Catarsis al interior del cuarto
Ricardo Alfonso Pacheco
Cuando una contradicción es imposible
de resolver salvo por una mentira,
entonces sabemos que se trata de una puerta.
Simone Weil
Tego llegó para facilitarme las cosas. Juntos tomábamos decisiones, aunque eso se explicara a partir de la reveladora naturaleza de mis sueños. Sueños tan confiables como posibles, mas por eso confiables. Si decía “no convenir”, no convenía; si me ensartaba con las uñas las comisuras de los labios para que me riera del profesor Algidio en su cara, yo me dejaba llevar. De acuerdo con él, no había cosa más lograda que mi satisfacción.
Los sueños eran espacios íntimos para nuestras tertulias, dormir en una cabina de planes —la estrategia, una decisión acordada—; él me completaba, con sus ojos tan distintos a los míos, con sus ademanes violentos y seguros, con su llegada a la cita atravesando la ventana azul, confundiéndose en la sombra arremolinada del ventilador que camuflaba al mismo tiempo nuestras voces clandestinas.
Cuando lo de la Cony, yo había estado debatiéndome persistentemente entre a qué recursos acudir para asestar un golpe rotundo, así que todo resultó una maravilla, la tarjetita para el día de amor y amistad, pequeña para disimular y porque a ella también le gustaban así, conforme a su estatura. Tego y yo nos entendíamos, estábamos conectados.
Normalmente me costaba decidir, tanto lo grande como el detalle. Una espinosa prueba que, nacida conmigo, entorpecía mi adolescencia. Las salidas con la Cony, a dónde iríamos, qué maniobra usar, una respuesta, un enfrentamiento, una frase, todo, qué hacer con tal y cual, todo representaba una noche con mi coadjutor, con su verbo de pretensiones visionarias.
Las noches, sobre todo las noches, vivían una especie de fantasmagoría, en donde yo era capaz de colarme hacia la realidad fosca del cuarto sin ningún inconveniente. Veía por él las escenas, como imaginadas, de un posible futuro inmediato, desprovisto de cualquier incongruencia recurrente de los sueños normales. Me veía rompiendo el hielo, demasiado duro por las mañanas o avivando el fuego de las circunstancias que hasta entonces solo escaldaba mi paz interior.
Ni papá ni Vera me lo creían, comenzaban a preguntarme con burla si Tego era muy ancho para la ropa que ya no me ponía, y si no era alto. Papá fingía preocuparse de que pudiera alcanzar la gaveta del revolver, la más alta del armario. Sí que eran sarcásticos, y doblemente pues, aunque quizá no lo supieran, el arma me causaba un terror descomunal.
Siguiendo el juego que ya tocaba lo humillante, Vera, recordando el tinto que quedaba sobre la estufa, me miraba aniñada, “pa'que al amigo no lo tumbe el sueño por la noche”, decía. Lo que ella nunca supuso fue que en las siestas tampoco faltaban sus visitas. Éstas aunque menos frecuentes a esa hora del día terminaban como las más angustiantes, tanto así que en una ocasión me llevaron desesperadamente a acabar con Robertico, el gato de la Tía.
La Cony irrumpió en mi vida justo cuando comenzaron los primeros talleres de literatura y cada profesor, en una íntima refriega, sacudía con sus delicadas manos de marica la imaginación de nosotros, sus proyectos. En algún pasillo que no recuerdo me encontré a la Cony, arrebatada por la dicha de una buena nota en un examen final que acababan de entregarle, hube de recordar las palabras “acercarte al capullito” y como ya estaba decidido, lo hice, aparentando buscar estudiantes de Algidio y preguntar por su paradero, pretexto para acercármele y comenzar un largo sondeo. Funcionó pues hablamos tendido sobre cualquier cosa que no importaba. Hablaba con ella y ella era lo importante. Tego respondía fidedignamente.
