La señora del baño

Iván Osorio
jeremias80000@hotmail.com
Humanidades y Lengua Castellana – Universidad del Atlántico

Recorta una vez más, por la mañana, las figuras que hacen sombras en la pared para alegría de su hijo más chico, Pedro, que todavía no concurre a la escuela. Repasa mientras tanto su vida, un poco, porque mañana se reúne con las chicas, cumplen veinticinco años de haberse recibido de bachiller. Les tendrá que dar algunos informes. Termina de cortar las figuras, un elefante, un gladiador, un arco de cancha, una mujer. Pero esta última la deja pensando en algo raro que no consigue definir; hay maldad en esta figura recortada de la revista Vanidades, es una modelo, pero no es su cara la que le resulta incomprensible, en ese caso no se preocuparía, porque lo que importa es la sombra que hace en la pared. Deja la figura para que Pedrito la haga caminar, andar y saltar por la pared. Es una mujer flaca, de largas piernas con las que Pedrito puede hacer cualquier cosa, como nudos, cruces, puentes, etcétera.

Pedrito mira a su madre que baja las persianas para oscurecer el living y cuelga unas telas negras encima, como cortinados. ¿Es tonta esta mujer? Se cree que él se va a divertir todos los días de su vida con las figuras recortadas que ella le prepara antes de que se levante. Está cansado de ese juego ridículo y piensa en hacer algo para asustarla de sus propias figuras recortadas. Ahora su mamá está pensando, sentada en la silla que más le gusta, y está pensando seguramente en Dios. Su papá dice “qué mal que te hicieron esas monjas”, porque ella vive recordando a las monjas y el pecado y a veces se esconde —es como si se fuera de casa— para pensar en Dios. Pero ella tiene que recordar a las chicas del colegio, tiene que ponerse a hacer eso para mañana, si no mañana se va a llevar un disgusto cuando no reconozca a ninguna y Susana le tenga que decir los nombres, pero cuando intenta hacerlo es cuando más la interfieren esas voces, que no es que escuche voces, pero es como si ella fuera otra persona, una persona consagrada a Dios. Le quedó una nostalgia y algo más de los años de colegio, cuando se sentaba en el banco del huerto, cuando iba a la gruta, es como si siguiera siendo esa persona, esa chica, sentada en los banquitos del huerto, o explorando la gruta consagrada a la virgen. Y no puede reprimir los pensamientos de estar allí, como si estuviera, cuando sus padres, para hacerla mejor, para hacerla perfecta a ella que era la perla, el diamante de la casa, juntaron todos sus ahorros —trabajaron duro y terminaron teniendo algo de plata por eso mismo, porque la querían mucho— y la pusieron interna en esa escuela de monjas…

…pero Pedrito no la deja pensar, hoy está más excitado que nunca con las figuras que le recorta, precisamente con la que ella vio diabólica . Con esa juega y chilla como nunca, la aproxima al velador, la aleja y la acerca a la pared, la hace hablar (él es muy imaginativo), y ella no puede pensar más que un poco, salteado. De pronto recuerda a una de las chicas, pero claro, era del otro curso, del “A”, pero esa chica le llamaba la atención. No, no estaba pupila, si ella era de las pocas pupilas que había. ¿Cómo describirla? Era una flaca… tiene la impresión de que algo había pasado con esa chica que las monjas supieron. No era un embarazo… Ella siempre supo lo que era pero no se atrevía a pensarlo, es esta época la que hace que uno pueda pensar en cualquier cosa, antes trataba de no saberlo, esa chica estaba enamorada de una compañera, de esa tan simpática que se llamaba Lila. ¿Pero cómo lo supieron las monjas? Porque en realidad todas las chicas hacían como “parejas”, todas tenían su amiga íntima (ella tenía a Susana que la tiene hasta ahora), pero parece que era algo distinto. Muy distinto no podía ser, todas se abrazaban, iban enlazadas, se besaban, se tomaban de la mano para pasear por el patio en los recreos y contarse cosas de los chicos, gusta de ti, gusta de mí, el hermano de Juana, el primo de Laurita, todo eso, me besó en la boca (y casi siempre eran mentiras), los chicos nunca las besaban, eran bastante cobardes si ellas no intentaban primero…

