El retorno de ultratumba
Ouyantaa wamakalu'ujee'

Ramón Paz Ipuana
Escritor de la etnia Wayúu
(Colombia – Venezuela)

De: PAZ  IPUANA, Ramón. Mitos, leyendas y cuentos guajiros. Instituto Agra¬rio, Caracas Venezuela, 1973.
También aparece este texto en: FERRER, Gabriel Alberto y RODRÍGUEZ CADENA, Yolanda.
Etnoliteratura wayuu: Estudios críticos y selección de textos. Barranquilla, Universidad del Atlántico, 1998.


A un hombre (que no llamaremos por su nombre) se le acabó la familia después de una terrible enfermedad que asoló por doquiera muchas tribus. Aquel hombre lloraba todos los días sobre la tumba de sus deudos, íbase de mañanita sin comer y regresaba en el mediodía después de llorar. De nada importante se ocupaba, que no fuera el desahogar sus penas.

Una mañana, para no ir y venir desde tan lejos, resolvió colgar su hamaca en el cementerio y regresar en la nochecita. Y así lo hizo varias veces. Pero una noche, habiéndose retardado en su regreso, vio llegar a su mujer montada en un caballo.

La luna estaba clara, veíase pulida y resplandeciente como el parche de un tambor.

Cuando el hombre miró, el caballo que montaba su difunta compañera se detuvo en seco.

—Ah... ¡eres tú...! —le dijo sorprendido al reconocer.

—¡Sí, soy yo!..., bájame...

Seguidamente la bajó del caballo y la estrechó en sus brazos.

—¿Por qué lloras tanto? —preguntó ella.

—Lloro —respondió— porque estoy  solo  en  medio  de  tantos  desaparecidos,  y  me  has  dejado  huérfano  en  el  mundo.

—Pero... ¡Si yo no he muerto! Sólo he venido a buscarte. ¡Vamos, apresúrate!

Cuando el hombre trató de abrazarla nuevamente, ella lo rechazó:

—No me toques. Después lo harás. Hay muchos días para eso.

Entonces le cedió al hombre la montura para que guiara el corcel. Mientras ella, desde las ancas, le indicó el camino.

Tan pronto el caballo tomó impulso, éste galopó vertiginoso como la fuerza de un viento huracanado. A medida que corría, se le agolpaban las sombras en sus ojos y nada veía en su carrera. Cuando ya se desplazaban sobre el mar, el hombre preguntó:

—¿Qué son estas gotitas que salpican sobre mi rostro como brumas de mar?

—Es agua que chapotea mi caballo —respondió ella.

En poco tiempo traspasaron la extensión de la mar gigante, y llegaron a una tierra desconocida. Y tras haber recobrado la visión, el hombre preguntó:

—¿Dónde está nuestra casa?

—Allí cerca. Sobre aquella colina de empinada altura. Bajemos aquí, caminemos sobre los riscos y llevemos al caballo del ronzal para que sea más fácil nuestro ascenso.

Efectivamente, así lo hicieron. Escalaron la empinada cuesta, y mientras iban en camino, el hombre oyó voces de animales. Balidos de ovejas, mugir de vacas, cantos de gallos, rebuznos, relinchos, ladridos y demás ruidos.

Cuando hubieron llegado hasta la cumbre y se despejaron los nublados en sus ojos, el hombre se vio de pronto bajo una enramada gigantesca levantada sobre un paisaje azul y abierto. Desensillaron al caballo. La mujer trajo chinchorros y los colgó.

Luego sirvió comida a su marido. Trájole consomé de res y yaja de maíz.

Pero el hombre dijo:

—Tengo mucho sueño, mujer. Mañana lo comeré.

Dicho esto, puso su mano sobre las yajas, y se quedó profundamente dormido.

La mujer también se acostó junto a él.

Y después de haber dormido aquella noche tan larga, el hombre despertó a mediodía con la mano puesta sobre una tuna y una culebra traga-venado arrollada junto a él.

Estaba en un lugar desconocido y siniestro. Su Espíritu había transmigrado durante la noche y ahora hallábase en medio de la profunda soledad.

—¡Qué desgracia la mía! He sido víctima de engaño. Luego se encaminó hacia el sur, a través de un camino largo y estre¬cho. Se fue con hambre, sed y tristeza.

