El canto de la cigarra
Clinton Ramírez C.
I
El hombre —la voz, los gestos apacibles, el cabello rebelde, la mirada de acero lavado— infundía confianza. Era alto, de ligera pero recia contextura. La piel clara y el particular tono de sus ojos no dejarían mentir sobre su más antiguo origen racial. A pesar de la indumentaria, sencilla y distinguida, que denotaba el aprecio de la inteligencia, de los clásicos rasgos que exaltó la escultura griega, el arco de las cejas y la línea de la mandíbula compartían el mismo ánimo invasor de los hombres que al oriente del Istro establecieron la espada y la lanza de hierro en lugar de la tosca hacha de piedra.
El cliente recordó la correspondencia cifrada de sus contactos que identificó al hombre como el celtae, el galatae, el galli, referencias eruditas alusivas a su estirpe guerrera. En el hombre, temible, difícil de contratar, detectó la sapiencia requerida para vengar la humillación sufrida en silencio en las tardes de su confortable oficina, en el último piso de un edificio con vista directa sobre la bahía encendida de una luz plateada al otro lado del filtro protector de la ventana principal. Eludieron el acto formal de estrecharse las manos.
—Bienvenido. Espero que el calor no afecte su estadía. Pronto comenzará el fuerte período de brisas.
El cliente apenas moderó el tono altivo de voz. Sin descomponerse entró en materia.
No fue fácil dar con él en un secreto y diverso catálogo de asesinos itinerantes. Ninguna condición pareció satisfacerle. Solo muy al final, cuando los contactos se resignaron a buscar otro hombre, expresó el deseo de venir, algo que el cliente detrás del escritorio de su amplia oficina, con un whisky a la roca en la mano, admitió como un triunfo del sucio dinero de la provincia, capaz de comprar la prepotencia del mundo civilizado.
Acaso pensó el cliente que ahora lo tenía ahí, frente a él, actuante, concreto en el registro del inflexible mentón, en el brillo de un irascible mechón dorado. Dejaba de ser un nombre —supuesto sin duda—, una foto elegante, un prontuario ilustre, porque esto fue durante un año largo de espera, para adquirir la forma que habría de complacerlo en la ejecución de un liberador trabajo.
—¿Puedo saber por qué vino en barco?
No estaba obligado a responder, pero quiso hacerlo:
—El mar me tranquiliza. Me obliga a pensar despacio.
La civilización no equivalía a eliminar la barbarie, más bien contribuía a enriquecerla, a dotarla de posibilidades más letales e indoloras. El mercenario, el condotiero, el brutal asesino vestía ahora ropas elegantes, exhibía una educación políglota, sin que cambiara su esencia destructora.
En el casino de un hotel de Tánger alguien hizo el favor de contactarlo. Un mes empleó el contacto en abordarlo. El arribo del galatae, la ratificación del trato, hacía del sigiloso abordaje de Tánger materia muerta.
Volvió a escuchar la voz del cliente. Explicó que la misión debía efectuarse en un término razonable. No admitiría un cumplimiento a medias. ¿Qué significaba un cumplimiento a medias? Encontró inconsecuente el silencio del cliente. Quizá el hombre vivía un estado de locura que la elegancia, el buen trato, algún resto de inteligencia ayudaban a disimular. Le imponía a su vida un camino exigente. Un inaudito sentimiento de venganza desechó los caminos sencillos que el odio aconseja al honor y que la inteligencia cuestiona. Quería de él algo más que el simple deseo cumplido de eliminar a alguien. Deseaba la desaparición de una forma humana más que la eliminación de alguien. Solicitó, superada la amargura inicial que el odio aviva, dos condiciones: un procedimiento certero y un plan que ratificara la distinción de la víctima. La felicidad de la venganza, explicó, exigía perfección en el obrar.
El monólogo del cliente empezaba a marearlo. Apretó en una fórmula la técnica de su arte asesino:
—Mis versos matan naturalmente. Es el arte que usted desea.
—Es el servicio que adquiero.
—Vale el dinero que recibo.
Ambos sonrieron o, más bien, impostaron una sonrisa. El cliente volvió a colgar una frase que pretendía prolongar una conversación agotada:
—¿No decían sus antiguos que la obligación de un poeta es rimar hasta la muerte?
El cliente exhibía una condición intelectual que prefería el campo feliz de la lectura. Hombre de fe práctica, de ideas precisas, tal vez sentía una natural aversión hacia los excesos de la poesía. Acaso su condición social le imponía tratar a los poetas de café o de salón, pero sin que le importaran más que un retruécano o un calambur. A los poetas, sin embargo, seguro que había que echarles de cuando en cuando un ojo vigilante, soportarlos como se soporta el recurso de la aliteración. Él, por su parte, lamentaba que la poesía continuara atada a las viejas metáforas, al servilismo de las rimas. Quizá en la ciudad tropezaría con muchos de esos poetas que, sentado en un cafetín, tomando tinto o licor, dicen escribir al fin una obra consagratoria de la que nadie conoce un verso.
Quiso pero no sonrió. Estimó tristemente divertido aquello de frase rimada. El odio, pensó, sería la más patética de las pasiones. No había nadie que escapara limpio de sus infiernos.

Levantó el mentón contra el aire puro del parque. Algún árbol, frondoso, no reconocido todavía, agitaba sus ramas más altas. No quería la menor duda en el cliente, un admirado hombre de negocios oscuros, un caballero respetado, un amoroso padre de familia tal vez, que incurría en la excentricidad de hacerlo venir del otro lado de las aguas, en medio de la discreción más observada, para la ejecución de un plan impronunciable de momento, todo vestido de sedas, de falsos motivos que se sucedían como viejas imágenes de una película harto conocida. El cliente precisaba seguridad. Exageró una postura de conveniente distanciamiento. Mentalmente encendió un cigarro y depositó una mirada indefinida en la última línea del mar. Nadie como el mar, pensó, jugando con una imaginaria bocanada de humo, ningún dios poderoso podría equiparársele. El mar, fiel a sí mismo, era encantador y despiadado, portador de la vida y receptor de todas las muertes. Volvió la mirada a su interlocutor. 
