Poemas

Eduardo Chirinos


Selección de Hernán Vargascarreño, para el programa Poesía Mar Abierto,
realizado en Santa Marta con el poeta Chirinos en el mes de agosto de 2006.


De Crónicas de un ocioso (Lima, 1983).

Fragmentos de una alabanza inconclusa

DEBE HABER HABER un poema que hable de ti,
un poema que habite algún espacio donde pueda hablarte
/sin cerrar los ojos,
sin llegar necesariamente a la tristeza.

Debe haber un poema que hable de ti y de mí.
Un poema intenso, como el mar,
azul y reposado en las mañanas, oscuro y erizado
/por las noches
irrespetuoso en el orden de las cosas, como el mar
que cobija a los peces y cobija también a las estrellas.
Deseo para ti el sencillo equilibrio del mar,
             /su profundidad y su silencio,
su inmensidad y su belleza.

Para ti un poema transparente, sin palabras difíciles
/que no puedas entender,
un poema silencioso que recuerdes sin esfuerzo
y sea tierno y frágil como la flor que no me atreví a enredar
/alguna vez en tu cabello.
Pero qué difícil es la flor si apenas la separamos del tallo
/dura apenas unas horas,
qué difícil es el mar si apenas le tocamos se marcha
/lentamente y vuelve al  rato con inesperada furia.
No, no quiero eso para ti.
Quiero un poema que golpee tu almohada en horas
/de la noche,
un poema donde pueda hallarte dormida, sin memoria
sin pasado posible que te altere.

Desde que te conozco voy en busca de ese poema.
Ya es de noche. Los relojes se detienen cansados en su marcha,
la música se suspende en un hilo donde cuelga tristemente
/tu recuerdo.
Ahora pienso en ti y pienso
que después de todo conocerte no ha sido tan difícil
/como escribir este poema.


Libre versión de las estrofas que recitara
el joven Alí Nur frente al carcelero Kutait
en una de las noches en que el rey Schariar
escuchara atentamente la historia de la Dulce Amiga

PROVINCIAS DEL Sur, provincias del Este, provincias del Oeste.
Oculto en estas tierras, ¿qué he de aguardar?
Tantas veces me he visto reposando con la tranquilidad
/de un muerto,
con la falsa grandeza de una antorcha iluminando los muros
/de un palacio de piedra. Tantas veces
la aspereza del vino y las piezas de un oscuro tablero
/se agolparon en mi mente
como el vago recuerdo de una joven tocando solitaria
/las cuerdas del laúd.
He observado largamente el lejano movimiento de la luna
y sé que los designios del hombre ya estaban señalados.
Líbrame Alá de la ira de mis enemigos.

He paseado mi cuerpo en las comarcas más extensas
/de la soledad.
He hundido la cabeza en los pechos de mi mujer y he llorado
/largamente.
He liberado a las aves de sus altísimas jaulas de bronce
/y he corrido ante
la furia de los comerciantes y su lluvia de estiércol.
He rasurado mi barba para que no me reconozcan sus pueblos.
He abandonado padre, mujer, hijos.
He uncido bueyes en los más miserables huertos de Damasco.
He huido del clamor de los moros con una hija de su sangre.
He conspirado contra el Capitán Mayor del reino.

Sé que los designios del hombre ya estaban señalados.

Líbrame Alá de la ira de mis enemigos, aunque el calor
/me abrase y me condene a la infertilidad del agua.
Líbrame Alá de la ira de mis enemigos,
aunque muera como una brizna de hierba bajo las
/patas de los caballos.


De El libro de los encuentros (Lima,1988).

“25 AÑOS en la vida de un hombre
son dos vidas en uno de 50”, decía mi padre.
Aún lo recuerdo.
Tendría nueve o diez años, edad en que las horas
transcurren con vaga lentitud y cada noche
es un fugaz oscurecer donde habitan los sueños.
(A veces la memoria conserva antiguos sueños
que arden como antorchas ofreciendo su lumbre,
a veces la memoria reclama nuestras manos
que hunde en el estanque buscando su huella).

