Vedados de ilusiones
Miguel Falquez-Certain
A Javier Díazgranados Lemus.
El cuento «Vedados de ilusiones» fue publicado en el No. 35 de Huellas
(Revista de la Universidad del Norte) de Barranquilla, en agosto de 1992,
e incluido en Veinticinco cuentos barranquilleros, Ramón Illán Bacca (antólogo).
Barranquilla: Ediciones Uninorte, 2000.
Era preciso llorar la mayor parte del tiempo si se quería conseguir algo de mi papá. Pero sólo un llanto ligero que le ablandara el corazón en cosa de segundos para terminar saliéndome con la mía. Él no era rencoroso, no. Si cogía una rabia conmigo, con mi mamá o con alguno de mis hermanos, al poco rato ya lo había olvidado. Aunque es cierto que peleaba mucho a la hora del almuerzo —sobre todo con mi mamá. Y entonces, como si un reloj despertador empezara a repicar la alarma, mi papá se levantaba de la mesa, se sacaba las llaves del bolsillo y se dirigía apresuradamente a la puerta de la calle. Con las mismas me levantaba yo corriendo, sabiendo de antemano el final de la partida. Le agarraba de la mano y le decía: «Yo voy», e invariablemente él me respondía que no, y yo le volvía a insistir hasta que él terminaba aceptándome como compañero de travesía. Nos montábamos en el carro y nos íbamos a almorzar a un restaurante.

Para lograr que este ciclo se repitiese a menudo, mi papá insistía a la hora del almuerzo que la carne estaba dura. Naturalmente la culpa se la echaba a Carmela, la cocinera de tantos años, quien se mataba tratando de que la carne siempre estuviere blanda: no le servían de nada ni los mazazos ni las especias estrambóticas que mi mamá le conseguía para ablandarla. Mi mamá nunca metía un dedo en la cocina. Tal vez fuera esto lo que a mi papá le molestaba o quizá fuera una excusa que él utilizaba para satisfacer sus ansias de gourmet. Lo cierto es que él y yo siempre terminábamos almorzando en los mejores restaurantes. No había uno solo en Barranquilla donde no nos conocieran.

Mi papá sólo me pegó una sola vez en mi vida y fue tan extraño para mí que hoy no recuerdo cuál fue el motivo. Me inclino a pensar que fue por una de las tantas rabietas mías pero que esta vez, para variar, mi mamá le montó una pilandera instigándole a que fuera él quien, en esta oportunidad, me «entrara en cintura». En su ira sagrada se le ponía la cara más roja de lo que normalmente la tenía. Pero al poco tiempo se le bajaba la rabia, o se iba para la calle. Aunque siempre escuché anécdotas famosas según las cuales mi papá les propinaba tamañas cuerizas a mis hermanos mayores —algunas veces en público, según mi mamá, y hasta enfrente de sus novias— conmigo fue siempre diferente. Tal vez porque cuando me engendró él tenía cincuenta y tres años y yo nací cuando ya nadie me esperaba. De modo que siempre le conocí viejo. Tanto así que mis condiscípulos pensaban que él era mi abuelo y con su pelo canoso en verdad lo parecía. De todas maneras, no había cosa que más le sacara de quicio que le gritaran viejo cuando un taxista atrevido se volaba una escuadra. «Viejo tenías que ser...», le decían, y mi papá, rojo como un ají, les gritaba cuatro barbaridades y arrancaba tan campante. El menor de mis hermanos me llevaba nueve años y mi infancia tuvo las características de hijo único con un padre-abuelo que me convirtió en su favorito.

Tanto me consintió mi papá que, en mi incipiente atracción por los deportes, me llenaba mi habitación con todos los aditamentos necesarios para practicar cada uno de ellos. A mí no era que me gustaran los deportes, no. Los había practicado casi todos sólo por capricho porque me gustaban los uniformes y toda la parafernalia. Las pelotas de baloncesto que un día le pedía con pasión delirante quedaban abandonadas el mes siguiente en un rincón de mi cuarto. Pecheras, bates, caretas de catcher, manillas, bolas, mesas de ping-pong —todos sufrían el mismo destino: acumular el inmisericorde polvo del olvido.