Rechazaba de plano la condición de perfecto asesino. Prefería algo más simple, un estatus de pillo, uno que tendría siempre en alta estima el oficio, en el que reconocía un destino. El cliente, en la otra orilla, aunque le debía respeto, cabía en el código de muchos otros hombres sin nada excepcional distinto a su dinero y el poder derivado de este. Ningún acto de descortesía, se dijo. Suaves maneras, máxima confianza. No le gustaba que el cliente hubiera acordado un sitio abierto para una primera cita, a la vista de muchos. No sería él, sin embargo, quien indagara por la razón de una actitud un tanto despectiva, que reñía con la discreción puesta en contactarlo. La verdad, memoró, relucía tras el parecer. Sabía, mejor que nadie, que no era cierto que fuera imposible no saber qué hay detrás de un verso. Iba contra su naturaleza discutir. Había aprendido a aceptar los falsos argumentos como se aceptan el color del cielo en invierno, las fuerzas del mar, un error de edición, la belleza de una mujer, la muerte de un amigo y la terrible inocencia de los niños. Mantenerse en silencio ofrecía notorias ventajas. Odiaba entrar en explicaciones técnicas, meterse en discusiones inocuas, sufrir la molestia de soltar perlas en cualquier porqueriza. Calculó su respuesta:
—No actúo bajo presiones —delineó con la mirada el espacio que su voz espigaba en la mente del cliente—. Exijo total libertad de acción.
Su español, grueso, pleno de efectos nasales, debió obligar al cliente a pensar en los antepasados bárbaros del hombre que contrataba. Se aprestó, acaso, a escuchar una gutural disertación suya, pero él calló.
Una palabra podía producir la suspensión de las funciones vitales, desintegrar el espíritu más fuerte. El éxito de la fórmula requería algún tiempo de intimidad, un conocimiento específico, que develara las regiones precisas donde concentrar los dispositivos de un oficio legendario que para dicha del mundo solo pocos practicaban con estricta devoción. Aprendía aún a infringir dolor a sus víctimas, ilustres, poderosas, sin que estas, un número ya elevado, se expresaran con desgarradores lamentos. El horror a la estridencia obligaba a vigilar el arte. El arte no hacía tampoco al poeta. Se requería, de cuando en cuando, del delirio de las musas. Igual, la evolución de la impiedad en él, el goce estético de destruir sin alarmas, enmascarado detrás de un débil perfil, reportaba muertes que los pacientes —eludía el apelativo de víctimas— disfrutaban como formas de una felicidad vivida en otro estado.
—Es la reminiscencia —anotó, más para él que para el cliente—. Una entidad no muy comprensible.
Una última víctima tuvo para él, acomodado al otro lado de un escritorio, una infinita manifestación de agradecimiento. Inolvidable conversación. El hombre incluso levantó una mano para despedirse. La imagen seguía en alguna parte, reticente a su retiro del universo, peleando al lado del recuerdo cada vez más vago del rostro barbado del hombre, un rico negociantes de vinos de origen libanés.
—Ahórrese la historia —le pidió el cliente—. Si está aquí es porque sé quién es usted.
El cliente debía su poder al dinero y su misterio a una atribuible cultura musical y literaria de cuna. Tocaba el piano con cierto virtuosismo de escuela y sus breves artículos en la prensa, de contenido erudito, de estilo sencillo, suscitaban honrosos comentarios. Le sacaba indudable provecho a su condición de hombre sensible. Algo tenía, sin duda, de los intelectuales que detestaba. Tampoco él se aventuraba en terrenos desconocidos. También él sabía esconderse detrás de su condición de hombre amante del arte y las letras. Así que una imborrable tinta los identificaba —a pesar de las diferencias raciales— como individuos cercanos en alguna remota cronología. Había algo más. Este tipo de hombres, adinerados, poderosos, cultos, no hacían más que coincidir con él en los sitios más diversos. El motivo no quedaba en el acoso de una forma que hacía de la multiplicidad de sujetos una identidad compacta. Estaba claro que en la medida en que la profesión tomaba mayores riesgos, subía en felicidad, los clientes, las víctimas y él tendían a semejarse. Había que admitirlo. Sin ser partidario del irascible Ares, muy a pesar de estar a salvo del furor de la sangre, a él le llegaría el tiempo de auto medicarse, para que entonces, en este hipotético momento, coincidieran en él, en un arte olvidado, el cliente, la víctima y el ejecutor. Suspiró de solo pensar en el retorcido arte de su mente. Alguna ráfaga de delirio le azotó el rostro. Buscó apoyo en algún punto de la tarde, una superficie limpia que a remedo de un cielo de solo esencias, ennoblecía el aire de desierto de la ciudad. La visión de la tarde —el ardor del aire, la pureza del cielo, la cercanía del mar— le infundió más realidad al sentido oscuro de su palabra.
—Entiendo—admitió. —La indiferencia me garantiza. No es un costoso error morir en lugar de mis clientes. Tengo las alas siempre disponibles.
—¿Usted también tiene vocación de ángel?
—Nada indica que no haya sido un ángel alguna vez. Usted, para no ir más lejos, tiene el ímpetu en los ojos del arcángel Gabriel.
Ambos sintieron la obligación de dar por concluida una inusual entrevista que consumió, para los dos, más tiempos del estimado. No volverían a tratar directamente. El cliente solo se entendería con él a través de sus hombres.
Rehusó empezar a moverse sin entrevistarse con el cliente. Quería percibir en sus silencios algunos de los temores captados en las palabras, los gestos y los recelos de los intermediarios. Hombres estos de escasa preparación, de elegancia ruda, diestros en el oficio de la adulación chocante. Ahora, consumada la entrevista, había medido, leído en él, en su lujosa indumentaria, en el auto importado, en el semblante de los guardaespaldas distribuidos en el parque, su historia personal y la historia viva de la ciudad a la que arribara unos días apenas.
—Adiós —dijo.
El cliente se volvió:
—Tome —le extendió un sobre amarillo—. La cifra convenida. ¿Será suficiente?
Esta vez enfrentó los ojos rasgados del cliente. Desechó una nueva sonrisa. A él también le interesaba construirse una imagen del alma mortal que tenía frente a sí. El cliente inició la retirada con una inclinación de cabeza que lo evitó a incurrir en alguna desgastada fórmula. Reparó en el sobre que le dejara en las manos, que confirmaba su papel de cliente, de poderoso que impone, que controla el juego.