Yo encontré sólo la palabra, lo demás me fue negado.
Fui torpe y tardé mucho en comprender que Jauja
/es superior a la utopía,
que un gran amor jamás es imposible, que la infancia
nos expulsa con orgullo y luego nos retiene.
¿Qué destino reserva la palabra a aquéllos cuya vida elige?
Difícil responder.
En soledad el niño se masturba y tiene miedo,
comprende que miedo y placer van juntos y son inseparables;
en soledad descubre la belleza y tiene miedo,
comprende que miedo y belleza van juntos y son inseparables.
Queda entonces la palabra,
hondo agujero donde el humo delata su presencia, su alto
/fuego que nos toca sin quemarnos;
humo es el signo que precede a los encuentros, vaga
/ceniza cuyo fruto es el poema
porque sueño y poema caminan siempre juntos.
Y son inseparables.


Biografía de una noche cualquiera

Reviens-moi fantôme de mes nuits,
revois-moi que je me trouve.
Cesar Moro

ATRAVESAR UN pasadizo a oscuras,
palpar la tibia humedad de sus paredes, su babosa suavidad
/de recto laberinto.
Hacia el fondo una luz.  Gritas
pero nadie escucha tu grito. Tiemblas,
pero nadie siente tu temblor. Tienes miedo.
Tú, que nunca lo tuviste, ahora tienes miedo.
Has tropezado a ciegas con obstáculos, has encendido
/inútiles antorchas,
has maldecido y orado y vuelto a maldecir.
Tus dedos se aferran al hilo conductor. Ese hilo
es una larga vena en la que corre tu sangre;
estás atado al punto de partida,
pero algo más fuerte te impide volver.

(“¡Ariadna!, tú que ideaste este ardid, dime ahora cómo
/salgo de este laberinto, dime
cómo he de palpar estas paredes sin rasgarme las manos,
cómo es que hay un afuera que me atrae como al suicida
/el vacío.
Ariadna, tú que alimentaste amargamente mis deseos, tú
que me creaste para concebir contigo, dime
qué horrenda verdad se oculta bajo esa ciega luz, qué palabras
moverán las columnas de este palacio derruido, qué voz
arrullará mi sueño cuando retorne al sueño.
No dejes, Ariadna, que se corte el hilo que me ata a tu
/vientre, no permitas
que el negro dolor se apodere de mi cuerpo y me destruya”).

Ya es de noche.
El viento mueve con furia las copas de los árboles, escuchas
/sonidos inútiles y un breve jadeo indica que todo está bien.
No tienes de qué preocuparte.


PÁGINAS ANTIGUAS  se han grabado con hierro en la memoria
y poco es en verdad lo que nos queda.
La inteligencia naufraga en las olas de un mar deshabitado,
alfabeto de brumas que nadie reconoce,
vano espejo que a fuerza de mirar ya no refleja nada.
Sólo el sueño anuncia en la noche los presagios,
nos sumerge sin piedad al fondo de las aguas
y nos muestra el futuro a través de los cristales.
(Arden sin cesar las viejas ruinas, se desploman catedrales,
se derrumban sólidos palacios).
El sueño, ahora lo sé, es real porque mantiene la memoria
de un dolor antiguo.
El sueño, ahora lo sé, es real porque mantiene la máscara
que oculta y deforma nuestros rostros.

Cuando nos fue dada la sabiduría ya era tarde
y la tratamos como a un zapato viejo, la insultamos
con dureza y la cubrimos de rabia y de desprecio.
Así tu hermosa vida destinada al canto y a la meditación
se vio arruinada por la falsa realidad que cubren los preceptos.
Inútil mendigar desnudo en los patios de una iglesia,
inútil aguzar el oído y escuchar el canto silencioso de las aves.
Poco es en verdad lo que nos queda
y hemos renunciado a la vana pretensión de conocerlo todo.


De Rituales del conocimiento y el sueño (Madrid, 1987).

