Días negros como viejos hierros

José Luis Garcés González
Escritor monteriano
jlgarces2@yahoo.es

Sé que ya se me fue la vida. Por ello, sin comedias ridículas, sin preconcebidas frases terribles, puedo decir que compro tiquete para el tranvía nocturno de la muerte. No hay orgullo; cualquier soberbia la secó el dolor. Estoy aquí en el viejo sillón que tú conoces. Como soy incapaz de llorar hacia afuera, siento con ferocidad el paso del tiempo, ese lento puñal que revuelve mis vísceras. Nada espero. Ya no hay posibilidad que se desate el agua implacable de la justicia y no deje tierra que no inunde ni ave que no ahogue. Hace dos días cumplí sesenta años, y no es legítimo recordar los escasos triunfos, pues cualquier victoria siempre es efímera. Lo perdurable es esa mancha informe, indeleble, la fetidez permanente del fracaso.

Desde hace una semana te estoy esperando. La soledad, las telarañas, esta suciedad de hombre solo está invadiéndolo todo. Los olores, espesos, fastidiosos, penetrantes han desplazado el aire del apartamento. Todo tambalea hacia el desastre, me parece. El cactus enano de la ventana está falto de sol. Las copias de Rubens y de Velásquez se ven cubiertas por una capa inesperada de polvo. Los ojos de la "Camarista de la Infanta Isabel", perversos como siempre, han adquirido una tonalidad gris, han perdido vida. Y los comensales de "El Almuerzo", aquellas caras redondas, medio idiotas, que tanto te disgustaban, se notan ocres, sancionadas por un olvido inesperado. ¿Para qué contarte? Tú misma te darás cuenta cuando te veas obligada a pasar la puerta. Fíjate, especialmente, en los ojos grandes y caídos, burlones y lascivos de la Camarista. No pierdo nada si te confieso que por esos ojos, terribles ojos, en los dos últimos años no he podido vivir en paz.

La mesita que servía para colocar las aguas aromáticas y los libros ha perdido su razón de estar. Hay dos pocillos sucios, con líquidos secos en el fondo; cuatro bolsitas exprimidas mueren en la madera rugosa. Libros, sólo uno. El mismo que tú dejaste, el ilustrado con la pintura de J. Tissot, "Joven con Chaqueta Roja". El de D. H. Lawrence. He leído algunos capítulos. Discusiones, intrigas, insatisfacciones. El mundo áspero de la gentecita que se cree dotada de suficiente experiencia para señalar caminos. Y un hombre lisiado, padeciendo una silla de ruedas, Sir Clifford, viendo cocinar una infidelidad inevitable. La verdad, he dejado la novela, no me hace ningún bien. Además, de mis ojos deteriorados fluye un liquido ardiente. Que en el libro los personajes arreglen sus problemas como puedan, se los dejo intocados. Conservo aún cierto equilibrio que me impide agregarle desazón a mi tristeza.

Sería demasiado ingenuo si no imaginara la causa de tu ausencia. Es evidente. Y muy simple. Yo soy viejo, tú eres joven. Los años no acercan, distancian, empujan hacia el olvido. Y el tiempo, que siempre tiene alguna razón putrefacta, ataca sin consideración la estabilidad de los afectos. Nunca debí hacerme ilusiones. No obstante, me las hice, lo cual comprueba que en el corazón del hombre viejo, se esconde con terquedad el juego inocente, la travesura inocua. Sabía que cualquier día te cansarías de visitarme. Pero, no sé, hay algo que nos obliga a permanecer en el error; quizá la simple condición de ser hombres. Por eso cada vez que sonaban los tres golpes espaciados en la puerta, me decía: aún no te ha olvidado, aún te profesa alguna consideración. No puedo lastimarte si te digo que jamás pensé que me amabas. Eso del amor tiene su tiempo. Había, tal vez, una silenciosa aceptación de mis limitaciones. Yo te servía para algo, suplía antiguas deficiencias. Era consciente de que la sombra del interés podía flotar entre los dos. Sin embargo, no experimentaba repugnancia; ningún asco afectaba mi conciencia. Entendía, y entiendo, que a determinada edad la ternura adquiere un precio.

Tú lo sabias: tu presencia ha sido lo más constante que he tenido en los últimos cinco años. No lo niego, soy un solitario. Nunca he podido estar reunido con más de cuatro personas. En la oficina, mi oficio de abogado consultor de asuntos tributarios me evita la charla insulsa con otros empleados, todos muy jóvenes, muy habladores. Los casos son pocos, lo cual me permite hojear el periódico de la mañana o sacar de la gaveta el destartalado volumen que compendia a los pre-socráticos y abrirlo en Heráclito para sentir la tenue persistencia del fuego.

