Gracias a la “desobediencia feliz” de Max Brod, al desoír la última voluntad de su amigo Franz Kafka, —la incineración de sus textos inéditos—, las generaciones posteriores pudieron conocer una obra que, desapercibida en sus inicios, con el cambio de las circunstancias históricas (que podrían condensarse en la palabra Auschwitz), habría de convertirse en una de las más singulares del siglo XX. Al cumplirse 120 años de su nacimiento en Praga, en el seno de una familia judía de habla alemana, y 84 de su muerte, tras intensas temporadas en sanatorios de tuberculosis donde, perdida la voz, le tocó comunicarse mediante papelitos, bien vale la pena preguntarse por el legado de este autor a la literatura universal.

En primer lugar habría que considerar su actitud: la defensa insobornable de la vocación. En el siglo XX, Kafka constituye el ejemplo máximo de lealtad a la literatura, de entrega incondicional, lindante incluso con la inmolación, hasta el extremo de afirmar: “Odio todo lo que no sea literatura, incluso las conversaciones sobre literatura”. Kafka encarna el sacrificio total de una vida en el altar ígneo de la palabra: no vivir para contarla, sino consagrarse única y exclusivamente a la escritura, al borroneo, en la alta noche de los jeroglíficos, señales y garabatos del habitante en la patria de la página, sin ninguna esperanza de retribución, consciente de que el salario del escritor corresponde al “de servicios prestados al demonio”. Nunca se preocupó Kafka por la vida literaria: sólo le interesaba escribir. Su obra toda es una meditación lúcida sobre los problemas del arte y del artista en sus relaciones con la hostil sociedad. No obstante, después de haber sacrificado su vida a la aventura verbal y tras corregir los manuscritos, la noche previa a su muerte, le ordena por escrito a Max Brod: “Todo cuanto pueda encontrase en lo que dejo tras de mí […] debe ser quemado sin restricción y sin ser leído, como también todos los escritos o notas mías que poseas: los que posean otros, se los reclamarás. Si hay cartas que no te quieran devolver, será preciso que se procure por lo menos quemarlas.”

En segundo lugar, nos lega Kafka una manera de contar fecunda que aplica técnicas naturalistas a historias fantásticas, creando un clima poético del que derivarán después el realismo mágico europeo y su vasta descendencia americana Con Kafka nace un tipo de cuento que apropiándose de los cánones clásicos de Poe (el efectismo emocional, el suspenso casi policíaco) y de Chejov (la trivialidad profunda, la intrascendencia significativa), los integra en una nueva forma personal que se nutre, a su vez, de las fuentes primigenias del relato —el mito, la fábula, el apólogo, la parábola, la alegoría, la leyenda, la sátira menipea—: el cuento simbolista que explora y explota al máximo la densidad semántica del lenguaje. El rasgo dominante en este tipo de relato es su ambigüedad: hecho de imágenes racionales y mágicas, sucesos cotidianos y fantásticos en un lenguaje sobrio, conciso (científico), se convierte en una alegoría con clave oculta, contada en el tono impersonal del acta de notarios, por un narrador distante, impersonal, sin juicios ni afectos, helado testigo de las reflexiones y acciones —ajenas a la causalidad— de personajes anónimos, sin rasgos físicos, apartados de la sicología convencional, ineptos para la vida práctica, dominados por poderes incógnitos, que se mueven en un espacio sin nombre ni gravitación sobre su modo de ser. La fuerza de estos cuentos de atmósfera brota del contraste entre la oscuridad de los sucesos enigmáticos y la transparencia hasta la invisibilidad de las palabras que intensifica para el lector la vivencia angustiosa de una realidad vuelta pesadilla.

