García Márquez
entre París y Cartagena
Julio Olaciregui
Escritor colombiano residente en París
La actriz Tachia Quintana abre la puerta de su apartamento en la rue du Bac y veo de inmediato una luz, un aire que me recuerda el rostro de Gabriel, almas gemelas, parecen familia, acaso una versión femenina del patriarca, son parecidos, se lo digo, ella sonríe, es un año menor que él, y aún esbelta, fuerte.
El gran hombre era en la primavera del 56, cuando se conocieron, un muchacho de 28 años, ella trata de revivirlo y lo evoca como alguien con mucha poesía en su ser, en su manera de ver el mundo, si contemplaban juntos un bello claro de luna sobre la Seine él le decía: “se lo regalo”.
Tachia conserva muy bien en la memoria esos años, cuando la energía de la juventud le daba un velo romántico a las privaciones, todos eran artistas en ciernes, cada uno buscaba su destino, ella sigue admirativa ante la humildad, la modestia, la sensibilidad de Gabriel en esos tiempos, “alguien que cala de tal manera en el alma humana… puedo decir que en los nueve meses que pasamos juntos me conoció más que mi marido en 40 años.” Desde hace algún tiempo Tachia está ensayando el monólogo de “Isabel viendo llover en Macondo”, quiere presentarlo el próximo año, ojalá, como un regalo para cuando Gabriel cumpla los 80. Ella dice que él ha cambiado mucho, en ese entonces era tan tímido que parecía arrogante, pedante, y tenía al hablar aquel acento de “caribe crudo” que la desconcertaba. Lo compara con su otro gran amigo artista, el músico Paco Ibáñez, quien sigue siendo el mismo de antes mientras que el dinero, la fama y la cercanía con los poderosos hicieron mella en su viejo amor. Al saber que había un apartamento para la venta en el edificio donde ella vive, García Márquez lo compró sin verlo, “así son los sudamericanos cuando son ricos”, le dijo Tachia a la vieja propietaria.
Me cuenta que se conocieron el día de la primavera, el 21 de marzo del 56, nunca olvidó la fecha, ella daba ese día un recital de textos de Blas Otero, otro de sus amores. Hay siempre un dejo de nostalgia por el tiempo aquel, ella reconoce que le parecía exagerada la dedicación de Gabriel a la escritura, no era alguien que estuviese dispuesto a dejar la máquina de escribir para ir a trabajar recogiendo cartones y papeles por un puñado de francos.
Le pregunto si recuerda qué autores franceses le vio leer y dice que Gabriel estaba aprendiendo francés en ese entonces y lo que más hacían era escuchar a Brassens en su cuarto de muchacha, la crónica debería llamarse “García Márquez oyendo a Brassens en París”, casi me lo sugiere, él se sabe de memoria las canciones de Brassens, “las canta maravillosamente”.
De repente Tachia interpreta el papel de la mujer del coronel en la famosa novela, “pero mientras tanto qué vamos a comer, dime qué comemos”.
—“Yo soy la coronela”, dice soltando una carcajada. Ella cocinaba los sábados en un hornillo, en un reverbero de alcohol, una paella para Gabriel y otros siete o diez amigos, la mayoría colombianos.
Tachia Quintana, llamada la “vasca temeraria” por Gabriel en alguno de sus escritos, es ahora tan conocida por su placer de recitar poemas ante el público como por haber sido novia del Gabo en París, en los tiempos en que él escribía el Coronel. (*)
—“El me llamaba general… pero yo soy la coronela del libro”, repite ahora seria, confesando que mientras Gabriel escribía con sus tripas la historia de ese viejo militar esperando en vano su pensión, era ella la que estaba obligada a tener los pies en la tierra, sentido práctico, organizar por lo menos una comida diaria.
La lectura de El coronel no tiene quien le escriba es una mina para deducir detalles acerca de los días en que él lo estaba redactando, quizás le puso punto final el día de San Sebastián de 1957 pues menciona dos veces el 20 de enero, esa fiesta pagano-religiosa con toros y gallos que da comienzo a la temporada del carnaval en la costa caribe colombiana. La nacionalización del Canal de Suez por Nasser en Egipto, hecho ocurrido en julio de 1956, figura en primera plana de los periódicos que el coronel lee, “Europa le daba la impresión de un mundo en sus postrimerías: no en vano escribía sobre la crisis de Suez, y por algo la usó como trasfondo en El coronel no tiene quien le escriba, como señala Jacques Gilard.
La acción de la novela comienza en octubre y el narrador omnisciente —sabe lo que piensan los personajes— es denso y creíble porque alude al clima y al tiempo en referencia a las tripas, a los intestinos; los estados de ánimo —“cantar es bueno para la bilis”— están relacionados siempre con alguna víscera.
Tachia insiste en que Gabriel sólo vivía para su trabajo de escritura, todas sus energías y su tiempo eran para escribir sus libros y sus artículos periodísticos, afinando la visión, la pesca del detalle.
Tal vez fue en esa época en París cuando se afirmó en él la convicción de que si la gente compra cada mañana el diario para leer historias sucedidas la víspera, narradas en un lenguaje eficaz, algo se podía intentar contando historias imaginarias con el mismo lenguaje, atadas con un hilo mágico-religioso-poético-onírico, alimentado quizás por la contemplación de la luna, las canciones de Brassens, los libros de Rimbaud, los refranes de la gente y hasta la desaforada manera de consumir a diario relatos sobre el drama barroco mundial. “Antes de penetrar a las tripas urbanas que los conducirán por veinte francos desde cualquier lugar de París a otro, los habitantes de la ciudad se acercan a los puestos de periódicos […] están acostumbrados a que los periódicos les digan lo que está pasando. La libertad de prensa es ilimitada. El obrero que compra un periódico antes de meterse al Metro, sale por el otro extremo completamente informado de lo que está sucediendo en el mundo”, observa Gabriel en una nota escrita en esa época.