A las doce voy al bar. Costumbre. No tengo ningún interés especial. Hay una mesa en el rincón derecho que casi me pertenece. Y una mesera, Elvira, que me sirve soda y me tolera. Jamás, nadie me ha hecho compañía. Ni mi rostro ni mis palabras han nacido para conseguir amigos. Sólo saludo, desde la distancia, sin explicarme aún por qué, a unos muchachos que escriben críticas y poesías en el periódico local. Muchos clientes me observaban como si yo fuera el animal extraño de la manada. No me alteraba. Soy consciente de que mi figura le causa rechazo a mucha gente. Alto, el abdomen abultado, el pelo entrecano y corto, los ojos rasgados defendidos por unos lentes estrechos, y el caminar cortico e indiferente no motivan una excesiva simpatía. Quizá por ello a mi mesa nadie se sentaba. Era mi pequeña propiedad. Y si en alguna ocasión, al lle¬gar, encontraba la mesa ocupada, daba la vuelta en la misma puerta y me regresaba al apartamento. El bar era mi forma de matar el mediodía, de mantener mi contacto con el mundo de la calle. Mis hábitos, mis pequeñas torpezas.

Hay necesidad de tener cierto coraje en la piel para no sucumbir a la primera traición. No te irrites, no es propiamente conti¬go. Evoco ahora las traiciones pasadas. Las que son ya recuerdo. Un gesto hubiera podido evitar algunas. Pero no quise hacerlo. Dejé que se cumpliera ese destino; no quise despilfarrarles la falsedad a esas máscaras. Pensé que si un hombre vislumbra la traición, el traidor es el traicionado; la traición se invierte. No obstante, no me han menoscabado las traiciones. Son meros episodios de la vida, cartas torcidas que hay que saber jugar. Lo tuyo es distinto, o fue distinto. Momentos fortuitos, consultas de casos confusos, las pocas veces que cumplía con mi lánguido papel de funcionario. Desde el primer instante entendí que nos separaban más de cuarenta años, algo así como el trayecto de una vida. Yo pertenecía a otro mundo, a otra forma de ver las cosas. No intenté seducirte con la vieja jerga. Hubiera sido inmoral. Cada edad trae sus palabras. Alguna conversación, cierta seducción secreta, y luego la atracción por los seres prohibidos. No puedo decir que abandoné mi afecto al vaivén de la deriva. Desde el principio, te consta, fui claro sin dejar de ser prudente. Lo mió y lo tuyo, me es imposible decir lo de nosotros, fue creciendo en la penumbra, un tanto en silencio, eludiendo la posibilidad del estigma.

Tu hijo, el de padre ausente, te impidió los juramentos y las promesas. Pesan mucho los frutos del pasado. ¿Acaso merecen fidelidad los muertos? Nunca te presioné para que me refirieras tu historia. Lo que sé lo contaste tú, a pedazos, a fragmentos inconexos, y con ello me basta. ¿Celos? ¿Sentirme amado? Lo reitero, no estoy para tonterías. No te podía formular semejante exigencia. Cuando aceptaste venir al apartamento, no me pusiste ninguna condición, y yo olvidé cualquier pretensión de viejo incomprendido. Tu hijo te impedía quedarte por la noche. No protesté. Mejor, no sería justa tu presencia en estas noches tan largas que yo sufro. El aburrimiento te hubiera llegado pronto. Un tipo de escaso sueño, de prolongados silencios, que ha sido abandonado por las precipitaciones de la carne, debe ser insoportable. Tú eras, y eres, joven, y tienes tus urgencias de mujer. Lo sabía, lo sé, por allí no había cabida para el engaño. Era la mía una conciencia plena de mis imposibilidades, una aceptación humilde de la crisis de mi biología. Durante largo rato nos mirábamos a la cara, al rostro que se ubica más allá de la piel marchita, al verdadero rostro. Yo, en este viejo sillón que tú conoces, encima de esta tela descolorida, tensionada por la obstinada temeridad de los resortes. Tú, en el mecedorcito de fondo plástico, las piernas muy juntas, las anchas caderas forzadas a las dimensiones del mueble. Nuestros temas nunca tomaron el resbaloso sendero de los sentimientos. Hablábamos intrascendencias; tú, de los datos equivocados de las estadísticas de tu oficina; yo, de alguna experiencia remota con mis amigos del páramo. Después, tu intentabas poner orden a mi caos. Me enternecía verte colocando en los ganchos mi ropa arrugada y magra, recogiendo los periódicos, sacudiendo de las revistas los restos de algún cigarrillo o cáscaras secas de manzana, regresando a la mesita de noche los escasos libros, por los cuales a veces merodean las cucarachas. Sentía que alguien se preocupaba por mí, que no estaba absolutamente solo en el mundo, que un ser lejano de mi tiempo se incluía sin sobresaltos en mi vida. No, que nadie me excluya del leve manoseo de la ternura.

