La segunda piel
Marco Antonio Valencia Calle
Tan evidentes como misteriosos
Hacedme casto... pero aún no.
San Agustín, Confesiones.
Aprendí la virtud de mi madre, pero de los lobos a mentir como un sofista
para ganar en el amor y en la tierra.
Imaginé todo sobre lo inmoral y caminé sin Dios por mis propios senderos.
Quise morir con la dignidad del romano cortándome las venas en un baño caliente
y hasta besé a una mujer viuda para ganarme un pedazo de tierra donde morir,
pero nada me salió bien ni me hizo feliz.
Con historias de ficción iluminé mi existencia y todos fueron engañados
pero a nadie le creí sus gestos de amistad y afecto.
Fui un hombre solo que fié mi prestigio a los ardores de la lengua,
sin humor y sin ataduras convencionales.
Morir no me hace gracia, ni reencarnar, ni llegar al cielo.
Libres hasta de nosotros mismos
Te he dicho cosas horribles que te hieren toda, desde los huesos hasta la dignidad,
y resistes sin morir porque eres joven y te faltan historias de amor por escuchar.
Mis argumentos son que todo pasa porque el destino tiene sus hilos
y la silueta del barco sus rutas en el mar.
En la noche mientras duermes el mundo se convulsiona con la tragedia y el amor agrio.
Y cuando parece que ya nada tiene solución y la tristeza nos mata,
del cielo llueven pedazos de hielo como lágrimas de Dios para animar.
Soy huraño porque no resisto el dolor de estar atrapado en las costumbres del amor,
en la tibia tristeza cotidiana de unos besos, en la ruta que señalan
los destinos bendecidos por los hombres, por gente que no sabe
y no entiende que nada es para siempre,
que siempre es bueno un pedazo de confusión para soñar.
El árbol de mil errores
Dice José Asunción Silva que los poetas se dejan crecer la barba
para ocultar el silencio de su amor prohibido, y tal vez, claro, para ocultar el rictus
de la amargura que le depara su destino.
Dice Aurora que los poetas no pueden amar a una sola mujer
porque se les cae el pelo, se les anega el alma y se vuelven sardónicos hasta roncando
y pueden caer en el vicio arcano de la masturbación.
Dicen que dije, que el amor produce cáncer literario en los poetas de nuestro tiempo,
pero que he escrito tanta poesía prohibida que ya no se puede ocultar mi amargo encanto
por los poemas ridículos y las mujeres de otros.
La segunda piel
He mirado la noche y descubierto sus defectos. He mirado tus hazañas,
la risa del condenado y la del hombre que nos envidia y el desprecio de la nostalgia.
La tristeza me allana cuando en la noche despierto y presiento que me piensas.
Estamos lejos. Muy lejos. Absolutamente lejos. Nada nos une, nada converge
entre nosotros. Pero yo que soy un empírico reflexivo, sueño, imagino, creo,
sospecho, pienso y deseo que todo nos una
aunque para ti, ser inocente a mis tormentos, estamos lejos y ni escuchar juntos
el gorgojeo de un pájaro nos une.
He calculado la tarde para pedirte que cierres los ojos y darte la sorpresa.
He disparado tres dardos a mis propias ilusiones,
en mi lucha coja por obtener el reino que prodiga tu atención.
Pero el río de la vida, ese río de garúas frías y músicas extrañas que pasa
por hogar me ha dicho que debo esperar,
y voy a esperar.
Las cosas que a nadie le sirven
Me sirven las cosas que a nadie le sirven, me huelen a pan las miradas de la gente,
me da risa lo ausente, me como las flores para alimentar el alma, y me enamoro
de lo imposible, me enamoro de alacranes.
En días de carnaval me baila el corazón y la sangre es un río por las vanidades ajenas.
Pero el resto del año me peino con agua, me lavo en el río, me alimento del aire
y de los sueños repudiados.
En las noches tristísimas de la navidad se me incrusta el jazz adentro de la vida
y me voy a la calle y floto con los recuerdos... nada de caminar rápido.
Y como no sé hacer nada distinto a leer historias de la calle
y la gente no me reconoce taras y me ve la fe en el rostro
debo hacer confesión pública: soy inútil para causas ajenas al amor.
El problema no es volverse viejo
El problema es tener litros de recuerdos sobre los pies hambrientos y haber transitado
por intuición como si fuéramos aves. Dolernos hasta los tuétanos con la presencia
de cosas amadas que jamás fueron nuestras y no poder sumergirnos en el juego
de las alegrías ajenas.
Acceder a los secretos de la vida tiene su precio y sus dolores. Duelen los huesos
y la vanidad, duelen las noches y las equivocaciones.
A veces aparecen las vergüenzas como sombras, pero también están las falacias
y las picardías con las que gozamos, y entonces somos mejores.
