Eva

Pedro Antonio Losada López
plosada8770@hotmail.com

Por aquellos días, andaba buscando otro lugar donde poner mi pensamiento.  No porque su movilidad  me resultara incontrolable, justamente era por todo lo contrario. Aunque   se sentía cómodo donde estaba, tenía la urgencia de sacarlo de ahí, siquiera hasta que llegara el día domingo, aunque luego permaneciera allí por mucho  tiempo y tal vez, secretamente, para siempre.   En este propósito  había recorrido  casi todos los  rincones de ese pueblo.  Algunas calles  pavimentadas terminaban  más  allá  de las  grandes bodegas. Otras, empedradas, ondulantes y  angostas, desembocaban en un  enorme parque de jardineras de cemento rústico abarrotadas de flores. En el centro de este, un  polvoriento cuadrado y, en medio de este, dos  frondosos mangos, debajo de cuya copa, tuve   el primer encuentro visual con el deseo: Ambos parados. Ella, con un pie sobre el asiento de  una banca y  la falda levantada; él, con la bragueta abierta. La soledad del parque.

Él lo intenta pero no saca provecho, ella es más alta. Avanzan hasta una banca de granito sin espaldar.  La  luna es  intensa. Mis ojos escondidos, curiosos y escrutadores.

Subí hasta el Cerro de la cruz, escudriñé  en la panorámica que desde allí tenía,  calle por calle,  hasta ubicar mi casa,  la cancha  de fútbol, el teatro y todos los lugares que tenían importancia para mí. Pero mi mirada volvía siempre al mismo punto, igual que mi pensamiento. Luego  caminé  hasta el puente sobre el río Pao y, desde la altura, miré correr el agua. La corriente, débil y clara, rodeaba y envolvía piedras de lama verde  y  movía algunas hojas secas.  Abrazaba mi pensamiento para que se quedara conmigo pero él  se me escapaba.  Siempre al mismo lugar. Bajé hasta la corriente, junté mis manos como una concha y tomé agua, entonces el deseo de bañarme me alcanzó, miré  en todas las direcciones y comprobé mi soledad. Dos piedras muy grandes formando una pequeña caverna protegían mi intimidad, de  alguien que pudiera pasar allá por el puente. Me desnudé y, en un pozo que había quedado aislado  de la corriente, me contemplé: ya no tenía la mirada que llegaba a las niñas de manera ingenua e  imprecisa, ahora se detenía en las formas voluptuosas de las mujeres y en las transparencias  textiles de la díscola  profesora de inglés. Una  leve brisa fría  bajaba de la montaña  por todo el cañón  del río.

Mi reflejo sobre el agua tensa los músculos y adopta una pose de narciso,  luego se relaja, se toca  los brazos y  los hombros.

Me di cuenta que mi bozo se había oscurecido y mi sonrisa se había vuelto más interesada y, desde hacía algunos meses, mis vellos púbicos  habían ennegrecido y alargado y engrosaban ese portentoso futuro que tenía por delante, como lo dijera  emocionada, años más tarde, una  primípara de economía y aprendiz de pitonisa, después de una noche de muchos versos, algunas canciones y  uno que otro trago de ron. Mi reflejo  se  acariciaba  suavemente el pecho y el abdomen. Bajé las manos hasta donde se unen las piernas y  agarré con entusiasmo la sólida expresión de mis instintos, ya vigorosamente levantada.  Entonces  la evoqué a ella, a  Eva, pero ya mi pensamiento estaba  con  ella.  Mis manos  iban y venían,  la llamaba  murmurando, decía  su nombre muy paso,  sentía sus labios  frescos y carnosos subiendo por la  mejilla hasta mi oreja, donde su lengua fina y ágil  apenas tocaba mi oído.  Su  caricia calculada me estremecía  y me erizaba. Recordaba sus besos sosegados y silenciosos y sus senos descubiertos sobre mi pecho desnudo. Mi incansable mano  hacía el recorrido de  extremo a extremo, ajustándose  según mi sensibilidad.  Mi mente excitada  seguía el movimiento de su cadera.  Mi mano era  incesante.  Mi  pensamiento  inventaba  con libertad  caricias rotundas sobre  su cuerpo caluroso y en  mi mano la velocidad  hacía  desfogar mis ilusiones  mientras  yo  me perdía  extasiado en un  goce solitario.

