La casa deshabitada
Vivian Astrid De Villeros
Masticando el miedo que luego se empoza en el alma, regresé a la casa, después de la nochebuena de 1963. Sentí la urgencia de hacerlo para desabrocharme de los entresijos que de un momento a otro se hacen evidentes en el silencio de las cosas amañadas, de los supuestos acordados y de las lecturas cómplices de atardeceres y del tiempo ávido de olvidos que tardan en partir. Volví a ella, para corroborar, una vez más, lo que desde hacía mucho tiempo la gente se empecinaba en murmurar en todo el pueblo: que ellos continuaban viviendo en las veredas, en los pueblos y casas que habían esquilmado a los dueños reales, quienes tuvieron que salir despavoridos sin mirar atrás. Es cierto, la casa estaba deshabitada desde la madrugada de aquel día aciago, en el que todos, sin excepción, tuvimos que salir con la poca ropa que llevábamos puesta porque no hubo tiempo para recoger las pocas cosas de valor que habíamos acumulado con el trabajo de jornalero en las haciendas del antiguo patrón. Tampoco hubo tiempo para avisarte ni, mucho menos, para despedirnos de los vecinos más cercanos que se hallaban en la finca contigua a la nuestra, distante unas tres leguas bien contadas. Caminábamos de prisa, y las piedras y matorrales iban creciéndose en aquella noche abrumada, intempestiva, llena de quejumbres por la partida inminente, cuando más amañados estábamos en la tierra que nos vio nacer y crecer y que entonces, por la llegada de ellos, era necesario dejar, sin más allá ni más acá, para poder salvar lo poco que nos quedaba: La vida vuelta trizas, aletargada por la niebla de los días y por el miedo que corroía el alma.
Decidí regresar porque, la vocación a la tierra puede ser más fuerte que la razón. Mamá aún no lo sabe porque no quiero preocuparla. Ya sabes cómo es ella de nerviosa. Además, desde que tuvimos que huir no hemos tenido una Nochebuena en paz. Mamá dice que ellos aprovechan estas fechas para seguir haciendo de las suyas y, ante todo, para aprovecharse de las tierritas y del ganado que son cosas preciosas, por lo escasas que son. De las mujeres, ni hablar. A lo largo de las festividades de fin de año, se esconden o se van para otras haciendas más lejanas, pues no quieren seguir siendo un trofeo para ellos. En la última nochebuena que pasamos allá, Eloísa, la hija del mayordomo, fue ultrajada en presencia de sus padres y hermanos, so pena de quemar las dos fincas y enseres que poseían. Después de eso, el viejo Sebastián se dedicó a beber todos los días, pues no pudo superar el hecho de presenciar las canalladas que los muy desgraciados cometieron con su hija. A los tres meses de aquella nochebuena, un nuevo dolor nos partió en dos: el viejo se lanzó aguas abajo del río. Su cadáver nunca fue hallado
Por eso, no debes extrañarte cuando te digo que el dolor es una estancia conocida en donde hemos habitado por periodos largos o cortos, por horas que parecen años y por días que se suceden sin los atafagos ni requerimientos de la usanza actual. A veces, el dolor sigue ahí, debajo de la piel, se va secando lentamente y deja costras donde se enconan las tristezas del alma y del cuerpo. Difícilmente, llegamos a sanar del todo porque cuando menos lo crees, de repente, surge una herida nueva o la que ya tienes empieza a supurar hasta recordarte que, para este tipo de dolor, no hay medicina que valga. Sin embargo, ahora que lo pienso, la casa sigue teniendo la propiedad de brindar la compañía y el solaz para amortiguar la amañada soledad, para seguir anotando en el fasto los momentos especiales por donde se van encaminando los pasos y el lento trasegar. Me la pasé recorriéndola como el arriero de camino que tú mencionabas cuando de poesía hablábamos. Eran noches en las que nos sorprendía el alba dándole vuelta al verso que entrecorta la respiración y nos reconcilia con la vida: instancias reguladoras de paisajes y de amores furtivos, momentos en los que de las habitaciones adormitadas emergen las querencias arraigadas y vueltas a desarraigar, gritos y murmullos que se amontonan en la piel, conversaciones quedas después del amor irreverente de aquellos días.
Caminé despacio, como queriéndoles arrancar a las paredes los quejidos enceguecedores de las voces que nos acompañan. Caminé junto a ti y como tú, también, sembré silencios; escuché y bailé cumbias afligidas que me llevaron a los poblados desiertos, a los despojos siniestros de un mapa que no acabamos de entender: el de nuestra geografía desigual, el de nuestra historia maltrecha en una tierra labrada con la indolencia y las voces de los que ya no retornan, de los que esculcan las raíces y huelen el polvo del olvido, como don Sebastián, que llegó a pensar que ellos sólo venían por las tierras de valor y que las otras, las que todavía están sin desmontar, no les interesaban. O que —vaya paradoja— eran gente de bien y que de un momento a otro se irían, buscando otros destinos, otros poblados quizás.
¡Qué equivocados estaban él y todos nosotros! Ellos siguen tan campantes en todos los rincones del pueblo, tomando lo que, según ellos, les pertenece: todo, absolutamente todo. Tal vez por ello, quise llegar después de la nochebuena y no antes ni después. Escogí la fecha, porque todo está silente, porque todos —inclusive ellos— duermen. Esto responde a tu pregunta y a tu eterna desconfianza. Quise tener en mi haber el factor sorpresa, el mismo que ellos emplean cuando de violentar se trata.
La casa me remite al montón de piedras y escombros que río abajo taponan el cauce; y a las canciones de cuna que se entremezclan con las cumbias afligidas, cuando los recuerdos que deseamos olvidar se empecinan en acompañarnos por unos días, por unas horas…y como hicimos con la sangre que bajó por las laderas y borró los recuerdos de la última nochebuena, hacemos el intento para limpiarlos, para asirnos a la memoria impoluta que nos haga parecer y, sobre todo, creer que somos un poco diferentes en medio de los desmanes y vejámenes que nos hablan de los muertos recientes de otros parajes, de los susurros provenientes de cuesta arriba; los que se derrumban ante la mirada perdida de la sinrazón, de las curtiembres y cicatrices sinuosas que se asoman como el más retorcido de los caminos, y de la inocultable desmemoria que nos acontece, de las muchas casas que seguimos habitando en medio de árboles vetustos, despoblados, que siguen haciéndoles genuflexión a las maneras aprendidas en la agonía que nos acompañan, en la noche sin par ni estrellas que hemos escogido para borrar los escasos días de complicidad.
________________________________________
© Vivian Astrid De Villeros
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen IX – Número 34
Julio-Agosto-Septiembre de 2008
SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290
PROGRAMA DE HUMANIDADES Y LENGUA CASTELLANA
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
El URL de este documento es:
http://casadeasterion.homestead.com/v9n34deshab.html