Cuál auto no pedir prestado
o Platero y yo
Miguel Zapata
Tengo la fuerte sospecha de que este auto es histérico. No lo digo en sentido negativo: ¡Qué malo: este auto es histérico! Ni tampoco en sentido positivo: ¡Qué bueno: Este auto es histérico! Sólo atestiguo una sospecha. Probablemente un hecho.
Esta sospecha se me presenta como una epifanía. Como dice Exupéry en Terre des hommes, nuestros instrumentos, nuestro oficio nos permiten descubrir verdades, leer signos de la naturaleza que para otros pasan desapercibidos. Así, al piloto, las nubes grises le gritan: ¡Cuidado al volar esta tarde!, mientras que para otra persona la apariencia del cielo es inane.
Del mismo modo, para mí cobra sentidos profundos la canción “El cacharrito”, de Roberto Carlos. Aquélla en la que el tipo manda a arreglar su auto, le prestan uno viejo mientras se lo reparan, ¡pi, pi!, consigue muchas chicas, lo pone a alta velocidad, ¡rrrrrrr!, [al cacharrito, digo] y al momento de devolverlo, le cuesta trabajo: el viejo auto se ha convertido en compañero de andanzas en busca de novias en las soledades manchegas de las carreteras del Brasil.
Las citas librescas, como diría Borges, también abundan. Podría citar como antecedentes al famélico Rocinante del Quijote o al albo Babieca del Cid. También caben otras no tan librescas como Plata, del Llanero solitario, y la motocicleta del nipón Centella. No descuido tampoco el batimóvil de Batman & Robin. Pero sigo pensando en el burro de Juan Ramón Jiménez. Todas estas referencias apuntan, aunque de distinto modo, a la relación entre un hombre y su medio de transporte.
Confieso que, viniendo de la Costa Atlántica, nunca pude entender la relación entre el burro y el poeta Juan Ramón. Sí comprendo, por lo mismo, los chistes de Mingo Martínez. En uno de ellos, un padre, ante el inminente matrimonio de su hijo y, a manera de praxis, le hace un regalo de pre-boda. Pre-boda, enfatiza, Mingo. El regalo es una burrita. El joven se entrena muy bien y muy a menudo. Sin pausa, pero sin prisa. O como dicen que dijo Augusto: Festina lente. Para las nupcias, ya está en forma. Después de unos días de luna de miel, cuando el milagro de la novedad se ha desvanecido, la esposa sorprende al joven en su anterior praxis. Ésta, airada, le increpa: “Mira, ¡como si aquí no hubiera carne!” El joven responde: “Y qué, ¿acaso esto es pesca’o?” La moraleja de la historia es: “Puerco pollero no pierde el vicio”, aunque el joven no es puerco ni la burra es pollo, a lo sumo, pollina.
Confieso, así mismo, que de la poesía asnal de Jiménez no leí mucha. Más gracia me hacía su habla de “cantejondo”, su acento costeño andaluz casi a lo caribeño, o más bien viceversa, por obvios motivos históricos. Sus ritmos son, sin embargo, muy apropiados para pintarles a mi jeep.
Es mi Cherokee espacioso, pulido, suave; tan duro por fuera que se diría todo de acero, que no tiene algodón ni en los cojines, que es todo su chasís de hueso. Sólo los externos espejos retrovisores de plata son flexibles cual dos robots articulados de metal policromado.
Le dejo el timón suelto y sigue derecho por la autopista y acaricia tibiamente con el aliento de su escape, rozándolas apenas, las líneas amarillas, blancas, interrumpidas o continuas, de las divisiones de los carriles… Lo llamo severamente: “¿Jeep?”, con el control remoto, y desactiva los seguros de ambas puertas con un ruido metálico que parece que se burla, en no sé qué castañetear endemoniado.
Corre bien con cuanta gasolina le pongo. Le gusta la extra, la corriente, la que no tiene plomo, la que tiene detergente limpiador de los inyectores, todas las de alto o bajo octanaje con su cristalino olor a combustible.
Es duro y compacto igual que un “terminator”, que un tanque artillado…; pero por dentro, sus asientos, como de nubes. Cuando paseo en él, los domingos, por las últimas callejas del pueblo, los hombres del campo se lo quedan mirando: —Ta’ güeno…
¡Tan distinto mi Jeep Cherokee de este auto histérico que me prestó mi vecina mientras reparan el mío! Nunca lo había observado. Mucho menos lo había manejado, el auto, digo. Sólo se apareció ante la puerta resonando las llaves, y me dijo: “Vecino, ahí está mi auto. Úselo mientras le alistan el suyo. Eso sí, le recomiendo que lo trate con cuidado”. Y ahí empezaron mis sospechas.