Un día me desperté con la ventolera de ser portero de fútbol y, raudo y veloz, me di a la tarea de convencer a mi papá de que esta vez la cosa sí era en serio. Primero me compró los tacos y la bola; luego, las rodilleras y un uniforme. Demás está decir que yo no tenía ni idea de cómo atajar el balón en una portería pero eso no me impidió buscar la satisfacción de mi capricho. Como de costumbre, a los pocos días de haber jugado varias veces con amigos del barrio llegué a la penosa conclusión de que no tenía ningún talento para este deporte y relegué todos los perendengues al cuarto de San Alejo.
Todo hubiera quedado de ese tamaño si Germán no hubiera decidido formar un equipo de fútbol para competir con los oncenos de los barrios aledaños.

Nos habíamos conocido desde siempre: emparentados políticamente, nos habíamos criado por las mismas calles y nuestras casas distaban una cuadra; asistíamos a las mismas fiestas de cumpleaños, compartíamos los mismos amigos, estudiamos la primaria en el mismo colegio, hicimos juntos la primera comunión, jugamos los mismos juegos y peleábamos por las mismas novias. Éramos amigos, es cierto, aunque nuestra amistad estaba nutrida por la competencia y los conflictos —una rivalidad establecida por nuestras dos familias. Si Germán ganó la carrera de triciclos en el Parque Surí Salcedo, yo me esforcé y gané la de la Avenida Trece de Junio; si él me ganaba un ciento de canicas multicolores que mi papá me había comprado una semana antes en un barco europeo anclado en Cartagena de Indias, yo le robaba el amor de Marujita; si él me destrozaba todos mis trompos de guayacán con la punta afilada del suyo, yo sacaba mejores notas en todas las asignaturas del colegio. Ya en segundo de bachillerato y cuando ambos teníamos trece años, el antagonismo llegó a su punto cuando un día unos amigos del colegio me dijeron que Germán andaba diciendo que yo era del otro equipo —«el divino Carlitos» decían que me llamaba, acolitando así al jesuita cubano en el exilio. No volví a dirigirle la palabra y de eso hacía ya seis meses.

De manera que cuando me enteré de que estaba tratando de convencer a nuestros amigos comunes del barrio El Prado para crear un equipo de fútbol y del cual él sería el capitán y su portero, puse manos a la obra.
Según Richie, mi vecino de al lado, Germán había conseguido programar el primer encuentro con un equipo del barrio Boston para el sábado siguiente. Habían quedado en jugarlo en el Parque América y por eso habían estado practicando en las afueras del Estadio Municipal los fines de semana.
El bus número tres del colegio me dejó en la esquina de mi casa justo cuando las monjas del Lourdes entonaban el Angelus. Al disponerme a cruzar la calle, divisé el station wagon rojiblanco de mi papá que venía del Hotel El Prado y esperé que llegara hasta donde yo estaba para detenerle.
—Anda, súbete rápido —me dice sacando la mano y levantándola para indicarles a los automóviles que siguen a su camioneta su intención de cruzar a la derecha.
—¿De dónde vienes tan sonriente?
—¿A que no adivinas a quién acabo de venderle dos esmeraldas de Muzo en el hotel?
Además de fotógrafo, mi papá era un gran negociante de joyas.
—Ni idea. ¿A quién?
—A Sara García.
—¿La viejita de las películas?
—La misma. Está de paso por Barranquilla. En Cartagena han organizado un festival de cine y la invitaron.
—¿Y cómo te localizó?
—Andrés Soler le dio mi teléfono.

