Eva
Pedro Antonio Losada López
Por aquellos días, andaba buscando otro lugar donde poner mi pensamiento. No porque su movilidad me resultara incontrolable, justamente era por todo lo contrario. Aunque se sentía cómodo donde estaba, tenía la urgencia de sacarlo de ahí, siquiera hasta que llegara el día domingo, aunque luego permaneciera allí por mucho tiempo y tal vez, secretamente, para siempre. En este propósito había recorrido casi todos los rincones de ese pueblo. Algunas calles pavimentadas terminaban más allá de las grandes bodegas. Otras, empedradas, ondulantes y angostas, desembocaban en un enorme parque de jardineras de cemento rústico abarrotadas de flores. En el centro de este, un polvoriento cuadrado y, en medio de este, dos frondosos mangos, debajo de cuya copa, tuve el primer encuentro visual con el deseo: Ambos parados. Ella, con un pie sobre el asiento de una banca y la falda levantada; él, con la bragueta abierta. La soledad del parque.
Él lo intenta pero no saca provecho, ella es más alta. Avanzan hasta una banca de granito sin espaldar. La luna es intensa. Mis ojos escondidos, curiosos y escrutadores.
Subí hasta el Cerro de la cruz, escudriñé en la panorámica que desde allí tenía, calle por calle, hasta ubicar mi casa, la cancha de fútbol, el teatro y todos los lugares que tenían importancia para mí. Pero mi mirada volvía siempre al mismo punto, igual que mi pensamiento. Luego caminé hasta el puente sobre el río Pao y, desde la altura, miré correr el agua. La corriente, débil y clara, rodeaba y envolvía piedras de lama verde y movía algunas hojas secas. Abrazaba mi pensamiento para que se quedara conmigo pero él se me escapaba. Siempre al mismo lugar. Bajé hasta la corriente, junté mis manos como una concha y tomé agua, entonces el deseo de bañarme me alcanzó, miré en todas las direcciones y comprobé mi soledad. Dos piedras muy grandes formando una pequeña caverna protegían mi intimidad, de alguien que pudiera pasar allá por el puente. Me desnudé y, en un pozo que había quedado aislado de la corriente, me contemplé: ya no tenía la mirada que llegaba a las niñas de manera ingenua e imprecisa, ahora se detenía en las formas voluptuosas de las mujeres y en las transparencias textiles de la díscola profesora de inglés. Una leve brisa fría bajaba de la montaña por todo el cañón del río.
Mi reflejo sobre el agua tensa los músculos y adopta una pose de narciso, luego se relaja, se toca los brazos y los hombros.
Me di cuenta que mi bozo se había oscurecido y mi sonrisa se había vuelto más interesada y, desde hacía algunos meses, mis vellos púbicos habían ennegrecido y alargado y engrosaban ese portentoso futuro que tenía por delante, como lo dijera emocionada, años más tarde, una primípara de economía y aprendiz de pitonisa, después de una noche de muchos versos, algunas canciones y uno que otro trago de ron. Mi reflejo se acariciaba suavemente el pecho y el abdomen. Bajé las manos hasta donde se unen las piernas y agarré con entusiasmo la sólida expresión de mis instintos, ya vigorosamente levantada. Entonces la evoqué a ella, a Eva, pero ya mi pensamiento estaba con ella. Mis manos iban y venían, la llamaba murmurando, decía su nombre muy paso, sentía sus labios frescos y carnosos subiendo por la mejilla hasta mi oreja, donde su lengua fina y ágil apenas tocaba mi oído. Su caricia calculada me estremecía y me erizaba. Recordaba sus besos sosegados y silenciosos y sus senos descubiertos sobre mi pecho desnudo. Mi incansable mano hacía el recorrido de extremo a extremo, ajustándose según mi sensibilidad. Mi mente excitada seguía el movimiento de su cadera. Mi mano era incesante. Mi pensamiento inventaba con libertad caricias rotundas sobre su cuerpo caluroso y en mi mano la velocidad hacía desfogar mis ilusiones mientras yo me perdía extasiado en un goce solitario.
