Performance nocturno

Luz Marina Velandia
luzmvv7@hotmail.com

En aquel momento yo había escrito la palabra trascender, como una llamada y una orden,
como un aviso a mí mismo, como un propósito, nuevamente formulado y corroborado,
de poner mis actos y mi vida bajo este signo convirtiéndola en un trascender,
en un decidido y alegre cumplir, rebosando y dejando atrás todo espacio,
todo trecho de camino. Había llegado la hora y no cabían titubeos ni demoras.
Esa sensación peculiar que a veces llamaba “Despertar”, me era conocida
desde los momentos decisivos de mi pasado;
Era vivificante a la par que dolorosa, una mezcla de despedida y marcha
que me sacudía desde lo hondo de mí ser, como un vendaval de primavera.

                                                                                                                                                          Hermann Hesse 


¡No me abraces, no me gusta!, quería gritarle al sentirlo cerca, al saber que iba siendo la hora de verlo llegar. Pero se detenía. Era como una fusión entre el miedo y el asco que la paralizaba, que la hacía estar ahí y esquivarlo. Ahora estaba como atrapada en el tiempo y el espacio incorporado de la monotonía y su  ritual de vida.

En su niñez todo fue distinto hasta aquel innombrable día en que ese hombre trató de desgraciarla, y por lo que le tocó perder el paraíso. Mantenía  la nostalgia de aquellos tiempos, cuando le gustaba sentarse bajo los árboles para bañarse de hojas secas, y abrir los ojos para verlas descender bajo la armonía propia de la naturaleza. Recordaba a sus hermanos,  jugando con naranjas y toronjas en las tardes cálidas, con los rizos enmarañados, cubriéndose tras escudos naturales y con munición por doquier. Pero llegaba la hora de regresar y su madre siempre tan ligada a ese hombre indolente, inconsciente, autoritario y bestia que no mereció una mujer llena de tantas cualidades, que sabía ser mamá en su ausencia. Tenía recuerdos de domingo, de las fiestas con sus hijos, de la felicidad que les transmitía, de lo complaciente y recursiva que podía llegar a ser. Le aturdía no entender a qué se debía la dependencia de su madre a ese hombre y con el paso del tiempo, muy temprano a sus diez años, comprendió que la mujer que se entrega se subyuga, pierde su voluntad, se aliena, se une a un ser que nunca va a entender su esencia, casi se pierde en aquel que se cree cabeza, dominante… pero que es un insignificante que vive tras las caderas y muere por ellas. Desde  entonces se prometió que nunca iba a permitir eso, no dejaría que un hombre la humillara ni que la maltratara. Aunque a ese mortal no le importó que ella estuviera reconociendo que el mundo era peor ante la desilusión, y que sus huesos frágiles apenas resistían el diario vivir, a ella sí, corrió desesperadamente como animal que se escapa de su depredador y sintió por vez primera esa condición vivificante de ser libre.

Cuando el alma le maduró y creyó haber exorcizado esa inhóspita experiencia, quiso sacar de sí  las angustias,  y se entregó a la vida de una joven común. Nunca le funcionó, necesitaba alguien que le brindara seguridad. Sin embargo, tan lejos, sola y con tantos problemas en la ciudad, una tarde lo conoció; con el tiempo descubrió que no lo amaba, pero tenía hacia él un sentimiento que no podía  explicar. Él sabía llevar su ropa, sus pasos contados y firmes, su estilo tranquilo y su cuidado, era cautivador.

El tiempo pasó y creyó controlarlo todo. Se  olvidó del pasado, de las promesas. Se  relajó mientras los besos borraban cada hilillo de sus temores y los dedos jugaban con el laberinto de sus pasiones. Cruzó el límite que se había impuesto, se falló y pretendió olvidar en medio del repudio… pero la semilla germinó. Ahora este pequeño le ha cambiado su mundo, así como le regala felicidad, le complica todo,  controla su tiempo y hasta sus emociones. Ella lo amaba, pero sentía que todavía no estaba preparada, solo esperaba que el destino a esta edad le hubiese presentado otras cosas.  Ahora se encontraba en una encrucijada, una familia para su hijo o luchar nuevamente por su libertad. Él era su marido y por ello pretendía apropiarse de su cuerpo,  sin imaginar que para ella era una ofensa que él la tocara o la viera, que él se sintiera con un derecho que no le habían dado y que pretendiera adquirirla como si fuera de su propiedad. Al principio tuvo la oportunidad de excusarse, y eso la hacía estar tranquila, trataba de no pensarlo, como si el tiempo borrara su apetito, pero él estaba ahí, insistente, no lograba entender que ella no quería, que no soportaba que se paseara desnudo por toda la casa como si  tuviera la obligación de verlo, le fastidiaba esa fisonomía tan imperfecta que lo volvía vulnerable tras su piel colgante.

