Andrés Paz Barros:
La vida por la música
Clinton Ramírez C
Todo mi valor viene de Andrés. Él me enseñó a cantar con el alma, el cuerpo y el espíritu.
Cheché Mazzilli, cantante cienaguero.
Una memoria que cuenta
Está autorizado repetir que Andrés Paz Barros (1906-1977) es una gloria apenas recordada de la música popular de Colombia. Su obra musical es vasta, diversa y buena parte permanece inédita. La fracción de su obra divulgada exhibe piezas de reconocido valor. Su vida es otra historia de una entrega total a la música, pasión que ofició con la paciencia de un druida. Al igual que un antiguo maestro celta, a Paz Barros le importó más que la propia suerte, organizar, engrandecer y preservar una tradición musical que inaugurara Eulalio Meléndez (1846-1916) en el siglo XIX, el autor de la Piña Madura, la Araña, el Helado de Leche y la música del Caimán. Su vida y obra no hacen más que remitir a aquellas palabras que Quevedo puso en una famosa carta cuando estuvo preso por algunas sátiras en el convento de San Marcos en 1641. “Si mis enemigos tienen el rencor, yo tengo la paciencia.” La paciencia del hombre de arte, se entiende, que en Paz Barros fue una expresión visible de su apostolado, por más que en la confianza de su patio de floridos mangos, de corotos y heliconias botara la piedra con alumnos cabeza dura.
La vida no lo trató bien: pobre de fortuna, hombre de brazos abiertos, fue víctima confiada de varios plagios, perpetrados por músicos de visita a los que acogió en su humilde casa. Composiciones suyas fueron grabadas con otros títulos y firmadas por otros autores. Recuperar la autoría de varias le consumió años de litigio y demandó recursos con los que nunca contó. La autoría de Se marchitaron las flores, canción que el país conoció con letra cambiada y bajo el título de Mi cafetal, solo le fue reconocida después de su muerte por una justicia de patas chuecas, más bien inválida.
Paz Barros es un autor al que le cupo la suerte de una imaginación versátil. En 1937 compuso sin duda su obra cumbre: La cama berrochona, pieza que con el nombre de La cumbia cienaguera grabó Luis E. Martínez en 1951, previa adaptación de la letra que hiciera Esteban Montaño. Es el autor de piezas como El cienaguero (paseo), Mentiras y verdades (vals), Cabeza de coco (porro), Te lo juro que te quiero (pasocorrido), La fuerza (chombo), Ondas fugaces (tango), La cañandonga (bullerengue). También compuso los paseos Dame tu mujer, José y El amor de Claudia, que Guillermo Buitrago (1920-1949) popularizó durante su breve, intensa y perdurable carrera de músico.
El mundo de Paz Barros
Paz Barros, músico de pentagrama, de hondo sentido popular, nació en Ciénaga en 1906, en el útero de un pueblo grande, audaz, belicoso, inteligente, bailador, burlón e indolente, que vivía un periodo de increíble prosperidad desde la irrupción del negocio bananero a finales del siglo anterior, sígnos de identidad que son fáciles de rastrear en sus composiciones. Ciénaga entonces parecía tener conexiones con todos los lugares del mundo conocido. En sus calles anchas, polvorientas, trazadas con ojo masónico, podían oírse conversaciones en las más extrañas lenguas de la vieja Europa y el convulso Oriente Medio. El furor, el estrépito, había comenzado setenta años atrás, después de la Independencia, con la vinculación de población inmigrante a la agricultura de la región y la integración paulatina de la economía al comercio mundial, primero con la explotación de productos transables como la caña y el cacao, más tarde con la fundación de plantaciones de tabaco y luego con la irrupción del negocio bananero, que terminó de confeccionar el perfil de Ciénaga como una aldea universal. A mediados del siglo XIX su progreso y el empeño de su gente llamaron la atención del viajero y científico Eliseo Reclus. Al geógrafo y militante anarquista no le sorprendió que tuviera más población que Santa Marta. Tampoco que la capital, a la orilla del mar, viviera sumida en una eterna siesta de señores, funcionarios y obispos. Es este escenario cocinado al fuego lento de los negocios, de los bares, de las peleas a puño limpio y el ingenio en el que se hace músico Andrés Paz. Es esta Ciénaga populosa, floreciente y amante de la vida risueña la que crea un ambiente de apertura que favorecerá la explosión de una música singular y matriz en el norte de Colombia. Situada en un cruce de caminos, donde las razas ya venían más que mezcladas, donde la vida cultural de la calle imponía su ley, no resulta extraño que surgiera una música que supo hacer suya la herencia indígena, el aporte afroantillano y el legado español, presente este último en el predominio de la guitarra, instrumento que obra como sello distintivo de la música del Magdalena Grande antes de la introducción y popularización del acordeón en el litoral Atlántico. No es un entorno en el que Paz Barros rige solo. Es esta Ciénaga de los bares y las academias, de las galleras y el juego tahúr, la que produce a Eulalio Meléndez (1846-1916), Dámaso Hernández (1901-1983) y Guillermo Buitrago (1920-1949), compositores e intérpretes cienagueros a los que habría que agregar al guitarrista Efraín Burgos, al cantante Julio Bovea y a Cheché Mazzilli, cuya filiación con Andrés Paz Barros está consignada en el epígrafe de este texto.