Más adelante, se encontró con un árbol erguido que desafiaba la sequía del desierto.

—¿De dónde vienes, amigo? —preguntó el árbol.

—Vengo de donde mi mujer; pero no la encontré en el sitio que la buscaba.

—¡Qué lástima! Ella no existe. Te ha engañado. Pero... No demores. Vete, sigue por el mismo camino.

El hombre, acatando los consejos del árbol, reanudó la marcha.

Cuando ya hubo caminado largo tiempo, llegó al mar, y ansioso de calmar su sed, recogió en el cuenco de sus manos un poco de agua para tomar; pero aquellas aguas, como eran de un salado amargo, no pudo beberlas. Cuando en esto estaba, vio a lo lejos que se aproximaba un hombre a caballo. Venía para el Oriente y traía un espejo de fuego. Era Sol.

—Párate allí, échate a un lado que te puedes quemar —gritó el Sol desde lejos.

El hombre se apartó. Y cuando el Sol hubo guardado el espejo en su escarcela, se detuvo a interrogar al caminante:

—¿Qué haces por aquí?

—Vengo de donde mi mujer, pero...

—¡Claro! Pero si ya no existe —añadió el Sol.

—Tengo mucha sed. Intenté beber de esta agua de la superficie inquieta, pero es amarga y salobre.

Entonces el Sol, sacando de su bolso una taparita con agua fría, se la dio para que bebiera.

Aquella agua, fresca y deliciosa como la lluvia, era interminable. Y así el hombre tomó hasta saciarse. Mas, agradecido de aquel favor, dio gracias al Sol, pero éste le dijo:

—Continúa tu ruta por el Occidente, que a lo largo del trayecto encontrarás quien te indique nuevos rumbos.

Y dicho esto, el Sol se fue. No podía detenerse por más tiempo.

Continuando su camino, el hombre llegó a casa de unas mujeres hermosas [palomas silvestres]; pero cuando se dispuso a referir sus percances, las mujeres lo despidieron con desagrado:

—Vete. Sigue tu camino. No compartas tus penas con nosotras, que nos marchitas la suerte.

Andando y andando, el pobre forastero se topó con unos muchachos [pajaritos hermosos llamados piruta] que jugaban al achimpa-jaa [tiro al blanco]; pero los muchachos, creyéndolo un mal espíritu, corrieron a esconderse.

De allí pasó a casa de otras personas, pero también fue rechazado. El tiempo avanzaba, y las esperanzas de volver a su tierra se hacían más remotas. Pero no quedaba otra alternativa que seguir caminando, hasta donde sus fuerzas resistieran. Y así llegó a donde un viejo cojo. Era Choocho, el pájaro agorero que al cantar alborozado, anuncia crímenes y derramamientos de sangre.

—¿Quién eres tú? ¿De dónde vienes? —preguntó el cojo.

—Vengo de donde mi mujer.

—¡Ah! Ésa fue una mujer que hace años dejó de existir. No pierdas el tiempo buscando a una muerta, muchacho. Vete allí más adelante, encontrarás la casa de un viejo benevolente donde puedes pasar la noche.

Dicho esto, el hombre reanudó la marcha, y ya en la tardecita, después de mucho andar, llegó a una enramada de nubes, festoneada de tenues resplandores.

Allí vivía el Sol, envuelto en los celajes de la tarde.

Ya el Sol se disponía a cerrar su tienda, cuando vio llegar a su amigo.

Inmediatamente lo saludó, lo hizo entrar en su aposento y apagó su disco resplandeciente.

Cuando estuvo dentro, el hombre vio que la casa del Sol era toda de cristal.

Tenía despensas. Agua caliente. Arreos de caballería. Implementos de hierro, joyas y un sin fin de maravillas de impresionante valor.

—Sin duda eres el hombre más rico del universo —apuntó el recién llegado.

—No —respondió el Sol. —Rico es quien tiene todo y disfruta de todo sin trabajar. Yo tengo que abrir mi tienda todas las mañani¬tas. Recorrer el mundo de extremo a extremo para que los demás puedan vivir de mis beneficios y yo me sienta satisfecho de sus tributos.

Y mientras esto decía, sirvió a su amigo un poco de comida y continuaron conversando amenamente.