El rol del periodismo, las cortapisas a la libertad de prensa —la censura acababa de cerrar su diario, El Espectador, en Bogotá— están presentes en la historia que cuenta en El coronel no tiene quien le escriba.
Vivir en la capital francesa le hizo tomar conciencia de su pertenencia al mundo “latinoamericano”, compartiendo su vida cotidiana con gente como el poeta cubano Nicolás Guillén. Su vivencia aquí le serviría también, 30 años después, para recrear “la larga estancia en París”, donde estudió medicina y cirugía, del personaje Juvenal Urbino en El amor en los tiempos del cólera (1985), novela cuya traducción al francés está dedicada “a Tachia”. Pese a la “lluvia perpetua y los tenderos sórdidos”, aparece como una de las ciudades más hermosas del mundo “porque se quedó vinculada a la nostalgia de sus años más felices”.
Tachia y Gabriel se perdieron de vista en las navidades del 56, pero poco más de una década después ella comenzó a oír hablar de su amigo, el autor de Cien años de soledad, y volvieron a verse cada vez que él regresaba a París, nomás hace poco estuvo acá, pero ya no es lo mismo, nada le llama la atención, dice, no quiere salir, echa de menos a sus amigos desaparecidos.
Muchos de ellos están en las fotos de Estocolmo, Tachia se anima y saca un álbum de fotos cuando lo del Nóbel, fue una gran emoción, conoció a todos los amigos que le había oído nombrar siempre, Álvaro Mutis, Alfonso Fuentemayor, Germán Vargas, Mallarino, fue un gran momento, se estremece, volver a oír en Estocolmo canciones que él cantaba en París, El cafetal —tararea, como la gente vive criticando que paso la vida sin pensar en naa”— o la de Escalona no sale del algodón ya sembrao”. Hábleme de esa época, le pido, la obra de teatro que más le impresionó fue Esperando a Godot, de Beckett, con quien solía cruzarse por los lados de Montparnasse.
París es para nosotros, los del trópico, el aprendizaje vivaldiano de las primaveras y los inviernos, llegar en mayo con las flores o en diciembre con la nieve te marcará para siempre sirviéndote de santo y seña en tus futuros escritos sobre la ciudad-mito, la ciudad santa plantada en Occidente.
“Los habitantes de París, que empiezan a transitar libremente con la anticipación de la primavera después de un mes helado, recorren los bulevares con un pan de dos metros bajo el brazo”, decía ya con su exageración macondiana.
Gabriel García Márquez es un muchacho de 27 años cuando pisa las calles de París, tal vez anduvo ese primer día por la rue del santo señor de las artes. “Para esta época París es una ciudad desocupada, a veces es preciso utilizar el tren subterráneo para conseguir medio kilo de pan”, cuenta en una nota de esos días.
Por la calle Saint André des Arts, en el barrio latino, anda uno y el universo, la muchedumbre es despreocupada y estudiantil, cosmopolita, la guerra quedó bien atrás, o allá a lo lejos, ahora los “ocupantes” son millares de turistas de presencia pacífica y no hay racionamiento de pan.
Ese primer día en París, me imagino, Gabriel se lanza a la calle, va por el bulevard Saint Michel y lee los afiches de las boutiques, los anuncios de cabarets, de perfumerías y quesos, contento por estar ahí de "escritor enviado especial a Europa", descifra todo lo que lee en francés, va caminando y de repente ve el libro, Le bateau ivre, de Rimbaud, como quien dice, ahora si estoy en una de las matas de la literatura, (¿y adivinen lo que encontraría en ese poema ? —nada menos que la imagen de los “pescaditos de oro” del futuro héroe macondiano Aureliano Buendía— esa imagen pescó, sí, Rimbaud habla de “poissons d’or” en ese poema que tanto le gusta…).
El hombre aterrizó en un super-constellation procedente de Barranquilla el sábado 16 de julio de 1955, —“el betún de las calles comenzaba a fundirse con el calor”— pero sólo durmió una noche en París y al día siguiente salió para Ginebra a su trabajo de reportero, cuenta su biógrafo Dasso Saldívar.
Volvería desde Roma en diciembre, en pleno invierno, para quedarse casi dos años en París... "las calles empezaban a cubrirse de una espuma luminosa. Tardé un instante en entender que estaba nevando, porque era la primera vez que lo veía... fue una noche mágica… qué maravilla, nevaba sobre las cúpulas doradas, sobre los barcos iluminados, ya en plena tormenta de nieve se quitó los zapatos", cuenta Graciela, su alter ego en el monólogo Diatriba de amor contra un hombre sentado, la obra de teatro que publicó en 1994.
Aunque va a pasar trabajo esos años figuran ahora en la crónica de sus días de cuando era “feliz e indocumentado”; quiere decir un muchacho en busca de su noble destino, ahí va a dedicarse de lleno a vivir su sueño de escribir en una buhardilla, acariciando durante largas horas las teclas. De esas 28 letras y más signos de la máquina Remington que perderá una tecla clave ("le falta la A") van a salir La mala hora y El Coronel no tiene quien le escriba, pero el extrañamiento, el ostracismo, el sentirse lejos de su aldea, el intuir el complejo entramado del mundo y sus gobernantes —Francia la colonialista se encontraba en el ojo de la tormenta con la guerra de independencia en Argelia, el problema del canal de Suez estaba a la orden del día— le harán comprender que su tema no solo es Colombia sino el drama, la acción del barroco acontecer de este mundo y del Otro.