Siempre a la misma hora, acostumbraba a ocuparse, para cuando llegara, no tuviera ni siquiera que hablarle, esperaba que jugara con el niño y casi siempre terminaba durmiéndose, en aquel momento sin hacer ruido se acostaba, aunque él ya sabía y la engañaba. Entonces, empezaba la rutina diaria, ella se abrazaba a la almohada como si fuese un escudo, él la estremecía, la alzaba, la tiraba al suelo, era un hábil malabarista, pero ella tenía gran fortaleza muscular, permanecía estática, contraída, envidiando al puerco espín, hasta que se agotaba, se vestía y se iba. No le importaba qué hiciera por fuera, tan sólo que la dejara tranquila. No pretendía que él entendiera que para ella, entregarse era subyugarse y que en definitiva no estaba dispuesta, porque los hombres sólo piensan de la cintura para abajo y no iba a permitir que él usara su cuerpo para su satisfacción, para verlo después, tirado, inservible, en un éxtasis  de vana lujuria, en un mundo ilusorio de posesión.

Ella lo planeó todo, estaba preparada a escapar de su prisión. Muy temprano lo espero acostada, antes había dispuesto todo en su lugar, el niño ya dormía. Al sentir la llave en la cerradura, cerró los ojos y dejo una de sus piernas a medio descubrir,  él no se quitó la ropa y se acomodó a su lado.  Aunque la habitación estaba oscura, un halo de tranquilidad recorrió su cuerpo porque sabía dónde estaba todo. Volvió a experimentar el hastío que le producían sus manos cuando la tocaba. El temor que había soportado durante muchos años se dejó ganar de firme convicción de dar por terminado todo ese suplicio. Sostuvo entre sus manos la daga hiriente,  la fundió entre su carne maciza  para abrirla y relajarla cual res, para acabar con su ignorancia, con su gallardía. Lo vio morir mientras recordaba en su rostro de sufrimiento las facciones  de aquel hombre que una vez intentó desgraciarla y  vengó con ello todo lo que le habían hecho. Experimentó un placer mayor que el que sostuvo en su interior el día que su hermano le contó que a ese lo habían matado en su casa, con un tiro de gracia y el cobarde ni siquiera vio los ojos del que acabó con su vida porque se lo dieron a traición. Mientras un orgasmo mental se apoderaba de sus sentidos, recordó que era mejor borrar toda huella de su existencia y se decidió a limpiar el rastro de la sangre espesa y de color grisáceo casi negro, antes de que rayara el alba y con ello se confundiera la realidad de su vida.

Al amanecer, auscultó la habitación como si fuese la primera vez que la viera, miró el suelo fijamente, pero no encontró ninguna mancha. Se levantó de la cama con un mundo menos cruel en las manos, buscó a su verdugo y lo vio desnudo  como siempre, pero esta vez no sintió repulsión por su desnudez, le parecía inocente, hermoso, varonil.  Cuando caminó cerca a la cama, él la esperaba, con un toque suave le acarició la pierna y ella lo miró a los ojos, era él pero a la vez era otro. Con el rostro confundido por el asombro, se dio cuenta de que este nuevo hombre había confundido su identidad, que hacía llamarse como él, que tomaba su lugar en la cama, pero ella sabía que él había muerto de su mano esa noche. Como si fuese un niño no preguntó quién era, cómo había aparecido. Ahora sin preguntas ni titubeos, él la acompaña y le enseña a amar con toda la sensibilidad. No se negó a sus deseos carnales, ella descubrió en sí un placer desconocido , se escurrió sobre su pecho y lo besó, sus piernas temblaban bajo el influjo de la pasión que ahora corría por sus venas, era un alma posesiva que tomaba su cuerpo, que disfrutaba de su condición humana, las manos grandes y fuertes recorrieron uno a uno los extremos prohibidos de su piel y se fundieron como un vals de media noche, mientras el sudor empapaba el lino y los dos, en un compás perfecto y preciso, quedaron tirados, inservibles, en un éxtasis de vana lujuria que ahora sí tenía sentido. Aún le parece extraño, que haya otro ser que camine con esos pasos firmes, contados, y que se crea padre de su hijo.
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©   Luz Marina Velandia

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VIII – Número 32
Enero-Febrero-Marzo de 2008

SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290

PROGRAMA DE HUMANIDADES Y LENGUA CASTELLANA
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

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