Pero la flaca tenía una historia, algo así como ser huérfana de padre y madre y vivir con una tía, sí, con una tía muy rica. Eso sí era seguro, ahora lo recordaba bien, que todas primero le tuvieron lástima, que los padres murieron en un accidente. Era seguro, sí; la chica flaca no iría a la reunión, era del otro curso, del “A”. Y seguramente no se reunirían las dos promociones porque siempre habían sido enemigas, bueno, se decía “rivales”. Aparte, la habían expulsado del colegio en tercer año, antes de que pudiera recibirse. ¿Se habría recibido, habría estudiado algo más? Lo que quería recordar era el nombre, ya que la cara se le había casi borrado, casi borrado también la forma del cuerpo, la silueta, aunque sí se acordaba muy bien de que era muy delgada, de que tenía cara de histérica, casi borrado en realidad también la cara, no del todo, lo que no recordaba era la forma, pero sí los ojos algo saltones, muy grandes, la cara de niñita fea que quizá sea bonita de grande pero no podía ser, con esos ojos de loca, ese pelo con remolinos… No era dulce como su amiga Lila con la que estaba siempre, y era por eso que le había llamado primero la atención, y más porque era huérfana y se suponía, se supone, que las huérfanas son tristes y la tristeza es suave, no agresiva.

Estaban jugando en la clase de gimnasia, ya que las dos divisiones compartían la misma clase, cuando la flaca se le acercó y se sentó a su lado. Ella estaba mirando jugar porque estaba indispuesta, y la flaquita nunca jugaba no se sabía por qué, pero la profesora no le decía nada, sería porque estaba desnutrida o era loca. Porque apenas se sentó, le dijo “¡qué simpática eres, me gustaría ser tu amiga!”, y no salió corriendo, y ella creyó que se burlaba pero no contestó. Pero después, cuando supo por qué la echaron, cosa que en el fondo ya sabía pero ¿cómo decírselo a sí misma?, y cuando las chicas lo comentaron, entendió, pero no se lo contó a nadie, claro.

Pone la mesa del almuerzo, está pensando en la huérfana, la loca. Pero ahora no por ella misma sino por algo que pensó cuando pensaba en ella: lo de la edad. La chica tiene sólo quince años para siempre para ella hasta que vuelva a verla si la ve, y ella envejece lento pero seguro frente a cualquier espejo de su casa, adentro de su casa, o afuera, si tiene que hacer alguna compra. Ahora tiene que hacer una compra, se había olvidado el pan, y ya que sale a la calle, va a aprovechar para llamar a Susana y preguntarle por la reunión de mañana y además por la chica de la otra división, ésa que se fue mucho antes de que se recibieran. Porque no quiere que la escuchen los chicos que están por llegar, hablando con Susana de cosas en realidad más íntimas de lo que se cree. Busca en la libretita donde tiene las cuentas de todos los días, el teléfono de Susana, tampoco es que la llame todos los días, y aparte su memoria nunca fue buena, apenas sí recuerda lo de aquel tiempo de estudiante, o está empezando a recordarlo. También a menudo, en estos días, las ausencias de ella coinciden con que su voz, lo que ella llama pretenciosamente la voz de Dios pero no se anima a decírselo abiertamente, le dice las mismas cosas que le decía antes, cuando le hablaba en el colegio, cuando ella iba a sentarse al huerto del colegio para sentir esa frescura y para escuchar serenamente esa voz. Su propia voz, ya lo sabe, sólo que desconocida porque ella no es tan inteligente, tan poeta, pero su propia voz de todos modos, que se quede tranquilo el doctor, que ella no está loca y lo sabe, distingue que nadie habla dentro de ella misma sino ella.

Lo que se le escaparon siempre fueron los detalles, en la memoria, y es tal vez por esto que siempre se sintió un poco torpe. Cuando cuenta algo a su marido o a los chicos, hay siempre un detalle que falta y que a lo mejor no tiene tanta importancia pero que es lo que une, lo que hace que lo que uno cuenta tenga vida, tenga realidad. Cuando ella cuenta algo, hasta lo más tonto parece inventado, porque no recuerda los detalles, como las caras, los apellidos, los gestos, las maneras de hablar. Ella siente que si pudiera adquirir este tipo de memoria de detalles sería mucho más feliz y hasta se daría cuenta de otras cosas de las que al final se da cuenta pero que es como que la rodean durante mucho tiempo hasta que por fin le gritan abiertamente para que ella las escuche. Mejor anota el número de Susana, la llama y hablan de tonterías; toma la bolsa y va a comprar el pan.

