Asesino a ratos
Álex Támara
A Roberto Estrada Navarro, a su memoria.
A ratos viene bien
saberse un asesino sin contemplaciones
ante el Otro que habrá de sucumbir
sobre el poder esgrimido con sevicia y precisión.
La victima cae y el goce es incomunicable
a la manera de un orgasmo
relajante e irrepetible:
—La mejor coronación de la obra.
El buen victimario cumple a cabalidad
su labor con sus preciadas armas.
Pule el hacha y el cuchillo como un poema.
Construye el escenario de la muerte al igual
que un ajedrecista.
¡Qué delicadeza y finura sobresalen en sus detalles!
Si muchos poetas tuvieran esa dedicación y dignidad
no hubiera tanta inútil palabra derramada.
Balada para un hombrecito avaro
Moral hecha a base de principios
repetidos por una tradición
menesterosa y vulgar.
Suele el hombrecito
a manera de un emperador sombrío
dictaminar reglas de recto proceder
a sus cercanos.
Pero solo consigue
la reprobación sistemática
de los seres que lo habitan.
Un disparo a quemarropa
podría destronar y para siempre
esa criatura mezquina
que ha heredado una ignorancia
de los usos más frecuentes
de la cultura
aprendida en los grandes salones de la avaricia
y la frivolidad.
Azulejo-cielo
Hay un pájaro cruzando
el cielo
cantándole nuevamente
a esa criatura opaca que se ha tumbado
sobre la hierba.
Ahora pájaro
hierba y cielo
son uno solo festejando el sueño
de la criatura
que ha logrado retener en su trampa de animales
los mágicos colores de sus plumajes.
Noticia de lluvia
El aguacero es inminente.
Los pájaros celebran el acontecimiento
con efusiva alegría.
Una desbandada de azulejos
cotorros y chupahuevos
se arremolinan formando
un arco en el cielo casi perfecto.
La serenata de sus trinos y movimientos
se apoderan de la tarde
que sucumbe ante el leve movimiento de la noche
Mientras tanto
en las aceras y corredores del barrio abajo
los transeúntes vigilan con simétrica exactitud
los pasos que deja el desastre de este nuevo
acontecimiento natural que arrastrará cadáveres y desechos.
Una vez más el océano recibirá en su lecho
—sin egoísmo alguno—
ese remolino de tristezas.
La casa
La casa
ese antiguo receptáculo
de apariencia extraña y moribunda
soporta la gracia del daguerrotipo
que cuelga sobre la pared.
Frágil soldadura de tiempo
yace hacia adentro
contemplando el vaciamiento
de su propia existencia.
La ciudad al fondo
La ciudad es una
maquina de vapor a todo dar.
El humo como buscando a Dios
se empeña en cubrir lo más alto
de los edificios de la calle Gonza.
Sube en espiral una cortina de humo
desde la chimenea-boca
hasta el techo del cielo.
El hombre aspira en silencio el cigarrillo
que le protegerá nuevamente del frío
y tanta indiferencia.
Los vestidos de Dios
Hoy guardo en la maleta
los vestidos.
Vagaré una semana
los márgenes del mundo
Para un lunes nocturno en un bar del viejo San Juan
luciré para las putas y poetas
un jean de vaquero justo a mi cuerpo.
Una tarde de martes en la derruida Barranquilla
Dios me ha vestido con camisa gris y pantalón verde
como los cadáveres pintorescos que bajan
por el río de la magdalena
junto al sol.
Miércoles en Medellín
andaré vestido de blanco
paseándome con Gardel
sus calles y tristezas.
Ir a Cartagena un jueves
y mirar la ciudad en decadencia.
Aquí basta solo un calzoncillo.
A Dios le gustan los escándalos.
El viernes agoniza la ciudad.
Sus muertos salen a tomar el fresco de la noche.
Un ciudadano cumple en silencio los dictámenes de Dios.
La chaqueta negra va con el gusto moribundo del planeta.
Sábados y domingos
Dios anduvo y anda desnudo todo el tiempo.
Yace un hombre tendido en su cama mirando la ventana.
La ciudad y la noche caen a pedazos.
El silencio es el mejor vestido de Dios.