La poética de las supersticiones populares, alimentada por la de los libros, le hará ir más allá del discurso eficaz del periodismo, dejando percibir las grietas de lo inusual, esas imágenes de los sueños en la vigilia. Si evoca a un comerciante de Macondo de origen sirio lo llama Moisés, “salvado de las aguas”, si habla del avión intercontinental que lo trajo de América a Europa en una noche, lo asocia con las alfombras mágicas. Los muertos hablan entre ellos, las casas están habitadas por espíritus, hay una tristeza en los ojos de los sapos que se nos puede contagiar, el trueno estalla en el cielo y luego pasa por debajo de las camas, la cara del santo es lo que hace milagros, afirma la vox-populi a la que García Márquez presta oídos en El coronel.
Después de escribir sus libros de París García Márquez se daría cuenta, como lo dice en una entrevista con Plinio Apuleyo Mendoza, que su compromiso no sólo era con la realidad social y política de Colombia —donde siempre ha habido “resistencia armada” contra el gobierno de turno— “sino con toda la realidad de este mundo y del otro”.
Hace poco lo visitamos en su casa de Cartagena de Indias y al ver su silueta recortarse contra el mar nació el deseo de escribir acerca del contraste entre “la ilusión de vivir frente al Caribe” y los tejidos protectores de la ficción, cuando se está en ese proceso de descubrir el mundo... él tenía 27 años y por primera vez se alejaba tanto tiempo del mar... así que la lectura de ese largo poema de Rimbaud lo transporta, qué mejor medio que esa lancha o barcaza que cuenta un descenso mítico, una aventura por las inestables praderas marinas hasta los abismos y cataratas... ese es el gran "poema del mar no visto", ahí están esos peces de oro, un chorro de imágenes desatadas, salidas de madre, todo eso es lo que quizás le gusta a Gabriel García Márquez en "Le bateau ivre", como lo reveló un domingo de 1984 en Bogotá, en casa de Roberto Burgos Cantor y Dora Bernal. Ese domingo, recuerdo, habían pintado una paloma blanca en la Plaza de Bolívar, el presidente Belisario Betancur le había puesto guardaespaldas al Gabo... Habían pasado casi 30 años desde que él llego a París como enviado especial de El Espectador, y daban ganas de llamarlo “don Gabriel” porque era de la misma generación de don Guillermo Cano, ahora director del periódico que enfrentaba las letras de sus editoriales contra las armas de una estrella de luz fósil, Pablo Escobar.
Aquel domingo, don Gabriel pidió a la muchacha francesa que andaba de paseo por Colombia, Cathie Bardot, que le recitara unas estrofas del barco ebrio de Rimbaud. A lo mejor dijo "Le bateau ivre", este título puede prestarse para juegos de palabras entre los literatos, que se atreven a barajar traducciones iconoclastas como "la nave borracha", "la lancha beoda", "la canoa afumada", “la barcaza embriagada”, “el planchón en pedo”, “la canoa engrifada”, “la piragua trabada”...
Entre ese mar caribe que él aprende a querer en Cartagena y la nieve en París podría decirse que se levanta el imaginario de García Márquez. El caribeño desde joven mantiene “la ilusión de vivir frente al mar”, así lo afirma en sus memorias.
Lo podemos imaginar con cierta nitidez en su cuarto del hotelucho de la rue Cujas. Jugando a ser sabuesos, sólo por el placer de establecer lazos entre su vida y su obra, rastreando lo que nos puede servir para nuestro propio método creativo, leímos y tradujimos el poema de Rimbaud, leyéndolo con el alma de alguien que desea alimentar su prosa —necesaria para llenar “el periódico de ayer” y comer— con esos eternos destellos de las escamas doradas de los peces en los poemas que no se botan al tacho de la basura.
Esa tarde en casa de Roberto Burgos Cantor nació la convicción de que ese había sido el primer texto que leyó en francés, en París, a lo mejor se lanzó a traducirlo en su cabeza, parece que ya lo había leído en una traducción al español cuando estaba en el colegio en Zipaquirá, pero ahora había llegado la época de leerlo en francés.
Lo vimos un día también ya con canas en las sienes caminando por el bulevard Saint Michel con su amigo Plinio Apuleyo Mendoza, antes de que cada uno tomara su camino; por eso nos es fácil imaginarlo en esos meses de 1956, pasaba por el cruce de la rue des Ecoles, cuando ¿qué vio tirado en una acera...? Nojoda, vendían por un franco ese tomo empolvado de Rimbaud con “El bateau ivre”.
Él era ese muchacho de pelo ensortijado, parecido a un árabe, a un turco, diríamos, que había llegado casi saltando por el centro de París hasta esa librería. Acababa de dejar las maletas en el hotelucho de la rue Cujas y había salido a conocer, a dar su primera vuelta por el Barrio Latino...
Se agachó y escogió el libro con el poema que le daría la clave, "unos peces de oro", para multiplicarlos en su futura obra maestra... Creo que si ese poema le gusta tanto es porque allí encontró una gran libertad, unas imágenes deslumbrantes para recrear la grandeza del mar, pero un mar nada realista sino imaginario, de poesía; como quien dice “de película”, Rimbaud podía cantar, como León de Greiff, “mis ojos no han visto el mar”, según un crítico francés, cuando lo escribió el joven poeta no conocía el mar... seguro García Márquez jugaba a traducirlo, por qué no ensayar una versión, ayuda para el vocabulario, la poesía va trenzada a la narración, es un antídoto para el desperdicio de la prosa periodística, aquí es el barco quien habla, el planchón sin timonel, la balsa a la deriva, quizás se hallaba en estado de embriaguez con los paquetes de hachís que transportaba escondidos entre la carga legal, ...