No me extraño, sé que estás amando a un hombre similar a ti. Es más: tengo la certeza de que has amado a dos hombres en estos cinco años. Te delatabas, no sabías usar los diversos matices de la ficción. Tu semblante, tus afanes, cierto desdén por mis palabras. No lo hacías por herirme, reconozco en ti una mezcla irregular de ingenuidad y buena fe. La verdad, no me sentí ofendido. ¿Me habré vuelto burdo, poco elegante? Yo no podía decirte déjalo, abandónalo, regresa a mi triste rutina Sólo hubiera podido decirte no me dejes, pero me abstuve de pronunciar palabra. Estabas en tu derecho; no rompías ningún pacto; no desconocías ningún deber. Te dejé fluir, y cuando te ibas los sábados al atardecer imaginaba que tu prisa tenía destino, que había unos brazos, una boca, un sexo fuerte esperando tu llegada. Entonces un rumor de oscura procedencia me agitaba el pecho, las venas del cuello, las fibras caídas del abdomen. No obstante, sabía detenerlo a tiempo. Un consuelo tonto, y quizá verídico, me indicaba que con solo tenerte era compensado. Que un hombre como yo no debe exigirle a la vida, lo que la vida no está dispuesta a concederle. Lo contrario son ridiculeces, precocidades tardías. Cada hombre, desde antes de nacer, tiene su tiempo. No sé si estos pensamientos son una forma de la resignación. Pero lo cierto es que en una época se quiere con el sexo; y en otra, se quiere a pesar del sexo.

¿Te he servido para algo? ¿No sólo fui tu vaciadero de tristezas, tu oído fiel? Quizá hay algo más, que de veras no merece mencionarse. ¿Ya se curó tu niño de la alergia? Esta pregunta es mi última intromisión en tu vida. Cuando vengas, o cuando la noticia te haga venir, encontrarás casi seco el cactus enano que está en la ventana sin sol. No lo tires a la basura; llévatelo para tu casa, un poco de ternura y de nuevo brotará una espina. Las copias de Rubens y de Velásquez déjalas cubiertas de polvo. No las limpies. Los ojos de la "Camarista de la Infanta Isabel" ya no significarán nada para mí; y las caras redondas y medio tontas de los comensales de "El Almuerzo" no se alterarán si las consume lenta e impiadosamente el olvido. Dubitativo como soy, aún dudo de la seria utilidad del arte, y lo que alguien podría llamar desdén postrero no sería más que la dulce revancha por las incomodidades visuales. Por los libros no te preocupes, tal vez sin avisarles, y como fieles buitres del papel escrito, ya vendrán los muchachos poetas que alguna vez conocí en el bar del mediodía y darán buena cuenta de ellos. Hace una semana estás ausente. Yo estaré ausente por todo el resto de tu vida. Lo tuyo no fue más que la incapacidad de mis sueños; la podredumbre de mis últimos años. Sin embargo, no eres culpable. Era este un juego con perdedor anticipado. Si soy justo, de nada ni de nadie debo quejarme. Construí mi propia soga. Quien encarna la culpa está en este sillón desvencijado, incluido en la oscuridad, mirando por la ventana los edificios agrietados del frente, percibiendo los olores que produce la suciedad, esperando que las telarañas que cuelgan del techo caigan definitivamente sobre su cabeza cana. Soy yo, el viejo consultor de asuntos tributarios, inútil recolector de mariposas, que espera, convertido en ceniza, que ceniza sean estos garabatos intrascendentes que aquí reposan. Fueron míos, ahora son tuyos.

Montería, 1981.

El autor:

José Luis Garcés González nació en Montería. Ha publicado los siguientes libros: Oscuras cronologías, Balada del amor final, La efímera inmortalidad de los espejos, Fernández y las ferocidades del vino (cuentos); Los extraños traen mala suerte, Entre la soledad y los cuchillos, Carmen ya iniciada, Isaac (novelas). Corazón plural, Cuerpos otra vez (dos libros de textos breves y prosa poética); investigación: Literatura en el Sinú: Siglos XIX y XX (dos volúmenes). Ha sido ganador de varios premios nacionales e internacionales de cuento y novela. Es profesor de literatura en la Universidad de Córdoba. Miembro fundador del Grupo El Túnel.
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©   José Luis Garcés González

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Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VIII – Número 31
Octubre-Noviembre-Diciembre de 2007

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Narrativa

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