El último

Sergio Sarmiento
vincent_col@yahoo.es
Arte dramático - Universidad del Atlántico


—¿Por qué te gusta tanto la sopa?

—No sé. Alimenta. ¿Por qué? ¿Qué hay de malo?

—Nada.

Nunca entendí como una comida en la que el agua y la sal son el común denominador, podría convertirse en un plato de vital importancia en esta casa. Verlo tomarse la sopa con el mayor deleite de esta vida, me sorprendía. Cucharada tras cucharada, pasaba el mediodía y, antes de acabar, pedía un poco más.

—¿Tú no quieres?

—Con el arroz basta.

Era una tarde naranja y roja, llena de brisas tibias, cuando los conocí, no se me olvida. Ya pocas cabezas habían en la cafetería. Ella miraba lejos, como buscando el último vestigio de sol, él la miraba. Pensé que yo era un pervertido al mirarlos. Me distraje y  cuando volví a espiar, ya estaban frente a frente, sonriendo, charlando. Sentí envidia.

—¿Qué has sabido de la universidad?

—La van a privatizar.

—Pobres.

En varios encuentros en bares, cineclubes y exposiciones de arte, nuestros nombres se cruzaron. Con eso, las salidas fueron frecuentes, y cuando nos dimos cuenta, los almuerzos en casa eran ocasión de domingo… Sí, me acuerdo de los domingos. En especial uno en que la fiesta estaba en cada esquina del barrio. Después de un par de cervezas, él lo confesó, ya eran cuatro meses y se le notaba.

—¿Y tú que opinas?

—Ya era hora.

—Pero así le quitan el derecho a otros.

—¿Y desde cuando aquí estudiar ha sido derecho?

Otoniel era padre. De esos que desean los tratados de consejos matrimoniales. Estaba feliz y yo con él. El futuro era señorial. Ver niños corriendo en el patio y al payaso tratando de ubicarlos en un mismo sitio, me dio una comezón en el pecho. “Debes hacer familia”, me dijo ella sirviéndome un poco de helado. “Tal vez”, pensé mientras me preguntaba si ella todavía miraba lejos, buscando el último vestigio de sol.

—Otoniel, tenemos que hablar.

—¿Y que estamos haciendo, pendejo?

—Es en serio.

—Después de la sopa.

Los niños miraban embelesados  la televisión, mientras los mayores, en el patio, seguíamos la rutina del alcohol. Otoniel recitaba poemas obscenos, divirtiéndonos a todos. En ese momento, algo le faltaba a mi vista, ella no estaba y las rodillas me temblaban. Entr
Entré con excusas y la vi en la cocina. Mis sentidos vibraron al sentir el más espeso humo saliendo de la tierra en una noche sin luna. Cuando volví al patio, Otoniel, mirándome, me invitó a almorzar el domingo.

—Otoniel, en mi cara solo siento pena.

—Es una pena que no hayas probado la sopa. Está mejor que nunca.

—No quiero hablar de las sopas de tu esposa…

—Es que nunca más vas a hablar de las sopas ni de ella.

Me tomo las lágrimas con calma. Tanta agua y tanta sal me congojan, no tienen sazón. Me da una comezón en el pecho y trato de mirar lejos, de buscar el último vestigio de sol y lo único que encuentro es un círculo ocre que quema mis ojos.
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©   Sergio Sarmiento

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VIII – Número 32
Enero-Febrero-Marzo de 2008

SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290

PROGRAMA DE HUMANIDADES Y LENGUA CASTELLANA
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

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