Al sentir que impasible la corriente



me di cuenta que los bogas yacían



desnudos clavados a los mástiles de colores



flechados por chillones pieles rojas.



Me despreocupé de la tripulación



del transporte de trigos flamencos o de algodones



Cuando se acallaron los lamentos de mis bogas



me dejaron bajar hacia donde yo deseaba.



En los chapoteos furiosos de las mareas



yo, el otro invierno, más misterioso que el cerebro de un



niño corrí! Y las Penínsulas desatadas



no han sufrido caos más triunfantes.



La tempestad bendijo mi despertar marítimo



más ligero que un corcho bailaba sobre las aguas



llamadas el eterno remolino de las víctimas



diez noches, sin lamentar el ojo necio de los fanales!



Más dulce que a los niños la carne de las manzanas biches



Verdosas aguas penetraron mi caparazón de pino



lavándome las manchas de vinos azules y vómitos



dispersando el timón y el ancla



Y desde entonces me bañé en el Poema del Mar,



en su infusión de vía láctea,



devorando los azules verdosos donde a veces flota lívido



y alegre, arrastrado, un ahogado pensativo.



Donde, tiñendo de golpe las azulidades, delirios



y ritmos lentos bajo los resplandores del sol,



más fuertes que el alcohol, más vastas que nuestras liras,



fermentan los amargos sonrojos del amor



Sé de los cielos que revientan en relámpagos, y de las



trombas, resacas y corrientes: sé de la noche,



del Alba exaltada como un pueblo de palomas,



y he visto algunas veces lo que el hombre ha creído ver!



He visto el sol muy bajo, manchado de horrores místicos,



iluminando altos acantilados violetas,



parecidos a actores de dramas muy antiguos



las aguas fluyen a lo lejos con sus golpeteos de persianas



Soñé con nieves deslumbrantes en una noche verde



beso subiendo a los ojos de los mares con lentitud



la circulación de savias inauditas



y el despertar dorado y azul del fósforo cantando!



He seguido, durante largos meses,



el oleaje que asalta los arrecifes cual histéricas vacadas,



sin pensar que los pies luminosos de la Santa María



podían taparle la jeta a los mugientes Océanos.



