El cuarto animal

Nicolás Dallara
CocoBiocca@ono.com


Puntos luminosos, cansados días, poemas reciclados;
la tristeza pareciera único armamento para el arte.
Fuera de mí mismo estaba la vida que en mis adentros
no encontraré nunca.

Infantiles moralejas provocaron rápidas segregaciones.
—Manantiales de insistencias me hirieron por una sola parte—,
Mis soledades son las fauces del leviatán que no conozco.

No quise sentir la piel del simio que me había sido concedida
en mi trigésimo día octavo del mes ocho.

La escamosa piel del renacuajo
no me inspira los mismos pensamientos
que me conmovieron hace trece días continuados.

Y escarbando comunes tierras
en busca de anticuadas sanaciones
di con el grial que yo ya había descubierto
una mañana o una noche.
Busqué mitologías para anotar en mis cuadernos y eludir así
la trágica muerte en las manos de triviales animales.
Y mi niño no halló lugar que lo cobije ni consuelo que lo calme…
Ni pude inventar literaturas que consigan el oído de mi tribu.

Guerreras estrofas batallaron sin métrica ni rima
el aliento imaginario de los tres animales
que conspiraban frente mío…

Por fin me descubrí sintiendo como ellos.


El otro Oeste

Otro horizonte alimentó este día mi candor humano,
atravesando el gris color civilizado llegué a tus afluentes;
se desprendía en paralelo la luz amarilla fluorescente.
y me lamentó el alejado y matador aroma suburbano.

Centuagenarios caminos escarpados
me llevaron al otro lado de tu cuerpo;
fácil memoria es tu imagen misteriosa…
Me quedé en aquel estanque hermafrodita
y contemplé el natural vaho y las piedritas;
transparentes aguas dejaron a mi fe
resucitando en una metamorfosis impredicha.

El contorno de tu piel fue un fiel consuelo
para la búsqueda fetal nonata e imparida,
que duró los nueve meses de gestación adolorida;
y nunca más hallé mesura ni consuelo.

A todas partes donde fui llevé conmigo
al diablo que implantaste en el vientre de mis letras;
no hallé mesura o paz… o templanza de mi espada;
Tratárese de un grito amargo y cauteloso.

Volví de aquel estanque a tu cintura anochecida,
me senté a un centímetro de tu piel morena;
no quise tocar tu sabia gris por temer a que te rompas;
alaridos me enloquecen si no tengo aquel consuelo.

Hiriéndome la carne estuvo ese alarido:
venganza procuré en los dos crepúsculos;
vientos tormesinos me calmaron la codicia
y moriré sin lograr mi insano cometido.

Apeé lo que duró la despedida de la luz incandescente.
El atardecer es en tus manos poéticas pinturas contorneadas;
En el camino de mi Tormes alguna que otra alma me miraba
y no me alcanza el verso para desprenderte de mi seno.
Epistolario:
Olor a tierra mojada

Viendo los edificios impregnados con el amarillo que riega la última luminaria fosforescente, me dedico a completar mis tres hojas manuscritas deseando que te transmitan todos mis sentires sin vocabularios ni palabras, sin que sean necesarios tus oídos para escucharme ni tus ojos para leerme, que únicamente baste con mis deseos para que me comprendas sin decir palabras, pues me faltan palabras para expresarte lo que siento. Deseo que estas horas de letras manuscritas hagan llegar mis pensamientos a tu corazón y que por cada consonante, cada vocal y cada acento que resalta la pronunciación de una sílaba en cada una de las palabras noviciarias, adivines en tus adentros mi necesidad de vos y de los contornos góticos de tu cara. Quisiera que cada oración que confiese los deseos que he tenido en tu ausencia,  encienda un impulso en tus adentros, allí… encima de tu vientre, como un tañido indomable que resuena muchas veces dentro de tu pecho, y que ese impulso, escapando de la incomodidad, busque ansiosamente tu entendimiento y, una vez cambiadas las vibraciones por palabras que las descifren, las interpretes como una intuición, una sospecha… o una corazonada. Y tildes de improbables verdades cada pensamiento que mi cursiva te haya inspirado, atravesando nuestra lejanía.

II

Un día después de haber empezado a escribirte, la luminiscencia que impregnaba a las viviendas de ayer, hoy fue reemplazada por un gris que empobrece la fachada de toda Salamanca, imitando todas las esquinas en una apariencia idéntica. Tardes como esta tienen el don para contaminar al corazón de nostalgias y melancolías. Tarde como la de hoy acunan los poemas más conmovedores, escritos con la tinta de la extradición o el destierro.