La formación musical
Si bien la calle hervía, Paz Barros, un humilde muchacho que apenas había aprendido a leer y escribir, a sumar y a restar, estudió y aprendió música. En esto siguió el ejemplo de Eulalio Meléndez, un mestizo de los alrededores de la hacienda de caña Santa Cruz de Papare, que aprendió a tocar piano y a leer música con su maestro samario José C. Alarcón en la casa del médico José María Torres. Paz Barros, en cambio, encontró la amplitud que ofrecía el hecho de que en Ciénaga hubiera entonces una escuela de música: la Escuela Armonía del Córdoba de Ciénaga dirigida por la cubana María Tedy. La escuela la había formado Eulalio Meléndez y al momento de ingresar a ella Paz Barros, la administraban los hijos del fundador. Todos los profesores eran extranjeros del Caribe. Según el historiador Guillermo Henríquez Torres, en la escuela Paz Barros aprende música y comparte sillas con Dámaso Hernández y Luis Bermúdez, joven este proveniente de Aracataca y nacido en Carmen de Bolívar. Tienen como maestro también al curazaleño Guillermo Quat Sillé, que enseña armonía y escritura musical. Recibió Paz Barros, según confesó a amigos suyos como Ismael Correa y Guillermo Henríquez Torres, una formación esmerada y amplia. Una razón que permite explicar la admiración que su música escrita despierta entre los entendidos. La escuela es definitiva para Paz Barros. Allí no se forma sino que toma contacto con la música popular del Magdalena Grande y de las Sabanas de Bolívar. Allí también, de la mano de sus profesores, ampliará sus predilecciones con el estudio de ritmos cubanos, antillanos, andinos, de la costa pacífica y del sur del continente, amplitud de formación y de gustos que le permitirá intentar y coronar más tarde una obra variada y la invención de varios ritmos: chombo, sonajero, pasocorrido y cumbia, aires que como anota Edgar Caballero Elías, un estudioso de la obra de Paz Barros, ameritan más atención de los expertos y una mayor divulgación, ya que muchas de las piezas vertidas en estos géneros permanecen a la espera de intérpretes.
Ecos de una obra diversa
Andrés Paz Barros compuso valses, pasillos, porros, cumbiones, rumbalés, merengues, joricambas, foxtrots y hasta tangos. Ningún ritmo se le antojó esquivo. Esta versatilidad hace pensar que su proyecto, a pesar de su silencio y su modestia, aspiró a ganar audiencia más allá de las goteras provincianas. Hay que decir que en vida alcanzó a apreciar en parte la realización de su motivación de ser un compositor continental. En su tiempo, las orquestas de Eugenio Nóbile, Rafael de Paz, Lito Barrientos y Chucho Sanoja le grabaron El cienaguero, El costeño, La cumbia cienaguera y La guaca. La cumbia cienaguera es, sin embargo, de toda su obra musical, la composición que más le grabaron y le graban. Es la más famosa cumbia colombiana. La bailaron Gabo y Mercedes Barcha durante la recepción de la entrega del premio Nóbel, mientras la reina Silvia de Suecia siguió el ritmo con las manos y la cabeza. La Sinfónica de Londres la incluyó hará un tiempo en su repertorio de grandes obras de la música popular del mundo. Es un patrimonio universal. En la serie animada The Simpsons, el padre de Bart, el desato Homero, la baila en la barra del bar de Mou con una cerveza en la mano, tal y como debieron haberlo hecho muchos cienagueros en los tiempos aún felices de la Zona Bananera.
La cumbia cienaguera
En su versión inicial la bautizaron La cama derrochona y era una pieza exclusivamente melódica, a la que posteriormente Humberto Daza, el popular Chamber — músico, letrista picaresco, profesor y amigo de Paz en Armonía Ciénaga y de otras aventuras más— le hizo unos versos maliciosos. Con este título inicial y los versos de Humberto Daza circuló en los bares y las academias de bailes de los años cuarenta y cincuenta de una Ciénaga a la que la Segunda Guerra no pareció afectarle el espíritu. Así se empezó a popularizar más allá de los charcos, los playones de salitre y los andurriales de Ciénaga, viajando en tren hacia Santa Marta, los pueblos de la Zona Bananera, Fundación y más allá. Algunos músicos y orquestas empezaron a incluirla en su repertorio. Hizo el itinerario hacia Barranquilla y Cartagena en los vapores que comunicaban a Santa Marta y Ciénaga con Barranquilla a través de la Ciénaga Grande. Fue, sin embargo, el instinto comercial de Antonio Fuentes al momento de grabarla quien sugirió arreglarle la música y modificarle los versos. Esteban Montaño —músico de Tasajera (Pueblo Viejo) y compositor de Por ella, más tarde un famoso paseo vallenato— le adaptó los versos con los que se conoce hoy. Una vez dado este paso, Luis Enrique Martínez la arregló y la grabó. Cito versos de la primitiva versión salerosa de La cumbia cienaguera:



y la otra noche con la Mona.
¿Una cama de alambres o una desajustada cama de lona? La letra exalta la vida risueña de las numerosas mujeres que ambientaban las noches sin fin de la Ciénaga de finales de los años treinta.
Seguro que eran muchas las camas de lona a las que había que aceitar para que todos pudieran dormir y morir en paz.
Una paradoja gobierna la historia de la composición. La pieza está vertida en un ritmo que distingue a Colombia, su letra actual la hace una de las composiciones más queridas y sigue siendo una especie de himno sagrado entre la gente de bien que finalmente se la apropió, especialmente en Ciénaga, Santa Marta y Barraquilla: el triángulo de la maldad, según apostrofó alguien y cuyas palabras parecieran haber sido borradas del papel de tienda donde la escribió. Nadie, en cambio, se acuerda de la letra inicial, ni de Chamber, su inspirador, José Humberto Daza, un inteligente e imaginativo hombre de la música popular de Ciénaga, que terminó sus años como profesor de la banda de guerra del colegio San Juan del Córdoba. Todavía sus alumnos lo recordamos impartiendo los compases con una varita seca de mangle, cuyos zumbidos en al aire de las tardes hacía que la música fuera un asunto fácil. Imaginación festiva y disciplina castrense eran los de su fórmula pedagógica. Muchos, pues, ignoran la historia íntima de la pieza, el furor que despertaba en los bares, el litigio que suscitó al ser llevada al acetato, el dictamen salomónico de un juez cienaguero, el doctor Rivas Meléndez, quien le otorgó la autoría de la melodía a Paz Barros, de los arreglos al acordeonero Luis E. Martínez —a quien Paz Barros le enseñó a leer música en el patio de su casa de Ciénaga— y de la letra inolvidable y justa a Esteban Montaño. El asunto quizá les interese a los historiadores. A la gente que vive y disfruta no. La gente es así: siente, vive y si queda tiempo piensa o pregunta. Nadie se complica en pesquisas. Solo se acepta sin vacilar aquello que agrada y alegra la existencia. La pieza gustó, sus orígenes y su tránsito desde los bares hacia los salones y las casas aristocráticas poco importaban. Tampoco es que haya sido algo inédito en la historia de la música popular de este continente. Sucedió con el tango en Buenos Aires y Montevideo. Es la historia del jazz en los Estados Unidos. Sucede con el rap y está sucediendo con la champeta y el reggaetón, que hará un tiempo se tomaron las salas de las casas pudientes y suenan sin cesar en los celulares de los chicos de la onda gomela. Existen versiones grabadas de la famosa cumbia en su versión inicial en la voz de José Mazzilli, alumno de Paz y cantante cienaguero que figuró en las décadas de los sesenta y setenta. Cheché Mazzili refiere que en sus giras por Panamá y otros países centroamericanos acostumbraba a interpretar la cumbia en sus dos versiones y hacía, al final de sus puestas en escena, un escrutinio con el público. En Panamá y Nicaragua, según su testimonio, la gente prefirió, invariablemente, los versos y el ritmo de La cama berrochona:



