La fiesta de Los Indios

Antonio Mora Vélez
amoravelez@yahoo.com

A la memoria de Orlando Lorduy Vélez, mi primo.

I

La brisa de El Cabrero había formado una suave marea sobre la ribera petroleada de El Papayal. Luis Enrique, mi primo, recogía la potala de su bote y anclaba éste en la orilla, utilizando una cabuya aceitosa y un pedazo de canalete enterrado. El aire salobre de la tarde, ese aire tan familiar a nosotros por ese olor a pescado fresco arrollado, nos llegaba plenamente al rostro. Orlando y yo, con el agua hasta los tobillos, nos lavábamos los pies sucios de arenilla convertida en algo parecido al betún negro por el sudor, y limpiábamos dos "chivitas" de madera y latón, con ruedas de caucho con balineras, que nos habían regalado Isabelita y Rosa Elena, nuestras madres, en diciembre y con el cuento del Niño Dios, y con las que habíamos participado esa mañana en la carrera hasta la Clínica Vargas que ganó el negro de porra de Santa Rita que tanto aguaje se daba con su camioncito Ford 48.

Luis Enrique estaba que ardía de la rabia porque no pudo competir. Isabelita lo mandaba de pesca al lago todos los sábados, bien temprano, para el rebusque de la carne del fin de semana. "¿Cómo se dejaron de ese negro petulante de mierda?", nos dijo cuando supo el resultado de la carrera. "Nos ganó subiendo la Clínica", le contesté yo. Entonces se enrolló la pita de la potala en el brazo izquierdo y con el mismo agarró el cordel y la lata de carnadas. En su mano derecha tenía la ensarta de mojarras y lebranches que traía para la casa. "Vámonos", nos dijo. Nosotros le seguimos, eludiendo los troncos ennegrecidos y carcinosos de la playa, y tratando de orillarnos siempre para no ensuciarnos los pies de nuevo; llevábamos las "chivitas" cargadas, por lo mismo.

Cuando llegamos al segundo callejón y doblamos a la derecha, pasando por el bote en reparación que estaba allí, ladeado y calafateado, mostrando todas sus rendijas recién tapadas con estopa y brea, escuchamos el estallido de alegría que salía de la casa de "El Mono Judas" y la voz bronca y pausada del locutor que decía: "¡Qué cogida, fanáticos, qué cogida de feria, de película en tercera dimensión, del Papi Vargas en el cénter quitándole un hit a Ronquecito López!". Entonces uno de los radioescuchas exclamó: "¿Para qué necesitamos importados? ¡Los puros criollos son suficientes!". "Pura paja", le replicó otro. "Ninguno de los criollos da la talla". "¿Qué cosa son los importados?", le pregunté entonces a Luis Enrique.

Varias mujeres colocaban en ese momento los dos parlantes del "picó" de El mono en la puerta de la calle; los "pelaos" de la casa organizaban las sillas y las mesas sobre la terraza, y entre dos hombres sacaban la nevera de palo en donde metían las "Águilas" para que se conservaran bien frías.

—¡Ustedes no saben de estas cosas! —nos contestó mi primo mayor.


II

A mí me gustaban las fiestas que hacían donde El Mono aunque siempre las escuché desde lejos, y me gustaban por la música que ponían, sobre todo por los merengues de Dioris Valladares y las guarachas de la Billo's Caracas Boys, que era la mejor orquesta de esa época. Siempre que hacían fiesta en esa casa, casi vecina de la nuestra, me dormía tarde, pero me dormía con música de la buena. Por eso me gustaban las fiestas donde El Mono.

Eran los tiempos de los barriletes en la Loma del Diamante y de las "chivitas" de madera correteando por las calles del barrio y subiendo a la Clínica Vargas como si lo hiciéramos por la curva del corralón de Mainero, curva que no me gustaba cuando la pasaba en un bus de verdad porque parecía como si el bus se elevara al pasar por la puerta de los talleres del ferrocarril y las casas de mi ventanilla quedaran abajo con sus techos de zinc, sus paredes de tablas y sus mujeres morenas sentadas sobre los pretiles con sus polleras metidas entre las piernas.