Sin embargo, esta tarde esconde tras las lluvias un detalle muy especial para mí, pues esta llovizna me hace pensar en el olor que más te gusta. Y te imagino siendo niña, cuando aún desconocías los defectos de tus padres. Una brisa acarreó durante tu infancia hasta la pubertad medianera, el   olor de los campos mojados. Y acompañando a tu niñez, se fue fosilizando en tu memoria certera aquel signo de felicidad ingenua.  En la niñez –se dice- somos seres iluminados por la felicidad y el amor. Hoy mismo me preguntaba por qué se recuerda con cariño una parte de la vida, en vez de sentir dicha por saber que todos los recuerdos son pasados. ¿Por qué nos apegamos tanto a ciertas memorias? Y en cambio preferimos, por ejemplo, olvidar a la maestra que citaba a nuestros padres para delatarles nuestros heroísmos durante los 5 ó 6 minutos que duraban los recreos.

Finalmente, sospecho en mis adentros (pues ya no me animo a afirmar todas mis suposiciones como leyes de la conducta humana), que uno recuerda con agrado aquel día o esa tarde según el amor que nos perteneciera. Y así resaltan entre  todas visiones del pasado los años de la infancia. Pero aún más:

Si la casa de nuestros padres olía a pan tostado a la hora de la siesta, después de transcurridos muchos años ese aroma nos hará sentir felices, pues en un mundo de desilusión asociaremos el perfume del té con aquellos rituales momentos de paz y tibieza hogareña, esas tardes en que habíamos sido comúnmente alegres y despreocupados. Y entonces un rayo de cálida luz imaginaria nos devolverá a ese momento, cuando nuestra madre nos preparaba la merienda. Por ahora, un café alivia unos momentos el gran vacío atemporal que siento al no tenerte.

Ayer me he dormido repasando casi todos los diálogos que precedieron al detalle más hermoso que me has regalado.

Ahora pienso en qué será de nosotros si el tiempo decidiera  un mañana diferente al que nuestros corazones aspiran. Yo sé que es muy probable, vida mía, y lucharé para estar siempre a tu lado… y al lado de tus niños. Pero saber que la primer virtud que tienen los deseos es la irrelevancia… me ha convertido en un hombre que mide sus palabras antes de dar un juramento. Entonces pienso en mis adentros: ¿Qué haré el día de mañana si Dios quisiera que nuestro mismo camino se bifurque? Y ya no me consuela pensarte bien lejos de mí. Sinceramente quisiera haberte amado muchas veces, durante muchas vidas, si es que ese momento ha de venir. Y si yo no puedo evitar que otra vez la Desgracia me haga uno de sus mártires, una certeza consuela mi presente ante mis miedos:

De esconder mis mañanas un futuro lejos tuyo, luego de haberte amado repetidas veces, tendré el consuelo de ver el amarillo de la luminiscencia impregnando a los edificios atardecidos, y sentir en mis adentros el mismo calor que siento ahora, pues el amarillo me recordará a tus cabellos rozando los contornos de tu perfil gótico. Y seré feliz temporalmente… Como si me sintiera entre la brisa de las tardes, que acarrea el olor de la tierra humedecida.


La plegaria

Esta carta iba con la intensión de comentar observaciones sobre ciencias que curan la mente de los hombres y de los niños. Pero la verdad es que no me interesa demasiado escribir sobre psicologías ni puntos de vista que no tengan nada que ver con nosotros. De no tener yo la necesidad de combatir a Asterión, en jornadas que a veces duran el día, a veces la noche… a veces ciclos lunares completos, este día que aún no alumbra lo dedicaría por entero a contestar a tus preguntas. ¿Qué serías capaz de hacer por amor?

Antes de mi manuscrita, cientos de recuentos compiten entre sí para ver cuál será el primero que habitará temporalmente en tu entendimiento inspector,  luego de haber transitado tus ojos por la cursiva que construye los textos inspirados en tu cara y en tu curiosidad, que tiene la virtud más propia del enamoramiento: La ingenuidad. Y con ella has conseguido sin quererlo que mi escritura deje de ser dudosa y triste, y en cambio ahora me emociona como el hijo que sorprende al padre mientras va creciendo y una noche cualquiera responde con naturalidad a una pregunta que nadie en la familia contesta. Y aunque no del todo ha dejado de ser triste, mi presente párrafo ahora conlleva en el espacio que separa una palabra de otra la esperanza de la felicidad.