Tampoco es que mi pensamiento fuera hostil, era todo lodo lo contrario. Tan dócil era, que había perdido la dinámica propia  de su naturaleza, ya no era tan versátil. Se había vuelto sedentario y abúlico. Ese comportamiento lo supe años después, era normal para el estado en que me encontraba, pero por esos días, eran una tortura. Tenía que sacarlo de  donde ella,  por lo menos  hasta el domingo por la mañana. Lo había  llevado a ver correr el agua del río Pao, buscando que se entretuviera en cualquier cosa por  banal que fuera, que se  concentrara  en otras sensaciones como la que produce el agua sobre los sentidos y experimentara la fresca vitalidad que le da también a la mente. Que  observara la vertiginosa carrera de chorros y gotas  por todo mi cuerpo, que notara su insípido sabor refrescante, el monótono pero agradable sonido del agua chocando con las piedras y el siempre cambiante espectáculo cuando sube y baja  formando largos rápidos  y diminutas cataratas que se deshacían en burbujas  blancas.

Desde el momento en   que había recibido la confirmación, mis hábitos se habían desordenado,  los libros y cuadernos  ya no tenían importancia. Por las tardes,  cuando abrían el billar, violando la prohibición que tenía sobre eso, empecé a ir  pero solamente a ver, no debía gastar mi escaso dinero allí. Miraba el duelo entre  Javier, el primo de Eva, quien pocos días después terminaría su visita a la casa de sus parientes y se marcharía a su pueblo natal, y  un hombre bastante mayor, de movimientos pausados y manos pequeñas  que contrastaban con las manos,  tan grandes  como guantes,  de su contendor, muchacho joven y de atención a veces dispersa. Observaba  absorto el efecto de las bolas al tocar las bandas, la precisa dirección, la sensación de que las bolas tenían imán por la  desesperación con  que se buscaban para chocarse, la suavidad con que se deslizaban y  la concentrada disposición  del jugador  en cada turno.

El sábado anterior y  tratando de  recuperar mi gobierno sobre  el pensamiento, mientras llegaba el domingo  por la mañana a la hora de la misa de diez, lo induje a interesarse en el paisaje, mientras recorría los alrededores del pueblo. La flor  que abre lentamente  sus pétalos para que  el colibrí  presuroso la penetre con su lengua vibrante  buscando el néctar que no empalaga, la erguida esbeltez de los árboles, la  respiración de las lagartijas trepadas sobre las piedras y las secreciones  chorreantes  y  viscosas de un árbol al que le habían quitado un pedazo de corteza, fueron  por ese día mi foco de atención.

Por fin  llegó el domingo.

Hoy es domingo.  Día de misa y de mercado. Hoy es el día.

Las horas y los días  habían pasado  con tan desesperante lentitud, que alguna vez tuve la necesidad  de acostarme más temprano para no ser consciente del paso  del tiempo. Mientras llega la hora,  recorro  discretamente el mercado, las formas de las frutas me emocionan: la redondez de las naranjas me hacen suspirar, acaricio  dos patillas redondas que delinean unas nalgas  compactas  y frías,  meto mi  dedo suave y delicadamente en la parte rosada, jugosa y dulce de otra patilla partida por la mitad.  Mi  dedo entra y sale. Mi imaginación se regocija.  Luego me retiro sin que nadie lo note y sin que nadie se dé cuenta de mi ansiedad.  La gente pasaba con  gesto festivo para la misa,  también pasaron los padres de Eva y su hermana menor pero no su primo, ya lo había visto en el billar quejándose por su mala racha. Ella se había quedado sola en su casa, fingiéndose enferma y yo oía aliviado el último repique de las campanas llamando a la iglesia para  la misa de diez. Era la señal convenida.

Los  ornamentos sobre una mesa,  arreglados como instrumentos quirúrgicos, van siendo levantados  uno a uno. El monaguillo ayuda al sacerdote a vestirse para el oficio.

—Amito —ordena el sacerdote. 

La besa  y se  coloca la primera prenda.

Eva no  habla, sus labios temblorosos rozan los míos, poco a poco  se meten unos entre los otros y se presionan delicadamente, mis  manos  acomodan su pelo y a ciegas  desabotono su blusa. La  primera prenda cae.  Su  respiración es agitada. Aún hay temor.

