Animales en el parque

José Luis Garcés González
jlgarces2@yahoo.es

Cuentos tomados del libro La vida. Montería, Paso de Gato, 2004.

Mira   qué  hermosa  cicatriz tengo  entre las costillas.
Julio Cortázar


Ahí están los dos pequeños monstruos. Uno es gordo y tiene las mejillas como dos naranjas rabiosas. El otro es flaco y sus ojos huidizos están llenándose lentamente con los colores del odio. Todas las tardes vienen al parque acompañados por su mamá y su papá. Los padres son personas jóvenes que visten con compostura y actúan con una prudencia que se nota demasiado estudiada. Apenas cruzan la puerta principal, los dos pequeños monstruos empiezan a correr, a empujarse, a dar cuajos sobre la hierba estropeada por este inclemente verano. Corren sin ninguna contención, se esconden detrás de los robles veteados o en las cuevas de los camajones corpulentos. O se golpean. O se van hacia la quebrada que sirve de fuente de agua. La madre, especialmente ella, se desespera y comienza a llamarlos con una voz donde mezcla el amor con el desasosiego. Los dos pequeños monstruos no se dan por aludidos. Por el contrario, indiferentes y soberbios, penetran más profundamente en el bosque.

El padre, que lee recostado a una bonga caída, mira el reloj y se da cuenta de que han transcurrido más de veinte mi¬nutos. Observa a su alrededor y no ve a nadie. Se levanta, se acomoda las gafas, deja el periódico extendido sobre el árbol muerto, y principia a buscar a los desaparecidos. Grita tan fuerte, que al fin su mujer logra oírlo. Ella regresa con los ojos colmados de lágrimas. Él le pregunta por los niños. Ella le responde que no los ha encontrado, que quizá se han extraviado en el bosque. El, desesperado, reparte los ojos por los cuatro costados; luego, agarra a la mujer por una mano, y corriendo y llamándolos empiezan la búsqueda.

En varias ocasiones (y nadie puede desmentirme pues soy el más fiel visitante de este inmenso parque), después de una hora de recorrido, los hallan detrás de dos enormes piedras que alguien trajo hace años de una cantera vecina. Algunas veces los encuentran montados y camuflados en los pinos de aguja. Cuando logran sacarlos de su escondite o hacerlos bajar de los árboles, los dos pequeños monstruos empiezan a rabiar y a insultarlos. El más flaco le patea las piernas a la mamá; el más gordo le muerde el pantalón al papá. Sometiéndolos a ese cruel castigo, persiguiéndolos con furia y maldiciéndolos aceptan salir del parque. La mamá, tratando de eludir los golpes del flaco, confunde las piernas y cae; en el suelo el pequeño monstruo continúa dándole patadas. Para entonces, el gordo mastica, con torvo deleite, varias tiras del pantalón del papá.

Hoy han variado el procedimiento. Los padres los han rescatado de la profundidad del bosque, y los dos pequeños monstruos, armados de dos matas de escobilla, han comenzado a azotarlos, a hacerles sufrir. La mamá y el papá huyen, caen, se levantan, vuelven a caer y perseguidos por los hijos se internan en el follaje, y desaparecen de mi vista. Los dos pequeños monstruos se detienen; miran a todos lados pero no logran verme. Enseguida, victoriosos, alzan los brazos y empiezan a brincar en la punta de los pies y a desatar sus sonoras y terribles carcajadas. Ríen y ríen los pequeños monstruos. Desde aquí les puedo ver sus encías repugnantemente rojas.

San Jerónimo de los Charcos, Colombia, 1983.


El reloj despertador

Como ustedes saben, todo reloj despertador lleva un niño gritón acurrucado por dentro. Que es el que se encarga de aullar cuando llega la hora de timbrar. Así, Ildefonso puso el despertador a las cinco de la mañana, pues tenía que viajar bien temprano a la ciudad de Cartagena. Pero Ildefonso, que padecía de un insomnio irreparable, se levantó antes de la hora, agarró el maletín que había organizado desde la noche anterior, pensó que a quien madruga Dios lo ayuda, solicitó un taxi y salió para el transporte.

Cuando llegó la hora de timbrar, el despertador cumplió a cabalidad con su papel. El niño que todo despertador lleva por dentro, empezó a soltar su  garganta de timbre. Timbró y timbró y timbró y continuamente siguió timbrando. Por ello despertó a los vecinos y alertó a todos los transeúntes que temprano pasaban por el frente de la casa. Algunos de los vecinos se incomodaron, protestaron contra el ruido, y no faltaron quienes propusieran tumbar la puerta o llamar a la policía. Pero, como siempre, la gente habla mucho y hace poco.

Después de cinco horas (algunos sostienen que fueron cuatro) el reloj dejó de timbrar. Los vecinos descansaron y regresó la normalidad al barrio. Cuando a los tres días Ildefonso regresó, abrió la puerta, revisó su casa y encontró todo en su lugar. Al echar una mirada hacia la mesa de noche, vio al reloj y como brisa de un huracán le llegó el recuerdo: carajo, se acordó, se había marchado sin quitarle el timbre al despertador. Con su mano derecha, en gesto de irritación, se golpeó la cabeza. Luego, se acercó al aparato y pensó que la pila debía estar reventada, y quiso revisarla de inmediato. Con cuidado separó las dos tapas del reloj, y, oh sorpresa, dentro encontró a un niñito acurrucado, flaquito y con la lengua afuera. Por la forma como tenía desgarrada la garganta, podía intuirse que había muerto por el inmenso esfuerzo de gritar durante cinco horas continuas.

Marzo de 2004.
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©   José Luis Garcés González

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen IX – Número 33
Abril-Mayo-Junio de 2008

SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
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PROGRAMA DE HUMANIDADES Y LENGUA CASTELLANA
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
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