Tropecé, quiero que sepan, con increíbles Floridas



Mezclando a las flores de los ojos panteras de pieles humanas



Arco iris tensos como riendas



De rebaños verdemar bajo el horizonte



He visto fermentar enormes pantanos, ollas



donde se pudre entre juncos todo un Leviatán



Derrumbes de aguas en medio de subiendas



Y la lejanía caer en el abismo de las cataratas



Glaciales, soles de plata, aguas nacaradas, cielos de candela



Horribles naufragios en el fondo de oscuros golfos



donde gigantescas serpientes devoradas por pulgas



caen, de los torcidos árboles, con negros perfumes



Me habría gustado mostrarles niños estas mojarras



Del chorro azul, estos peces de oro, estos peces cantantes



Espumas de flores mecieron mis salidas mar afuera



Y vientos insondables me dieron alas por momentos….
La ilusión de vivir frente al mar
Salí de París y en un santiamén me hallé en Salgar, como en un sueño, frente al mar, cuyos sollozos endulzan nuestro rodar, en la casa grande de Rafa Salcedo y Sara Harb. Desde la terraza, desde el patio, veía sus aguas, la imaginación boyante, ese espejo tendiéndome sus brazos entre las palmeras y las lenguas de arena fosforescente. Durante esos días, previos al eterno retorno del Carnaval y al festival de Cine de Cartagena, aproveché el ocio y la calma poética de la naturaleza que me rodeaba para tratar de darles forma a estas notas sobre nuestra geo-filosofía y hablar de ciertas dicotomías: "las armas y las letras", "Paris y Cartagena", "la política y la poesía".
Allí me encontraba frente al tan cantado mar caribe, recordando al rey vallenato Luis Enrique Martínez, natural de Dibuya (Guajira) a quien conocí en Valledupar, a comienzos de los 70 cuando Ada Luz Escalona era una señorita y trabajaba en la oficina de turismo. "Qué bonito es pasearse en Santa Marta por la tardecita a las orillas del mar, mirando las aguas yo alli me puse a pensar: se me van las horas, pero no me hacen falta”, así cantaba Juancho Polo sintiéndose libre de relojes, tal vez sin zapatos y sin dientes, caminando por la bahía. Uno de mis tíos maternos, Alfonso Ospina, me llevó a conocer el mar en Santa Marta poco antes de tener uso de razón y por eso siempre brillará en mi memoria, antes del embudo de espumas y el azote húmedo, el metafísico color azul celeste, divino, de ese "semen de la tierra" (Empédocles) campo de fuerzas, energía mítica por excelencia, palpable, más allá de las piedras de la avenida Campo Serrano que ya es el mundo historial, el ágora y la política. "Qué será de la gente que vive lejos del mar", se pregunta un personaje de Reynaldo Arenas, el suicidado por la revolución cubana, en su novela Otra vez el mar.
Los escritores somos "pata-e-perros", quiero decir con tendencia a ser trotamundos para ver cómo vive y qué dice la gente en otros lares, cómo superaron antiguas guerras civiles y ambiciones coloniales para llegar a ser naciones civilizadas. Tal vez el periodismo, esa fase diurna del delirio y el drama barroco de cada día, haya facilitado viajar y luego el desparpajo de escribir relatos de viaje. No obstante a medida que pasan los años, como dice Nerval, el deseo de hacer camino va dejando paso a cierta quietud y la idea de una casa frente al mar va surgiendo.
Se supone que esas aguas marinas servirán de andamiaje poético, estimularán la contemplación, o la meditación; tras los afanes de los viajes y las reuniones en las ciudades con gente de la política el escritor intentará, como lo quiso hacer y lo logró Italo Calvino, describir una ola desde la playa, etcétera. Hay que estar lejos del mar para echarlo de menos y hablar de esas cosas, me dice Rosa Helena, una poeta de Barranquilla que tiene el don de interesarse por la ciudadanía y los versos de Cernuda, por la realidad y el deseo, bendita sea ella.