Hacía muchos años que no meditaba sobre qué iba a ser de mi vida o cuáles eran mis preferencias. Pero tu justa y necesaria llegada motiva y entrena mi corazón a ocuparse en temas que nunca debí haber abandonado.

Pronto cumpliré 5 años de haber reemplazado mis afectos por la teología, con el único fin de que los Misterios Eruditos algún día me acercaran el verdadero amor. Tú ya sabes cómo son algunas cosas: Uno va creciendo acompañado de un gigantesco terror al infierno. Y como si tuviésemos una considerable moratoria pendiente con el Callado, aquellos de nosotros que alguna vez hemos resucitado, andamos por la vida pensando que le debemos una contribución a la Verdad. Por ello debió ser que olvidé cómo amar cuando más pensaba que estaba honrando al amor.

En esta madrugada me siento feliz por dos razones: Mirando el dibujo que intenta asemejar la foto de tu hermosura, e inmortalizar tus rasgos faraónicos en un lienzo, hasta que tu voluntad (o la voluntad de Un Tercero) decida que es tiempo de rumbos más seguros y menos escabrosos, agradezco al Cielo la existencia de un Karma, pues si miras bien, vida mía, toda la historia del universo ha sido necesaria para que en este momento (en el que tu mirada acaricia con las yemas invisibles de tu retina proyectada, las letras que me inspira tu contorno) se vaya incubando en los dos la reencarnada esperanza de que la suerte sea esta vez más indulgente, y dibuje entre los cuerdos la protectora fantasía nocturna de enfrentarnos en una apasionada ceremonia donde los labios y cuerpos mitigan la avidez al consumar el deseo de tenernos.

Desearía con toda mi alma ser igual de arriesgado en el amor que diez años atrás, cuando todavía la desilusión no había hecho trizas mi inocencia. Y así demostrarte a través del ejemplo, que aún puebla a la Tierra gente capaz de hacer cualquier cosa por la persona que ama. Y me lamenta terriblemente ser incapaz de ofrecerte lo mismo que pude darte hace un tiempo, y malgasté con personas que lo desvaloraron. Según la memoria me lo revela, no tanto como yo desearía, para que la suspicacia se haya lavado con el agua bendita de la piedad y el paso del tiempo. Pero igual al Fénix que se yergue entre las cenizas de su propia derrota, siempre volvemos a creer en el amor. Y a defender Doctrinas Mágicas.

Me pregunto si todos los hombres habrán pasado por lo mismo. Porque en cada enamoramiento que prosiguió al desamor, aunque igual de intenso nunca pude reflejar mis sentimientos con la misma soltura y honestidad inmediata, que demostré con aquella primera mujer de la que me enamoré. Yo tenía 17 años.

En los amores que van destacando los recuerdos de cada etapa, no logro hallar dos pruebas de amor idénticas. Por eso no sé si soy capaz de responder con propiedad a tu pregunta. Yo nunca demostré mi amor de forma igual a dos mujeres que hayan tenido el detalle de adornar la historia de mi vida. Quizás porque el amor se va haciendo más maduro con los años...

Y ahora, mi vida, ni siquiera puedo asegurarte lo que te prometo. Debe ser que uno también vaya domesticando su corazón para serle más fiel a la Verdad que a la Mentira. Y nos duela un poco equivocar nuestras palabras, por la prisa que tiene el vocabulario humano por salir de nuestro pecho. Pero al menos puedo jurarte las frases que describen mi deseo de llegar a tu lado.

Mientras le fui fiel a la Doctrina, muchas noches y mañanas dediqué las horas naturales de la vida a investigar el Misterios y su Resolución.

Pensaba que siendo devoto de la Su palabra, Él me concedería aquel premio que yo esperaba. Y le exigí que de entre todos los posibles amores llegara a mi vida el más hermoso, el mas dulce... y el más misericordioso. Y finalmente, tras casi 6 años de haber esperado en única compañía de mí mismo y de algunos libros sobresalientes... Tú eres tal cual mis sueños y fantasías le suplicaron durante tanto tiempo. Y así, sumergido de lleno en el renacimiento de mis emociones, descubro al fin que los Eruditos... han escuchado mi plegaria.
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©   Nicolás Dallara

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen IX – Número 33
Abril-Mayo-Junio de 2008

SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290

PROGRAMA DE HUMANIDADES Y LENGUA CASTELLANA
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

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