Cada cliente contenía al paciente de turno, más allá de las distinciones de género. Una verdad constante pululaba detrás del odio o el amor. Los enemigos más enconados, más sutiles, guardan una enorme afinidad y, siendo así, al tratar de eliminarse tal vez los motiva el imposible deseo de ser únicos, sin sombras, sin espejos que los multipliquen, más allá de las circunstancias vitales (una deuda, un mal negocio, la disputa de una mujer) que los conduce a procurarse la peor de las muerte. Imaginó la misma entrevista, en otros parques, repetida una y otra vez. Una conversación imaginaria, pensó, habría sido más graciosa, menos austera, pero el oficio tenía, a más de su ética o su estética, su protocolo.
Tomó la calle lateral, bordeada de pequeños árboles leñosos, los que al paso de la brisa cubrían los sardineles con una fina y profusa lluvia de campanas amarillas. Guardó el sobre en el bolsillo de la chaqueta. Reparó en las viejas quintas y en las nuevas mansiones que le salían al encuentro. Entró a una zona menos elegante, más derruida, en la que inventarió un par de balcones rotos, alguna puerta, maciza todavía, a la que le faltaba el aldabón de hierro o bronce. La ciudad antigua, pensó, detenido en el límite de una calle de gastados adoquines.
II
El dinero podía ser mucho o poco según el tiempo que tardara en tomar posesión de la víctima. Producir la muerte por presión en la arteria carótida requería, más que de conocimientos de un fino oficio, de un adecuado clima de confianza con la codiciada presa. Un mes, tres meses, un año. Fácil no sería, ni siquiera para él, la más viva impiedad, privarse de la compañía de las víctimas de sexo femenino. Imaginó el confortable ambiente que esperaba por sus gestos, por esa manera suya de retorcer la vida. Un jardín de formas cálidas, una piscina de aguas azules que copia palmeras y refleja una parte de la bahía, el dorado cuerpo de una mujer rica, victoriosa, experta en el trato de la vida y la muerte, perversamente adorable en una sucesión de camas que imitan la concha de un caracol.
Sería su décima presa femenina en cinco años. Tampoco aquí, en un clima social áspero en sus sutilezas, corrosivo en la atmósfera vaporosa, disimularía su preferencia por el bello sexo. Ellas, sin excepción, dóciles, amplias, esquivas, discretas, rebeldes, herméticas, ofensivas, terminaban siempre agradeciendo atenciones, corroborando el móvil signo de la naturaleza femenina. A ellas les dispensaba el mayor de los tratos. A diferencia de los hombres poderosos que hubiera eliminados, a las mujeres sacrificadas en detenidas ceremonias, las llevaba más tiempo con él, como un coleccionista que vive para velar el sueño de piezas que sabe únicas.
Atravesó la avenida de doble calzada. Encendió un cigarro —esta vez de verdad— al abordar el largo pasaje de la bahía. Reparó en los tres riscos que presiden la entrada de la bahía. Algunos bañistas corrían en la playa de arenas blancas. En un extremo del puerto seguía fondeado el buque mercante en el que decidió venir. Una última mirada la gastó, al igual que el cigarrillo, en la masa del faro que corona el morro del mayor de los tres peñascos. Jugó a negar el paisaje marino, el arribo a la ciudad, el contacto en Tánger, el arreglo de venir a matar a una bella mujer a la que conocía en fotos.
“Hoy he visto y oído demasiado”, se dijo.
Recaló en una banca del malecón. La brisa le levantó el dorado mechón sobre la frente.
El mar. Nada mejor que el poder de las ondas sin número de un elemento finito, mensurable, que cabe completo en la más simple palabra de todas. En el mar podía morir, descansar, leer la obra de los poetas antiguos que más apreciaba. Respiró hondamente. Pocas cosas semejantes a la brisa a ráfagas que le agitaba las ropas, que se familiarizaba ya con las formas de un nuevo rostro extranjero, que encendía de estático júbilo el aire desolado, infeliz sin duda de su gélida mirada.
Encendió tres cigarros: uno con la colilla del otro. Cedió a una sensación de levedad. Siguió a la distancia el movimiento de las grúas en el muelle. Las aguas poco a poco fueron cambiando de color. Un verde opaco reemplazó el intenso color plata de la media tarde y un azul oscuro, al ocultarse el sol tras la línea del mar, ofreció su lugar a un tono que le recordó cierto vino italiano.
Vio encender las luces en los altos faroles del malecón. Los riscos desaparecieron en la recelosa oscuridad de la bahía. Apenas eran visibles a través de la rojiza luz tintineante del faro. Consultó el reloj de muñeca. En silencio, al tanto de sus pasos, regresó al hotel, que apareció en una esquina, atravesando el separador de la avenida.