Habla Tiresias

FUE UN caluroso mediodía que sorprendí a Minerva
desnuda en el baño.
Contemplé extasiado su radiante belleza, su altiva
majestad emergiendo del agua.
Ella se acercó lentamente hacia mí
y posando en mis ojos sus dedos los cerró para siempre.
Ignoraba Minerva el daño que me hacía
pero a cambio puedo ver en las tinieblas
el fuego que devora el corazón del hombre.
Soy Tiresias, a quien llaman Adivino,
aquel que golpeara una noche a la Serpiente
para luego convertirse en mujer. Soy Tiresias
el vidente, a quien llaman Hijo de la Noche.
Dicen que mi mayor virtud es la prudencia.
No lo niego.
La noche me enseñó a revelar lo necesario
y callar el destino que angustia y atormenta al hombre.
¡Cuántas veces he soportado en silencio sus preguntas!
Me han llamado perverso entre perversos
me han acusado de engañar inocentes criaturas,
me han amenazado con la inútil torpeza de los puños.
Claro, mi vejez es venerable y además
¿quién se atrevería a agredir a un pobre ciego?
Una brillante espada de bronce es mi ceguera,
ella me defiende.
La clavo con fijeza donde advierto sus ojos
y ensayo una mirada compasiva, una mueca
que debe ser monstruosa como la verdad que oculto.
A veces me impaciento y caigo en la tentación de
revelarles todo lo que sé,
pero al punto me detengo.
Bastante doloroso es el destino del hombre.
Juro que nadie arrancará de mí una sola palabra.


Nocturno

ENTRE ESCOMBROS olvidados en una hora sin fecha,
entre lámparas azules picoteadas por los pájaros,
entre templos derruidos por el polvo y por la sangre
has esperado la noche
y nada te ha sido revelado.
Has tropezado en sueños con la Esfinge,
con serpientes copulando sobre ramas de olivo,
con los ojos que un día te arrancaste para ver y nada viste
sólo la violencia del agua devastando la roca,
sólo nubes que el viento deshace con su garra silente.
Has olvidado los nombres,
las horas que transcurren entre alba y crepúsculo,
el hondo silencio que adormece los astros.
Has esperado la noche como se espera un sueño,
con la certeza del ave cuando se acerca la muerte,
como el árbol renuncia a sus hojas cuando adviene el otoño.
Has esperado con impaciencia la noche,
has sido al fin la noche.
Pero nada te ha sido revelado.


De Recuerda, cuerpo (Madrid, 1991).

El amor y el mar

A Jannine.

Un silencio antiguo, sin tiempo,
    entre las ondas.
Vicente Aleixandre

1

DEBO APROXIMARME a una puerta silenciosa
y abrirla cuidadosamente.
Cuán inútil la experiencia, los años revueltos como
/plumas desgajadas de un ave,
las sucias escamas que ocultan la delicada piel.
No plumas ni escamas.
No piel.
Sólo ojos brillando en medio de la noche
y un cuerpo núbil sobre la alfombra roja.
(¿Qué hace un cuerpo núbil sobre la alfombra roja?)
El viento esparce las cenizas del amor.
Dibuja apagadas estrellas, agujeros astillados,
largas salmodias donde un nombre obstruye para
/siempre la salida.


2

Contemplar el mar es contemplar un larguísimo reproche,
humedecer los ojos con palabras que el tiempo no destruya
y disponerse a soportar el peso amargo de los años.
Escuchar el mar es escuchar un antiquísimo lenguaje.
Su espuma es el vértigo,
la vana transparencia que enloquece de amor a los amantes.
Me has dado ojos para ver la transparencia
porque el mar es también una larguísima caricia.
Lo supe en prolongadas tardes de silencio y desarraigo,
tardes en que amor y soledad no eran sólo dos palabras
sino un vasto paraje que sólo admitía tu presencia.

