Esa horrible costumbre
de alejarme de ti

Vicenta María Siosi
Escritora de la etnia Wayúu

Relato tomado de WOUMMAINPA No. l. Riohacha, Universidad de la Guajira, 1992.
También aparece este texto en: FERRER, Gabriel Alberto y RODRÍGUEZ CADENA, Yolanda.
Etnoliteratura wayuu: Estudios críticos y selección de textos. Barranquilla, Universidad del Atlántico, 1998.


Mamá me colocó la manta y las wairriñas nuevas, adornó mi cuello con los collares de la abuela y amarró sobre mi cabeza su pañolón de mil colores. "Me llevan a conocer a Riohacha”, pensé, “sólo una ocasión tan especial puede motivar vestirme así.” Me agarró fuerte de la mano y mis dedos empalidecieron por falta de sangre. Salimos del rancho, el sol me cegó con su luz, mamá casi me arrastraba. Volví la cara y vi a mis familiares bajo la enramada, mirando atentos cómo nos alejábamos. Motsas se protegía del sol con su mano izquierda. Yo no comprendía nada, sólo tenía siete años

La casa a donde llegué era grande, con sillas altas; sentada en el sofá, mis pies no alcanzaban a tocar el suelo. Sentí un mareo cuando miré el mar por la ventana. Desde ese día, lo tuve siempre frente a mí. Los días aquí no me gustan. Ya no llevo la manta, la señora me dio otra ropa y guardó los collares en el jarrón blanco que está sobre la vitrina de la cocina. Aún espero a mamá; cuando me dejó, dijo que volvería pronto y que no llorara. Me engañó, volvieron las lluvias y no viene a buscarme. "Indiecita", me llaman, sin saber que soy princesa, y mi papá, el cacique de la ranchería.

Ya conozco todas las habitaciones de la casa. Tengo que asearlas tempranito. Odio levantarme de madrugada a lavar los platos; el agua fría me estremece y se lo he dicho a Olar, la empleada, y me ha sonreído.

Le traeré a Olar iwarayaa, a ella le cuento lo que hago en la ranchería. A veces, cuando tengo sueño, me arropa sobre la silla de la cocina y me dice: "Duerme un ratico." Creo que me quiere. No tengo tiempo para descansar. Cógeme esto, alza aquello, diga: señora, a la orden, gracias, despídase, lava la ropa, plánchala..., se pasan el día mandándome.

Olar me regaló dos calzones de bolitas y me llevó por la tarde al mar, recogí varias conchitas y las guardé, para que no me las quiten, en la caja de mi ropa. "¿Cómo podré pagarle a Olar esta alegría? Puede ser con los collares pero están tan altos, en el jarrón blanco sobre la vitrina de la cocina. Sólo arrimando un taburete y subiéndome al lavaplatos los alcanzo", pensé. En la noche lo hice. Caminé despacio cuando todos dormían, arrimé la silla y me así al mesón de mármol, como a un matorral de bejucos, pero la vitrina estaba muy alta, apenas rozaba con la punta de los dedos el jarrón. Intenté moverlo brincando, le di un manotón y no se meció, probé nuevamente, la vasija se ladeó y pasó cerca a mi cabeza. Se destrozó en el suelo vomitando mis divinos collares. La señora Flor, sus hermanas —Guillermina y Natividad— y Olar se levantaron azoradas. Esa noche por primera vez en mi vida recibí una paliza. No lloré, ¿por qué hacerlo? Había recuperado mis collares, nada importaba aunque durmiera boca abajo por el dolor en las nalgas.

Mamá llegó a los dos días del accidente. Fui feliz. Corrí y me abracé a sus piernas. "Me quiero ir contigo", dije. Ella no me contestó nada y también me abrazó. La señora ordenó me retirara y nunca mandato de la mujer me dolió tanto como ése. Me quedé cerca, detrás de una matera. Vi cómo mamá le entregaba un chinchorro, tres mochilas y un collar de coral. "Comadre, es el pago del jarrón",  dijo mamá. Hablaron más, pero no entendía las palabras.