En la mesita de noche su mirada tropezó con la mirada de la distinguida mujer a la que debía conocer, enamorar y asesinar. La halló más atractiva, menos joven, más hermética. Maldita como todas las mujeres bellas. Inconcebible que un hombre tras otro sucumbiera ante la fría belleza de un modelo aferrado a una repetición incesante. No le sorprendía que el mundo masculino cambiara poco. Bien hizo Homero, aun a costa de la ceguera que un dios le envió, en maldecir la belleza de Helena. Seguía encontrando patético que los favores de segundas o terceras manos de Helena hubieran propiciado la movilización de las miles de naves que sitiaron Troya y las posteriores penas de una guerra que arrasó hombres, bestias y al tiempo mismo. Ahora, más de tres mil años después, él, un simple aficionado, repetía la homérica imprecación en una hija menor de Helena. Volvió a examinar el retrato de la mujer. Pensó sin razón alguna que en vivo sería más atractiva, mucho más joven, más enigmática. Fiel al maldito arquetipo habría iniciado su vida sexual a escondidas con un hombre mayor, más o menos conocido de su círculo. Un amor pasajero sucedió a otro. Tampoco le exigió esfuerzo alguno aceptar las circunstancias en las que conoció a su rico esposo. Constituía afrenta grave, especuló, poner en limpio el orden de vida que la hermosa muchacha siguió al unir al poder de su belleza el poder del dinero. Un amante tomó el lugar de otro, salvo que algo imperdonable, que de momento convenía soslayar, rebasó la paciente copa del dueño. Así que este, roto el vasallaje, aceptaba destruirla a tener que compartir algunas partes de la muchacha con alguien de inferior naturaleza. ¿Alguien en especial? Imaginó a algún chico vanidoso, adicto al gimnasio, que amparado en la impunidad de los años, de cierto vínculo familiar, se atrevió a publicitar su conquista, su privilegio de muerte. Resultaba ocioso malgastar palabras en la suerte del ingenuo amante. ¿Qué quedaba? La furia domesticada de un hombre que recurría a la inteligencia, única fórmula ideada para superar en él la invisible derrota que seguía pesando sobre las cabezas de todos los Menelaos del mundo. Nada justificaba la inhumana venganza planeada. Solo que el orgullo y la obstinación humana seguían siendo impredecibles. Alejandro arrastró a miles de hombres por mares, selvas y desiertos para visitar el templo de Ammon. Un ingenuo Nicolás de Maquiavelo creyó que el indolente Lorenzo el Magnífico era el hombre destinado a restaurar el imperio romano. Napoleón desafió el frío ruso a pesar de estar advertido del costo que ello le traería. ¿Habría algo más que precisar en la conducta del cliente? Iba a ser necesario retirar una cortina tras otra para poder entrar a la laberíntica casa que el hombre hubiera edificado en el más difícil lugar del mundo: la mente humana. Ni siquiera él entendía el sentido de todos sus actos.
Encendió el décimo cigarro del día. Tomó asiento en la orilla de la cama. Se soltó los zapatos. Miró el cielo de la habitación calculando la altura que el humo alcanzaba con cada bocanada.
Una semana tardaría en tomar casa. Revisó el interior del sobre, sin deshacerse de la colilla, apretada entre los incisivos manchados de nicotina. “Agente comercial”, leyó. Evitó sonreír ante la ocurrencia de asumir de pleno derecho una profesión ficticia. Halló divertido permanecer una buena temporada en la ciudad una vez concluyera la tarea. ¿Quién iba a impedirlo? Ello le permitiría seguir el natural alboroto que en principio despertaría la súbita muerte de una muchacha tan bella, tan llena de vida. Le satisfacía el encuentro con los probables lugares comunes de la prensa local, servil en todas partes. Extrajo del sobre un fajo de dólares de alta denominación. Olían a nuevo, una emanación firme, de inconfundible solidez. Con la punta de la lengua lanzó la colilla contra la pared de enfrente. Acto seguido vigiló la altura que alcanzaba el humo expulsado hacia el techo. A placer, invicto, cerró los ojos. Pensó en la mujer, en el milagro creativo que amasaba en ella el resabio de la adolescencia con el señorío que se exige a una dama de posición. La comprendió. Repasó las notas acumuladas sobre la muchacha. Su niñez, la muerte de los padres en un accidente automovilístico, su vida al lado de una buena abuela viuda que la educó hasta donde el prestigió permitió, su estancia en Virginia con el hermano menor de su madre, el regreso a la casona venida a menos, el matrimonio aventajado… Ningún hijo, ni asomo de embarazo, como si la belleza riñera con la fertilidad. Se quedó dormido pensando en la muchacha. Le resultó imposible, quizá por una vez en una historia predecible, imaginar el primer encuentro que tendrían.
III
Encontró cómoda la casona que le sugirió el encargado de la agencia inmobiliaria. Era vieja y digna, y estaba empotrada en el centro comercial de la ciudad. Enseñó las credenciales al cerrar el negocio. Invocó el nombre de alguna firma naviera asentada en el país. Pagó de contado un año de arriendo. Aceptó que no le costaría un dólar adicional volverse familiar en un sitio habituada a los fraudes, a los negocios fáciles y los acentos extranjeros. En el segundo piso de la edificación —una discreta sucesión de balcones medianos y cortos— acondicionó un elegante estudio habitación. Un hermoso cuadro dominaba la pared sobre una cama amplia, de firme madera. En un vecino almacén de antigüedades adquirió el reloj de pared, una lámpara en forma de araña y una diminuta réplica en bronce de la sabiduría. En un extremo empotro el bar. Otro cuadro de algún pintor local que reproducía una vista del malecón vino a iluminar una pared lateral. Agregó un pesado escritorio en el que hizo colocar el computador portátil. Otra mañana volvió con un caballo de piedra que adquirió de un vendedor en los alrededores del puerto. En una mesita lateral le encontró sitio al lado de la sabiduría.
Salió al balcón una tarde en que la brisa atrapada en las estrechas calles adoquinadas cedió lugar a un vaho sofocante que parecía provenir del ruinoso interior de las casas del apretado vecindario. Exhibía, no obstante la opresión del clima, el aplomo de un hombre favorecido, que se acomoda a cualquier circunstancia. Pertenecía sin escapatorias a los servidores de Zeus y, como tal, adoraba el conocimiento y prefería el poder a la sumisión. El escenario estaba acondicionado. Quizá faltaba adicionar, en una antigua estantería que hizo retocar, una hilera de venerados volúmenes, idénticos a los de la biblioteca de su confiscada casa dublinesa.
Movió la cabeza con enfado, sin espantar del todo la ola de cavilosa nostalgia que subiera hasta él. En la niñez padeció frío y sufrió hambre. Ya adulto, sus delicadas actividades itinerantes no le permitieran estarse en su casa de Sandycove una temporada completa. En una playa cercana, en inmediaciones de su futura casa, adquirió la costumbre de caminar con los ojos cerrados y los brazos abiertos mientras recitaba viejos poemas celtas que muchos de los bañistas se sentían obligados, vaya a saberse por qué oscuros rumores, a retribuir con alguna moneda. Así, recitando versos, sin abrir jamás los ojos, ganó para la leche, el pan y algo de carne: alimentos que compartía con sus amigos de andadas, chicos a los que una rutinaria tragedia de pobreza y abandono hermanara en la intemperancia de las calles del roto mundo dublinés.