Luis Enrique tenía un camioncito repartidor de Kola Román que le regaló su papá —contabilista de la Embotelladora— el día de su cumpleaños. Orlando, mi otro primo, tenía una "chivita" con el distintivo y colores del barrio Popa y que tenía sillas y ruedas de caucho. Cuando no estábamos en el colegio, competíamos con esos juguetes rodantes de madera por las calles polvorientas del barrio. Para nosotros no existía un mejor juego. Para la bola de caucho o la tapita estábamos muy pequeños. Luis Enrique sí estaba bueno pero a él no le gustaba. "Es que eso de ser pelotero no resulta", nos dijo una vez que le preguntamos por qué no aceptaba ser el catcher del equipo juvenil de El Papayal. "Y si no, fíjense cómo están de jodidos los peloteros profesionales, que no ganan nada y tienen que rebuscarse haciendo otras cosas, como Peñaranda y Cavadía, de policías, cuidando las calles en lugar de la segunda base que a cada rato les estafan los corredores panameños y venezolanos.” Por eso a mí no me llamaba la atención el béisbol. La única vez que se me dio por coger una varita y decirle al hermano menor de Neftalí Frías que me tirara unas checas para ver si les daba, mi mamá me agarró por un brazo y me llevó para dentro de la casa, diciéndome: "Muchacho de carajo, como se te ocurra volver a jugar con tapitas, te voy a meter una limpia como para ti solo, ¿oíste?, ¿ya se te olvidó que al hijo de la señora Petrona le sacaron un ojo dizque por picharla de canto?


III

Ese mismo sábado, después de la comida, nos sentamos en el corredor de la casa a escucharle los cuentos a Isabelita y a matar mosquitos con un musengue. Contaba uno sobre brujas que de día son gente como nosotros pero que en la noche se transforman. Orlando y Cecilia estaban sentados a mi lado, con una especie de nerviosismo que era una mezcla de curiosidad  y miedo. Luis Enrique le desenredaba los nudos al cordel y le cambiaba el anzuelo, pero escuchaba. También estaban mi mamá, la vecina de enfrente y una pelada amiga de Cecilia, que me gustaba. Nos encontrábamos ensimismados con la sonrisa pícara de Isabelita en el desarrollo del cuento. De pronto escuchamos la algarabía del "no hay con quién" acompañada del ta ta ta de los pitos de los carros y vimos aparecer a la vuelta de la esquina un grupo de muchachos corriendo y gritando: "¡Son los indios que vienen para la casa del Mono!" Isabelita interrumpió el cuento en lo mejor. Luis Enrique se unió al corrillo que se formó alrededor de las mesas colocadas enfrente de la casa de El Mono. Mi mamá se fue para la cocina. Cecilia se fue a su cuarto con su amiguita. La vecina se fue para su casa. Orlando y yo nos miramos las caras, como diciéndonos: "Pata, ¿para qué te tengo?". Nos fuimos para el cuarto y nos metimos debajo de la cama. Y era lógico. Ni Orlando ni yo sabíamos que el tal Mono era nadie menos que José Judas Araújo, el tercera base de Los Indios, y ni bola que le parábamos a Marcos Pérez al bate por la Emisora Fuentes, y en lo que a mí respecta, sólo una vez vi por fuera el estadio Once de Noviembre, en compañía de mi mamá, quien me dijo: "Ese es el estadio", y desde entonces le cogí miedo porque se me metió en la cabeza que el caracol de las tribunas de sombra se iría a caer algún día.

Al rato, cuando ya la fiesta estaba prendida y el picó de El Mono Judas tocaba la guaracha El Caracas será campeón, Isabelita y mi mamá empezaron a preocuparse por nuestra ausencia.

—¿Dónde se habrán metido esos condenados? —preguntó Isabelita.

—¡Yo los vi juntos! —contestó Cecilia.

La brisa del mar se filtraba por las rendijas de las tablas, nos espantaba los mosquitos y secaba el sudor salobre de nuestros cuerpos.

—¿Tú no has visto a Orlando y a Toñito? —le preguntó Isabelita a Luis Enrique, quien llegaba de la fiesta atraído por los gritos de su mamá. Este sonrió y le respondió: "Yo sé con seguridad dónde están". Y se dirigió al cuarto de los varones, seguido de los demás. Se detuvo frente a la cama de él, levantó la sábana que colgaba hasta el suelo y dijo sin mirarnos: "Allí están". Y efectivamente, allí estábamos, muertos de miedo, pero no por el cuento inconcluso de Isabelita sino por el temor a los indios, que suponíamos con las caras pintadas y armados con flechas, como en las tiras cómicas. La carcajada de Isabelita se escuchó varias casas a la redonda. El picó de Judas Araújo dejaba escuchar El son de la loma, de los Matamoros.

Viendo que no salíamos, que continuábamos sembrados en el piso, mirándole las enaguas a la vecina de enfrente que había vuelto movida por la curiosidad, Luis Enrique nos gritó entonces: "No sean pendejos, salgan de allí, que quienes llegaron son Los Indios profesionales de Juan González Cornet, que le ganaron dos por una al Torices".
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©   Antonio Mora Vélez

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen IX – Número 33
Abril-Mayo-Junio de 2008

SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290

PROGRAMA DE HUMANIDADES Y LENGUA CASTELLANA
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

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