El mediodía en la calle es uno de esos de cielo azul y un poco frescos que tanto le gustan, y el olor del pan también le gusta, el que lleva en su bolso. A ella le agradan el olor del pan y el del café. Aunque no toma café porque podría provocarle insomnio, como todo el mundo sabe, pero es una de las cosas que más le gustan en el mundo. Ella siempre trató de conseguir un café que se pareciera a su olor y no lo encontró nunca, pero si lo encontrara tal vez ni pensaría en el insomnio. Después de todo se ha estado cuidando de tantas cosas ¿para qué? De cualquier modo una envejece y también le llega el día de su muerte, antes o después. En este momento tiene como una comprensión mayor de esto, que quizá después olvide fregando ollas o recortando figuritas, pero ahora ve que no es demasiado importante cuándo es el día de la muerte, ni aun cuando sea antes de tiempo, si de cualquier manera uno se va a morir. Importante, ¿existe la palabra importancia para ella? Diría que no, porque si descarta sus tareas de cuidadora del hogar, de los chicos y del marido, que en este instante está viendo que no son importantes, no queda nada. Y ella se reduce a nada. No sólo a nada importante sino a nada a secas, y ahora ya muy lejos de lo que antes era importante: Dios. Pero si se remonta, siempre fue así, y hay algo más, no encontró su importancia porque no creyó en la importancia de nada, ésa es la gran verdad. Sólo de Dios, y nunca de modo continuado sino cuando vienen esas voces. Ella no es que escuche voces, es una inspiración; sabe que ella misma lo piensa cuando piensa de ese modo. Un modo místico, dijo el doctor. Es por eso que su marido la cuida de tomar café, aunque la verdad…

“…yo soy una mujer sencilla, y me levanto al alba, preparo la comida y la comida la como para ti, ya que no me interesa. Ahora me pregunto, porque a mí sí me gustan algunas cosas materiales, como la luna en el huerto, y el huerto mismo, tan fresco y respirante. Me pregunto si todo eso no es también material, y lo que yo tengo como cosas espirituales, y tú en infinito mayor grado, ¿es sólo alma todo eso y tú? Porque mi cuerpo es prestado, me dijiste. Es como la casa construida para ti en el mundo, como una iglesia. Aunque a la casa suelen dolerle los ladrillos, el techo, suele lloverse y suele llorar muy tristemente. Y ese dolor es de carne y aunque sea leve, no lo soporto porque ése sí que me pone en el mundo. No es como las disciplinas que se daban los santos en mí. Ellos se te acercaban con el dolor de eso que no era suyo, su cuerpo. Pero el dolor ¿lo sentían? Me parece que no. Estaban sumergidos, sumergidos en tu gran magia de océano, anestesiados para los sentidos, y también son los sentidos los que transportan el dolor físico al alma. Yo no tengo dormidos los ojos, la piel, los oídos, sólo el gusto porque no paso mucho la comida y me obligo a pasarla, por ti. ¿Y si te quiero y si te estoy queriendo con los sentidos físicos? ¿No sería esto el peor pecado? Porque, como te dije, tú eres el jardinero, el que pone las cosas y la luna a su cuidado, el que cuenta las tormentas que deben ser y cómo, el que cuenta los árboles y los niños que deben nacer, como un comerciante al que le falta tanto y lo repone. Y lo haces tú mismo, lo haces de materia, de una materia que no sé de dónde sacas porque   eres de alma espiritual inabarcable pero no de materia. Pero también eres Dios, de eso no hay dudas hasta por las sombras. Digo esto por el dibujo de la sombra en la pared y tantas sombras hermosas. Digo esto porque me parece que cuando llego a ser algo del espíritu, un poco, cuando me acerco a serlo, estoy en ese límite, soy sombra, ya que la sombra no es materia ni deja de serlo, se va haciendo más y más carne, o menos y menos carne, según te acerques, te alejes de la lámpara o luces. No, no digo, perdón: yo pienso todo esto…”

…y también piensa comentárselo a Susana, a quien está a punto de llamar, ya tiene el auricular  del teléfono en la mano, el de la cabina.

—Esa era María Consuelo Robles, “Mara” Robles… ¿Qué bicho te picó? —le responde Susana, que tiene una memoria excelente.