Para llegar a ti he tropezado muchas veces.
Noches enteras contando uno a uno tus cabellos,
besando con unción la punta de tus pies, imaginando
tu rostro en el rostro de todas las mujeres, tu voz
en cientos de bocas y labios inútiles.
Es tu voz la voz del mar, la voz que me llama desde dentro
con sus abismos y profundidades
con sus peces y sus olas y sus islas desiertas.
Es tu cuerpo
el que me llama y me resarce del error.

Para llegar a ti he tropezado muchas veces.
Noches enteras pronunciando un nombre, y era el tuyo.
Noches enteras acariciando un cuerpo, y era el tuyo.
Años desgajando con paciencia las plumas de un ave
para caminar sin rumbo hacia una puerta
sin saber que tú eras esa puerta.
El antiguo silencio que aún me habla entre las ondas.


Lamento del bardo

—No os puedo decir mi nombre,
respondió Gauvain, pues lo he perdido
y no sé quién me lo ha robado.
“L'atre pérelleux”

1

LOS VIEJOS héroes arrojan venablos a la luna.
Un resplandor muy frío los protege,
un estertor de pétalos sangrantes sobre una piel pálida
/y sin nombre.

El sol ha muerto.
Su cadáver es una larga blasfemia donde arde la sangre,
la gloria de un infierno luminoso y vacío.

Aún conservo el olor de la ceniza.
Las mujeres untaban sus muslos con grasa de carnero,
encendían sus labios con rojo bermellón y enloquecidas
danzaban al son de los timbales.

La noche era alta y ligera como el vuelo de un pájaro.
Recuerdo el tam-tam de los tambores, el humo espeso
/de los sacrificios,
el signo irrevocable que anunciaba la noche.

(Héroes que la palabra ha creado, héroes
que habitan el albo margen de una página;
yo los contemplo y escupo,
yo los desprecio como a una catástrofe abortada,
yo olvido para siempre sus nombres y vierto arena
/sobre su fértil memoria).


2

Muerto el gerifalte portaba un cuervo en los puños.
Era un cuervo
o una blanca lechuza cuyos ojos alumbraban la débil tiniebla.
Yo era un cazador, el último de una estirpe de valientes,
y me atreví a preguntarle por su nombre.
No supo responder, pero asiéndome del brazo me rogó que lo
escuchara.


— “Una y otra vez he muerto en el corazón de los hombres.
Sólo aguardaba la señal convenida, el pronto anublamiento
/del orbe
y venían hacia mí como al albañal las ratas.
Fui Aquiles, quien mató a diez mil troyanos y lloró de piedad ante el viejo Príamo. Fui Odiseo escuchando su historia en el palacio de Alcínoo. Fui Simbad y una moneda arde aún en la palma de mi mano. Fui Sigfrido en la sangre del dragón y mi nombre es venerado por aquellos que incendiaron Roma. Fui Rodrigo, quien mesó las barbas de Ordóñez y partió el cráneo de Búcar, rey de los infieles. Fui Roldán y en mis oídos resuena el llamado de Olifante. Fui Marko Kralievitch, quien murió en las torvas manos de un mendigo.
Fui el mendigo que cantara a Marko la balada de su muerte...

Sólo aguardaba la señal convenida, el pronto anublamiento
/del orbe
y me perdía entre seres que nada eran sino mi propio destino,
mi hueca alma clamando a las voces que no tardarían en llegar.
Hoy esas voces me destruyen y anulan.
Debo huir, aún preservo un hálito de vida.
No quiero que sobre mí vuelen los pájaros salvajes”.


De Derrota del otoño.

La lluvia

VENGO DE una ciudad donde jamás llueve,
donde el cielo es (como dicen) color-panza-de-burro
y el mar una invisible telaraña que enreda y confunde
/el horizonte.
Esta tarde llueve en New Brunswick
y me he asomado a la ventana para contemplar otras lluvias.
Aquélla en Madrid, por ejemplo, donde el agua nos llegó
/hasta las rodillas
y seguimos caminando plaf plaf como si nada,
o aquella que nos sorprendió en Tumbes
con sus balsas y caimanes navegando un bosque de palmeras.
¿Qué decir del chaparrón que echó a perder la sepultura
/de Dante?
Pero ésa es una lluvia literaria.
Como decir que duró cuarenta días
o que llora suavemente en mi corazón, que no es verdad.