Tampoco es que mi pensamiento fuera hostil, era todo lodo lo contrario. Tan dócil era, que había perdido la dinámica propia de su naturaleza, ya no era tan versátil. Se había vuelto sedentario y abúlico. Ese comportamiento lo supe años después, era normal para el estado en que me encontraba, pero por esos días, eran una tortura. Tenía que sacarlo de donde ella, por lo menos hasta el domingo por la mañana. Lo había llevado a ver correr el agua del río Pao, buscando que se entretuviera en cualquier cosa por banal que fuera, que se concentrara en otras sensaciones como la que produce el agua sobre los sentidos y experimentara la fresca vitalidad que le da también a la mente. Que observara la vertiginosa carrera de chorros y gotas por todo mi cuerpo, que notara su insípido sabor refrescante, el monótono pero agradable sonido del agua chocando con las piedras y el siempre cambiante espectáculo cuando sube y baja formando largos rápidos y diminutas cataratas que se deshacían en burbujas blancas.
Desde el momento en que había recibido la confirmación, mis hábitos se habían desordenado, los libros y cuadernos ya no tenían importancia. Por las tardes, cuando abrían el billar, violando la prohibición que tenía sobre eso, empecé a ir pero solamente a ver, no debía gastar mi escaso dinero allí. Miraba el duelo entre Javier, el primo de Eva, quien pocos días después terminaría su visita a la casa de sus parientes y se marcharía a su pueblo natal, y un hombre bastante mayor, de movimientos pausados y manos pequeñas que contrastaban con las manos, tan grandes como guantes, de su contendor, muchacho joven y de atención a veces dispersa. Observaba absorto el efecto de las bolas al tocar las bandas, la precisa dirección, la sensación de que las bolas tenían imán por la desesperación con que se buscaban para chocarse, la suavidad con que se deslizaban y la concentrada disposición del jugador en cada turno.
El sábado anterior y tratando de recuperar mi gobierno sobre el pensamiento, mientras llegaba el domingo por la mañana a la hora de la misa de diez, lo induje a interesarse en el paisaje, mientras recorría los alrededores del pueblo. La flor que abre lentamente sus pétalos para que el colibrí presuroso la penetre con su lengua vibrante buscando el néctar que no empalaga, la erguida esbeltez de los árboles, la respiración de las lagartijas trepadas sobre las piedras y las secreciones chorreantes y viscosas de un árbol al que le habían quitado un pedazo de corteza, fueron por ese día mi foco de atención.
Por fin llegó el domingo.
Hoy es domingo. Día de misa y de mercado. Hoy es el día.
Las horas y los días habían pasado con tan desesperante lentitud, que alguna vez tuve la necesidad de acostarme más temprano para no ser consciente del paso del tiempo. Mientras llega la hora, recorro discretamente el mercado, las formas de las frutas me emocionan: la redondez de las naranjas me hacen suspirar, acaricio dos patillas redondas que delinean unas nalgas compactas y frías, meto mi dedo suave y delicadamente en la parte rosada, jugosa y dulce de otra patilla partida por la mitad. Mi dedo entra y sale. Mi imaginación se regocija. Luego me retiro sin que nadie lo note y sin que nadie se dé cuenta de mi ansiedad. La gente pasaba con gesto festivo para la misa, también pasaron los padres de Eva y su hermana menor pero no su primo, ya lo había visto en el billar quejándose por su mala racha. Ella se había quedado sola en su casa, fingiéndose enferma y yo oía aliviado el último repique de las campanas llamando a la iglesia para la misa de diez. Era la señal convenida.
Los ornamentos sobre una mesa, arreglados como instrumentos quirúrgicos, van siendo levantados uno a uno. El monaguillo ayuda al sacerdote a vestirse para el oficio.
—Amito —ordena el sacerdote.
La besa y se coloca la primera prenda.
Eva no habla, sus labios temblorosos rozan los míos, poco a poco se meten unos entre los otros y se presionan delicadamente, mis manos acomodan su pelo y a ciegas desabotono su blusa. La primera prenda cae. Su respiración es agitada. Aún hay temor.