A pesar de lo mucho que me gustaba la Cony, con su carita bermeja y sus ojos verdaderamente negros, nunca antepuse en los días de nuestra amistad las declaraciones ni la plena ambición de apretarla y saborear el jugo secreto de su boca. Íbamos al cine y sí veíamos la película, cualquier amigo me lo hubiera reprochado llamándome idiota, pero Tego no, él me conocía y estaba bien. Vimos los fuegos artificiales el 7 de abril, los mejores del año, sin abrazos de emoción. Vimos a la “momia enana” decenas de veces en el museo, nos suscribimos al planetario, nos hacíamos llagas en los pulgares con los videojuegos, nos acostábamos en el parque Metropolitano a adivinar e inventar personas, y hasta nos tomábamos a escondidas la chicha que la Tía fermentaba en redomas. Muchas cosas vivíamos, y muchas veces solos notaba en ella una tierna incomodidad que tal vez pedía prudencia, más todavía, y la indiferencia que no debe faltar a una díada de romántica complicidad.
Así marchaban las cosas, despreocupadas, justo antes de que Elvis encontrara en mí a un interlocutor de su interés, que de manera casual preguntara por algo y yo contestase a ese algo. Elvis, una desagradable y temprana muestra del intelectual del nuevo milenio, con las gafotas siempre resbalando por su brillante nariz, se la pasaba anunciando el producto de sus reflexiones desdeñosas. Leía bastante, eso lo ayudaba a generar cierto convencimiento, suficiente cultura general por donde colarse. Hablaba con una autoridad robada a los profesores y ensayada tal vez cien veces frente al espejo. Luego de unos días y tal vez advirtiendo que no me molestaría en presentarlo, se adelantó a hacerlo por su propia cuenta. “Soy Elvis, mucho gusto. ¿Cony? Que bonito nombre.”
Su modelo de amistad terminó por agradarle a ella, que vivía riendo de lo que él llamaba chistes, así que a pesar de mi apatía no tuve más remedio que seguir tratándolo, reírme. No necesité más tiempo para darme cuenta de que el recién aparecido tenía agallas, garras y ganas enfermizas. Era un buitre; la Cony, un conejo herido, y estar lejos significaba dadivar la presa.
Con el paso de los días hablábamos de literatura, del concurso de ese año, de los escándalos del colegio, intercambiamos textos, pero por más que quería, no podía ser su amigo, no dejaba de presumir y hablaba y hablaba, llamando la atención, regalando copias de lo que escribía, enamorando a la Cony con papeles y palabras exóticas, añadiéndose a su tiempo cada vez más, restando el mío. Charlatán galafate, ratero de máximas, poco a poco ibas aterrizando sobre el agraciado mamífero orejón, que reía mientras tú le ponías la mano en un nuevo lugar.
Tego alcanzó a decir muchas noches “romper hielo”, sin embargo, le confesé que quería esperar una señal de ella, un gesto alargado de autorización en medio de un momento de soledad que ella deliberadamente buscaría, cansada de la amistad frustrada en su ambición, gratificada por el resultado de mi paciencia e incondicionalidad. Tego lo entendía.
Tego pugnaba por la intimidad, era una condición irrefutable, exenta de condiciones también, debía ser así, parecía detestar al público y, sin embargo, se desvelaba estudiándolo, mostrándome muchas veces la mejor forma de manipularlo. Aparecía de no sé dónde, ni supe, entrando como con el aliento de la luna al cuarto, nos sentábamos en la cama a mirarnos con gravedad, a hablar y pensar, conocía todo lo que yo, o tanto como yo, pero en cambio era despierto y brillante, constantes sus palabras enérgicas y sus palmadas de avispar.
Sus ideas y mis sentimientos solían volverse un mejunje tremendo. Por eso una vez rechacé su plan, que vino a contarme con el tono más bajo que le conocía y el temblor de los nervios en su labio superior. Mi rabia no daba para esa tarea de aprovechar la soledad de la Tía por las tardes y clavarle mientras dormía la hoja del hacha en el cuello, me pareció hasta ridículo, además exigía un esfuerzo físico que quien sabe cómo iba a resolver. Aunque la Tía seguía atascando mis reuniones con la Cony, la puerta antes totalmente cerrada ahora permanecía sin seguro. Aún así, a su amado Robertico le tocó morir. No sufrí remordimientos, conocí en un momento justo el concepto de sacrificio.