Soltero y a los veintiocho años, mi papá se había ido a vivir a México en busca de fortuna. Luego de haber sido empresario de toreros y amante de una viuda millonaria que le llenaba los dedos de sortijas de diamantes, se hizo amigo de los hermanos Soler y participó con ellos en varias revistas de variedades. Un día Andrés le presentó a una chica de diecisiete años aspirante a actriz, María Guadalupe Vélez de Villalobos, y con ella formó un espectáculo de bailes y canciones que presentaban en varios centros nocturnos de la capital. Cuando consiguieron un contrato para actuar en un night club de Hollywood no lo pensaron dos veces y tomaron el tren para California. Desgraciadamente, en Guadalajara le estaba esperando un cable de mi abuelo: «No quiero cómicos en mi familia». La chica continuó el viaje sola y en 1926 ya estaba en los cortos de Hal Roach, ahora conocida simplemente como Lupe Vélez. Esa carrera frustrada mi papá la sublimaba ahora actuando papeles estelares en obras organizadas por la «Sociedad de amigos del teatro» y vivía vicariamente los éxitos de sus viejos amigos cuando venían de paso por Barranquilla: María Félix, Libertad Lamarque, María Antonieta Pons, Agustín Lara, Rosa Carmina, Juan Orol, Andrés, Fernando, Domingo y Julián Soler.

—Ha sido un gran día. Le vendí las esmeraldas por una fortuna —añadió, mientras estacionaba la camioneta frente a nuestra casa.
—Mi mamá se va a poner muy contenta.
—Hay que celebrarlo de alguna forma. Imagínate que cuando le dije a doña Sara que las que le habían vendido en Bogotá eran Chivor se metió tremendo susto porque pensó que eran falsas.
—¿No sabía la diferencia entre Muzo y Chivor? —le dije, ufanándome de mis conocimientos sobre las famosas minas aprendidos de él.
—Le prometí que la llevaría a ella, a Ofelia Montesco y a los hermanos de Anda a Cartagena.
—Yo voy —me apresuré a decirle, anticipando mentalmente el placer de compartir ese mundo misterioso y exótico de los artistas de cine.
—«Yovoy Rivadeneira» te dice tu hermano Andy porque siempre quieres ir a todas partes.
—La envidia que lo mata —le dije con una gran carcajada.
Una vez que traspasamos el umbral del restaurante «El deportivo», provisto de una temperatura glacial, dejamos atrás el calor africano del mediodía. «Buenas tardes, don Mario», saluda el gerente a mi papá mientras le estrecha la mano derecha y con la izquierda me despeina amigablemente. «Cocteles de ostras, Carlitos», me propone sonriente este señor gordo y moreno, mientras nos acompaña hasta la mesa del rincón —con manteles blancos inmaculados y recién planchados, situada debajo del acondicionador de aire— ¡mi favorita!