y el otro la gasolina. (bis)
La diversión era total. Una emoción y una entrega al baile que a Mazzilli le hacía evocar, mientras la interpretaba, el ambiente cienaguero en que la letra de la pieza fue concebida.



Muchachos bailen la cumbia



que se baila sabrosona. (bis)
No había cama de lona ni de resortes que aguantaran la furia de los cuerpos. El mundo, me ha confesado alguien, había sido hecho para el derroche y el agite. Las noches eran siempre muy cortas, por lo que había que pasar de largo para alcanzarlas sin usar a las otras noches. Ciénaga era más hermosa de noche que al atardecer en aquellos tiempos de brillo y fiesta.
Buitrago: Dame tu mujer, José.
Es Paz Barros el compositor de la hermosa y picaresca pieza José, dame tu mujer, que con arreglos y en la voz de Guillermo Buitrago se transformó en Dame tu mujer, José, una canción infaltable en el repertorio de música popular colombiana. En la versión de Paz Barros no es, hay que decirlo, tan picante y tiene un cierto aire grave, que el desarrollado olfato de Guillermo Buitrago eliminó, reduciendo la obra a las admirables líneas siguientes:



Eres un hombre sinvergüenza



y me la tienes que pagar.
La mujer de José debió ser otra fémina de la noche de las academias y los bares. Alguna practicante de la vida horizontal que, aún hermosa y apetecida, al cuidado de un José algo chulo, añoraba la música, el ron, el tabaco de bola y los hombres de buena pinta. La canción sigue:



Cuando yo llegué del Valle,



y, sin pensar en más detalles,



su mujer de mí se enamoró.
Buitrago se apropia de la composición original untándola con sus vivencias de parrandero. La vuelve suya al ligarla a su quehacer de músico itinerante y hombre de mujeres. Célebres y fructíferas fueron sus correrías a los pueblos de la provincia del Valle de Upar, que le permitieron acceder a otras letras y sacar del anonimato silvestre en que vivían a algunos músicos y compositores que andando el tiempo fueron tan famosos como él. No se supo nunca que Paz Barros se hubiera molestado con Buitrago. Estimaba a Buitrago y lo festejaba, acaso porque vio en el talentoso joven a su intérprete y divulgador natural, alguien con pleno derecho a hacer suya su música. Hay dos líneas paradigmáticas del ser y el humor cienagueros en la canción, que en la voz de Buitrago tienen visos de insuperables:



Ay, Joselito,¿ qué tiene esa muchacha?