—El bicho de Dios —contesta ella y se hace un largo silencio para Susana, no para ella en su interior…

…—¡Hola! ¿Qué? ¿Bicho de Dios, dices? ¿Estás de nuevo con las voces?

—No son voces, soy yo la que habla, soy yo la que le habla a Dios, pero es mi voz, no escucho otras voces, ni a Dios contestándome, ni esas cosas.

—Igual es malo… ¿Por qué me preguntaste por Mara Robles?

—Por nada, porque estaba tratando de pensar en las chicas, en el colegio, y de la única que me acordaba mucho era de ella, y de ti, claro. Pero de ella me acordé todo el tiempo.

—Pero no era compañera nuestra, estaba en la otra división, y además se fue, la echaron, dos años antes…

—¿Se habrá muerto?

—No sé, me parece que no. ¿Por qué lo dices?

—Porque es como que me persigue, como que quiero recordar bien su cara, sus ojos, casi la tengo ya.


—Eso también es malo. ¿Se lo dijiste a tu marido?

—No. No vino del trabajo todavía, recién estaba poniendo la mesa, ni vinieron los chicos. Pero tampoco voy a contárselo a nadie más que a ti.

—Sí, me parece bien que no lo digas por ahora, pero me gustaría saber por qué no se lo puedes decir a nadie más.

—Porque es algo muy íntimo, ¿te das cuenta? Recién estaba pensando que es algo tan íntimo que no quería que me oyera decírtelo ni Pedrito. Estoy llamándote de una cabina.

—¿Te fuiste a una cabina para decirme esto? Está bien, ya sé lo que vamos a hacer. Voy por allá más tarde y a lo mejor nos animamos y nos vamos al cine.

—Hace cien años que no salgo, doscientos que no voy al cine.

—A un cine del centro, a algún lugar lindo, y de paso caminamos por el paseo Bolívar.

Pone, sobre la mesa, el pan que falta. Se da cuenta de que, aunque escuche esas voces, de ella misma, porque no le cumple a Dios, ella es más buena, es más buena de grande que de chica, cuando quería ser monja. Ella se acostaba en la cama cuando llovía y hacía frío, por las noches, y se sentía reconfortada por tener abrigo y cama, sentía una felicidad especial. Y eso era compararse con los que no lo tenían, se da cuenta. Hasta con los chicos pobres que no tenían abrigo ni comida… y ella se sentía reconfortada. Ya no. Cuando hace frío no puede disfrutar de lo que tiene, de lo poco que tiene, aunque hoy su marido trabaja mucho mejor en el taller, porque piensa en los chicos, y en los grandes, y en los ancianos, que pasan fríos y hambres. Y también, cuando no le cae bien una persona, tiene preparada una trampita para sí misma, para hacerse querer a ése que no le cae bien. Ella lo ve como si fuera un chico, trata de imaginarlo como cuando era un niño, y ya lo quiere, ya lo empieza a querer porque ¿quién no ama a un niño? Por caso la flaquita, a la que antes no quería, cuando tenían la misma edad, pero ahora no tienen la misma edad porque ella sólo tiene el recuerdo de cuando ella tenía quince, y le da ternura viéndola desde arriba, desde sus cuarenta y tres  años y ella quince.

Llega el marido y mira un ratico, antes de hablar, su plácida cara de pensamientos fijos en historias rosadas, frágiles, en todo eso de Dios. Tal vez esa cara es tan atractiva porque tiene esa paz, esa bondad. Porque está siempre relajada aunque se preocupe por todo, porque tiene como premio el cielo, y en la tierra el cielo de su buena conciencia.

Se sientan todos a comer. Pedrito tiene todavía la figura de la modelo que ella le recortó de Vanidades, que la ha hecho bailar y saltar y andar por los aires, sobre la pared oscurecida. Entre sus hijos, excepto Pedrito, ninguno está muy cerca, que se vea, de Dios. Pero interiormente, muy en el fondo, ella se atreve a pensar que Fernando, todo para adentro, todo números y pensamientos, debe ser el que llega, en algún momento en que descanse de pensar en la computadora, más cerca de Dios, porque ya tiene el pensamiento, la costumbre del pensamiento.

