Celina

Viridiana Molinares

Cuando la conocí, caminaba por las calles con el cabello suelto, blue jeans desteñidos, blusitas pegadas al cuerpo, zapatos tenis  y un morral viejo sobre el hombro. El viento le golpeaba la cara y ella le regalaba una sonrisa, siempre tenía prisa por llegar a alguna parte, era como se dice “una mujer de mundo”, con las horas gastadas y la mirada  en el horizonte.

A mí me gustaba mucho, sí, Celina me gustaba porque su piel no se disfrazaba, olía a carne humana, su rostro estaba siempre limpio, sin rubor ni lápiz labial, sus muslos eran firmes de tanto andar y su mirada fresca como las olas del mar. Me pasaba las noches dibujándola desnuda en mis pensamientos, saboreando la sal de su sudor, esperando el momento de tomarla entre mis brazos y hacerle sentir el macho que se moría por ella.

El día llegó más pronto de lo que imaginaba, fue en el cumpleaños de una de sus amigas de infancia, que  nos invitó a celebrarlo en  una casa en la playa; entre cerveza y cerveza y palabra y palabra, yo me fui llevando a Celina hasta una cama, estaba rica, con unos tragos de más que le liberaban la conciencia, y con ese cigarrillo entre sus labios que la adornaba con el humo de la pasión. Le besé el cuello: tenía el sabor que había imaginado, me perdí en su cabellera negra azabache, llegué hasta sus labios y después le quité la blusita rosada que llevaba puesta; mi descubrimiento fue excitante, Celina tenía las tetas chiquitas, y rosadas como su blusa, yo las tomé entre mis manos y las sentí del tamaño de dos mangos de azúcar, cuando las probé su sabor era igual: dulces, espesas, me dejaban un  jugo exquisito en los labios que no me permitía alejarme de ellas, necesitaba seguir tocándolas, besándolas; Celina ya no existía, ahora solo estábamos sus mangos y yo perdidos, en el paraíso del desnudo; yo los chupaba como un niño pequeño que no termina nunca de saciar su hambre, quedé prendido, electrificado, enamorado de sus teticas de quinceañera.

Desde el día en el que descubrí esas deliciosas frutas en el  cuerpo de Celina, no pude dejar de pensar en ellas; diseñaba una y otra estrategia para volverlas mías, para que nadie más probara sus mangos, pero Celina era esquiva, me enloquecía,  aparecía sin avisarme en la casa y entraba hasta mi cuarto, con el pretexto del calor se quitaba la blusa, se acostaba en mi cama con el pecho desnudo y me miraba como si no pasara nada, mientras yo veía como fracasaban mis estúpidas estrategias y me quedaba inmóvil, petrificado, mirando sus tetas hasta que ella se cansaba, se vestía y sin decirme nada, sin siquiera permitirme tocar el árbol de fruta que yo había descubierto y del cual me sentía dueño absoluto, se marchaba.

Pasamos meses así, yo ansioso por volver a chupar los mangos, agonizando de hambre porque solo su jugo podía alimentarme  y ella riéndose de mí, mostrándome sus manjares pero negándome mi legítimo derecho a saborearlos.

Celina desapareció cualquier día, no dejó una nota, un teléfono ni una dirección, nada, se fue como el viento: liviana y furtiva.

Yo nunca pude olvidarla y para tenerla conmigo, desde su partida me como un mango de azúcar todas las mañanas. Hoy fui al supermercado a comprar mis mangos de la semana y he visto en una revista la fotografía de una mujer delgada, con el cabello teñido de rubio,  lentes de contacto verdes, y maquillaje de jolie de vogue, vestía un diminuto traje de baño con tela de tigrillo que le permitían mostrar unos muslos firmes y unas tetas enormes, redondas, duras, en la portada se leía su nombre : Celina de Rivas y he llorado negándome a creer que sea Celina, mi Celina  de teticas chiquitas.
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©   Viridiana Molinares

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VIII – Número 31
Octubre-Noviembre-Diciembre de 2007

SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290
Narrativa

PROGRAMA DE HUMANIDADES Y LENGUA CASTELLANA
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

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