Extrañaba de Dublín, más que el mar, la taberna de Barney Kiernan. Allí, en una mesa rinconera, iba a seguir la vida de chistes, engaños, vicios y gestas del laberíntico pueblo dublinés, siempre proclive a amasar la gloria y la miseria con las mismas manos. Percibía a su gente como el mayor de los misterios humanos y, de hecho, continuaba admirando su capacidad para servir cualquier causa perdida. Había desechado la esperanza, a sus años, de conocer un irlandés sensato. No existía ningún irlandés sensato ni tampoco ninguno que no dispusiera de una infinita provisión de ingenio y malhumor. Echó un vistazo al espejo de medio cuerpo. La superficie biselada le devolvió la imagen fehaciente del más patético extremista irlandés que alguien pudiera concebir. Se sirvió un trago de whisky para volver a indagar la imagen que le ofrecía la lámina del espejo. ¿Qué hacía allí? Marchó, sin esperar respuesta, al balcón de madera a buscar tal vez una explicación a la misión que aceptara cumplir a cambio de un dinero que no necesitaba.
Abajo en el callejón una pareja de hombres alzó la vista. Uno de ellos pronunció su nombre supuesto en señal de saludo. Cortés, solícito, devolvió el saludo extendiendo la mano en la que sostenía el vaso de whisky. El maldito mundo no cambiaría. Maldito el universo. Maldita Helena. Maldito el mar. Maldito los amigos de Menelao. Nadie se opondría jamás a sus impronunciables planes. Todos escondían el motivo que los obligaba a extremar precauciones en la tarea de levantar una fortaleza tras otra en el filo mismo de una colina rocosa. A la maldición, al debate interno, le siguió la expiación del cínico, del ilustrado poeta. Hermético, apoyado en la baranda, una vieja fórmula acudió a su memoria:
—Esta historia no es verdadera. Jamás entrarás en las soberbias naves a Troya. Nunca entrarás a Pérgamo.
Sabía de buena fe, igual que el comerciante que conoce el oro que pesa, que ninguna expiación es válida, que la negación invocada no hacía nada distinto que ratificar una sentencia anticipada. Troya volvería a abrir las puertas. La belleza de Helena se abriría hasta él. Nadie impediría que él cumpliera la labor de matarla. No valdría ni siquiera un tardío arrepentimiento de Ares ni tampoco la fuerza de todos sus hombres que, diseminados aquí y allá, fingían no vigilar sus movimientos en una ciudad que empezaba a agradarle.
—A un lado Ares —se prometió una mañana, harto de llamar a su cliente, incluso a solas, por apelativos que poca relación guardaban con los hombres de ahora—. Es el momento de conocer algo más de la gente que cree adorarlo.
IV
El siguiente domingo visitó el estadio de fútbol. Se enfrentó a un escenario destartalado, de rotas paredes, al que acudía una numerosa hinchada tan entendida en el negocio del balompié como experta en sufrimientos a causa de las irregulares campañas del once local. Un gol de media distancia hizo que una afición que se comió las uñas durante más de una hora saltara de júbilo. Reconoció a Helena en el palco principal. Era en efecto hermosa y más joven en vivo que en las fotos. Tres veces la miró y tres veces ella le mantuvo la mirada: al tomar él sitio en la tribuna numerada, en el intermedio del partido —mientras fumó un cigarro con lentitud— y al abandonar la gradería confundido entre la multitud victoriosa, sabiendo sobre él la atención de la muchacha, hermética, tal vez intrigada al lado de un Ares flemático. Adquirió a la salida un trozo de morcilla dulce, que acompañó con un guarapo de caña fermentada. Regresó pegado a los sardineles, eludiendo la brisa en aumento, esquivando la alegría de los miles de eufóricos que volvían a sus barrios agitando banderas, golpeando tambores y tocando las cornetas de un triunfo agónico.
A las seis, con el llamado a misa, el silencio volvió a apacentarse en la ciudad. La noche invadió muy pronto los pelados cerros vecinos. En la sala se aflojó los zapatos de suela de goma. En el sofá tomó el control del televisor. En un noticiero local repetían el gol de media distancia. Sintió de nuevo la ola humana que lo obligó a levantarse en la tribuna. En el palco, alguna cámara captó el imperturbable rostro de Helena, que tuvo al alcance suyo en un fugaz primerísimo plano. Le llamó la atención que a diferencia de sus acompañantes ella no celebraba sino que tenía la mirada fija en numerada, diez o doce filas más abajo del palco. Le extrañó que llevara el pelo suelto sobre los hombros. Tampoco recordó que luciera un discreto cintillo con los colores y el escudo del equipo de la ciudad. Descartó una imagen de archivo. Al lado de Helena identificó Ares en ropa informal, cruzado de brazos, algo menos inmutable que ella.
La imagen de la televisión le colmó el ánimo de un incomunicable silencio. Se sirvió otro trago de whisky al que agregó un nuevo cigarro. La imagen volvía a él, pero no ya del estadio destartalo de la ciudad sino de un frío muelle de Bristol. Allí, entre brumas, había coincidido con una adorable Helena en el albur de una elocuente adolescencia. Le obsequió, sin rebajar la elegancia de sus formas, sin ocultar una audacia de medios, la viscosa sustancia de sus primeros favores. Sucedió un sábado nebuloso de otro agónico partido de fútbol resuelto para los locales en el último minuto con un pelotazo de fuera del área. Bebió el contenido del vaso de un sorbo. Las simetrías revivían en él un pasado de supersticiones. Tomo asiento resignado, muy consciente del fracaso de pretender encontrar explicación a lo inexplicable, porque si había algo que la vida hacía bien era repetirse sin que le importaran las infinitas consecuencias de sus movimientos. ¿No se lo advirtió acaso su madre en medio de las crisis alcohólicas que la condujeron a ahogarse una noche brumosa en la bahía de Dublín? “La vida se vive sola: nosotros no contamos. Quien quiera entenderla está muerto”. Se resistió siempre a estas frases hilarantes, sin aparente sentido, pero, cada vez que alguna dificultad afloraba en el oficio, las expresiones ásperas, los gestos desangelados de su madre cobraban un poder del que no lograba zafarse, ni siquiera acudiendo al inútil recurso de maldecir, de ignorar el peso fatídico que ella le imprimía a su condena. “Nunca dejarás de ser un niño. Eres un hombre”. Allí, tirada en el suelo de la habitación, encima de sus gastadas ropas, volvía de alguna ronda nocturna para insistir en su burla, en su afrenta. “Los libros no van a enseñarte que la vida solo hay que aceptarla”. Nunca aceptó mirarla de frente. “Anda ya, apaga la luz. Cierra la ventana”.