Es otra la lluvia que recuerdo.
Fue hace muchos años,
el agua salpicaba la tierra y formaba un barro azul y misterioso.
Era el silencio que me enseñaba sus metáforas,
su laborioso lenguaje deshaciéndose una vez más sobre las piedras.


Treinta y cinco

PODRÍA EMPEZAR escribiendo
“En medio del camino de mi vida”
pero tantas veces cumplí los treinta y cinco
que ahora debo trazar algunas líneas, borronear otras
y decir tal vez
lo que no puedo decir o nunca supe
o hubiera dicho igual de cualquier modo.

No elegí el camino de la purificación
ni el recuento de magníficos desastres.
Elegí las palabras porque no pude elegir el silencio,
porque en las noches me visitan, implacables y hermosas,
para cerrar viejos círculos,
incendiar selvas, desordenar constelaciones.
Vuelven
en estrellas giratorias que se hunden en el mar
y yo les hago adiós con un pañuelo:
      —Cuadernos, Crónicas, Archivos,
Sermones, Rituales, Libros, Canciones, Recuerda
Cuerpo en los ojos que te miraban
y nada supiste hacer sino callar
y escribir para nadie estas palabras.


Derrota del otoño

AQUÍ NO es bienvenido el otoño.
                                                         Nadie lo espera
a la orilla de ningún río melancólico
que esconda en su cauce los secretos del mundo.
El otoño reina en otras latitudes
Allá lejos, donde los ciclos se cumplen, allá lejos
donde envejecen y renuevan las metáforas.

(El sol se hunde en un verdoso charco
donde flota, solitaria, una hoja de laurel).

Pero esta tarde no ha llovido. Las hojas
se aferran a sus ramas,
heroicamente luchan contra el viento
y en la noche celebran la derrota del otoño.

No saben que las hojas que caen son las escritas
y el árbol un seco y  callado poema sin estrías.


Razones para escribir poesía

ENTONCES VI a mis padres. Lo recuerdo claramente. Ella nos miraba jugar detrás de la ventana. Él veía un programa de televisión que alternaba con la lectura del periódico. No estaban muertos. Eran, eso sí, muy jóvenes (más de lo que yo soy ahora) y hacía un calor inquietante y húmedo como corresponde a los veranos del trópico. Una vez la vi bañarse a través del ojo de la cerradura. Oh cómo recuerdo sus pechos temblando lentamente bajo el agua fría, el tenue aletear de los murciélagos, el angustioso croar de los sapos y las ranas. De pronto, el golpe seco y definitivo de mi padre. En verdad no recuerdo si me dio o no un golpe. Sólo sé que poseí por un instante la belleza. Y que en ese instante la perdí para siempre.


De la perdición por la poesía

TANTAS VECES me he llenado la mano de ti, y tú
fuiste como sueños poblándose, fantasmas
danzando frenéticos y ebrios en la página
hasta hacerme reír,
hasta hacerme reír,
porque nunca pude llorar en tu figura.
Porque además de un sueño
fuiste también una figura: tus ojos
para siempre borrándome, tu lengua
fugaz como ramalazo de lo eterno, tu voz
tan débil tan débil golpeando esta página
hasta rasgarla.
Hasta salir de mí.

Ah, si tan sólo escuchara tu voz.

Pero nunca me dirigiste la palabra
y lo que hubiera sido un gran amor
fue sólo un beso furtivo, un abrazo en penumbra,
un silencioso dolor del cual nunca fui culpable.

No te he perdido porque nunca te tuve.
Detrás de cada palabra te oigo sollozar.


El color de los atardeceres

ATARDECER NARANJA
                                    con sus nubes raídas
y su sol que alumbra todas las palabras.
Una gasolinera exhibe un dinosaurio
(aquí hubo dinosaurios)
y una pradera inacabable.