Susana llega con un paquete bien envuelto que son tazas para tomar el té, o mate entre ellas. Ella no puede luchar con esta bronca de lo que intuye que Susana piensa y además con eso de que sin decírselo venga a hacerse un poco la psicóloga, como siguiéndole la corriente, no francamente mirándola a los ojos decirle “pienso que tus voces, o eso que hablas con Dios, es porque estás enferma”, sino disimulando como si pensara que ella está bien traerle tazas para compartir el mate, o el té, y sonsacarle cosas. Para después, seguro, contárselas al marido y a los chicos y que ellos se preocupen y lo llamen al doctor y el doctor la revise, le pregunte, y le diga no es nada pero tiene que distraerse con otra cosa, no con hablarle a Dios. Y mientras toman mate Susana seguro va a decirle, se lo anticipó por teléfono, que si no quiere que vayan al cine, esta vez va a salirle con eso, a ella que nunca va al cine ni le interesan esas cosas y mucho menos caminar por el paseo Bolívar, ir a un cine del centro para después salir a caminar como si ella estuviera loca y Susana fuera encargada de distraerla con esas cosas, que aparte nunca le gustaron. Salir cuando se puede quedar en casa arreglando tantos desarreglos, haciendo más confortable la casa; en cambio si gasta unas horas en ir al cine disfruta la película, suponiendo que la película le guste —pero seguro no porque no le gusta el cine—, disfruta de un momento, y después se encuentra conque la casa, la casa donde debe vivir siempre ella con sus hijos y su marido —y no unas horas, como es salir al centro— está desordenada, está como la dejaron otra vez los chicos, porque si ella no anda detrás de ellos todo se convierte en una especie de campo de batalla, tal vez no de campo de batalla porque no hay muertos pero sí como si todo estuviera muerto, por lo sucio y lo desordenado. ¿La muerte es sucia y desordenada? La muerte es sucia, sí. Y después las flores que quedan de los velorios, que se pudren con ese olor a muerto, como si les hubiera quedado el olor.

El pensar en la muerte la pone mal, ahora que se olvidó de lo que pensó al mediodía cuando salió a comprar el pan y llamar a Susana, o sea, que no tenía importancia cuándo uno muriera. Pero Susana ya le está preguntando (y sí, se ve que la sonrisa no le salió airosa), le dice:

—¿Por qué tienes esa cara?

Susana se queda mirándola porque está tan callada, tan callada y tan lejana que seguro anda con eso de las voces, y
le da un café frío. Frío ya, y ella no tomo ni una sola taza.

Pedrito mira la escena. Parecen dos actrices inmóviles, principalmente su mamá. La amiga, Susana, de vez en cuando dice algo. Pero su mamá no. Parece que estuviera peor que otras veces cuando habla con Dios o esas cosas. Tiene la cara muy triste, como una sombra que se hubiera escapado de la pared, como las siluetas que le recorta. Y pensándolo bien él podría hacer algo por ella. Hay dos cosas que la ponen feliz: que él coma, lo primero, que él coma algo, cualquier cosa, como si no comiera cuando se sientan a la mesa, al mediodía y a la noche. Lo segundo, que él esté contento con las figuras que ella le recorta, que haga sombras vivientes en la pared. Y él ahora puede hacer las dos cosas. Pedir una taza. Pedir que oscurezcan, prendan la lámpara y le traigan la caja de siluetas. Y lo hace. Se acerca a la mesita de la cocina adonde están sentadas, les pide una taza. Pero es Susana la que se la da, su mamá no. Su mamá sigue callada, quieta, como si no estuviera, como si estuviera en el cielo, pero triste. Entonces pide lo segundo. Su mamá se anima un poquito, le pregunta “¿cuál de las que te recorté de la vanidades?”. Él dice: “la flaca, la de las piernas largas que las puedo anudar y hacer otras cosas”. Y ella grita, él no sabe por qué, ella grita muchas veces seguidas “esa no, esa no, esa no”. Y la mira a Susana con esos ojos de loca, de asesina. Como una bruja de un cuento en el bosque.