Cuando le apunto con el control remoto a este auto de préstamo, no sólo me responde con un alarido agudísimo, sino que me guiña las luces traseras varias veces, como sacudiéndose las faldas, y abre groseramente todas las puertas de una buena vez. Sólo halo la manija, y ya puedo entrar, pero no me siento bienvenido. Mi jeep, por el contrario, con su mal humor de borracho trasnochado, a veces no contesta el llamado de mi control remoto, y cuando al final le da la gana de contestar, lo hace como con un bramido de romo sinuano, con un regaño: “Bueno, ¿y ahora qué? ¿A quién se le ocurre salir a estas horas?” Si no halo la pesada puerta con fuerza, no me deja entrar. Pero una vez dentro, nos sentamos a hablar en tonos do y re.
A este auto prestado, sólo le rozo el acelerador con el pie y sale despavorido, con los ojos cerrados, disparado, como correteando las ánimas de otros autos muertos en la Luvina rulfiana, sin saber, sin preguntarse siquiera hacia dónde se dirige, gritando: ¡Aaaahhhhh! Mi Jeep, por el contrario, no importa cuánto le presione el acelerador al piso. Primero, se rasca el pecho; luego, echa dos o tres salivazos por el escape; mira a la derecha, a la izquierda, dice: “Ajá, para allá es el este y para acá están los bares”.Y sale con toda la calma del caso. Sólo cuando está seguro de la ruta, se da prisa, como cumpliendo el adagio: Festina lente.
También este auto de préstamo tiene, debajo de la guantera, unos agujeros que sirven de portavasos. Confieso que valoro el que una vez insertos los vasos, los agujeros los aferran y no los dejan voltearse. Pero no retienen mi taza de café cerrero ni mi jarra de cerveza. Me la voltea, me la derrama en el piso, no le gusta mi aliento de alcohol. Reconozo que mi compadre Cherokee es malgeniado, pero como no tiene orificios, no hay donde poner la cerveza. Parece decirme: “Eche, agarra tú esa vaina y maneja con la otra mano.” A pesar de todo, nunca ha tenido la indecencia de botarme el licor ni la mala educación de dejar de conversar conmigo porque yo huela a alcohol.
Si voy a comprar materiales de construcción, el auto de mi vecina es inútil. En su baúl no cabe el larguero de una cama, ni la madera del techo, ni le gusta cargar las bolsas de cemento. Tiene miedo de rayarse la pintura, de quebrarse una uña. Mi Cherokee, gustoso, carga los clavos, serruchos, baldosas, y no anda doblándose ni quejándose de dolor en la espalda.
Menos me gusta el auto de mi vecina al estacionarse. Su pechera es demasiado baja, y si lo dejo deslizarse mucho, se la raspa con el bordillo que limita los espacios del estacionamiento. Tampoco puede descender de un andén aunque sea muy bajo. Sus guardabarros delanteros de minifaldas apretadas no le permiten subir las llantas, o es quizá pudor. Para mi Cherokee, los altos andenes de las calles de arroyos son sólo piedrecitas del camino: los sube y los baja sin importar que se le vean todas las llantas o hasta el cigüeñal. Al estacionarse, pasa el guardabarros por encima del bordillo limítrofe, sin el mínimo reparo, como un padre que pasa su barba trasnochada por encima de la cabeza de su hijo al abrazarlo.
Mi opinión sobre el auto de mi vecina cambió, sin embargo, una noche de largo manejo y poca conversación. Estaba cansado, la carretera gris, negra, desaparecida, crecía a tramos furtivos frente a nuestros ojos. Salí de la carretera y me dirigí a un área de descanso en un remanso oculto de la autopista. Entonces extendió sus cojines. El respaldo del asiento quedó horizontal con el fondo y pude acostarme. Sus blandos y albos cojines acogieron mi fatiga. Tras cerrar la puerta, sus luces de lectura se oscurecieron lentamente, como quien apaga una vela en el altar o arrulla un niño. Sólo el rojo de la luz de seguridad parpadeaba interrumpiendo la serenidad de la noche. El fresco aire de la noche tenía los acentos del Nocturno de Silva. Nos dormimos. ¡SSSSS!
Hermano Cherokee, lo siento. No es que un auto histérico como el de mi vecina sea bueno o malo. Se trata de que hay un auto para cada ocasión: uno para ir de juerga, visitar bares, tomar trago, comprar materiales de construcción, bajarse borracho de los andenes, y otro, para descansar, para dormir en el camino. Sólo la comunión de los autos nos ayuda a acceder a realidades desgastadas.
Como acaso diría Exupéry: Son el cansancio de la noche o la sed de la carretera instrumentos que nos hacen comprender a los autos. Juan Ramón. Platero. Cherokee. El auto de mi vecina.
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© Miguel Zapata
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen IX – Número 34
Julio-Agosto-Septiembre de 2008
PROGRAMA DE HUMANIDADES Y LENGUA CASTELLANA
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
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