Después de comer y conversar lo suficiente, ambos se acostaron en buenos chinchorros y durmieron plácidamente. Llegada la mañana y cuando los animales cantaron para anunciar el nuevo día, el sol se levantó y dijo a su amigo:

—Voy a mi trabajo; pero tú quedarás aquí hasta que yo regrese. Procura no alejarte mucho de mis predios. Cuando el Sol húbose alejado por el otro lado del mundo, el hombre se levantó y miró hacia el sur. Y entonces se le erizó la piel tras un pánico tremendo.

Pareció ver de nuevo a su mujer, llamada Puloi. En efecto, al verlo la mujer, ésta lo devoró con su maléfico poder, y allí en la casa se quedó disfrutando de la cómoda mansión del Sol. Cuando ya venía de regreso el Anciano de los días, se preguntó:

—¿Por qué siento temblor y cosquilleo en mi cuerpo?  ¿Le  habrá ocurrido  algo  a  mi buen  amigo y a la vez mi  nieto? —Y se respondió: —¡Ah! Ésa fue la malvada sombra de ultratumba que se lo ha engullido.

Entonces fue directo a donde estaba Puloi y le dijo con tono autoritario:

—¿Dónde está mi nieto?

—No lo he visto —repuso Puloi.

—¿Cómo no...?

—Hazlo nuevamente. Si te resistes, quemaré tu rostro y chamuscaré tu cuerpo con la luz de mi linterna.

Entonces Puloi, temerosa de ser castigada, lo vomitó y lo plasmó de nuevo.

Con las materias de su vomito, hízole la forma, modeló su cabeza, y después de abrir los huecos de su rostro, preguntó:

—¿Qué te falta?

—El pabellón de mis oídos —respondió la cabeza. Y modeló las orejas.

—¿Qué otra cosa te hace falta?

—Mis pies, mis brazos, mis manos y mis dedos —respondió el cuerpo. Y también fue modelado.

Cuando ya estuvieron completas todas sus piezas, el Sol se sintió complacido de ver a su amigo nuevamente.

Luego entonces, el Sol castigó a Puloi, cegándole los ojos con la luz.

Desde entonces los Puloi o lugares encantados, son sitios silenciosos, solitarios y sombríos.

Sucedido aquello, el hombre dijo al Sol:

—Abuelo y amigo, quiero ir a mi casa. Indícame el camino para volverme pronto hasta mis lares. Sabrás que echo de menos a mi tierra, y no quiero que por mí se interrumpan tus labores. Ya sabré atender a tus consejos de no volver a frecuentar las tumbas para no caer en las marañas de los espíritus malvados.

—Es cierto. Haré que una de tus abuelas te conduzca —dijo el Sol.

Luego fue donde la viejita Aléker (araña) y le dijo:

—Hija mía, llévate a mi nieto e indícale el camino por donde pueda retornar a su vivienda.

Dadas las instrucciones, la viejita llamó al hombre y le dijo:

—Vamos, nieto mío, sigamos primero a través de esa hondonada, bajemos a la penumbra y sigamos luego por el camino angosto que conduce al abismo de las noches.

Y el hombre antes de partir, abrazó al sol:

—Ya me voy, abuelo mío.

—Que mi luz guíe tu sendero —respondió el sol.

Dicho esto, el hombre y la viejita emprendieron camino hacia lo desconocido.

Mas, cuando hubieron caminado largo rato, la viejita se detuvo ante una profunda oscuridad y poniendo en las manos del hombre un ovillo de hilo, dijo:

—Hasta aquí te acompaño. Toma este ovillo, coge uno de sus extremos, descórrelo y vete.

Así lo hizo el hombre, se asió al extremo del hilo y descendió desde las alturas caliginosas. Mas, cuando húbose descorrido todo el hilo, el hombre llegó al cementerio de donde antes había partido.

Y de esta manera volvió a la vida después de vagar por ultratumba.
________________________________________
©   Ramón Paz Ipuana

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VIII – Número 32
Enero-Febrero-Marzo de 2008

SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290

PROGRAMA DE HUMANIDADES Y LENGUA CASTELLANA
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

El URL de este documento es:
http://casadeasterion.homestead.com/v8n32ultra.html