“En un lugar de las Indias”, cuento del bogotano Pedro Gómez Valderrama, nos imaginamos a Cervantes exiliado en Cartagena. El Manco de Lepanto, ex militar en uso de su buen retiro, llega a la ciudad heroica, la que sería tan querida, siglos después, como nuestros zapatos viejos. La exagerada sensualidad de Cartagena pone en peligro la redacción de la gran novela. En esta ciudad conocí en 1974 al don quijote colombiano, Gabriel García Márquez, pocos meses después del golpe de Estado en Chile y el derrocamiento de Salvador Allende; en esos días él andaba escribiendo El otoño del patriarca y había anunciado una "huelga literaria" hasta que Pinochet cayera. Ese capítulo del Quijote sobre las armas y las letras me viene a la mente pensando en Gabriel García Márquez discutiendo o negociando o argumentando con militares como Fidel Castro, gente del ELN o con el presidente "tal". La historia se mezcla con la vida personal y creativa de los poetas y artistas que tarde o temprano pueden hallarse "frente a un hombre armado", según el buen título de una novela del chileno Maurico Wacquez.
En el último viaje que hice a Colombia, cumpliendo una misión que me encomendó una pintora, tejiendo nuestros lazos, llegamos hasta la casa de don Gabriel en Cartagena. Había dos guardianes, hay que proteger al maestro, sí, es un tesoro nacional viviente, y hay tanta gente abusadora."Somos comunistas palante y palante y al que no le guste que tome purgante", cantaban los comunistas en los años 60 del siglo pasado, soñaban acabar con la propiedad privada, después de la guerra del Vietnam. En una época llegó a pensarse que se acabarían los negocios, que no habría publicidad, ni ganancias, todo sería repartido entre las masas. Todo eso ya pasó a la Historia. Aunque las guerras siguen, las armas siempre están ahí y la gente se pelea por los territorios. Me encanta comprobar que en algunas playas nuestras no hay edificios de hoteles, solo chozas. Los vecinos se encargan de mantener la costa limpia, es su "pan coger".
Estuvimos de viaje por la costa, por Barranquilla, Salgar y Cartagena, viendo el mar a la vuelta de la esquina, de la carretera, desde la terraza, desde el balcón, desde una ventana, en una hamaca. Qué bueno ver las palmeras suplicantes y coquetas al mismo tiempo despeinarse. Cimbrearse cual bailarinas con humor y desidia. Ahora en París adivino el sol sobre las nubes plateadas y el humo nuestro."Y me volví a Paris. Me volví al enemigo terrible, centro de la neurosis, ombligo de la locura, foco de todo surmenage, donde hago buenamente mi papel de sauvage encerrado en mi celda de la rue Marivaux, confiando solo en mí y resguardando el yo". Los versos de Rubén Darío dan una idea gris de París. El sol de esta primavera desmiente esa sensación de desarraigo. Hoy no pensaba en el mar.
El mar quedó lejos, allá abajo, suspendido en lo alto, el mar en puntos suspensivos, como el tiempo libre suspendido… Lo de la "ilusión de vivir frente al mar" lo dice Gabriel García Márquez en sus memorias, y por ahí nos iremos metiendo "como rayo de cañabrava", balanceando esta crónica entre el París de aquellos años en que él vivió acá… "en París tenía, al menos, eso que los escritores lánguidos suelen llamar alimento espiritual; la posibilidad de ver en carne y hueso la mejor pintura del mundo" y la experiencia de la costa caribe colombiana, entre la vida del escritor en ciernes, acometiendo su tarea solitaria —"sólo en el Barrio Latino había más de 11.000 pintores anónimos del mundo entero, viviendo en las mismas condiciones que él. Ninguno, hasta donde recordaban las estadísticas, se había muerto de hambre. La noticia lo había hecho sentirse menos solo, que es algo muy alentador cuando se es joven y no se tiene nada que comer en París". —Imaginarse a Prometeo joven— y verlo ahora en su plenitud de hombre creativo, dándole su aliento al agua marina, ya no tiene miedo a ese "mar del tiempo perdido", ha materializado la ilusión de captar los mitos, y ahora puede bailar y jugar con las mascaras en el "teatro del mar" todos los días —una idea en tierra de lo que es la infinita y eterna naturaleza: “¿Por qué el espectáculo del mar es tan infinita y eternamente agradable? Porque el mar ofrece a la vez la idea de la inmensidad y del movimiento. Seis o siete leguas representan para el hombre el radio de lo infinito […] ese líquido en movimiento basta para dar la más alta idea de belleza ofrecida al hombre en su transitorio habitáculo". (Baudelaire)