¿Dónde aprendí todo eso?

Descartemos las nubes, son siempre
las mismas. Descartemos el sol,
presa fácil de todas las metáforas.
Nos queda la naranja.

Algunos dicen que vino de la India
donde era alimento de los dioses.
Otros, que vino de Persia o de Arabia
igual que el nombre y su color.

Virgilio la llamó “aurea mala”
y la dejó caer en una égloga.
Colón la tuvo entre sus dedos. Por ella
descubrió que el mundo era redondo
y que viajando hacia el Poniente
llegaría (como el sol) hacia el Levante.

Ahora estamos solos. Yo y la naranja.

Cuesta siglos decir atardecer naranja.


Una lenta y vaga música

EL SILENCIO
         invita al silencio.
A la contemplación de las montañas
que no son sino montañas,
                   a los ríos
que serpean azules como cualquier río.

Nunca pude con el silencio. Nunca
aprendí a escucharlo:
          tras su blanca
pared escucho siempre una música.

Una lenta y vaga música
que luego se va sin decir nada.


La trampa

unidad anterior a toda cosa.
SINESIO DE CIRENE

TU ESPALDA para apoyarla con la mía
y no volver atrás para buscarte.
  Ser lo que fuiste
si alguna vez lo fuimos. Ser tu adelante, pisar
donde tú pisas, respirar tu aire.

Acunar cada vocal bajo la lengua, cada sílaba
de carne que la oscuridad nos tiende
como una trampa
que sabe aguardar lo que le está destinado.


Esse comboio de corda

DE NIÑO
tuve un viejo tren de cuerda. En él

viajaba a todas partes, pero no era
yo quien viajaba sino el otro.
                   
–Tú serás el maquinista, me decía

y yo tu invitado. Cuando falten
las palabras vendré a jugar contigo,
pero siempre estarás solo. Algún día

entenderás lo que quiero decirte.


De Escrito en Missoula (2000-2002).

El pueblo del poeta

DIECIOCHO HORAS trepando la montaña.
No sueñes con asfalto no sueñes
con la engañosa claridad.
        Allá arriba
no hay  hostales con agua caliente
ni almohada donde reposar la cabeza.
Dieciocho
horas bajo el sol y el frío de los Andes
traqueteando entre las piedras, cayendo
hacia arriba, gateando
    entre aúnes todavías
tiritando
de calor hermana envidia
vomitando agua a golpe de sed.
        Hay
golpes en la vida tan fuertes, me repito.
Pero aún no llegamos.


El bosque del poeta

FUE EL primer verano del milenio.
Los pájaros estrenaban sus canciones
y el bosque como siempre era el mismo:
verde y amable
con lagunas flanqueadas por los juncos
e insectos zumbones (y amables también.)

Clara se detuvo a contemplar una oruga.
La recogió con una ramita de pino
y la dejó amorosamente sobre el pasto.

Dos senderos divergen en el bosque.
No sé cuál de ellos tomar.
Interrogo en silencio los árboles
los pájaros salvajes
         la oruga
entre los dedos de Clara
y pienso que mañana será otro día.
Que nunca sabré cuál de ellos elegí.


Alces

LLAMÉMOSLO CON su nombre algonquino:
“el que corta parejo.”
              O si quieres:
“el sagaz, el respetuoso.” Ni una ramita
encima de la otra. Ni una flor
sobresaliendo en la pradera.

Alguien (acaso un cazador)
dijo que era feo.
Que su nariz y su cuernos eran grandes,
que era estúpido y le faltaba gracia.

Cuando esto escucha
el alce se alza de hombros
y mastica en silencio los nenúfares.
La corteza de los árboles.


Nemissoolatakoo

Para Hannah Vanderlan.

EN ESTA tierra el cielo es rojo
y desolado por las tardes,
negro y plata por las noches.
Perforado de estrellas.
  
Hay quienes odian las estrellas.
Parecen espuma, dicen.
Espuma de río cuando baja
y brillan ardientes los cadáveres.