Susana le pide el número a Pedrito, llama al taller donde trabaja su papá. Está cerca, a dos cuadras. Y su papá viene. Todo alterado, todo sucio como siempre, pero todo nervioso, no está tranquilo como siempre. Lo llaman al doctor. La acuestan a su mamá, que ya no grita, y parece que se está calmando. Solamente que ve mariposas, dice. Dice que está todo lleno de mariposas y de nada más. El doctor le dice que se quede tranquila, que las mariposas son de Dios y no del diablo, y ella parece que le cree porque se calla. El doctor le pregunta que por qué se calló. Ella le contesta que porque está en la cama, cómoda, que en realidad sería mejor no levantarse nunca más. El doctor le dice que la cama es una tumba, que es como una tumba, que es lo peor, que se levante. Que le receta que se levante y salga, que salga con su amiga. Que se divierta y no piense en nada. Ni en los chicos. Ni en su marido. Ni siquiera en Pedrito. Que su marido se va a quedar acá para poner orden y darles de comer, y que a ella le va a dar plata para que salga con Susana y haga lo que quiera, como ir al cine, por ejemplo. Están buscando con Susana en el diario para ir a ver una película.

¿En qué te quedaste pensando?, dice Susana. El cine, dice también, empieza tarde, mejor dicho, mejor es la función más tarde porque podemos ver a toda la gente del centro bien vestida, a veces van artistas, van cantantes. ¿Y si nos vamos antes y caminamos también antes? A lo mejor nos cruzamos con alguien, con algún conocido, algún famoso. Todos caminan por el paseo Bolívar, parece obligación. Sí, todos caminan por ahí, pero no son fantasmas, no son fantasmas como ella, que está en lo que podría decirse el límite entre un fantasma y alguien de carne y hueso. También por lo que le dio el doctor, la pastilla sedante. Y va a esperar un poco más para salir, aunque Susana, ansiosa, la apure.
Susana la mira con esos ojos fijos, pero ella no quiere responderle, ya bastante gritó, ahora está serena, casi ni se preocupa porque va a salir, dejar la casa y dejarlo a Pedrito.

¿Para qué ir a ver Titanic? Sí, claro, es una historia de amor maravillosa, dice Susana, pero además una tragedia y ella de tragedias está cansada. Porque también es una tragedia aunque no se haya dado cuenta hasta ahora su propia vida, ¿quién diría que es una tragedia viendo a los chicos sanos, inteligentes? Pero es su vida la que es una tragedia. Y no porque ella sea inválida o ciega, es diferente. No consigue entender bien por qué se le ocurre que su vida es una tragedia, considerando que tiene esa comunicación estrecha con Dios, al menos ella siempre le habla y Él parece escucharla ofreciéndole pruebas de todo lo que le pide que le pruebe. Bueno, dice, le dice a Susana. Va a decir bueno a todo, ya lo decidió, y como si estuviera interesada. Seguro que el interés le va a nacer en cuanto haga esto, ella se ha alejado mucho de las cosas que les gustan a todos, como ir al cine, y no tiene costumbre de entusiasmarse con las cosas extrañas, pero la costumbre se adquiere, como el pensar, como el hacer las cosas de la casa, y en la costumbre uno se refugia. Seguro que a partir de ahora que sale con Susana va a tener la costumbre de salir, y se va a distraer, como dice el doctor, y en distraerse va a hacer otro refugio, otro nido. Como un pájaro. Ella hace nidos como un pájaro en todo lo que piensa, lo que siente. En todo lo que hace todos los días. Nido es sentarse a la mañana a recortarle las figuras a Pedrito, y nido, también, hacer todas las cosas diariamente, iguales, igualitas, entonces se hace un nido con las cosas iguales, como un pájaro con las mismas ramitas. Y en el hablar con Dios se está haciendo otro nido.

Píntate un poco, dice Susana. Pero ella nunca se pintó, es horrible salir como una no es, disfrazada de otra aunque la pintara bien, y poco, Susana. Sale, pintada un poco, con Susana. Ella dice que el cine está en la murillo con cuarenta y cinco, a ocho  cuadras del paseo Bolívar. Es raro estar sentada en un colectivo, nunca sale, hace diría años que no se sube a un colectivo, porque todo lo que tiene que hacer lo hace en su barrio. Y es interesante ver, mirar a la gente, uno siente que está mejor.