Una nube de fatalidad le estrechó la noche. La Helena del muelle de Bristol y la Helena del palco en el estadio participaban de un arquetipo renuente a abandonar el mundo en diez mil años. ¿A qué atribuir la insidiosa sensación de vacío o de orfandad que hacía de él un hombre irreconocible a su propio pensamiento? Meneó la cabeza. Marchó al bar por un trago. Requería una tregua aclaratoria. Sin ningún preámbulo adicional tomó el camino del baño. Agua. Necesitaba meterse bajo la ducha.
Un cuarto de hora después estuvo de vuelta en el sillón con un whisky en la mano. Aunque el desasosiego seguía en él, al menos su cuerpo respiraba un ambiente menos sofocante. Las imágenes del gol, la locura de las tribunas y el impasible rostro de Helena tornaron más sorda la aprehensión que el baño frío apenas consiguió disipar. Su silencio hacía más profundo el silencio de la casona. Cruzado de pierna decidió esperar que el destino o Dios, o los dos a la vez, puestos al fin de acuerdo, vinieran a su encuentro.
V
El toque a la puerta confirmó la actitud de su rostro al acecho. Salió al pasillo para tomar la escalera. Notó al tirar del cerrojo de la pequeña puerta que abrió en la maciza puerta principal que la mano le sudaba. Tampoco evitó la ambigua sensación de pena y encanto que sintió al reconocerla:
—Buenas noche— dijo la muchacha en perfecto inglés—. Perdone mi imprudencia. Pero quiero saber a quién le arriendo mi casa. ¿Puedo pasar?
—Esta es su casa.
La vio subir desenvuelta la escalera, tomar el pasillo, revisar las materas, seguir derecho a la sala estudio. Siempre detrás de ella, sin quitarle la mirada, la oyó decir:
—Veo que aprecia la jardinería. ¿Dónde adquirió las heliconias?
La observó inhalar el olor a nicotina, reconocer el aroma del whisky, mirar las paredes pintadas, ubicar el bar, soslayar los vistosos cuadros, examinar los candelabros, lanzar una ojeada a la cama de firmes patas en la habitación del fondo.
—¿Tiene algún sentido fumar?
No respondió. No era a él a quién le formulaba la pregunta. Reparó en su hombro izquierdo, un tanto más bajo que el derecho, roto en el accidente mortal de sus padres. Se fracturó, además de la mano derecha, la pierna izquierda, y un trauma craneal la mantuvo en coma dos largas semanas. El aparatoso accidente sepultó el auto de sus padres contra un tracto-camión a la altura del aeropuerto local. Sobrevivió de un modo imposible a un suceso que al principio de una adolescencia de discretos escándalos, circunscritos al club, al colegio y al vecindario, pasó sin dejar en ella ninguna conmoción insuperable. Se movía con soltura, sin ocultar el encanto, exhibiendo un temple sereno, propio de una mujer que no extraña el comercio varonil. No la sintió tan hermética, como en el estadio, pero intuyó que ella, aunque tratara de esconderlo, de atenuarlo con algún comentario sobre el color de las paredes o la antigüedad del inmueble, vivía una indestructible mezcla de furia y decoro, de sigilo y desfachatez ante el extranjero invasor. La enfrentó sin afeites:
—¿No tiene miedo de venir?
Formuló una pregunta idiota. No necesitaba ser un viejo actor que interpreta en un viejo teatro un viejo papel para conocer la respuesta:
—No: de ningún modo. ¿Por qué habría de tener miedo de usted? Estoy, además, en mi casa.
Estaba allí para redefinir los límites de la ciudad misma si fuese necesario. Iría tan lejos como él se lo permitiera. Atrevida, ligera, confiaba en el poder de sus años jóvenes. Ningún hombre — ni siquiera él que aún no superaba los cuarenta, que había sometido a muchas mujeres— estaba en condiciones de contrariarla:
—¿Es que no sabe acaso quién soy? Nací en esta casa. ¿Me creería si digo que nunca he salido de estas paredes?
Se volvió hacia él con toda la fuerza de su rostro. En la mirada encontró el mismo tinte altivo, despectivo, que reconoció en el cliente, pero en ella halló algo más, la superioridad de alguien que ha vencido a la muerte. Esperó a que volviera a hablar para observar su dentadura de porcelana, pero la muchacha permaneció en silencio, desafiante, con la boca a medio abrir, sin rebajarle una pizca de arrogancia a su mirada. ¿Tenía que desaparecer esta forma cautivante y temida? Él, sin recurrir al espejo, compartía con ella el mismo talante soberbio por más que hubiera aprendido a asumir otras actitudes. Admiraba las obras perfectas por monstruosas que fueran. Nadie, ni siquiera su cabeza dada al cinismo más patético, estaba en libertad de negarle a la muchacha el valor de unas formas absolutas.
—Es usted muy tímido. ¿Es que no piensa brindarme un trago? Acepto todo, menos que sea insensible a las buenas maneras. Ojalá le guste la ciudad.
Ahora abrió con deliberación los labios carnosos. Exponía esta vez, sin configurar una sonrisa, la línea grande, firme y pulcra de la dentadura superior. Siguió sin despabilar el movimiento de la punta de su lengua en el borde de los incisivos superiores postizos, engarzados en una base de titanio que hubo necesidad de implantarle en una operación traumática, que la mantuvo moralmente convaleciente más de medio año en el que apenas asomó la cabeza al balcón.
Hubiera querido responderle:
—Vayamos a la playa. Tengo en el muelle una lancha. Cruzaremos la bahía. En el faro podemos hablar con más franqueza, frente a la noche y el ímpetu del mar.
En lugar de su perorata, de la ocurrencia, sonrió. Acto seguido pidió disculpas levantando una mano. Marchó al bar.