Quizás todos padecemos un día esa "ansiedad cultural" que nos lleva a dejar el mar, a viajar (algo nos trajo), a irnos digamos a París como muchos aprendices de artistas. La "ciudad metáfora", como la llama Julio Cortázar, navegará en las ficciones del gran desarraigado, el ex “mamerto” —recuerdan así llamaban a los comunistas antes— siempre camaján (tiburón en tierra) descrestado por la nieve, tratando de describirla..."copos tiernos como plumitas de palomas", etcétera, "es la vida madre, uno se vuelve verde en París", recuerdo que esa frase en El Amor en los tiempos del cólera me desató algo o me hizo un nudo entre la ficción y la realidad en García Márquez, yendo y viniendo de las palabras que dicen sus personajes y él mismo sobre esta ciudad que vio pasar al poeta de las suelas de viento, Rimbaud.
El escritor se implica con sus huesos en la cocción de sus libros y fábulas y mientras sueña sus poemas puede ser periodista o profesor, "peores oficios hay, muchachos", nos dice de perfil frente al mar, Gabriel, en Cartagena lo único que nos pide, dos veces, es que no seamos "sapos".
Es una advertencia mítica, en nuestro imaginario precolombino los hombres y los animales no nos diferenciamos, "bajo como el piojo y subo como el águila", dice el chaman-médico de La Mohana, Pacho Fadul, se puede ser poeta y esperar ganarse con ello el arroz y la mojarra, la casa en el aire del mar, vean el ejemplo del Joe Arroyo, el amante cartagenero (o momposino) de Barranquilla. Gabriel baja del cerro de la Popa, en Cartagena, al bulevar Saint Michel de París, oye el pam pom pam pom de las sirenas, así es uno cuando llega a París desde Cartagena, "la fragorosa ciudad del Caribe", se la pasa pensando "allá la gente apenas está saliendo de cine" y yo aquí en esta madrugada con filo y temblando como en ese cuadro de Munch o viendo llorar a un ciudadano, acaso mi doble, en un puente sobre el Sena, recuerdos compartidos inventados gracias al cine, era la época de la guerra de Argelia, es esa batalla que muestra Gilo Pontecorvo en su película, las batallas por "la autodeterminación", las generaciones de espectadores quedamos enlazados por el arte, en el caso del cine es la ternura del blanco y negro (anoche me vi Crónica de un amor, con Lucía Bossé, la primera película de Michelangelo Antonioni, diez años mayor que el García Márquez que llegaría a Paris en 1955, una película hermosa con una historia bella y terrible de ese amor).
Qué casualidad Gilo Pontecorvo filmando Queimada en Cartagena con Marlon Brando y Evaristo Márquez, vean cómo va entrelazado el cine a nuestra vida, cómo podemos imaginar volver al Caribe, siempre de la mano del arte, es la influencia del mar, el caribeño se aleja de su tierra para sufrir en París "una de esas tardes de lluvias oscuras en que a uno se le vuelve de cenizas el corazón”, escribió, quizás, la primera frase de El coronel, o tal vez "era un martes típico de los eneros de París, encapotados y sucios y con una llovizna tenaz que no alcanzaba a concretarse en lluvia", en ese año del 56 el joven reportero es su propia casa, eso dice Rilke sobre Rodin, ese hombre lleva en él su casa, el corresponsal García Márquez aprende a ganarse la vida con su escritura, el periodista la vende también, otra cosa es que la magia funcione con la plusvalía poética, el júbilo de ser un productor o realizador, un hacedor... el que liberó su neura creando así también fue Picasso, y de una salta Wilfredo Lam, otro que nos encanta, como Lydia Cabrera, cubanos de París, la gente viene a esta ciudad, “mito moderno” según Roger Caillois, desde “los misterios de París” de Eugene Sue, para vivir su mito de artista, aprender a pescar imágenes, García Márquez es un buen pescador de imágenes, habla de una flor en el culo de una lechona asada (en la rue de la Huchette) la imagen está en el cuento “La viuda de Montiel: "en cierta ocasión, sus hijas le hablaron de los mercados de carne de París. Le decían que mataban unos cerdos rosados y los colgaban enteros en la puerta adornados con coronas y guirnaldas. Al final, una letra diferente a la de sus hijas había agregado: imagínate, que el clavel más grande y más bonito se lo ponen al cerdo en el culo"...los escritores pescan frases, y pasan “del gallo al burro", como dice el narrador en El general en su laberinto, una frase traducida del francés "du coq à l'âne" —para significar que uno puede cambiar de tema en mitad de una frase...