Hay un tesoro escondido en cada cosa, no se imaginaba que la iba a entretener tanto andar en autobús. Un tesoro de felicidad y colores, de tristeza también. Qué buena es la pastilla que le dio el doctor, todavía siente el efecto, una calma sin par, si a ella le dieran siempre esa pastilla para siempre sería como si le dieran un líquido de comprensión mágica que la haría dejar de pensar en lo triste aun viéndolo, que la alejaría de Dios, porque cuando habla con Dios es su cruz en realidad, porque ahí sí se ve que sufre. De pronto le da un ataque de risa de pensarlo y Susana la mira fijo, no se ríe. Ella le explica que se está riendo de acordarse de lo preocupada que estaba por encontrarse con Mara, la flaquita del colegio. Susana cambia, se sonríe. Dice: entonces estás bien. Y se ríe también ella fuerte. Y le recuerda: mañana tenemos la reunión de curso. Y ella, recién ahora, empieza a recordar que además era amiga de Juana, y de Carmen que también estaba pupila, y los ojos celestes de Laurita, y cuando las otras se encerraron a fumar en el baño, ella no. ¡Estás bien!, exclama Susana como si ella hubiera estado enferma. Lo que no quiere es dar explicaciones y Susana le pide explicaciones, le pregunta por qué. ¿Por qué decías esto, por qué no te acordabas de aquello, por qué aquella chica, la flaquita? Si se siente calmada, el cielo es azul, oscureciendo, las luces lo hacen como pintado de azul eléctrico, como de dibujo moderno o decorado de televisión. ¿Para qué le pregunta? Pero ella se prometió acceder a todo, decir a todo que bueno… Claro, no es lo mismo decir sí, bueno, que ser forzada a contar cosas que ni recuerda aunque hayan pasado hace cinco minutos.

¿Te enojarías si nos quedamos un ratico calladas?, le dice a Susana. Pero Susana no la mira bien, otra vez. Piensa, seguro, que va a empezar con sus ausencias, sus voces; no tiene ganas de explicarlo. No tiene ganas de explicar eso, ni de contestar a las preguntas. Lo único que quiere es mirar, observar en detalle. Sólo mirar, va haciendo nido ahora en mirar, en los colores. Como si los viera así, tan fuertes debajo de la luz, todos los días. Ya hace nido y se refugia en cada cosa nueva como si fuera de siempre, cada cara que pasa tiene alguna aureola. Ahora caminan no por el paseo Bolívar, sino por la Murillo, entran en el cine.

No es una historia de amor maravillosa y la está cansando la película apenas empezó. Lo que más le molesta de la película, o del barco, es ese “Ni Dios lo hunde” que dicen que estaba de verdad, cuando sucedió lo que de verdad sucedió, que es el hundimiento. Lo que más le molesta es la verdad, no la historia, que después de todo, como ésta lee o ha leído cientas en  vanidades o Buenhogar. Pero “Ni Dios lo hunde” es un pecado tan grande, tan visible, que se está a punto de descomponer. Ella es abierta a todo, pero esto la supera; tampoco se puede jugar con juguetes divinos. Y ahora comprende que, aparte de que lo está pensando por la película, ella misma juega con juguetes divinos.

Voy al baño, le dice a Susana, porque ya no aguanta más. Le molestan el maquillaje, la película, la sombra que pasó delante de ellas dos veces (una mujer que llegó tarde, acompañada por la luz de la linterna, y que enseguida se levantó y se fue, pasándoles por adelante sin pedirles siquiera disculpas) y un raro ruido de papel de chocolatina, pero en el baño encuentra una cara deslumbrante, la cara más desconocida del mundo. Ella la ve por el espejo, parada atrás, mientras se lava la pintura. Se lava porque está mal, porque no soporta la pintura, además, y a lo mejor es solamente eso lo que le pasa, ésa es su descompostura, el maquillaje. A la película no la puede seguir. Mejor que vino al baño, y estaba esta mujer parada ahí. No sabe por qué es tan atrayente, porque tiene la cara larga, la piel dorada pero un poco oscura y es muy flaca, con la nariz muy larga, puntiaguda. Pero por algo inexplicable la subyuga. Y se le acerca, no lo puede creer, la ve por el espejo acercarse hacia ella. Se acerca caminando hacia ella que está levantando la cabeza con la cara mojada, recién lavada; y con algo en la mano. Traerá una caricia de Dios, porque es un ángel. Le pone algo en el cuello, un relicario, un colgante con la sangre de Dios, y ella ve que todo está invadido de mariposas de todos los colores, no sólo rojas pero predominan, es la señal, la que pidió.
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©   Iván Osorio

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VIII – Número 32
Enero-Febrero-Marzo de 2008

SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290

PROGRAMA DE HUMANIDADES Y LENGUA CASTELLANA
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
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