Divertimentos de un hombre de fe
J. R. Cormorán
Escritor samario
Graffiti
Dios no vive en el Cielo
El Diablo.
El Infierno
—¿Adónde cree que irá ahora que muera?
—Me alegra su optimismo, ¿o debo decir cinismo? Al Infierno, supongo.
—Existe la posibilidad de ir al Paraíso.
—Entiendo que es un sitio aburrido. Ni siquiera usted lo soportaría. Nadie lee. Allí a nadie le interesa la música.
—Es su voluntad, pues, ir al Infierno.
—¿Ir? Ya estamos en él, padre. ¿No se ha dado cuenta?
—¿Este es el Infierno? Creí estar confesándolo.
—Así es. Aquí también puede hacerlo.
El nuevo
—Silencio. Ahí viene Dios.
—¿Cuál es?
—Aquel, el del centro.
—¿El de sombrero de paja?
—El de barbas amarillas.
—Le encuentro un parecido con Van Gogh.
—No se fíe. Mañana lo encontrará semejante a Baudelaire. Ayer, si no estoy mal, su parecido con Edgar Allan no admitía dudas.
—¿Poe, quiere usted decir?
—El mismo.
—¡Vaya! Veo que prefiere a los poetas.
—Aquí no conviene pensar de prisa. El día de mi llegada un vecino me lo señaló. “Allá”, me dijo. Volteé, entusiasmado. Ese día Dios era Nietzsche.
El arrepentido
—Muere sin renunciar a su voluntad.
—Eso siento.
—¿Algo más?
—Desearía un velorio popular, de nueve noches, con tintos, canelas y animadores de patio.
—Su hija no lo permitirá. Ustedes son ricos, tienen otras formas de morir y de ser velados.
—Es su labor convencerla.
—¿Es todo?
—Es suficiente, padre. No pido más.
—Marche, pues. Que Dios lo proteja.
—Ojalá, padre. Ojalá pueda hacerlo.
—Dios todo lo puede.
—Admiro su fe. Yo nunca estoy seguro de nada. Ni siquiera sé si estoy muriendo.
El testigo
—Sí, inspector, al llegar los agentes los muertos éramos nueve.
—¿Está seguro?
—Tan seguro como que usted está detrás de ese escritorio. Yo mismo los conté. Éramos nueve.
La propuesta
Dios y el Diablo coincidieron a la entrada del Infierno. Dios cavilaba sobre la propuesta. Nunca le decía nada distinto donde quiera que se encontraran. Finalmente, respondió:
—No. Es muy tentadora la invitación, pero no. Sería una locura.
El Diablo sonrió:
—Yo, en cambio, estaría dispuesto a vivir en el Cielo. No tengo ningún problema en hacerlo. Siempre hay almas a las que socorrer.
—No —repitió Dios muy sereno—. Mi sitio está en el Cielo. Así lo quieren todos.
El Diablo volvió a encogerse de hombros. Lamentó escuchar una respuesta tan traída.
—En el Infierno —anotó—, hay gente que aún cree en usted y espera verlo algún día.
—Admiro la gentileza. Deploro no tener ambición.
Se despidieron de manos.
Dios echó a volar. El Diablo tomó la escalera de la derecha.
Dios remontaba nubes. Sabía que había estado a una respuesta de claudicar. “¡Dios!”, se dijo Dios, “¡Esta vez estuvo cerca!”.
El Diablo, metido en la oscuridad de la escalera, echó mano de una frase que le evitaba vivir de malhumor. “No tengo prisa”, murmuró para sí, con ganas de fumarse un cigarro que no llevaba con él. “Está escrito: alguna vez seré Dios”.
Desatento
No estaré cuando venga la muerte. Haga el favor de disculparme.
A esa señora no pienso atenderla. Dígale que no insita. Tengo mucho trabajo que hacer.
Cuando venga, dígale que no me espere. No voy a volver más.
Clandestina inmortalidad
El tipo sigue desaparecido. Ni siquiera la muerte ha podido dar con él.
El autor:
J. R. Cormorán (Santa Marta, Colombia, 1902-1986). Conocido como Pipo Cormorán, estudió en París Teología y Filosofía, carreras que abandonó por la vida bohemia. Columnista esporádico de la prensa local (La Época, El Estado) durante cuatro décadas. En París hizo amistad con George Bataille, con quien aprendió el arte de la bibliotecología. Trabajó para el filósofo Walter Benjamin en la Biblioteca Nacional de París como lector de manuscritos del siglo XIX francés. En 1939 fue deportado de Marsella. Publicó en sus primeros años parisinos (1919-1924) artículos y poemas, como testimonian los viejos álbumes de la familia. En Santa Marta llevó una vida distanciada, escribiendo artículos, traduciendo documentos portuarios, revisando pruebas de imprenta y confeccionando discursos oficiales. Murió en la indigencia en el cuarto de una prostituta de la famosa calle Diez de esta ciudad.
Su obra, prácticamente desconocida, está vertida en una docena de cuadernos de contabilidad que contienen poemas, artículos, diarios, crónicas, bocetos de novelas, ensayos, cuentos y textos de difícil clasificación.
El primer cuaderno que escribió está fechado en 1924 y el último en 1978. Los cuatro primeros los escribió en París. El quinto lo inició en Marsella en 1939, al momento de ser deportado, y poco después de haberse despedido de Walter Benjamin. Los restantes fueron escritos en Santa Marta a partir 1940. Un desalojo efectuado hace un par de años en la casa de una prostituta permitió el hallazgo de los cuadernos.
Los textos que siguen se publican con el expreso consentimiento de los familiares que le sobreviven.
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© J. R. Cormorán
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VIII – Número 31
Octubre-Noviembre-Diciembre de 2007
SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290
Narrativa
PROGRAMA DE HUMANIDADES Y LENGUA CASTELLANA
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
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