Morir bajo las hojas
Gabriel mendoza
Humanidades y Lengua Castellana
Universidad del Atlántico
Rendición
No has vuelto todavía
y desde el anonimato
sigues buscando
tu naturaleza de ángel instintivo
que no puede ser
lo que te nombra.
Ni siquiera en el sueño
pudiera resultar un lenitivo,
mas a un dios solitario,
no hace sombra
una huella de exterminio.
Inmóviles, azules, tus memorias
de perro vagabundo,
sin absoluciones
a su condena errante,
persigue la nada
interminable
de minúsculas raíces
incrustadas en el suelo,
como un viejo rosario
de noches indistintas,
Blasfemia nocturna
Durante la hora clandestina
de la muerte y de la luz salvaje,
maldices tu imagen
de fuego y escorpión,
y tu semejanza,
poseída de pequeñas
nostalgias
y fabulas incoherentes.
Avanza paulatina
la libertad del dios
solitario
y se hunde su arrogancia
de cruces y susurros
en el antiguo desierto
de la noche.
Consecuencias, exterminios
No diré más una palabra nombrable,
Inmortal,
que exista más allá de mi carne
y del relámpago nocturno
Consecuencias, exterminios,
paredes manchadas
de ocasos ebrios, repentinos,
de nombres sin nombres
y muertos podridos
de infancia y perfume.
Exterminio, las viejas piedras,
ciudad infestada
de secuencias indiscretas
y linajes inconclusos
como la parábola
de un dios vagabundo.
Hellraiser
He soñado con puertas
que dan a todas partes
y posado en las lágrimas
de la espera.
Solo respiro para cruzar la línea
y congelarme para no ver morir a la ciudad
con los ojos abiertos
mientras me habitan las bestias del sueño.
Diminuta historia
I. El inicio
Al principio hubo solo tinieblas (todavía las hay).
Juntaste todos los pasos no andados —todos ellos.
Azules madrugadas
esparcían tu orgullo solitario,
esencia de barro pensativo.
Te deshiciste en la caricia prematura,
regalándote a imágenes caóticas parecidas al amor
y al vidrio incrustado en la sangre.
II. La Trama
Te absorbió el maldito juego,
inventando lo que, ya sabías, era real.
De vuelta a tus ojos,
todo parecerá el aleteo de una mariposa.
lo sabrás por su efímero colorido
e intensa pequeñez.
Pero insisten tanto en preguntar
por tu herida incierta,
por la remota luz roja que te habitaba
aún con la mascara de ayer.
III. El Final
Pusiste fin a tu cruzada,
bajaste los brazos
y, de tus manos frías,
resbalaban inmóviles,
los sueños vespertinos.
El resplandor de tus creaciones
quedó del otro lado
de tus parpados hambrientos de nada.
Desvariaste en vano
mientras te escuchaba una descansada muerte
que fascinada por tu quietud
descendía sin velocidad, sin tiempo.
Esperemos otro de tus nacimientos.
Segunda oscuridad
He presentido,
desde nuestro desierto de voces,
una oscuridad distinta
que casi nos olvida
en los vaticinios de cada ciudad ajena.
Oceano de ausente luz,
de delirios y presencias tentadas,
de dagas de fuego clavadas
en la memoria fugitiva
de un dios.
Segunda oscuridad
de simiente derramada
en el hastío de tu carne
vaciada en tu puerta
de palabras sangrantes,
casi muertas.
Sentencia
Hoy he despertado hablando,
solo recuerdo la primera parte de mi sueño:
la cara del sol rodaba en una órbita incierta.
Nombres, sangre, preguntas,
todo a su tiempo,
sangre en la caída,
sangre en la pregunta.
Anticipo un desenlace satisfactorio
pero se caen las respuestas.
La sangre y la piel
son sentencias del tiempo.
Todo a su tiempo:
piel y minutos,
sangre del sueño,
desenlace y espadas en un solo momento
Estoy dejando de hablar.
Elemental
El sonido de la lluvia flota entre tus manos.
Enraizada constelación de imágenes muertas,
puras en su quietud,
en el desgastante ejercicio
de poseerte sin tierra
y, de lejos, sin fuego.
Cuestión de espacios
Existes aquí, adentro,
cerca de la conciencia fugitiva,
hastiada de carne y pensamiento.
Abrí la puerta, mis pupilas,
y encontré la fábula del hombre
que se deja morir bajo las hojas
y una mujer lo mira desde la ventana.
Todos lo ignoramos,
salvo el dios de la memoria,
que sabe que algo sangra en el desamor de la tarde,
en la fría gravedad de los muertos,
y que afuera, junto con la lluvia,
moja las cortinas.