—Alba —dice el clérigo.
El monaguillo obedece y el padre se viste con confianza.
Mis manos con suavidad acarician su espalda, lentamente recorren la piel tersa hasta que se detienen en el herraje, susurro en su oído y, con un ágil movimiento, ella lo desengancha. El brasier desciende por sus brazos. La segunda prenda cae. Mis labios recorren su oreja, su cuello y su pecho, apretando muy tenuemente cada pedacito de piel donde sus finos vellos, erectos como postes y suaves como lana, se doblan al sentir mi aliento. Una gota de sudor cae dentro de la boca. Le juro secreto eterno. Ya no hay temor.
El padre se pone la casulla y queda vestido para oficiar.
Sus manos sobre mis mejillas guían mi boca hacia sus senos, una delicada succión en el pezón, el repetido intento de mi boca de contener aquellos globos cálidos y jugosos y luego el plácido recorrido de mi lengua por su areola y otra vez una suave succión. Mis manos hallan el cierre de la tela y la larga falda cae. Eva está desvestida.
—Fueron echados del paraíso, después que Eva dio a comer a Adán el fruto prohibido, luego, Dios puso, en la entrada, un ángel con una espada flamígera para que no volvieran —decía el padre Ardila durante el sermón.
Mi mano, otras veces temerosa, vencía la leve resistencia y exploraba delicadamente y con afán el pubis hinchado y tierno de labios delgados y húmedos. Como un Adán perdonado por Dios, yo blandía mi estoque en la puerta abierta del edén que Eva me ofrecía. Con mi larga y dura… inexperiencia, rompí el velo de la abstinencia y empecé a recorrer esa gruta inexplorada, intransitada y estrecha de manantiales cristalinos y tibios, que produjeron en mi mente la sensación de estar conociendo el paraíso. Con un leve pujido, una inútil reculada, Eva parecía estar entrando en el cielo, pegada de mi vientre, aferrada de mi cuello, apretándome suavemente con todos sus labios, en medio de silencios, estremecimientos y suspiros.
Las piernas se abren. El instinto guía. El sudor persiste. Las caderas se separan y luego se unen. Se unen en un beso profundo. Y otra vez. Otra vez se unen y otra vez. El placer florece. La entrega es total.
Embestí nuevamente el nicho deseado y mi dicha explotó en diminutas estrellas, como en un evento cósmico de la vía láctea, iluminando las profundidades de ese cielo rojizo, resbaloso y caliente que marcaría para siempre, mi iniciación en las lides de la varonía.
El sacerdote alzaba el cáliz y elevaba su mirada al techo, cuando con un meneo espasmódico de caderas, nuestras almas en comunión, la mente en blanco y en un instante sublime, nosotros subíamos a conocer la Divinidad.
En tanto que el padre pregonaba a la multitud la buena nueva del perdón, establecida en el evangelio de Cristo, yo le juraba mil veces a Eva guardar el secreto y ella prometía que nos volveríamos a ver entre las piedras del solitario río.
Lo que algún día el tiempo y la fecundidad convertirían en una brecha de músculos flácidos y perezosos, hoy era, una delicada abertura de labios babeantes y briosos por donde entraron mis deseos carnales y tiesos para escribir en la memoria, la efímera importancia de la primera vez. Desde entonces, ya no solo era mi pensamiento el que estaba con Eva, también a ella le di mis ojos, mi boca, mis manos y mi razón. No me resistí más.
El cura daba la bendición final y yo me alejaba, con una liviandad de cometa, complacido y alegre cuando una gran sombra vigilante me descubrió en el momento en que salía de la casa de Eva, puso su gran mano sobre mi hombro y me pidió un préstamo para cancelar una deuda en el billar.
Agosto de 2008.
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© Pedro Antonio Losada López
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VIII – Número 32
Enero-Febrero-Marzo de 2008
SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290
PROGRAMA DE HUMANIDADES Y LENGUA CASTELLANA
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
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