Luego mamá salió, sin intención de llevarme. Corrí por la cocina y atravesé el patio, me arrastré por el boquete por donde sale el perro y di justo con el burro en que había llegado mamá. Rápidamente subí al animal y como un ovillo me metí en el mochilón del mercado. A los pocos minutos, sentí que el burrito se movía y ya no quise ni respirar.

Escuché el orín del asno sobre el río. Ya estábamos llegando. Sudaba por el calor y empecé a moverme en la mochila, mamá descendió de la bestia extrañada, bajó las compras y el mochilón del mercado. Ya en el suelo salté entusiasmada y corrí en dirección de la ranchería.

Motsas fue el primero en verme. Mientras tomaba chicha, mi papá hablaba con mis abuelos en la enramada de yotojoro. Miré a Motsas y sin hablar nos entendimos. Corrimos al río y nos bañamos hasta que los ojos enrojecieron por el agua. Motsas llevaba wayuko y unas wairriñas ralitas por el uso. Su piel curtida brillaba entre las tunas. Le confesé que dormía en una cama de la cual me caía sin faltar cada noche.

Por la tarde recogimos los chivos, les quitamos las tunas que traían prendidas. Trepé en el corral y ordeñé la chiva parida. Después vol¬vimos a bañarmos; Motsas hizo piruetas en el agua y salimos cuando los mosquitos nos acosaron. El cansancio ganó en la noche. Soñé estar en la ranchería, ¡qué sueño tan maravilloso!

Al día siguiente, otra vez sentí el apretón de mano y los familiares en la puerta del rancho. Motsas nos seguía, brincando y escondiéndose entre los trupillos, hasta llegar al río. "Es por tu bien", dijo mamá sin mirarme. Nuevamente llegué a la casa de las hermanas mandonas, así las llamaba a escondidas. No entiendo por qué vine aquí si nada me faltaba en la ranchería. Allá libremente brincoleaba por la salina inmensa, robaba los nidos de las tórtolas en las noches y mi abuela no me decía nada cuando me bañaba incontables veces en el arroyo. La veía llenar sus múcuras con parsimonia y podía hacerlo más a prisa, pero me daba tiempo para zambullirme más en la co¬rriente.

El tiempo pasaba. La rutina volvió. Haz esto, mueve aquello, diga a la orden, desee buenas noches, indiecita, nuevamente. Trabajaba y era el hazmerreír de las mandonas, pues como poco sabía español, cada palabra mal pronunciada (y eran todas), las desternillaba de la risa.

Llegó una época llamada Navidad. Ayudé a armar un hermoso árbol de pasta y un pesebre. El siete de diciembre no dormimos, esperamos el amanecer en la puerta cuidando unas velitas. Los vecinos hacían lo mismo.

Esa noche habían sacado una vajilla especial para la cena. "La com¬pró mi finada madre a los contrabandistas de Aruba", dijo Flor orgullosa. “Es auténtica porcelana china." A las seis, antes de acostarnos, Guillermina, empecinada, me mandó a lavar la vajilla. Nunca había trasnochado y los ojos me ardían. Más por culpa del agotamiento y no del descuido, la porcelana china completa cayó al suelo y se deshizo íntegra. En varios días no pude sentarme, mis nalgas encarnadas lo impedían. Mamá vino y esta vez pagó con dinero la porcelana. También trajo como regalo para Flor, mi madrina, seis gallinas y un cabrito. A mí me obsequió una cántara de chicha pero no la probé por estar castigada. Cuando mamá se iba, salí por el patio, como la primera vez, pero no me escondí en el mochilón. Esperé e hizo lo que pensé, revisó la carga cerciorándose de que no estaba en ningún bojote.