Fogueándose para el mundial de fútbol, hacía ya un mes que la Selección Colombia había jugado un partido amistoso con el Junior en el Estadio Municipal. El encuentro fue un desastre para la selección y al famoso portero, el Caimán Sánchez, cada vez que lo goleaban —y fueron varias— los hinchas le gritaban decepcionados: «Lo que sirve es pa’ marica», por sus redondas y protuberantes nalgas ajustadas a la pantaloneta del equipo. Al parecer, la única esperanza de la selección estaba cifrada en Marcos Coll.
—Oye, papá.
—¿Qué pasa? —me dice levantando los ojos del periódico.
—¿Por qué no consigues que me presten el estadio para jugar con mi equipo?
En esos precisos instantes acababa de concebir la estratagema para robarle los jugadores a Germán.
—¡Qué equipo ni que ocho cuartos! Hace más de dos semanas que no te veo practicando.
En efecto, los fines de semana me la pasaba observando a Germán sirviéndoles de arquero a mis amigos.
—Ya te dije que esta vez sí es en serio —le contesto rápidamente poniendo cara de circunstancia—. Voy a probarle a Germán que soy mejor portero que él.
—La práctica hace al maestro —entona didácticamente.
—Ya verás que no te defraudaré.
—Veré lo que puedo hacer...
El camarero nos sirve sendos cocteles de ostras suculentas.
—Pero no te prometo nada. Si el gerente de las Empresas Públicas Municipales me lo presta será para este mismo sábado porque tengo que llevar a doña Sara a Cartagena al Primer Festival de Cine —me dice categóricamente y apachurra con saña el Lucky Strike en el diminuto cenicero de balines.
* * *
En el primer recreo de la mañana me le acerqué a Evaristo Rosales, el capitán del equipo del barrio Boston, y le fui pintando la maravillosa oportunidad que tendría de jugar en el Estadio Municipal, pateando la pelota sobre la misma gramilla que el Junior y la Selección Colombia, ponerse los uniformes en los mismos cuartos en donde hace un mes Marcos Coll lo había hecho, ver las graderías desde el centro de la cancha, vigilar la misma portería donde le habían metido cuatro goles al Caimán. «¿Y qué vas a hacer con Germán Dávila?», me pregunta con sigilo, como complotando un crimen. «No te preocupes. Ya convencí a los del Prado que me acepten de portero y capitán». A Evaristo se le dibuja una sonrisa malévola y le arrebata la pelota de baloncesto a un gordito que trataba de repiquetearla inútilmente, corre hasta la canasta, la lanza con calibrada precisión tan sólo alzando los talones y guiñando el ojo derecho para enfocar mejor y el balón entra ahora líquido por el aro, tiembla brevemente en la cesta y cae al suelo de cemento de la cancha. «¡De película, cuadro!», me dice eufórico. «Cuenta con nosotros. Allí estaremos el sábado a las diez en punto».

Y a las nueve de la mañana llego uniformado al Estadio Municipal de Barranquilla. Mis amigos ya están practicando en las afueras, completamente sudados a pesar de que el cielo está encapotado y que hace una brisita como de lluvia. Mi papá, ágil como un trapecista, se baja de la camioneta saludando a los vecinos quienes han venido a ver jugar a sus hijos, y se dirige silbando hasta las oficinas en donde el celador le entrega las llaves del cuarto de las duchas, y luego nos acompaña —en medio de un alborozo general sincopado por gritos, risas, cabezazos, pases de balón y empujones— hasta el gran portal de entrada al Municipal en donde el celador abre la cerradura con una llave gigantesca y desenrolla las largas cadenas semioxidadas que apercollan las gruesas rejas del portal.

Pienso que ahora soy el más popular con mis amigos al ver que todos se me acercan sonrientes, dándome palmaditas en la espalda, estrechándome la mano, alzándome en vilo luego de haberme arrojado aparatosamente a atajar un tiro libre de Richie.
Mi papá se despide de todos pues debe irse a fotografiar un matrimonio y luego a recoger a doña Sara y a los demás artistas de su comitiva en el Hotel El Prado para irnos después en la camioneta a Cartagena.
Mi papá que sale por el portal y Evaristo Rosales que entra con su equipo, todos uniformados con sus camisetas rojiverdes y sus pantalonetas negras, saliendo disciplinadamente en fila india de los vestuarios, con caras de pocos amigos y las mandíbulas cuadradas. Siento entonces que las piernas me flaquean y sólo cuando Evaristo me estrecha la mano y me dice, «Buena ésa», y se sonríe, sólo entonces recobro el aplomo y me vuelvo a mi portería con la esperanza fantasiosa de brindar una mañana espectacular e inolvidable en el estadio.

Recuerdo a Marcos Coll y al Caimán Sánchez, y me imagino los gritos de una turba enloquecida por mi audacia y precisión con el balón vitoreándome estentóreamente hasta dejarnos sordos con sus gritos. Pero el corazón me da un vuelco cuando diviso a Germán Dávila entrando por la puerta grande, su figura larga y extremadamente delgada dibujando una silueta que se desplaza sinuosamente por la cancha, subiendo las graderías y saludando al vecindario en pleno, su cara cetrina y alargada por una tristeza muda pero palpable en sus ojos acuosos de ternero huérfano.

