Un poco de Teresa
Vivian Astrid de Villeros
Teresa es una mujer que a sus bien contados cuarenta y tantos años abraza la ilusión de no seguir perdida en medio de las idas y venidas en las que le ha tocado abrirse paso. Según puede acordarse ella y su imaginación procaz, un poco desvergonzada quizás, los años han ido sucediéndose en su vida como una cadena interminable de regazos, como largos y quisquillosos abrazos mal contados que a la larga han resultado como muchas de las licitaciones actuales: mordidas por el polvo del olvido. Apenas ayer, decidió sacar del cuarto de san alejo, las excoriaciones producidas por el silencio en el que se ha sumido durante los últimos años. Empecinada en hallar respuestas decidió acercarse al hombre que muchos años atrás, marcó sus preferencias en materias de las cuales el pudor sale a flote; o más bien acalla cuando la memoria se entroniza en la piel y en los repliegues enardecidos del alma.
Lo hizo de la manera que a ella le parece la mejor de todas. Con garabatos parecidos a letras, empezó el borrador de una carta, que debió haber escrito cuando él la sorprendió con un viaje precipitado para ella, preparado con las disquisiones necesarias para él. Se asomó al precipicio de sus veintitantos años y recurrió al ardid que le ofrecía la retrospectiva, enriquecida por las vivencias actuales. Sintió padecer de nuevo, cuando una tarde se enteró —de repente— del viaje planeado, discutido en términos precisos, del cual todos estaban enterados. Todos menos ella como es frecuente en este tipo de casos.
Sigue lejana. Como le había dicho él, era una mujer que se pierde y se recobra en las murallas de una ciudad gastada, sumisa, acalorada. Es sábado por la tarde, sus días preferidos para recomponerse una y mil veces, para reanimarse y volver a morirse en un descanso a pierna suelta. Tardes de sábado, donde el mundo sólo es un punto de referencia entre el cansancio y la necesidad que la invade, que la retuerce y lastima en sus oquedades, en sus puntos concomitantes de encuentros y desencuentros, de intenciones lavadas en el mar de dudas y de liviandades.
Escribe para él, pero no atina por donde empezar. Quiere recriminarlo, ofenderlo pero el tiempo —consejero sagaz— la ha curado de todos sus espantos. Pretende decirle que a pesar de su connotado escepticismo, aún sigue tocando su camisa color de cielo, palpando sus facciones ligadas con la ternura, con frases quedas susurradas a contraluz, con los vocablos de un francés bien aprendido que le arrancan risas a las sábanas. Expresiones que se quedaron unidas al resto de sus tardes de prolongaciones y elongaciones. Frases que extraña, y que recita muy quedamente pues nunca más volvió a pronunciarlas. Ya no había caso, repetirse en palabras que se quedaron ahí, guardadas, quién sabe donde.
Lo imagina leyendo el papel. Quizás, recordando lo que para él había sido un lenguaje fluido, hermosamente procaz lleno de referencias a la vía láctea y a todas las constelaciones. Era su manera de comunicarse, de sentar precedentes amorosos, de infundirse en las caricias inagotables de Teresa tierna, de Teresa juguetona y proclive al amor pertinaz de aquellos días.
La realidad la pone de frente a las carencias, al olvido que ha asumido como parte de su crecimiento, como parte de las intenciones sujetas a las circunstancias, de las queriduras en las que se cuece el día a día, de las endechas que llegan a sus oídos cuando, todavía, la tarde de sábado se hace interminable.
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© Vivian Astrid de Villeros
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen IX – Número 33
Abril-Mayo-Junio de 2008
SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290
PROGRAMA DE HUMANIDADES Y LENGUA CASTELLANA
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
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