Un ejemplo evidente de lo afirmado lo constituye el texto La metamorfosis que actualiza el motivo ancestral del hombre transformado en animal y lo convierte en metáfora de la condición humana, en la sociedad moderna en la que la necesidad compulsiva de producir materialmente obliga al ser humano a excluir de su vida las verdades y los alimentos del espíritu, con la consiguiente degradación que, llevándole la contraria a Darwin, marca el regreso al reptil rastrero con su repugnante y pétrea caparazón, sin perder la lucidez, pero inútil o impotente para cambiar la realidad.

Si para los escritores de alma romántica, la literatura era la proyección de un sueño, para Kafka es la reconstrucción desoladora de una pesadilla que, gracias a la pantalla del lenguaje, se nos vuelve imagen memorable y consoladora por la ilusión de que esa monstruosidad descrita es intemporal y de papel. Recupera así la literatura su función como catarsis personal y social. Según Kafka, “solo deberían leerse libros que a uno lo muerdan y le puncen, que nos despierten con un puñetazo en el cráneo, que hagan en nosotros el efecto de una desgracia, que nos duelan profundamente como la muerte de una persona a quien hubiésemos amado más que a nosotros mismos: un libro tiene que ser el hacha para el mar helado que llevamos dentro.” Tras su descenso hacia los poderes oscuros, la obra constituye un llamado a despertar al hombre a punta de pesadillas, en su ruda ruta de la cuna a la tumba, sin remansos en la rica rumba.

Kafka nos lega, a su vez, una manera dolorosa y desventurada de ver al hombre contemporáneo como un individuo doméstico, débil, insignificante, sometido a tiranías y soledades sucesivas —la familia, la escuela, el trabajo—, no invitado al banquete de la vida, sin permiso de entrada al castillo, eterno extranjero, condenado al fracaso y su culpa, pero tan ávido de consideración social, de piedad, que se humilla hasta conseguirlas. Igualmente negativa y deprimente es su visión del mundo como una maquinaria totalitarista, plena de insondables jerarquías y leyes, reino interminable de la insensatez.

Alguien ha dicho que la prueba máxima de la calidad de un escritor se cumple cuando su apellido se convierte en adjetivo para calificar un modo de percibir la realidad. Hoy se habla de lo kafkiano para designar situaciones absurdas como un laberinto sin salida en las que el hombre está expuesto a la vergüenza, al  ridículo, a la angustia, por la presencia de una autoridad arbitraria y aplastante y un excesivo formalismo protocolario.

Sin el ejemplo y las posibilidades sugestivas de la obra de Kafka, la narrativa del siglo XX hubiera transitado por dominios muy diferentes, en los que serían inconcebibles los textos de Beckett, Benjamín, Blanchot, Borges, Breton, Camus, Canetti, Cortázar, Kundera y Sastre, entre otros. Para el caso colombiano, ya conocemos el influjo del conocimiento de La metamorfosis en la decisión de García Márquez de abandonar los plagios del pueril piedracielismo y convertirse en un narrador mayor, con estilo propio, en cuya obra la hipérbole, que vuelve maravilloso lo cotidiano, se contrapesa mediante estratégicas dosis de humor caribe que anclan lo imaginario en la tierra firme de la realidad. Visible es asimismo la presencia kafkiana en los primeros poemas de Mutis y en los primeros cuentos de Cepeda Samudio, así como en Guillermo Tedio, Andrés Elías Flores y Pedro Badrán, y, sobre todo, en el hablante lírico ideal de los poetas de la kafkiana generación sin nombre, entre los cuales sobresalen J. G. Cobo Borda y Harold Alvarado Tenorio.
________________________________________
©   Ariel Castillo Mier

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen IX – Número 34
Julio-Agosto-Septiembre de 2008

PROGRAMA DE HUMANIDADES Y LENGUA CASTELLANA
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

El URL de este documento es:
http://casadeasterion.homestead.com/v9n34kafka.html
Franz Kafka (1883-1924):
“Odio todo lo que no sea literatura”

Ariel Castillo
Universidad del Atlántico
facasil@metrotel.net.co