodioso y los pedacitos de sol que se colaban...
ÑA PACHA: Eso es lo que vas a ver.
CRISTINO: El cholo, parado al pie la miraba y tiritaba...
Yo pensé que le había agarrado un frío... pero si ellos viven en pelota... ¿Cómo le ha de agarrar frío, mamá?
ÑA PACHA: Son bestias sin Dios ni ley.
CRISTINO: Entonces, pegó un salto y cayó sobre la chola... empezaron a revolcarse...
ÑAÑA: Cristino, tengo sed, el calor me ha de volver loca.
CRISTINO: ¿Por qué lo hacían, mamá? A mí el corazón se me salía por la boca.
ÑA PACHA: Tu madre aquí valentudinaria, clavada en esta cruz y vos ranganiando, mirando esos demonios. Es el castigo que merezco. Santiguáte.
CRISTINO: ¿Por qué, mamá?
ÑA PACHA: Vamos a rezar pa’ espantar al enemigo malo. Ya puso su pezuña en su camino.
ÑAÑA: Cristino... Si no me traés el agua salgo en pelota a buscarla.
ÑA PACHA: El demonio se aposentó en esta casa. San Emigdio. Buscá el cuenco de agua bendita que está al pie de la Santísima Trinidá. (El rugido del tigre los deja callados, después de una pausa Cristino se limpia la boca con el dorso de la mano y habla quedo).
CRISTINO: Vi el rastro, pero ya estaba oscuro. Tengo que cogerlo de día... Le voy a hacer puesto con la carabina bien cargada.
ÑA PACHA: Eso faltaba. No se mata un tigre sino pa caer después en las garras de otro. Tienen pacto con el enemigo.
CRISTINO: Mi taita se encontró un día, desarmao, con uno de esos. ¿Y sabe lo que le hizo?
ÑA PACHA: Contarle una marrulla seguramente.
CRISTINO: Se le acercó pasito, saltó el tigre y mi taita le metió la mano por la boca, le agarró el rabo y zas, lo voltió al revés.
ÑA PACHA: (Ríe y le agarra una tos). Se me atraganta la risa. Dejá esos cuentos. No quiero reírme porque voy a llorar luego. (Nuevo rugido del tigre).
CRISTINO: Será ronda de toda la noche. Algo ha güelido el manchao.
ÑA PACHA: Seguro que orinó en tu rasto. Dios te guarde, Cristino.
CRISTINO: Si mi taita estuviera...
ÑA PACHA: Qué taita ni que taita. Un hombre que se deja embobar de una negra. Tanto le gustaba el negro que ni se acostaba de noche. El sereno y el aguardiente lo templaron. Hasta finao será a esta hora. (Nuevo rugido del tigre).
CRISTINO: En las ijadas se me ha hincao... como una llámara le sale de las mesmas entrañas... Mamá, ¿tará encantao?
ÑA PACHA: Encelao parece.
CRISTINO: Eso será lo que ha güelido. La hembra mesma. (Nuevo rugido). Es como si me desgarrara por aquí. (Se agarra el bajo vientre). Como si me metieran las uñas en las ijadas.
ÑAÑA: Agua, Cristino.
CRISTINO: Esperá, Ñaña.
ÑAÑA: Si vieras... la luna me baña toda... Cristino.
CRISTINO: Voy... (Toma agua en un mate y bebe). Hace un calor...
ÑA PACHA: Toda la selva jadea como bestia... Pesa la luna llena.
CRISTINO: ¿Será la luna, mamá? Algo me ahoga.
ÑA PACHA: La luna tiene dominio.
CRISTINO: Bebe, mamá. (Le alarga el mate. Bebe la madre, toma el mate, lo llena de nuevo y sale a llevarle agua a la Ñaña).
ÑA PACHA: (Entona, nasalmente, su alabao).
ÑAÑA: (Dentro). ¿Qué te pasa?
CRISTINO: Toy tiritando como el cholo.
ÑAÑA: Métete en la cama...
ÑA PACHA: Los que estuvieren llorando esos serán nuestros dolientes y eso no lo dude nadie... (Se oye dentro una risa, luego otra casi como un ladrido. Ruge el tigre. La madre reinicia el alabao). Los que estuviesen llorando... Esos serán nuestros...
ÑAÑA: No, Cristino. (Se oye la risa de Cristino y luego un grito de la Ñaña. La madre interrumpe el canto).
ÑA PACHA: ¿Qué es eso? (Escucha risas). ¿Qué es eso, demonios? Dios me ampare y me favorezca. Hermanos carnales. (Se mueve como puede y se deja caer del camastro). Cristino. Al taita mesmo ha salido. Por mi mesmo pecado me castigás, Señor.
Tales monstruos engendré. Matáme, Señor. (Se oye el grillo y el sapo luego lejano, el tigre. Con voz ronca ahogada por los sollozos, la madre vuelve al alabao...). De verme muerto y tendido en la mitad de esta caja... siete pies de tierra ocupo.
A mí mismo me da miedo.

Tomado de Biblioteca Luis Ángel Arango —BLAA Digital:
http://www.lablaa.org/blaavirtual/todaslasartes/ebuenav/ebuenav.htm
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©   Enrique Buenaventura

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VIII – Número 30
Julio-Agosto-Septiembre de 2007

PROGRAMA DE HUMANIDADES Y LENGUA CASTELLANA
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
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Barranquilla - Colombia

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