Editorial:
La visión desesperanzada
de Margarita Vélez
Manuel Guillermo Ortega
(Guillermo Tedio)
Dividido en tres partes, de nueve, once y quince poemas, el volumen Del polvo y el olvido (Cartagena de Indias, Ediciones Pluma de Mompox, 2007, 54 pp.), de Margarita Vélez Verbel (Corozal, Colombia), no transige con ilusiones y utopías sobre los rumbos del ser humano. Ya desde el mismo título, los términos polvo y olvido establecen un área semántica delimitada dentro de la cual al lector le resultará vano hacerse a la cortina de humo o quizás al sofisma de la trascendencia o de la felicidad.
Es implacable y coherente, hasta sus últimas consecuencias, la posición lacerada y sin esperanza que asume Margarita Vélez en su poesía. Se trata de un verso descarnado, sin retóricas inútiles, en que los mismos títulos son casi siempre una sola palabra (“Dualidad”, “Agonía” “Soledad”, “Infinito”, “Inercia”, “Muriendo”, “Humo”…). La mujer que habla en el poema intuye que simplemente es “una línea que cruza”.
Hay una visión trágica y los trágicos saben que todo está perdido de antemano. A veces la hablante se plantea la posibilidad de la búsqueda: “Necesito sueños grandes que alivien mi vacío,/ que me llenen mientras caigo”, pero comprende que la caída es irremediable. Imágenes y metáforas van acentuando ese descenso de quien “lleva los clavos” y se “sabe de carne y huesos y tiene miedo”: un barco que se hunde, un enorme corazón desgajándose, una hoja seca, una vieja película vista, una rosa entre tantos cardos, un papel en blanco, lenta agonía, congoja indescifrable…
Aunque a veces se aferra a la posición panteísta de creer que “he sido todos los hombres/ y he padecido todas las afrentas/ en este único cuerpo y en este único tiempo”, la hablante lírica concluye que de existir, la inmortalidad solo se daría como sufrimiento: “Cuando me haya marchado/ y todo se repita en otro, habré resucitado sin gloria/ del polvo y el olvido./ Vendré a treparme en otra mortalidad dolorosa/ a usurpar otro espacio y otro aliento”.
Ni siquiera el arte —en este caso la palabra, la poesía, vehículo clásico de la trascendencia—, puede decir la procesión que va por dentro: “No sabe el verso ni la pluma/ lo que el corazón tiene”. Simplemente perecemos en el intento, en un remedo de comunicación en que el hombre “intenta decir y no dice”, “intenta decir y solo balbucea”.
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© Manuel Guillermo Ortega
(Guillermo Tedio)
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen IX – Número 33
Abril-Mayo-Junio de 2008
PROGRAMA DE HUMANIDADES Y LENGUA CASTELLANA
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
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