Miré bien por donde caminaba y la seguí. Era difícil alcanzarla porque montada en el asno ganaba distancia pero pronto apareció el camino conocido. Antes de cruzar el río, la llamé a gritos, enojada se apeó del animal y me zarandeó. "Si te llevo a casa de mi comadre es por tu bienestar, te educarán y podrás ser otra persona con buenas costumbres. Agradecida le estaré toda la vida. Te voy a llevar y si te devuelves, será la primera vez que te pegue. No quiero una queja tuya." "Mamá no sabe, pensé, de las azotaínas de mi madrina."Sin cruzar el río nos devolvimos. Hice el viaje en el anca del burro. Los cardones tristes decían adiós con sus brazos de espinas.

Y aque¬lla indiecita Epieyúu lloró. Su madre la india Machonsa no pudo detener su dolor y justo cuando un karikari atravesó el cielo, abrazó a su hija, pero apretó la jáquima y el animal apuró el paso.

Han pasado ocho navidades y no he visto a mamá. Voy al colegio. Sé por mis amigas que dibujo bien. Olar siempre alaba mi aseo y orden. No volví a quebrar nada. Me tienen confianza y puedo disponer de todo en la casa. Natividad, Guillermina y Flor son solteronas. Ahora que las quiero, deseo que consigan novio pero el último tren les pitó aún antes de llegar yo a su hogar.

En esta Navidad pedí permiso para realizar una fiesta y me lo concedieron. Las mandonas ese día se encerraron temprano para no escuchar la música. Por la tarde, alguien me dijo que me buscaban y salí a la puerta. Una mujer mayor con una manta floriada, seis gallinas y un cabrito me esperaban junto a un burro. Era mamá. Estaba curtida y arrugada por el sol. Me abrazó y sentí su olor a humo. Me separé rápidamente pensando que podría ensuciarme el vestido de la fiesta. La metí a la casa por el portón del patio, para que no la vieran, pues había invitados en la sala. "Vengo por ti, es tiempo de volver a los tuyos", dijo mamá. "No puedo, mi madrina me necesita", contesté.

"Ella tiene a sus hermanas", añadió mamá. "Yo les atiendo la casa", repuse. "Le dije a tu madrina que volvería cuando crecieras". "No me quiero ir", dije secamente. Mamá se fue y no salí hasta cuando supuse iba lejos. En las vacaciones de mediados de año, Flor me obligó a ir a la ranchería, distante diez kilómetros de la ciudad. Motsas es un hombre ya. Sacrifica chivos y vende la carne en el mercado de Ríohacha. Mi abuela está ciega y no da para pararse sola. Cuando llegué, todos me miraban como algo extraño. Todos han cambiado; excepto el paisaje inquebrantable del desierto.

La primera noche no pude dormir por los zancudos y me caí del chinchorro. Añoro la luz eléctrica y los programas de televisión. Me aburro demasiado y no me gusta bañarme en el río, veo el agua demasiado sucia. Sólo duré una semana.

En cada asueto voy unos días y cada vez demoro menos. Cuando me encuentro con algún familiar en el mercado, me escondo para no saludarlo. Ni yo misma me explico este desafecto a mi raza. En la mañana vi a mamá con unos sacos de carbón de madera y no me atreví a llegar a donde estaba. No soy feliz en la ranchería, mucho me he acostumbrado a la ciudad, pero tampoco ella me acepta. Los rasgos de la tribu me delatan. En cualquier fiesta soy la indiecita.

Tengo confusión de sentimientos. Creo mía esta casa ajena y de mi Guajira indomable ni recuerdos tengo ya.

Tardo mucho en conciliar el sueño. Intento darle sentido a esta pensadera y no encuentro respuesta. Hoy, una vecina, porque el pe¬rro ensució su terraza, me ha gritado las palabras que por años buscaba y no hallaba. "¡India desnaturalizá y desgraciá!"
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©   Vicenta María Siosi

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen IX – Número 33
Abril-Mayo-Junio de 2008

SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290

PROGRAMA DE HUMANIDADES Y LENGUA CASTELLANA
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

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