Le sirvió un whisky doble que acompañó con aceitunas. En el sillón opuesto, cruzada de piernas, sostenía el vaso entre el pulgar e índice de la mano derecha. Reparó en la hermosa esmeralda hexagonal que lucía en el anular la inesperada anfitriona. Cambió el vaso de mano. Movimiento que acompañó trastocando la caída de su cabello del hombro izquierdo al derecho. La vio a continuación extender hacia él la mano de finos dedos en la que llevaba el anillo. “Una hermosa piedra”, alcanzó a decir, sin defenderse. “Así es”, confirmó la muchacha. “Un regalo de mamá cuando cumplí doce años”. Notó en la firmeza de su voz una camaradería admisible entre quienes, luego de unos años de ausencia, retoman el paso de una vida compartida. “¿Usted y yo no fuimos al colegio, verdad?” La broma le confirmó en la muchacha un espíritu calculador, una personalidad segura de sus movimientos. Un nuevo whisky regresó la charla a un terreno más abstracto: los negocios de la ciudad y los halagos, por parte suya, de la feroz belleza del paisaje. La publicidad no exageraba, precisó, sobre el aire paradisiaco de la ciudad. “La publicidad es miope”, se mofó ella. A él tampoco le causó mayor agrado el comentario, pero le resultó imposible controlar el fastidio que traen consigo las frases manoseadas. Ella pasó a hablarle de Virginia —donde estudió un par de años—, de la abuela, que le dejó al morir por toda herencia la casa. No le negó la mirada. Ni él tampoco le negó la suya. Un igual admira a otro igual. La sintió familiar en el elegante conjunto de dos piezas, escogido sin duda para efectuar la visita. Dos horas atrás, recordó, vestía de jeen y camiseta. Lucía también, si la televisión no mentía, un cintillo del cual él seguía sin acordarse.
El seco golpe en la puerta central se prolongó en la soledad de la casona. La visita concluía. Se levantó. Arqueó las cejas. Lamentó la conclusión de la charla, amena, cordial, sin duda fructífera por aquello que no se dijo. Ella ladeó la cabeza, apretó los labios y se encogió de hombros. Ella también lamentaba tener que marcharse tan pronto.
—¿Alguna vez estuvo en Bristol?
A él le sorprendió su propia pregunta.
Ella se volvió apoyada en el pie izquierdo. El movimiento de cabeza traslució una decepción anticipada:
—No soy la camina mundos que parezco —respondió—. Usted en cambio es un hombre de todos los mundos. Dígame algo, mi amigo, ¿nunca se asomó por Richmond, Virginia?
Sonrió con visible desencanto. Así que no tuvo otra salida que aferrarse a la primera parrafada que le saltó a los labios:
—Mamá, una simple maestra de escuela, nunca me permitió semejantes lujos. Nunca salí del barrio donde me crié. Pero sé dónde queda Richmond. Jamás me pelee en geografía.
Al despedirse le extendió la mano, en un estilo ejecutivo, nada desprovisto de calidez. Pero ni siquiera en este momento le sonrió, ni ningún músculo de su frío rostro se contrajo, muy a pesar del clima de complaciente desafío de las palabras empeladas. Tuvo un último contacto directo con sus grandes ojos acerados.
—El chofer —anotó ella, mirando el reloj de pulsera—. Su comprada puntualidad espanta. Ha sido muy agradable saludarlo. —Sintió el firme apretón de su mano en la suya—. Espero que le vaya bien en los negocios. Ha invertido mucho dinero en esta casa.
Trató de escoltarla pero la muchacha desarmó su atención con una mirada:
—No olvide que conozco todos los caminos de esta casa.
No obstante la exactitud de la línea, de la frase preparada, escuchó otras cosas que urgía escuchar:
—Usted es un miserable. ¡Mire que gustarle el fútbol como cualquiera hombre vulgar!
Se volvió una vez más al cerrar la pequeña puerta, un acto que conocía de sobra, que ejecutaba sin perder el encanto de un estilo directo, de exquisita sencillez. Él, por su parte, no renunció a hacer pública la única inquietud que no necesitaba absolver:
—Entonces, ¿por qué vino? —empleó un español neutro, recio, con suficiente aliento como para poder ser escuchado sin distorsión al otro lado de la pesada puerta colonial— ¿por qué vino, criatura de una tierra desaparecida?
No esperó que le contestaran. Y nadie le contestó.
“Soy un sordo que habla con el mar”, se consoló, “un elemento que nunca me aceptará como uno de los suyos”.
Marchó al balcón. Aferrado a la baranda, de vuelta al vértigo, a la sofocación, la vio abandonar el callejón adoquinado apretada a un pequeño bolso de mano, subir al auto, cerrar la puerta del Audi azul aparcado en la acera, indiferente a la brisa, a la noche, a los ruidos del mundo.
VI
Conocía del peligro de ser un hombre solo. Un solo hombre podía mandar el universo al infierno sin que le temblara un dedo. ¿Qué tan grande era el infierno? Muy pequeño para albergar siquiera a la mitad de los malos del mundo. Se negó el resto de la noche a darle salida a los más inciertos motivos que afluyeron a él. El libreto tomaba un atajo olvidado, pero seguía siendo un texto fiable, concebible. Si algo le gustaba aún de la vida era su enorme capacidad para inventarse imprevistos. No logró conciliar el sueño. La salud del oficio, la suya también, merecían el sacrificio de unas horas si ello significaba recobrar el control de la situación. La fragancia del perfume de la rica muchacha mantenía su presencia en la habitación. La casa entera, la perversa memoria de la casa, hablaba de ella. Una casa tenía memoria, pero algunas disponían de una infinita paciencia. Se negó a pensar que la misión de la casa y la suya pudieran tener algo en común. El whisky, el cigarrillo, las especulaciones harían el favor de prolongar un estado de zozobra que detestaba. Ella volvía a entrar a la casa. Suelta, libre de norma, volvía a revisar la sala, las paredes, el orden del mobiliario. La conversación —en numerosas variantes— los congregaba en la sala, uno frente al otro, apenas separados por una mesa de madera rústica sin florero. Ella podía volver a tocar en cualquier momento. Él, sumiso, resignado, le volvería a abrir la puerta. En esta hipotética secuencia, saldría de la sala sin despedirse, pero igual sin reprocharle su cinismo, negada a escuchar una explicación que nadie precisaba.