Un puñado de franceses
vio nuestras huellas en el barro.
        La sangre
del zorro incendiando el pico del águila.
Eran comerciantes, no guerreros.
Por eso invocaron a sus dioses
y llamaron a esta tierra “Porte d’Enfer.”

Los nombres hay que merecerlos.

En Nemissoolatakoo el cielo es rojo
y desolado por las tardes,
negro y plata por las noches.
Perforado de estrellas.


Las palabras que recorrí con mi padre

NO FUERON muchas. Sólo suficientes
para evitar que se trabara la lengua
y descubrir que la tenía amarrada al alma.
Porque siempre la tuve amarrada al alma
(y el alma está fuera de moda.)

Hubo una época en que no eran necesarias.
De ella conservo dos fotografías.
Una, en blanco y negro, en el centro de Lima.
Mi madre embarazada de mi hermano,
y yo en brazos de mi padre.
  La otra
también en blanco y negro
sobre un caballo, sonriéndole al fotógrafo.
Las riendas las tiene mi padre (con qué orgullo
camina mi padre)
y el polvo inútil y un cerco indiferente.


Cae la nieve en Missoula

CAE LA nieve en Missoula.
Los copos se amontonan en el suelo
minuciosamente borran
las huellas que dejaron los hombres.

Nadie hay en las calles.
   Los árboles
olvidan dar su sombra y los recuerdos
se suceden como si mi padre viviera.

(En Ticlio vi nieve por primera vez.
Fue camino a Jauja.
Mi padre detuvo de pronto el automóvil
y dejó que ese silencio tan blanco
y majestuoso nos hablara.)

Ahora escucho ese silencio.

Las palabras están allí debajo.
Sólo esperan que la nieve se derrita.


Pérdidas

Para Gary J. Racz.

HE PERDIDO un perro pastor
(que nunca tuve.)

He perdido la fe con que cantaba. 
He perdido a Dios. Como el árbol
he perdido también algunas hojas
(no sé dónde se habrán ido.)

En sólo una mañana
he perdido el sol
y la luz y las colinas de su reino.

He perdido un lapicero.

(Yo nunca escribo a mano.
Lo sabe el perro. Lo sabe Dios.
Lo saben las hojas y el sol.
lo saben también la luz y las colinas.) 

He perdido la mañana
por escribir este poema.


El autor:

Eduardo Chirinos (Lima, Perú, 1960) Es autor de los libros de poesía: Cuadernos de Horacio Morell, Lima, 1981; Crónicas de un ocioso, Lima, 1983; Archivo de huellas digitales,Lima, 1985; Rituales del conocimiento y del sueño, Madrid, 1987; El libro de los encuentros, Lima, 1988; Recuerda, cuerpo... (Madrid, 1991); El equilibrista de Bayard Street, Lima, 1998; Naufragio de los días —antología poética 1978-1998—, Sevilla, 1999; Abecedario del agua, Valencia, 2000; Breve historia de la música, Premio casa de América de Poesía, Madrid, 2001; Escrito en Missoula, Valencia, 2003 y Derrota del otoño, Antología personal, Guadalajara, 2003.

Como crítico literario ha publicado El techo de la ballena (1991) y bajo el sello del FCE, La morada del silencio, 1998. También ha editado dos volúmenes de poesía  peruana: Loco amor, 1991, e Infame turba, 1992-1997; la antología Elogio del refrenamiento de José Watanabe (Sevilla, 2003), y dos libros misceláneos donde conviven la prosa crítica con la crónica y el verso: Epístola a los transeúntes, Lima, 2001 y El fingidor, Lima, 2003. Actualmente reside en Missoula, Estados Unidos, donde se desempeña como profesor de Literatura Hispanoamericana y española en la Universidad de Montana
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©   Eduardo Chirinos

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen IX – Número 34
Julio-Agosto-Septiembre de 2008

SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290

PROGRAMA DE HUMANIDADES Y LENGUA CASTELLANA
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

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