Todo sucede como si estuviera en las playas de Salgar y el mar me succionara de improviso en un acantilado que me devorara inmisericordemente con sus mandíbulas arenosas arrastrándome en el torbellino del océano, cuando uno tras otro los goles van entrando implacables por el arco, y un trueno retumba con su eco en medio de las paredes del estadio, y al alzar la vista veo a Germán Dávila en las graderías sonriéndose maquiavélicamente, redondeando su boca en un grito que se alarga interminablemente: «goooooooooooooooooool» que me salta las lágrimas sin darme cuenta, «goooooooooooooooooool», uno tras otro, «gooooooooooooooooool», resuenan por todas partes del estadio, «goooooooooooooooool», cuatro goles a cero dejan a mi equipo en bancarrota.

Los rostros de mis amigos súbitamente se tornan hostiles. Germán Dávila baja dramáticamente por las escaleras de las graderías y desciende imperialmente sobre la gramilla de la cancha. Cuando los del equipo del barrio Boston se abrazan con furor celebrando nuestra derrota, Germán se interpone deteniendo a los jugadores de mi equipo que gritan «a guayuyo, a guayuyo, a guayuyo», tratando de desquitarse por mi mañana deslucida con palmazos propinados a mi cuero cabelludo.
—La culpa no sólo es de Carlos —intercede Germán, frenándoles la ira con las manos extendidas como un policía de tránsito. —Jugaron muy mal. Ni siquiera fueron capaces de meterle un gol al otro equipo.
Siento que se me baja la sangre y las palmas de las manos se me ponen sudorosas y frías. Un trueno vuelve a retumbar en el estadio, una brisa gélida se desplaza febril por la gramilla y del cielo se desploma un aguacero torrencial.
Todos corremos ahora a buscar refugio en las graderías.
—A propósito —me dice Germán, pasándome un brazo por el hombro. —Yo nunca dije que tú eras del otro equipo.
Desde las graderías de sombra no se pueden divisar ya las graderías de sol al otro lado de la cancha: las gotas enormes del aguacero se unen entre sí para formar una jungla de agua gris impenetrable. La gramilla de la cancha desaparece ahora bajo el diluvio que canibaliza la naturaleza circundante.
— ¿Amigos? —dice Germán extendiéndome la mano.
—Amigos— le contesto, chocándosela.
El autor:
Miguel Falquez-Certain nació en Barranquilla, Colombia. Ha publicado cuentos, poemas, piezas de teatro, ensayos, traducciones y críticas literarias, teatrales y cinematográficas en Europa, Latinoamérica y los EE.UU. Es autor de seis poemarios, seis piezas de teatro, una noveleta y un libro de narrativa corta, Triacas, por los cuales ha recibido varios galardones. Licenciado en literaturas hispánica y francesa (Hunter College), cursó estudios de Doctorado en Literatura Comparada en New York University. Es miembro del Consejo Editorial Internacional de la revista LA CASA DE ASTERIÓN, de la Universidad del Atlántico.
Sus trabajos han aparecido en las siguientes antologías: “Rafael Panizza: A Memoir”, en: Latin Lovers (Painted Leaf Press, 1999); “¿Y cómo es parada, Padre Infante?” (Medellín: Premio Carlos Castro Saavedra, 1994) y en Bésame mucho (Painted Leaf Press, 1999); Amidst Skyscrapers/Twelve Hispanic Poets in New York (Riobamba, Ecuador: Casa de la Cultura, 2000); Veinte poetas al fin del siglo (Nueva York: Ollantay Press, 1999) y en Cuentos caribeños (Bogotá: Universidad del Magdalena, 2003), entre otras.
Ha participado en las Ferias del Libro de Miami, Santo Domingo y Nueva York, y como poeta invitado en congresos del Ecuador y de los Estados Unidos.
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© Miguel Falquez-Certain
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen IX – Número 33
Abril-Mayo-Junio de 2008
SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290
PROGRAMA DE HUMANIDADES Y LENGUA CASTELLANA
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
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