Lo más difícil de contar
No encuentro resignación en la fe, ni en la alegría de los alimentos litúrgicos.
Morirse es fácil y lamentar lo inevitable puede ser una banalidad para frívolos.
Las hazañas humanas tan raras como perdonar desaparecieron de mis límites,
y ahora solo encuentro un montón de palabras secas regadas
por pastorcitos en campos baldíos,
o lo que es peor, en espíritus áridos y desplazados hacia la izquierda
donde el sol se pinta de rojo y florecen las pasiones, los dolores y, claro,
las dudas. Las dudas tuyas y las mías.
Confesiones del acusado
No creí, no reflexioné y no me expuse.
No fui instrumento ni de la paz, ni del amor, pero tampoco de la guerra y el odio.
No dudé, ni afirmé, ni negué, ni renegué, ni nada.
Jamás alimenté el alma, y al cuerpo le di cualquier cosa.
Leí lo necesario y sin esfuerzo, y escuché dialogar a la gente con la lluvia, con la luna,
con la tierra y sin prestarles atención.
Dormí cuanto pude y jamás saqué una espada para defender los ideales de otro.
El dolor por los pasajes horribles de la gente no melló mi tranquilidad.
Las causas perdidas o los días de gloria me fueron ajenos
y descarté ejercer la fe en algo entre mis deberes.
Y para qué negarlo, con esta filosofía fui feliz entre los mortales, sobre la tierra y en vida.
La hechicera complacida
Metáfora:
Del gr. metá: más allá; fero: llevar.
Una mañana cualquiera una mujer con historias de novela, me miró profundo;
y sentí una larga energía sobre mí espíritu en ayuno.
Creí entonces que recuperaba su amistad ausente y perdida en la indiferencia de los días.
El dictamen de mirarme tanto, fue decir entre dientes: inocuo.
Y luego en voz alta: ¿Qué es un inocuo?
Un inocuo, le dije, es alguien que no hace daño.
Entonces, la mujer con historias de novela, volvió a las tareas de su día y yo ingresé
a una tarde de dudas salvadas como siempre, como todo en mí, por un poema.
La noche es primero
Las mujeres que me gustan se visten de rojo, de colores cálidos y zapatos abiertos.
Son las que juegan con la mirada y la sonrisa, con la indiferencia y el olvido.
Las que tienen los dedos de los pies limpios, las manos de agua cálida
y una estrella escondida en medio de los senos.
Me gustan que les sonrían a otros, que me la jueguen y me odien.
Las mujeres que me gustan están en las calles, en las fiestas de bar con lunas rojas,
en tu mirada de poeta desalmada. En esta tarde de llovizna ausente de encantos,
de misterios y de lágrimas.
La mano izquierda en el pecho izquierdo
El hombre que te ama puedo ser yo mismo en otro cuerpo
y cuando mi cuerpo te ama puede ser ese otro hombre en mi yo
que te desnuda y te besa y se inclina hasta tu alma
y lame de tu intimidad como si fueras un ser sagrado y puro
al que se tiene que venerar porque eres única y fiel. Nada se sabe
en la penumbra, en esta ceguera, en este corazón revuelto, en esta noche
en la que duermes a mi lado y sonríes inocente y complacida
por tus oníricas pasiones después de regresar de una tarde perdida
argumentando haber estado por ahí, en el centro comercial, buscándome un regalo.
El espejo aplaude la ignorancia, pero la duda es un punzón asesino de sonrisas,
de afectos y del placer de dormir.
Esta noche como otras noches muerdo mis labios y me quedo quieto esperando la luz
de la mañana y sus verdades, pero el espejo me aconseja seguir jugando al milagro
de la ignorancia, porque con el corazón en la mano quiero creer que todo es mentira
y no soy el asesino de tus pasiones secretas.
A las amantes
Quien no comprende una mirada,
tampoco comprende una larga explicación.
Refrán árabe
A las amantes no se les saluda
si te las encuentras por casualidad
en la fila del banco, los cócteles o una fiesta,
mucho menos en los supermercados
A las amantes no se les saluda
con un beso en la mejilla
cuando te las encuentras,
se les guiña un ojo
y se les sonríe con la mejor de las picardías
dibujada en el rostro.
Ellas entienden,
deben entender,
¿entiendes?
A las amantes no se les saluda
pero cuando el encuentro es inevitable
y el saludo ineludible
con la mirada te le puedes meter al corazón
para acariciarlas un poco.
Ellas entienden,
deben entender,
¿entiendes?
A las amantes no se les saluda
con abrazos efusivos
ni se les envía flores en sus cumpleaños
ni se les dicen cosas bonitas por el teléfono.
Es peligroso,
ellas entienden,
deben entender,
¿entiendes?