Conjurando esta guerra prolongada y otras guerras
Epicárides Gutiérrez
Con mis tres hijas caminando, por delante,
voy exorcizando los perros rabiosos de la guerra.
Andando lentamente, por el parque,
voy exorcizando los conjuros de gentes mojigatas,
con mis tres hijas, caminando por el parque.
Y soy roca dura.
Y soy muralla.
Y atalaya inexpugnable.
Y por más que ladren contra mí,
no podrán los rabiosos perros de la guerra.
Y el que me tilde de perro, que lance el primer ladrido.
Y desde mi garita miro, reconozco y ubico al enemigo.
Y miro y veo en lontananza sus fortificaciones deleznables
construidas de odios, de falsas monedas y mentiras.
Convoco la memoria de todos
los que vilmente han sido acribillados.
Gruño, ladro, muerdo.
En mi pecho se espesa el odio:
rebuzno, programo la palabra
y disparo rabioso y certero el misil de mi poema.
Andando, a paso lento, por el parque,
voy lento, seguro y desafiante,
conjurando el odio, la envidia, el anatema,
el eco rumoroso de otras gentes.
Con ellas tres, solitario, solo,
absolutamente solo, con ellas tres,
voy caminando lentamente por el parque.
Con ellas tres, solitario, solo,
absolutamente solo, con ellas tres,
voy caminando,
lentamente, por el parque.
Palabras… palabras
La palabra lacerada.
La palabra amordazada.
La palabra ametrallada.
Que esta no sea
la palabra última,
mas tampoco la primera.
Que la palabra sea cáustica:
que triture las cadenas,
que encienda las esferas
e inunde los espíritus,
que lleve la esperanza.
Que la palabra sea eso:
la palabra y solo la palabra,
y que a la palabra última
sigan enésimas palabras.
Nosotros, poetas vacíos
Nosotros, poetas vacíos,
vaciaos;
y los carros blindados
de la Transportadora de Valores S. A.
coqueteándonos.
Nosotros, poetas vacíos,
vaciaos,
exultando valores revaluados,
caducos —como nosotros—.
Y entonces
le caeremos encima a los valores
de la Transportadora de Valores S. A.
Frente a estos montes
Heme aquí, frente a estos montes,
tratando de arrancarle colores a la tarde
y a la noche que viene en la esperanza.
Los vientos del Caribe huracanan el paisaje.
Si esos árboles mustios
fueran indios enardecidos
para iniciar la batalla de esta patria profanada
por un minúsculo grupo de vencejos,
que hablan de instituciones desuetas,
ñoñas, hueras, putrefactas,
que suenan a hojas secas
engullidas por caribeños vientos.
Cuando yo muera
Cuando yo muera,
llevadme junto al mar
y sea mi sudario la tarde boreal.
Del cura y el agiotista no os dejeis embaucar.
Y sea mi mortaja la alta o bajamar.
Ni misas… ni responsos
ni esotras idioteces de pecuniarias sandeces.
¿Por qué al cementerio me habríais de llevar?
En vez de cuatro cirios,
ponedme al cuello una pesada piedra
y junto a pescadores llevadme a descansar.
Mi último lecho, per favore,
sea el mullido oleaje del fondo del mar.