Resistirme a las sugerencias de Tego, fue desde entonces, algo que no quise volver a hacer. Las noches se iban lentas y profundamente solas. Dormía con la espalda hacia la ventana cual si tuviera miedo de verle entrar en postura de ataque con el hacha en las manos —o anticipado por una sombra alígera y creciente—, pero de frente al espejo de modo que podía verle por si entraba como todas las noches. No hallaba manera de traerlo de vuelta. Días más tarde reapareció, en las siestas, a mediodía, traía puesta invariablemente una careta policroma de vampiro, y con una rara expresión de abatimiento me encaraba con empeño, mientras que yo solo alcanzaba a responder: “¿Qué pasa, compadre? ¿Qué pasa, compadre?”, así era como papá calmaba a sus encendidos compañeros policías cuando las peleas, que no eran pocas.
A papá Vera siempre lo reprendía. “Todos ustedes son unos bebedores malcriados”, le decía, pero siempre terminaba llorando, no sé si por el festival de moretones o por una posible indignación. Vera y papá, dos animales diferentes que no cuidaban de espectadores alrededor ni de cerrar la puerta y lo hacían ya sin enrollarse, vivían defendiendo valores no compatibles con los del otro, parecían agradecer a Dios no asemejarse.
Las lecciones de papá cercaban el criterio maravilloso de “la fuerza para ganar respeto”, aún sin triunfo sobre Vera, que había perdido la gracia por tanto aplaudirlo irónicamente cada vez que llegaba ebrio. Cierta vez el profesor Algidio atemperando tales principios de respeto, que papá descargó arguyendo a mi favor con una fiebre de celo, dijo que el problema de la fuerza no era que pudiera constituir un arma fácil, eufemismo de medida ignorante, sino que ese respeto representaba un galardón solamente en los bajos fondos a los que un policía evidentemente estaba acostumbrado. Eso bastó. Ni siquiera el pendejo de octavo a quien reventé y por quien me exigieron acudiente, salió tan linchado como el profesor. Fue una buena ilustración de papá, seguro que el profesor no se atrevería ni a mirarlo, el niño de octavo no se atreve a hacerlo conmigo, Tego se lució, me hizo soñar dándole una paliza y el sentimiento de la victoria gratificante, ahora además yo me río de Algidio en su cara. Tego está conectado con papá.
Vera lo reprochaba todo, como cualquier mujer normal, pero su atención y amabilidad nunca me faltaron, por eso cuando durante toda una semana su cena fue cachetadas con pimienta, menú para el respeto, sentí mucha compasión, le derribé a papá la amañada dieta. Mientras ella lloraba nuevamente, tumbé, bajo una presión latosa, el armario de un empellón para alcanzar el arma, cosa que lo dejó estupefacto, alcancé a tomar el arma mientras lloraba con gesto agrio, sin embargo, no pude menos que alejarla del resto de mi cuerpo, repudiando su textura como si me manchara, alarmado también por que su boca escupiera malditamente. Una decisión igualmente desesperada para Tego, conectado en secreto con Vera.
Antes de la semana cultural, la escuela parecía un carnaval. Música, ensayos, horas libres, salidas temprano, las circunstancias se hicieron perfectas para crear ocasión y finiquitar el asunto de la Cony, y solamente entonces pude caer en cuenta de lo inmanejable y pernicioso de la situación. Elvis ganó terreno y seguía sin desaprovechar cualquier momento, cualquier graznido embustero.
Eso representaba un segundo motivo para permanecer alerta, el primero: Algidio. A pesar de los incidentes en la escuela, Algidio afirmaba no ver problemas en seguir dándome clases, papá tampoco, Tego sí, me lo dijo muchas veces, luego decidimos no reírnos más en su cara. Al principio era notable la tensión, pero después engañosamente se respiraba una atmosfera de tranquilidad plena que me hizo adquirir confianza y descuidar la acechanza del resentido profesor.
Muchos trabajos pasaban por mis manos, mejor dicho, mis manos los redactaban, mi cabeza los pensaba, mi lenguaje los engalanaba, y al final del proceso, mis manos cobraban, Tego decía “invitar a cine” y tantas películas tontas veía con la Cony, quien siguió conservando el entusiasmo primero. Nadie sabe del soplón, lo cierto fue que los implicados confesaron casi llorando la procedencia humana de los trabajos que los habrían de llevar a la salud académica. Esa vez acudió Vera a responder por mí, aunque fue ineludible una corta suspensión y Algidio el que sonriera.
