La voz dormida

Yurina de Alba
campesinoemasculado@hotmail.com


La hermana que rumia un evidente dolor
y tritura un candor entre sus dientes…
Esa hermana que pareciera tener por corazón
un alacrán.
Hernán Vargascarreño

Evidentemente, Berenice sabría qué hacer cuando llegara el momento. Pero la noticia que se le mostraba de sopetón le sabía impenetrable como quien no quiere resignarse a los azares de la muerte. Se enteró del suceso, como era la rutina en el pueblo cada vez que ocurría un evento insospechado: las chismosas aguzaban sus infalibles dotes de profetisas iluminadas por algún dios inventado e inmediatamente los detalles eran sabidos por todos, quienes en secreta algarabía esperaban ávidos a que acaecieran los  vaticinios.     

Cuando Berenice supo que Alberto se casaría en tres meses, se encerró en su habitación, lloró hasta el hastío, tratando de vomitar cada célula culpable de su cuerpo. Ella no entendía cómo después de tantos años compartidos, ahora aquel hombre, que era capaz de encender sus deseos más íntimos, la abandonaría para contraer matrimonio con otra, una damita merecedora de un personaje tan respetado en el pueblo, una mujercita sumisa que haría cualquier cosa para quedar bien ante la mirada carnicera de las solteronas del lugar.

Indomable, certera, impecable en su faena de desamor, Berenice imaginaba con delicada arrogancia el plan que la acercaría eternamente a Alberto. Pensó en muchas cosas, pero empezó por hacer lo que a la mujercita le molestaría más, pregonó en el pueblo que aquella señorita escondía algún secreto, no le encontró ningún desperfecto contundente, pero a falta de ello los inventó. Era simple, su voz fue misteriosamente escuchada en el pueblo pues Berenice tenía mucha credibilidad y respeto, así que nadie se atrevería a poner en duda sus afirmaciones. Aunque primero fueron los pasquines que empezaron a circular súbitamente con rimas horribles alusivas a aquella, y luego, en los postes de la electricidad, pegados con almidón, carteles que desnudaban sus más terribles vergüenzas; su tarea más diestra fue llamar silenciosamente a las solteronas desocupadas, diciéndoles que claro, Pepa, que aquella era una arpía, que mira, pobrecito el muchacho, hay que salvarlo, y fíjate, Marieta, que el mes pasado la vimos en las festividades de Santa Teresita con un fulano recién llegado; imagínate que estaba tan borracha que tuvieron que llevarla al puesto de salud casi deshidratada por el alcohol; y, Nena, figúrate que es tan de poca clase que la vimos comiendo en la fritanga de la esquina, sí, allí mismo en el billar, y adivina con quién estaba, ¡pues con Ariel Padilla!,su anterior enamorado; sí, Conchita, es una desvergonzada.    

Berenice se sentía sucia, aquellas actitudes no le eran propias, pero tenía que valerse de ellas para separar a Alberto de la flaca escuálida que se lo estaba arrebatando tan sutilmente. Nadie podía entenderlo pero Berenice lo amaba y no podía quedarse en esa casa, mirando a través de grandes ventanas, esperando a que la divina providencia se apiadara.

Sus primeros intentos habrían de fracasar, puesto que Alberto confiaba ciegamente en la mujercita y muy seguro de ella, presumió que le querían hacer daño. Al parecer, los efectos de aquella táctica desesperada habían tomado un rumbo inesperado. Al principio se resignó a ver a Alberto consolando a su niñita, apoyándola, diciéndole que ya, mi amor, que ya pasará, que yo personalmente me encargaré de buscar por todos lados a quien quiso lastimarte infamemente y que como muestra de mi gran amor y de la confianza que te merezco, adelantaremos la boda un mes para que los envidiosos hablen con ganas. Pero la resignación no le duró mucho.

Su última carta, la única que el tiempo no le había despedazado era aquel lazo que la unía a Alberto. Sabía que éste la quería, y aún por encima de lo que sentía por aquella muchachita, no dejaría que le sucediera nada malo. Recordó entonces a Alberto niño cuidándola en sus eternas noches de fiebre, poniéndole comprensas de agua fría para mermarle la calentura. Sabía que él era tan sensible, que si se enteraba de que su salud estaba deteriorada por algún quebranto físico, podría incluso posponer su boda hasta que ella se sintiera bien. Viajó a la capital con renovado misterio y al regresar le dijo a Alberto que yo no quiero preocuparte, pero me diagnosticaron una enfermedad que tomará tiempo y arduo trabajo médico desterrarla de mi organismo, aunque espero estar bien para el día de tu matrimonio y pondré todo de mi parte para que así sea. Alberto se preocupó, no sabía exactamente lo que le pasaba al organismo de Berenice, pero se conformó cuando ella le explicó que es que son asuntos de mujeres y me da pena comentarlos contigo.

El tratamiento de Berenice duró varios meses. No se sabe cómo lo hizo pero de la ciudad le llegaba sagradamente un paquete quincenal con su tratamiento costosísimo y que al parecer estaba dando resultado, puesto que cada día se le notaba de mejor semblante. Y como era de esperarse, Alberto postergó su boda, incluso ante las aparentes súplicas de Berenice para que no fuera así. Durante ese tiempo se dedicó a cuidar de ella tal como lo había hecho desde siempre. Pero sus males disminuyeron y Alberto reanudó con diligencia los preparativos de la boda, que esta vez se efectuaría en pocas semanas para no dar espacio a contratiempos.     

Berenice entró a la iglesia, esplendorosa, con ese mismo fulgor implacable de sus días juveniles y con la mirada fija en el dios que la había abandonado y que en aquel instante consagraría la vida del hombre que ella amaba junto con la de aquella damita insípida que, ni aún en el día de su nupcias, podía superarla en belleza y distinción. Recordó entonces las tardes en que deseaba a Alberto después de sus baños vespertinos y los desprecios a los hombres distinguidos del pueblo, quienes hubieran querido que les diera una brizna de esperanza en lugar de desgastar sus fuerzas evitando que Albertico saliera con Fidelina García y después con Teresa Montalvo. Rememoró su silencio, el silencio de los que callan por vergüenza y por temor de no ser escuchados, de ser malentendidos y juzgados. Era inevitable, ya no le quedaban más cartas; así que siguió entrando a la iglesia, saludando feliz a los invitados, segura y no del todo dispuesta a entregar a su hermano en matrimonio.  
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©   Yurina de Alba

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen VIII – Número 32
Enero-Febrero-Marzo de 2008

SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290

PROGRAMA DE HUMANIDADES Y LENGUA CASTELLANA
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

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