Hombre, que tiene la vida muy risueña.
La elección de un destino
Revisar la vida de Paz Barros sirve para aceptar el papel que desempeña el compromiso con una vocación. Es cierto que toda escogencia es una limitación del yo, pero es la única manera de estar a solas con él en lo más profundo de uno. Flaubert (1821-1880), el novelista francés, lo explicó muy bien en una carta a su vieja amiga George Sand (1803-1876): “Mi yo se desparrama tanto en mis libros, que me paso días enteros sin sentirlo.” Hay en la escogencia un fuerte sabor heroico. En la misma carta, el autor de Madame Bovary invoca la conocida máxima de Epicuro: “Esconde tu vida”, para dar la medida de los necesarios sacrificios a los que el artista debe someterse si pretende un obra de peso, que trascienda. Una postura que en palabras de Flaubert le permitía estarse tranquilo en su casa de Rouen, a salvo de las intrigas y los murmullos de París. “Ahora”, le escribió a George Sand en octubre de 1872, “mi única ambición es huir de los disgustos, y así estoy seguro de no causarle ninguno a los otros, lo que ya es mucho.” Si para muchos Dios es aún el oficio todopoderoso al que deben consagrarse, en Paz Barros la música ocupó sin grietas esta entrega, sin que le importara el dinero. Sabía trabajar. Tuvo una orquesta. Animó muchos bailes. Desde muy joven, cuando ofició de zapatero, escogió su destino de músico, su sitio en la vida y más allá. No necesitó leer a nadie para saber que el artista tiene que aprender a aislarse. Asumió la música sin concesiones y aceptó, sabio al fin, los costos de su actitud de hombre consagrado a la creación. Prefirió por ello el silencio y el asilamiento, la pobreza y la indiferencia. Pensó tal vez que si el mundo externo se olvidaba de él, podía dedicarse exclusivamente a la creación musical. Sin duda careció de espíritu comercial en un tiempo en que el dinero manda la parada y señala jerarquías. El hecho de que compusiera en el reverso de las cajetillas vacías de Pielroja, ratifica la grandeza de este hombre sencillo que escogió la pobreza como forma de vida y sufrió descarados robos de amigos compositores a los que alojó en su humilde vivienda. ¿Es posible tamaña forma de desinterés? Si decidió demandar algunas autorías en ello influyó la opinión de algunos amigos. Nunca le interesó el dinero de las regalías, cheques de sumas modestas que siempre cruzó y guardó en un baúl, al lado de su música. “No valen. No alcanzan mi música”, decía a sus amigos y alumnos incrédulos. Tampoco aceptó las ayudas que amigos y connotados empresarios musicales le acercaban a las manos. Alguna vez un destacado director de una orquesta de Venezuela tuvo que guardarse los bolos que quiso regalarle. Su renombrada orquesta había sido contratada para animar una temporada de carnaval en Barranquilla. Un toque que salió para Ciénaga le brindó la ocasión de conocer a Paz Barros, cuya música grabada conocía y apreciaba. “No escribo por dinero. Le agradeceré más bien que toque mi música.” Le interesaba enseñar y componer. Impartía música, incluso, sin contar con instrumentos. Sus alumnos avanzaban y cuando aparecía la feliz oportunidad de colgarse de un instrumento de verdad y no de uno imaginario, en sus manos y labios era ejecutado sin ninguna complicación. “La música está dentro”, decía con un hilo de voz, vestido con una invariable camiseta manga larga y tocado con un sombrero que de tanto uso tenía la consistencia de una gorra. “Si está adentro, entonces está afuera.” Sus alumnos y algunos amigos viven para no desmentir mi imaginación.
El veterano historiado Ismael Correa Diazgranados, amigo de muchas tardes del maestro Paz Barros, ha consignado en unas pocas líneas los rasgos esenciales del carácter y vida del compositor cienaguero: “Paz Barros tenía la particularidad o la desventaja de ser demasiado humilde y confiado. Vivió aislado en sorprendente modestia y pobreza, no obstante sus reconocidas aptitudes musicales.”
Mentiras y verdades
Según Edgar Caballero Elías, paciente investigador y autor del libro Guillermo Buitrago, cantor del pueblo para todos los tiempos (2001), Paz Barros hizo su primera composición a los 12 años, un vals que tituló Mentiras y verdades, del que existe una copia amarillenta. Su primera presentación oficial tuvo lugar a principios de los años veinte en el Salón Rialto, tocando para la banda Armonía Ciénaga, de la que poco después fue su director. Paz Barros tocaba el bombardino, un instrumento que ejecutaba con mucha suficiencia y elegancia. Las fotos de la época lo muestran unido a su instrumento en los salones de baile de una Ciénaga belicosa y pasquinera, tocando en el banco de una alegre academia sureña en sus años mozos y animando en el atrio de la iglesia San Juan Bautista la víspera del santo patrón, ya muy al final de su vida. Ese temprano título de su producción quizá entrañe hoy una metáfora de la vida y obra del músico. Verdades, sus años de entrega a una tradición, la emoción que su música despierta. Mentiras, equivocaciones, en las que incurrieron quienes lo juzgaron mal y aquellos que pretendieron usurparle su música generosa.
Una cabeza llena de música
Alguna vez alguien lo tildó de loco al verlo garrapatear signos intraducibles en una sucia cajetilla de Pielroja. Sucedió en una banca de la Plaza del Centenario de Ciénaga una mañana a 40 grados. Nada extraño había en ello. No era un loco el que escribía en semejantes condiciones. Allí, a la vista de todos, estaba solo un hombre sencillo, modesto de medios, pero con la cabeza llena de música a la que se hacía necesario darle salida. La tiranía de la creación y Paz Barros celebraban uno más de sus frecuentes mano a mano. ¿Qué hacían los hombres de su generación? El presente de Ciénaga por el que puedo dar cuenta directa, en cualquier esquina de la plaza central o cantina de la calle Santander, tiene la respuesta. Agotar el dinero y el tiempo al dominó, los dados y las cartas. Algunos intrigan, otros solicitan una nueva sinecura, otros más en privilegiados círculos deshojan la margarita del poder. Cada quien es libre de agotar su tiempo como le plazca. Unos identifican a un hombre engominado con un señor respetable. Están los que confunden un bisturí con una gurbia de desmanar un racimo de guineo. Sufren los que invitan a pasar la página de un pasado familiar y personal penoso y abusivo. Se trastrocan, en fin, los términos, lo que permite asimilar la inteligencia con la buena memoria, al raposo con el trabajador honesto, la erudición con el estudio. Paz Barros tenía igual derecho a ser músico. Lo paradójico es que los reproches a la vida de Paz Barros vinieran de un pueblo adicto a la música, que se pasó más de cien años bailando sin interrupción —si se toma como referencia el baile que la sociedad de Ciénaga le organizó a Jorge Isaacs en 1882— y que llegó a tener en los mejores tiempos del agite bananero, más de una docena de academias de baile y un elevado número de compositores y músicos. ¿Es que hace parte de la declinación y caída de un pueblo perder la memoria colectiva? El poeta y novelista José Manuel Crespo quizá ofrezca una pista del ser y no ser cienaguero y su relación con el entorno social y natural. “Quienes somos de Aldea Grande sabemos que el desprecio de la familia y de lo propio es esencial a la actitud cienaguera ante la vida.” Esta actitud desabrochada es la que lleva a pensar a algunos literatos de la ciudad que en Ciénaga, Shakespeare hubiera sido un versificador más. No hay fama que sobreviva a una tarde, afirmó sin enojo Álvaro Cepeda Samudio (1926-1972), novelista que conocía bien el alma sin alma de los cienagueros. Desprecio, odio, desgreño y un eterno perrateo marcan las horas de Ciénaga en un siglo que da vueltas detrás de su cola sin devorarla nunca. Paz Barros se defendió de este fatídico reloj esgrimiendo la paciencia y dejando a otros el rencor, la angustia y la desesperación.
Genios a la deriva