Tego soportaba menos que yo mi aislamiento de la escuela. La Cony me visitó sólo una vez, y acompañada de míster Elvis, quien rio al verme con ropa de casa y me dejó la copia de su cuento para el concurso de ese año. Los cuatro días que duró la suspensión se transformaron en una larga temporada de hostigamiento para acabar con Algidio, cuya mala voluntad medió para atraparme en un negocio que no debía sorprender a nadie.
Los buenos ánimos de papá y Vera en el desayuno tranquilizaron mis ideas mientras intentaba soportar mi último día de suspensión, y opté para hacerlo terminar el cuento con el que participaría en el concurso. Tenía personajes, argumento, un final de muerte. Luego de cada comida, volvía al cuarto a seguir tallándolo, sufrí cuando llegaba el momento de reventar sus bandas y debía crearle otro marco, lo que a su vez me obligaba a darle casi otro rumbo; en esos momentos temía no poder desembarazarme del problema. Pero un poco antes de la medianoche, finalmente lo tenía. Me costó tanto y más que las emergencias en odontología, y lo releía como si leyera el voto garantizado de mi renovación. Tego me observó exhausto mientras lo culminaba y sonrió por mi complacencia.
Sentía llevar en esos papeles, al momento en que respondía a compañeros que la suspensión no significó mucho para mí, un material valioso al que ni Algidio le encontraría objeciones. La Cony quiso leerlo cuando le comenté, y se lo presté encareciéndole cuidado a ese único ejemplar. Pero el mundo se desmoronó cuando oí a un profesor, como si me ensartaran el hacha en la entrepierna, que todos los candidatos fueron enlistados por Algidio dos días atrás, y que seguro no existirían modificaciones.
Lloré con una furia que apenas salía en unos chorritos fuertes, y sudé una pequeña parte del rencor. No quise hablar con nadie más, fui a casa, no dormí la siesta, soporté la ridícula televisión en silencio y esperé con codicia la noche. Tego entró con lentitud sabiendo que lo esperaba como un animal, rió irónicamente y me dio palmaditas en el hombro, todo de frente a la ventana, lo que le concedía una iluminación informe a su cara distorsionada de vidrio. Me dejé caer con su lentitud a la cama y dormí toda la madrugada con las manos aferradas como boca de perro al pescuezo de Algidio.
A la mañana siguiente los labios no dejaban de temblarme, no por eso dejé de caminar mecánicamente, atisbar las palomas del tejado de la inspección con soberbia, atravesar el portón de la escuela imantando un único sitio, el salón de profesores, ascender por la escalera, inflar el demonio. Allí estaban todos lo profesores, los maricas, las engañadas por el matrimonio, las Veras, los papás, supe que no lo haría, que el demonio explotaría antes de morder, así que enterré mis uñas en las palmas y desandé el camino a un lugar con mucho oxígeno.
Sabía que vendrían nuevamente las malas siestas y me atemoricé un poco. Respiré acaloradamente mientras pensaba en muchas cosas sin relación. Del otro extremo del patio, perseguida por el carroñero, se acercaba la Cony, venía a entregarme el cuento, inocente de lo que ocurrió, callada, al mismo tiempo Elvis hablaba de la forma detestable en que lo hizo siempre, sólo que cuando dijo que mi historia no le parecía buena, que tenía problemas de lenguaje —atenuando la calificación—, y sonreía simultáneamente, sentí ganas de dormir inmediatamente mi siesta, lo que procuré presto. No existía un ápice de mí intentando desmentir mi cólera, pero debía aniquilarla, y para hacerlo se necesitaba un sacrificio, que sería al mismo tiempo, mi expiación.
Al llegar a la habitación reconocí al vampiro esperando en el rincón con un gesto agravado hasta lo adverso. Dejé de pensar, se anuló la conciencia, se apagó como un carbón. Miré el armario, sandio pedazo de madera. Sentí esa gran temeridad con la que te crees capaz de atravesar las paredes. Así que al mediodía, mientras el buitre meneaba su lengüita con la sangre tibia y sagrada, yo iba hacia la plaza de la iglesia a pellizcarle el pecho con los escupitajos del fierro espléndido de papá.
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© Ricardo Alfonso Pacheco
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VIII – Número 32
Enero-Febrero-Marzo de 2008
SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290
PROGRAMA DE HUMANIDADES Y LENGUA CASTELLANA
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
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