El amor en Cien años de soledad:
Como frágiles suspiros amarillos
Katia De La Cruz García
Ayer no más
soñaba contigo
y hoy te apareces
tan real
como las mariposas en el patio. [1]
Raúl Gómez Jattin, “Retratos”.
Es mucho lo que se ha escrito sobre Gabriel García Márquez y su obra cumbre Cien años de Soledad [2], especialmente cuando en el 2007 el autor celebró sus ochenta años de vida y cuarenta de haber publicado la novela que le merecería recibir el premio Nobel de Literatura. Sin embargo, este hijo de Aracataca seguirá siendo motivo de trasnocho para muchos amantes de la literatura y sobre todo para aquellos que apreciamos su majestuosa obra. Creador de un mundo sin precedentes, García Márquez es reconocido como uno de los grandes de la literatura de lengua española. Algunos, incluso, han llegado a compararlo con el genio de Cervantes. En mi experiencia lo veo como el lúcido de la tribu, aquel que logró definirnos en esencia, representarnos en sus escritos y descubrir los demonios atrapados en nuestro interior tras siglos de una implacable conquista.
Ha sido una constante en las obras de García Márquez, la visión que tiene este autor sobre el amor: Desde ser una pequeña catástrofe hasta un trastorno digestivo; llega, inclusive, a despertar el ánima de la Naturaleza. El Nobel en alguna ocasión comentó: “La fuerza invencible que ha impulsado al mundo no son los amores felices sino los contrariados” [3]. Basados en esta premisa nos adentramos en el mundo mítico que encierra Macondo en Cien años de Soledad. Un pueblo nacido del realismo mágico en que lo cotidiano se mezcla con lo extraordinario en un increíble remolino de situaciones, de vasos comunicantes y de elementos en los que no existe límites entre lo uno y lo otro.
El amor en esta obra está presente en sus personajes como un destino trágico, observable; en una joven que despliega un hálito de amor y muerte a su paso. Remedios, la bella, es un destino fatal, una mujer que enamora por su belleza y mata sin la más mínima intención o, también, como piensa Amaranta, la anciana doncella a quien la muerte ordena tejer su propia mortaja y en sus últimos momentos comprende con resignación el desmedido temor que sentía hacia el amor: “ambas acciones habían sido una lucha a muerte entre un amor sin medida y una cobardía invencible, y había triunfado el miedo irracional que Amaranta le tuvo siempre a su propio y atormentado corazón”. (p. 244) No sin mencionar, al Coronel Aureliano Buendía, un hombre simplemente incapacitado para amar.
De todas las parejas que se amaron en Cien años…, la de Meme y Mauricio Babilonia evoca ese amor tormentoso, rebelde y tenaz que se vive en la adolescencia. La joven concertista de clavicordio se enamora locamente de un menestral de la Compañía Bananera, oloroso a aceite de motor y cuya presencia estaba determinada por nubes de mariposas amarillas.
“Fue entonces cuando cayó en la cuenta de las mariposas amarillas que precedían las apariciones de Mauricio Babilonia. Las había visto antes, sobre todo el taller de mecánica, y había pensado que estaban fascinadas con el olor de la pintura. Alguna vez las había sentido revoloteando sobre su cabeza en la penumbra del cine. Pero cuando Mauricio Babilonia empezó a perseguirla como un espectro que sólo ella identificaba en la multitud, comprendió que las mariposas amarillas tenían algo que ver con él”. (p. 279)

Meme y Mauricio Babilonia, al igual que los otros personajes de la novela, poseen el sino trágico de la soledad, envueltos en un amor tempestuoso y revelado en este último a través de las mariposas, lo cual se evidencia en: “Murió de viejo en la soledad, sin un quejido, sin una protesta, sin una sola tentativa de infidencia, atormentado por los recuerdos y por las mariposas amarillas que no le concedieron un instante de paz, y públicamente repudiado como ladrón de gallinas.” (p. 283)
Por otro lado, las mariposas se constituyen en un símbolo de amor y soledad, que perdurará hasta la muerte de Mauricio. Tal como el hálito que desplegaba Remedios, la bella, en las mariposas de Mauricio Babilonia se puede observar cómo se despierta el alma de la naturaleza, la cual llega a identificarse con el personaje y a atribuirse sentimientos humanos [4]. A medida que crece el amor entre Meme y Mauricio, las bandadas de mariposas se hacen mucho más extensas, sofocantes, llenas de ansiedad, llegando a desesperar a quienes las presencian, “Una vez Aureliano Segundo se impacientó tanto con el sofocante aleteo, que ella sintió el impulso de contarle su secreto […].” (p. 279)
Como todos, ese amor plagado de desenfreno y rebeldía no escapó a su destino fatídico. Meme, quien había encontrado en los baños nocturnos la excusa perfecta para encontrarse con su amante, debió presenciar el momento en que Mauricio Babilonia cayó víctima de una bala certera, “Esa noche, la guardia derribó a Mauricio Babilonia cuando levantaba las tejas para entrar al baño donde Meme lo esperaba, desnuda y temblando de amor entre los alacranes y las mariposas.” (p. 283) Después de lo sucedido, fue recluida en un convento en Cracovia, donde nadie volvería a escucharle la voz, que calló en el preciso instante en que descubrió que el hombre amado estaba a punto de morir y ella condenada al destierro.
Muy a pesar de la separación de los amantes, las mariposas continúan siendo un vínculo entre ambos. Meme las lleva consigo hasta el convento, donde tristemente comprende la muerte de Mauricio: “Había pasado mucho tiempo cuando vio la última mariposa amarilla destrozándose entre las aspas del ventilador y admitió con una verdad irremediable que Mauricio Babilonia había muerto.” (p. 287)
La novela es contada teniendo presente ese aire de fatalidad y de destino marcado. El autor es implacable con sus personajes y no permite segundas oportunidades para ninguno. Sin embargo, Meme seguiría pensando en Mauricio Babilonia, en su olor de aceite y su ámbito de mariposas, hasta el día en que ella muriera, más aún, la imagen de su amor y las mariposas amarillas de Mauricio Babilonia seguirán revoloteando sobre las cabezas de parejas enamoradas como frágiles suspiros amarillos.
Notas:
[1] Raúl Gómez Jattin. A una amiga de la infancia. En: Retratos. Bogotá, Fundación Simón y Lola Guberek, 1988, p. 38.
[2] García Márquez, Gabriel. Cien años de Soledad. Buenos Aires. Editorial Sudamericana, 1972, p. 403.
[3] Gabriel García Márquez. Memoria de mis Putas Tristes. Bogotá. Norma, 2004, p. 66.
[4] Carmen Arnau. El mundo mítico de Gabriel García Márquez. Barcelona, Ediciones de bolsillo, 1971, p. 134.
Fuentes:
AYALA POVEDA, Fernando. Manual de Literatura Colombiana. Bogotá, Educar Editores, 1984.
BONETT, Piedad. Un Mundo según Gabriel García Márquez. Bogotá, Ícono, 2005.
ZULUAGA, Conrado. Gabriel García Márquez: Aproximación a la obra del Nobel escritor. Madrid, Casiopea, 2001.
________________________________________
© Katia De la Cruz García
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen IX – Número 33
Abril-Mayo-Junio de 2008
PROGRAMA DE HUMANIDADES Y LENGUA CASTELLANA
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
El URL de este documento es:
http://casadeasterion.homestead.com/v9n33susp.html