—Alba —dice el clérigo. 

El monaguillo obedece y el padre se viste con confianza.

Mis manos con suavidad acarician su espalda, lentamente recorren la piel tersa  hasta que se  detienen en el herraje, susurro en su oído y, con un ágil movimiento, ella  lo desengancha. El brasier desciende por sus brazos. La segunda prenda cae. Mis labios recorren  su oreja, su cuello y su  pecho,  apretando muy tenuemente  cada  pedacito de piel donde  sus finos vellos, erectos como postes y suaves  como lana, se doblan al sentir mi aliento.  Una  gota de sudor  cae dentro de la boca. Le  juro  secreto eterno. Ya no hay temor.

El padre se pone la  casulla y queda vestido para oficiar.

Sus manos sobre mis mejillas guían mi boca hacia sus senos, una delicada succión en el pezón, el repetido intento de mi boca  de contener aquellos globos cálidos y jugosos y luego el plácido recorrido de mi lengua por su areola y otra vez  una suave succión.  Mis manos hallan el cierre de la tela  y la larga falda cae. Eva está desvestida.

—Fueron echados del paraíso, después que Eva dio a comer a Adán el fruto prohibido, luego,  Dios puso, en la entrada, un ángel con una espada flamígera para que no volvieran —decía el  padre Ardila durante el sermón.

Mi mano,  otras veces temerosa, vencía la leve resistencia y exploraba delicadamente y con afán el pubis  hinchado y tierno  de  labios delgados y húmedos. Como un  Adán perdonado  por Dios, yo  blandía  mi estoque en la puerta abierta del edén que Eva me ofrecía. Con  mi larga y dura… inexperiencia, rompí el velo de la abstinencia y empecé a recorrer esa gruta inexplorada, intransitada y estrecha de manantiales cristalinos y tibios, que produjeron en mi mente la sensación  de estar conociendo el paraíso. Con un  leve pujido, una inútil reculada, Eva parecía estar entrando en el cielo, pegada de mi vientre, aferrada de mi cuello, apretándome suavemente  con todos sus labios,  en medio de  silencios, estremecimientos y suspiros.

Las piernas se abren. El  instinto  guía. El sudor persiste. Las caderas  se separan y luego se unen. Se unen  en un beso profundo. Y  otra vez. Otra vez  se unen y otra vez.  El placer florece. La entrega es total.

Embestí nuevamente el nicho deseado y mi dicha explotó en  diminutas estrellas, como en un evento cósmico  de  la vía láctea, iluminando las profundidades de ese cielo  rojizo,  resbaloso y caliente  que marcaría para siempre, mi iniciación en las lides de la varonía.

El sacerdote alzaba el cáliz y elevaba su mirada al techo, cuando con un  meneo espasmódico de caderas, nuestras almas en comunión,  la mente en blanco y en un instante sublime, nosotros  subíamos a conocer   la  Divinidad.

En tanto que el padre  pregonaba  a la multitud la buena nueva del  perdón,  establecida en el evangelio de Cristo, yo le juraba  mil veces a Eva guardar el secreto y ella prometía que nos volveríamos a ver entre las  piedras del solitario río.

Lo que algún día  el tiempo y la  fecundidad  convertirían en una brecha de músculos flácidos y perezosos, hoy era, una delicada abertura de labios babeantes y  briosos por donde entraron  mis deseos carnales y tiesos para escribir en la memoria, la efímera importancia de la primera vez. Desde entonces, ya no solo era mi pensamiento el que estaba con Eva, también a ella le di mis ojos, mi boca,  mis manos  y mi razón.  No me resistí más.

El  cura daba la bendición final  y yo me alejaba, con una liviandad de cometa,  complacido y alegre cuando una  gran sombra  vigilante  me  descubrió en el momento en que  salía de la casa de Eva, puso su gran mano sobre mi hombro y  me pidió un préstamo para cancelar  una  deuda en el billar.

Agosto de 2008.
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©   Pedro Antonio Losada López

LA CASA DE ASTERIÓN
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Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VIII – Número 32
Enero-Febrero-Marzo de 2008

SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
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PROGRAMA DE HUMANIDADES Y LENGUA CASTELLANA
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
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