Oscuros los designios de unos dioses que nunca habían existido fuera de la imaginación humana. Seguía siendo la postura más cómoda culparlos de los absurdos de la propia impotencia. El lugar de los dioses, sin embargo, podía ser concesionado al azar, al destino o a la fórmula literaria que intenta exaltar el entendimiento de una charla de bar. Prefirió imaginar otra guerra, paralela a la que iniciaba, invisible, en la que los dioses lanzan sus ejércitos a un campo de batalla incierto, liberador. Fumó un último cigarro inútil. A la idea de un juego dominado por el capricho de una voluntad superior a la de los dioses había que atribuir el largo suspiró que dejó escapar. Un hecho se veía obligado a admitir. Ella había tomado la delantera en un juego que conocía de sobra.
Tomó de la mesa la foto. En silencio la rompió en cuatro partes iguales. Siguió haciendo de los mismos pedazos cada vez más pequeños. Salió al balcón. La luna brillaba sobre los cerros vecinos que encierran la ciudad en una herradura frente a la playa. Un ligero golpe de brisa le alborotó el mechón. De un árbol cercano, como un misterio más de la noche silente, le llegó nítido, prolongado, el tardío canto de una cigarra. En unas semanas, pensó, cumpliría cuarenta años. ¿Qué significaba aquel canto? Interrogó la esfera del reloj de pulsera. ¿Seguía siendo el preferido de las musas? Oyó una vez más el limpio canto de la cigarra que fluía en la noche como la brisa que arreciaba en los vecinos arbustos de la casona. El canto cesó pero no la brisa. Efectuó un rápido cálculo que equiparó los días promedio que vive una cigarra con los años de vida de un hombre normal. Factible que aquel canto hubiera sido el último designio de la cigarra. Pensó quizá, por primera vez, en la posibilidad de estar al final de su carrera. También a él le correspondería vivir el momento de desempolvar las alas para tomar la ruta de un cielo siempre incierto.
Se sintió extraño, fuera de sí mismo, incierto como en los peores años de una infancia mísera en la que anduvo a la deriva sin beber ni llevarse nada a la boca. Sintió suyo y ajeno su pasado dublinés. La sensación le confirmó que para vivir siempre había precisado de muy pocas cosas: algo de alcohol y otro tanto de tabaco. En el futuro sin embargo, al igual que en su tiempo de cigarra irlandesa en los alrededores de Sandycove, podría limitarse, libre de sus vicios de adulto, a mirar el cielo sobre el mar sin pronunciar una sola palabra hasta el último minuto.
Inaudito que en la cronología de miles de días y de noches de una resguardada historia personal una mujer se hubiera atrevido a tocar a su puerta. Recordó que la muerte visita a los hombres una solo vez de una manera limpia, siempre inexplicable, igual que un acto inédito que agota la inteligencia de varias generaciones antes de tomarse el discurso corriente del mundo.
Marchó a la cama visiblemente afectado. Ignoró en ese momento cómo defenderse del peso murmurante que le subía del pecho. Deseó un sueño profundo, vertiginoso, que le estaba negado. Jugó a pensar que se entregaba a un sueño sin regreso. Quizá solo ahora, por una vez, fuera dueño de una existencia que de tanto conocerla se volvía irreal, distante, semejante al destino misterioso de un ente de ficción. Quiso, en un acto irrecuperable, volver a estar en una playa de Sandycove, de cortos, con la camisa abierta a las revoluciones diarias del mar. No se reconoció en el niño que con los ojos cerrados y los brazos extendidos recitaba versos en la desparecida lengua de unos hombres muertos hacía cientos de años.
Hubo un enfrentamiento de voces al que siguió un golpe seco en algún lugar de la casa. Una voz se impuso sobre las otras. La multitud empezó a alejarse. Un chico de la gallada gritó tres veces su nombre callejero desde el borde un barranco.
—¡Vamos! ¡Hay un muerto! ¡A la torre! ¡Todos a la torre!
Al abrir los ojos reconoció el cuerpo de la mujer, yacía sobre el costado izquierdo, con las manos a la altura de la cara, la cabeza mirando hacia el nordeste. Estaba desnuda, ligeramente sonreída, confiada a un laborioso placer con el que pretendía acaso cerrarle las puertas a la muerte.
Todo en la casa quedó tranquilo. La ciudad, el mar y la noche también habían abdicado a sus ruidos. La pasó en vela, mirando sin mirar el techo, imaginando el cielo sobre las casas. Ella no tendría una nueva oportunidad. Pensó en un sucio trabajo. La profesión importaba, el arte exigía estimación y la vida imponía vivir. Él viviría aunque fuese solo para ser el anfitrión de una hermosa imagen que se resiste a morir.
VII
Habrá quienes exijan esta coletilla. La desaparición de la muchacha, de A. B., se suma a los sabidos enigmas de esta ciudad. El irlandés —el señor Pater— marchó a su país al año justo de haber llegado. Los compungidos amigos que hiciera le ofrecieron una fiesta de varias páginas en un famoso puteadero. Una breve nota aparecida en uno de los diarios locales deseó al agente naviero Pater éxitos en su nueva misión comercial en Trípoli. ¿El cliente? Tres semanas hace que los hombres de Ares abortaron al parecer un atentado en su contra. Anda enamorado. Es posible que pronto formalice noviazgo. Nadie, sin embargo, pronuncia en voz alta aún el nombre de la nueva conquista. La casona vuelve a ser remodelada. Allí funcionará la sucursal de una agencia de seguros. La ciudad, inmune a los mugidos de la brisa, aguarda en un costado del mar. No hay fuerza que la haga zarpar. Nada pasa. No sé si sea útil anotar, en un mundo donde nada sorprende, que cada noche la cigarra de algún arbusto cercano impone su canto al cielo por última vez.
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© Clinton Ramírez C.
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen IX – Número 34
Julio-Agosto-Septiembre de 2008
SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290
PROGRAMA DE HUMANIDADES Y LENGUA CASTELLANA
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
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