No es una falta de virtud de la vida olvidarse de algunos hombres. A nadie se le puede exigir la comprensión a carta cabal de sus contemporáneos. El grueso de la gente agota el talento tratando de vivir. El defecto reside acaso en no saberlo. Sumisos, rota la individualidad, muchos siguen las sendas marcadas por el rutinarismo. Es más cómodo hacer lo que otros hacen. La crítica que alcanzó a medirlo quiso ver en él a un fresco más, a alguien que no hacía nada útil, un atorrante que agotaba los años a la sombra de un árbol, escribiendo música que nadie tocaba ya en su fragante patio de la calle Tenerife de Ciénaga. Anótese a favor de sus críticos y malquerientes que el humor o el genio más zurdo de Paz Barros ayudaba a su reputación de ave rara. Reñir a voz en cuello a turpiales, canarios y sinsontes cuando estas inofensivas criaturas desafinaban, representa aún una curiosa imagen a muchos: una forma singular de creación que solo pocos admitirán. No estaba loco. No le costaba tampoco ningún trabajo parecer cuerdo.
El investigador, escritor y periodista también Guillermo Henríquez Torres, amigo y paisano del músico, acaso tenga razón al señalar que Ciénaga es un pueblo que perdona todo —la corrupción, el crimen, un chiste flojo, una mala postura— menos el genio. Algunos iracundos, sin la paciencia de Paz Barros, enloquecieron, víctimas del terrible japeo cienaguero. En realidad, el autor de El cienaguero gozó no del don de la invisibilidad pero sí de un talento pródigo y de un carácter afortunado. Él, cienaguero sin remedio, a diferencia de otros, podía hacer de la impostura una obra de arte. Acaso Ciénaga sea un pueblo que sufre del síndrome de volver las uñas contra su propio ingenio y talento, ciego a reconocer el valor de aquellos hombres que se saben colocar por encima de sus contemporáneos y que viven para el porvenir. Alguien ha dictaminado que la moneda espiritual de Ciénaga es de caras oscuras a fuerza de tanto ingenio. El ingenio es sin lugar a dudas solo una chispa de la que no puede extraerse nada más si se le cultiva sin propósitos. Es solo ingenio lo que muchos confunden con la inteligencia. Un diccionario, por menos páginas que tenga, ilustra la diferencia. Es cierto que su pueblo agredió en él al hombre pobre, solitario, pero dudo que se haya asomado a los terrenos del músico con ojos entendidos. Paz Barros, el hombre envejecido, flaco, enfermo, murió en olor a pobreza. A despecho de muchos, Paz Barros, el Ollan, el poeta, el maestro, el sacerdote de una religión imperecedera, es un hombre que tiene su vida bien asegurada.
Cierro esta nota que dicta la admiración con versos del poeta Javier Moscarella:



Posteriores generaciones llevarán



a otras patrias esos cantos



que los harán suyos. Así ganan



los músicos de Villa Marina



una inmortalidad que no sospechan.
Villa Marina es, por supuesto, Ciénaga, una aldea un poco más grande de aquella a cuyo mar de vidrio le cantó Castañeda Aragón (1887-1960). “Un pueblo no desespera por la igualdad de sus calles”, pensó y escribió el humor más corrosivo de Castañeda Aragón, “sino por las caras que a diario uno se encuentra.” Firmo con él que “No está demás, por ello, poder cambiarle la gente a las ciudades y los pueblos cada tanto tiempo”. La propuesta del Poeta del Mar aguarda intacta a sus intérpretes, lo mismo que buena parte de la obra musical de Paz Barros. Habrá que aceptar que la inmortalidad continúe abriendo calles y concediendo patios floridos de mangos para algunos de los músicos de Villa Marina. Paz Barros es un buen candidato. No se tomó el trabajo de odiar a nadie. A paciencia pura y un poco de indiferencia le apostó a la música.
Santa Marta, diciembre 6 de 2002.
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© Clinton Ramírez C.
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen IX – Número 33
Abril-Mayo-Junio de 2008
PROGRAMA DE HUMANIDADES Y LENGUA CASTELLANA
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
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