Con Ramón Molinares, el autor de Un hombre destinado a mentir, y el filósofo Numas Armando Gil Olivera, llegamos hasta Cartagena a visitarlo, "cuando los amigos llegan a visitarme me maquillo", dice don Gabriel en su casa frente al mar, ese día de perfil... acaba de cumplir una tacada de años y aún tiene ese aguaje de barranquillero con guantes que le vi en París, tiene dos celadores armados que lo custodian, esa es la política, vale, la política metida en la sala y el comedor de tu casa, un escritor puede ser odiado o amado, encarcelado como Víctor Hugo, Wole Soyinka o cualquier reportero disidente cubano, a Oscar Collazos lo amenazaron de muerte las fuerzas oscuras... la historia es una pesadilla de la que tratamos de despertar, será por eso que nos gusta mirar el mar, produce sosiego aunque estés pasando trabajo”. París huele a coliflores hervidos", es una expresión que comparten García Márquez y Cortázar, dicen, esa es la fama de olor, quizás también a salchichón, a vino, a perfume, a queso, la gente dizque haciendo el amor en las escaleras, uno se viene a París a vivir como en una novela, encerrado escribiendo vive el mito del aprendiz de escritor, balzaciano o flaubertiano o stendhaliano... Colombia es la "costa de las iguanas" de Conrad, esa república bananera en devenir, desde París nuestra tierra aparece exuberante y selvática, uno se imagina muy bien a Bolívar en París en 1804 preparándose para regresar a luchar por la "autodeterminación" y la realización de su destino.
Otra de las cosas que nos llama la atención es el besuqueo de los enamorados en el Metro o en la calle, en París... "los enamorados insaciables no acababan de besarse nunca en las terrazas abiertas", García Márquez consiguió novia en París en aquellos años, una actriz vasca, Tachia Quinta, siempre ha sido un seductor, (los escritores colombianos son todos una caterva de seductores, viven frente al mar Collazos, Márceles Daconte, Aníbal Tobón, Sara Harb, Rafael Salcedo) cuando él vivía en Bogota levantaba novia, dice, porque las muchachas se imaginaban que él las iba a llevar a vivir algún día frente al mar, tenían esa ilusión, lo veían como el hombre-océano..., "paseando del brazo de una novia casual en un otoño tardío" en esos párrafos de El Amor en los tiempos del cólera pone en la balanza "las tardes doradas" del otoño parisiense y los luminosos instantes del "Caribe en abril"...Donde habla bastante de París y los franceses es en el cuento “El rastro de tu sangre en la nieve”... ese gran cuento romántico de un cartagenero con un amor desvaneciéndose en el limbo, en el hueco blanco del olvido, "cosas terribles de la soledad, esa noche se encontró dando vueltas en la cama de una mansarda triste de París, sin nadie a quien contarle su infortunio, y con una rabia feroz contra sí mismo porque no podía soportar las ganas de llorar".
Al ansia cultural que nos lleva a viajar corresponde el ansia de la naturaleza, "la proximidad del mar se hacía cada vez más evidente en la ansiedad de la naturaleza", dice en su novela sobre Bolívar... es en este texto en donde hay un enfrentamiento ideológico, digamos, entre Francia y Colombia, el general Bolívar le pide a un francés que "no traten de enseñarnos cómo debemos ser, no traten de que seamos iguales a ustedes, por favor, carajos, déjennos hacer tranquilos nuestra Edad Media".
La gente que vive lejos del mar se lo imagina, y sin embargo hay que asomarse a verlo en el fondo para darse cuenta que el horizonte es un esbozo, vamos a visitarlo en la costa caribe, el azul marino ondea se revienta en líneas de viento y espuma…
(*) En el 73 conocí en París a la novia vasca. El contacto me lo hizo Gabriel desde Barcelona, cuando yo pretendía conocer a gente de ETA para escribir una crónica. Acuérdate que Franco estaba vivo. Bueno, tu texto me devolvió a esos años (mail de Oscar Collazos, desde Cartagena).
París, verano del 2006.
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© Julio Olaciregui
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen IX – Número 33
Abril-Mayo-Junio de 2008
PROGRAMA DE HUMANIDADES Y LENGUA CASTELLANA
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
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