Saxo y tambor
Ignacio Ramírez
Director de Cronopios
Texto reencontrado anoche, durante el insomnio largo,
en una página de mi Diario de sorpresas en Paris. Miércoles 18 de mayo de 1983.
En París todo se esconde tras biombos de sorpresas. Esta noche que semeja un arcoiris platicolor por lo enlunado, conocimos a Louis-Cezar Ewande, un negrito simpático como los guaracheros que se ponen borlas rojas en los tobillos y bailan con vertiginoso frenesí las canciones de Celina y Reutilio. Su tambor en la mano.
Se sentó cuan negro era en un sillón enclenque para su negrura. Llegaban al tiempo los bártulos de Ryo Noda, el japonés cargado de saxófonos y flautas, clarinetes, capadores y todo el espectro posible en la escala de los instrumentos de viento.
La iglesia iluminada y el brillo prodigioso de los saxofones proyectándose en las niñas de los ojos de los amantes de la música.
El escenario era Saint Germain de Près, un templo repleto de franceses y japoneses atentos. También de turistas provenientes de todos los países del mundo.
Ewande se quedó quietecito mirando hacia ninguna parte. Se metió entre las piernas el tambor y puso las manos en el aire, amenazando, sin llegar a tocar el cuero.
El público a la expectativa, ni una sola respiración audible. Apenas imaginable el palpitar de los corazones.
Cocol pensaba que su corazón era un timbal. Yo, de puro flaco, parecía una flauta.
Ewande silencioso, con las manos suspendidas en el aire. Ryo Noda poniendo aquí un saxofón, más allá una dulzaina, una quena diminuta entre el bolsillo del pañuelo.
Las sillas llenas de cobres relucientes. Y ellos, que todo lo presentían, siempre a la expectativa de la magia enloquecida de la música. El japonesito tenía la virtud de hacerse el bobo para que la gente no se diera cuenta desde el comienzo qué clase de huracán le reventaba cada vez que le daba por sacarle sonidos a los elementos de su portátil instrumentoteca.
Ewande quieto. Ryo de aquí para allá, de aquí para allá, como las avispas. Y cada espectador en su silla, con el cuello tenso, hipnotizado por el aire de los saxofones que habían sido tocados en los minutos anteriores y en cierta forma petrificado por aquellas cosas que tienen las iglesias de París, que también quieren volverlo a uno catedral. Y de repente un airecillo suave, tal vez un duende soñando, un céfiro, una golondrina que volara durmiendo.
Ryo Noda había tomado de repente uno de sus grandes saxofones y como si ello fuera posible le acariciaba suavemente con los labios y lograba conseguirle suspiros que visibles volaban hacia las manos de Ewande, el negro mudo que entonces hacía poemas de tambor.
¡Cómo decirlo! Unidos el tambor y el saxofón, inseparables, inminentes el uno para el otro, África y Asia amalgamados, cocodrilo y dragón, New York y Senegal. El comienzo de un éxtasis para erizar la piel.
Nadie miraba a nadie en aquella impresionante iglesia de París. Suave, muy suavemente, la música revoloteaba como una sisella de luz por los altos cielos de la iglesia. Apenas perceptible el tambor acariciado de lejos por las manos que florecía Ewande en aquel instante.
Y comenzó entonces la transfiguración del negro, obra y gracia del mago amarillo de los saxofones, quien discreta, imperceptiblemente, iba cambiando de instrumentos a medida que las olas del mar de música que desbordaba irrumpían vigorosas en el aire tratando de volar.
Los ojos de Ewande fijos ahora en la figura de la música que tenía atónitos a los espectadores. Ojos que contagiaban porque mostraban alma y daban una extraña sensación de estatua, al negro, a punto de llorar mientras se hinchaba todo y le surgían alas.
Su silla comenzó lentamente a elevarse y quedó de repente flotando en el aire, ubicada exactamente en el sitio desde el cual las notas de su tambor se aparejaban con las collarejas de luz que le llegaban desde el saxofón enloquecido de Ryo Noda, quien prestidigitaba incansable cambiando flautas para sus labios y a veces sacaba del bolsillo del pañuelo de su saco blanco un instrumento invisible con el cual componía un coro de pájaros japoneses y africanos y al cual de vez en cuando dejaba entrometerse los silbidos de aves europeas y americanas y seguramente canciones de seres alados de otros mundos que solo conocen los virtuosos de los saxofones y las flautas.
En el diálogo extasiado de los instrumentos, frente a los cuellos tensos de los espectadores y tomando sus ojos perplejos y sus suspiros retenidos, de repente podrían surgirle a Ewande las borlas rojas de negro bailarín y era posible que irrumpiera el frenesí de la música encendida, mensaje que de inmediato era traducido al saxofón por Ryo Noda, quien vertiginosamente tomaba un clarinete y sacudía el aire de la iglesia con un sonido retumbante y glorioso en el cual se conjugaban todas las alternativas de fiesta que lleva por dentro el ser humano.
Había que ver entonces a Ewande. Los labios gruesos a punto de estallar, apretados en un rostro radiante, absorto, llenos de la pasión que se enciende en todos los negros del mundo cuando la música les alborota la sangre y les recuerda que ellos son los dueños del ritmo y de la hechicería, del secreto y del misterio.
Entonces nadie escuchaba la música del tambor porque los tumbos y retumbos venían de los ojos de Ewande, transfigurado, ubicado en su silla voladora y lanzando conjuros desde su trono en el aire.
Nuestra pareja convertida en música por vez primera. Y después para siempre.
Abajo, sumido en la quintaesencia de su saxofón preferido, Ryo Noda dando a luz todo un pueblo de música frenética. Y al frente los espectadores atónitos sintiendo que sus sillas igualmente flotaban en el ambiente sobrio de la catedral.
Allí era cuando el negro Ewande se fajaba. ¡Qué manos volátiles amasando sonidos sobre el cuero rampante del tambor! ¡Chiquiritiqui-tiriquitipá! ¡Chiquiritiqui-tiquitiquipá! Y el son creciendo como una catarata a la inversa. Toda la pasión contenida ahora desbordada. El vuelo de los pájaros y las formas de las nubes, la canción del viento y el verde misterio del África ardiente, el rumor de sus árboles despeinados y los requiebros del aire de la jungla unidos todos en el vaivén del tambor, en la furia de las manos tempestuosas.
Ewande fustigando sus sueños. Ewande en la metamorfosis del sol. Ewande quemando sombras con sus manos enrojecidas y de repente iluminando la noche de la iglesia con sus dientes de coco y siempre huracanado el sonido de su tambor que poco a poco iba regresando del clímax hasta volver a su casi imperceptible rumor, lejanamente, dejando en todas partes el fuego de su presencia enloquecida.
Ewande aquella noche sintió que nunca más podría repetirse tal maravilla. Y Ryo Noda, el japonés cargador de todos los saxofones que pueda cargar un genio humilde, simplemente miraba y sonreía.
Ryo Noda cogió sus brillantes elementos de magia y salió a pasear por París y a depositar monedas en los sombreros de los cantantes callejeros.
Ewande llevaba por dentro el tambor de su corazón.
Al salir a la calle, encontramos una luna de mayo que parecía el cuero de un tambor. El viento un saxofón.
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© Ignacio Ramírez
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VIII – Número 30
Julio-Agosto-Septiembre de 2007
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Narrativa
PROGRAMA DE HUMANIDADES Y LENGUA CASTELLANA
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
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