Caricia en azul marino
Andrea Visbal
Era el azul mar,
rebordeando el silencio de nuestras ganas;
céfiros de esmeraldas
jugando con mis sonrisas
y tu mirada.
Era la sangre misma pidiendo pausas;
deseo, carne en llamas.
Era el preludio del fin de mis esperas,
era la huida de los vestigios de calma.
Un instante callado de luciérnagas en las pieles,
de súplicas,
de invocaciones secretas.
Tu pecho,
muralla de antorchas encendidas,
se mostraba vivo,
hermoso frente al mío.
Aún recuerdo esas orillas, esas que ya no están…
ausencia de besos, claustro en tus ojos.
Fusión de palabras taciturnas que florecían con tus roces;
carnaval de aguas dulces nutriendo mis soledades.
Los segundos,
esferas de aire escondiéndose de ambos.
Eran mis gemidos, caracoles en naufragio
buscando tus orillas, esas que ya no están…
ausencia de besos, revuelo de golondrinas cerrando mi cielo.
Era ese instante callado,
de azul mar y arena de olvido,
de céfiros inquietos,
de sangre, de deseo, de carne.
Era ese instante cautivo,
de invocaciones secretas y súplicas al oído.
Y fue ese instante dormido,
que enrojeció con mis gemidos,
caracoles buscando tus orillas, esas que ya no están.
Masturbación
No soy de silencios.
En versos frágiles ya no hay reposo y suspiro.
Ya no.
Los vientos cíclicos anuncian con esas luces rojas
la protesta de mis ángeles dormidos.
El cansancio en sus capas parece estelas de llanto;
cada sandalia, víctima del extravío;
deshilados los crespos rubios.
Toda espada teñida de azahares,
como adornando la huída del falaz amante.
Marchan hacia la cima de la canela;
puedo escuchar el golpe de su paso celoso y enceguecido.
Gritan con dolor —más rabia que dolor—,
que han muerto no se cuántos soldados
en busca del macho bravío.
Hiel escurre sobre el monte dulce
y Eliseo enjuga el rostro del enviado menor
que trajo consigo un beso marchito.
Regresiones
Aprendí a darle la vuelta al mundo
después de tus ojos.
Enredé las vivas cosas
en las vigas de aquellas inertes
y fui víctima
y victimaria a la vez.
Conocí el laberinto de tu huella
a través de tan fugaces encuentros.
Eran miles los intentos
sobreponiéndome a mi estirpe desencantada;
y tus ojos nuevamente me llamaban
con cadenas de minutos adelantados al reloj de mi pared plana
en azul silvestre y petróleo.
Cómo me iba resbalando en el aceite de tu perfil y labios,
cómo te abrí el cuerpo desalmado, cabizbajo,
sin más filo que el soplo mágico de mi beso.
Te devolviste en el tiempo.
Los minutos danzan al revés de los tontos números
y yo,
en el holocausto de las estrellas amarillas de mi cuarto,
retiño sonrisas tuyas, desdenes y ausencias espontáneas.
Agónica
Sentir que pierdo el aire,
que hasta el alma se me va después de parpadear.
Vivir sin ganas de vivir,
como piedra que florece…
florece y florece
y no es flor, y no quisiera serlo.
Pero los otros admiran los pétalos inexistentes
y sólo la piedra en su dolor
sabe que no es lirio ni jazmín.
Llorar de cara a lo que es y no desaparece,
abandonar la ansiedad loca de amarte
y derretir las escamas que me hicieron menos fuerte.
Pelear contra el vaivén de los ojos que no son míos,
mirar desde mi encierro la burla de los buitres,
caer, morir imaginariamente
sin morir eternamente.
En la niebla del triste aullido sumir mi paso acelerado;
me persiguen los cíclopes lentos de lenguas feroces.
Soy piedra que huye y llora.
Y a cuentagotas muere
sin necesidad de hacerlo.
Certeza
De repente —mientras tu oleaje me mueve—
pienso que imposible hubiera sido
no mirarte aquella vez.
Me aferro a tu espalda de trigo,
huyo,
permanezco allí;
tú creces, como mar embravecido,
desafiando al mismo viento que enloquece,
aire,
aroma de ese ocaso perdido
del que alguna vida te hablé.
¿Sabes, amante mío?
Ahora es tuyo el camino:
anda…
El tiempo igual es al camino.
Concibo tus manos de oro
como ramas secas de almendro en los extremos de la almohada,
tus brazos, madera tibia,
en reposo.
Cuán bello mi horizonte has pintado…
Desafiante, tu pecho se levanta
como alcázar de luz ante mis ojos,
tus labios a mis labios se abren,
como al colibrí los pétalos de un rubí en flor.
Voló el beso,
porque escapó de ellos un gemido lento
con versos suaves de tímida canción.
A tus hombros mis pies han ido,
quizás para cerca sentir tu respiro,
quizá para ser espadas
que al galope de escudos de acero
defiendan tu deseo, el mío.
Quiere mi instinto remar sobre tus rebeldes aguas,
caer como cascada sobre ese impaciente río,
en cada golpe revolver tu piel
y tenerte entre mis senos
como tierra inmersa en el pasto reverdecido.
En mi cabello inventas la rienda que marca el paso;
Ama, no soy de la ruta;
sigo la huella que con negras estelas
dulcemente has dibujado.
Me haces mujer en míseros trozos
persiguiendo la sombra de tu abrazo,
vestigio de un no
por lo travieso de tu ímpetu coronado.
Tuyo el sollozo que no pretendo esconder,
de los dos la gloria que en mis caderas se resume,
lo mágico que envuelve mi cuerpo de revés.
Lleva hasta tu sangre mi silueta de ti empapada,
ahoga el clamor que me hace más pequeña,
renueva con tu lluvia mi esencia,
hazla pura.
¿Sabes, amante mío?
Pienso que imposible hubiera sido
no mirarte aquella vez.
Fusión
Te besé el cielo,
el cielo de tu fuente de agua;
cubrí tu muralla de negros cabellos,
infinitas hebras de carbón y acero.
Lloviznó ceniza en aquel balcón del tiempo;
te besé los surcos,
te besé hasta el suelo.
Oscurecí tu huella de azufre y aliento,
destrocé el lazo de sangre en tu pecho,
te besé el rastro,
la sombra,
el fuego.
Morí en tu silueta con besos de cielo,
empapada de miel,
de agua,
piel de miel y acero.
Ausencia
A solas, te amo.
Deambulo en estos callejones de locura;
soy soledad en el remolino de mis cabellos,
en las uñas cortas y el coro del tejado.
Vienen a mí pedazos del pueblo viejo:
la estación, el tren, el molino.
Vienes a mí, pasajero perdido,
corriendo, trepando granados.
Te espero de muerte herida,
en el recuerdo que queda;
desnuda,
perpetuando hilos que me atraviesan las mejillas.
A solas, te amo.
Te amo con el alma ida en un vientecillo de azahares.
Te poseo con los ojos cerrados,
mordiéndome los labios,
atada al deseo violento de tu pecho agitado.
Cruzando el umbral de mis ecos callados,
tiemblo agotada en el púrpura de un grito desesperado.
Eres de mi piel en el tiempo que retorna,
que te lanza desde el cielo con alas descosidas.
En la cópula, bebo de tu río
a solas.
Me sumerjo,
luego despierto,
sola.