La maldición
Luz Marina Velandia
Estudiante de Humanidades y Lengua Castellana
Universidad del Atlántico
Barranquilla - Colombia
Las manos sudadas. Gemía impotente, mientras tiraba cada pedacito de papel roto, lo dejaba ir con el viento. Los vio volar como esperanzas desechas. ¡Cuánto le importaba que nadie supiera todo lo que ese papel viejo hubiese podido confesar! Caminó la avenida oscura, pocos carros recorrían esa calle principal, una llovizna la acompañó desde cuando salió del muelle, con los cabellos sueltos cubriéndole el rostro. Pensó: “Esta noche va a haber tormenta”. Hacía mucho que había dejado de oír el arrullo de las olas, no sabía a dónde iba, caminaba solo como para alejarse del recuerdo.
Era amante de los ritos y las premoniciones. Se había despojado de culpas. Subió las escaleras mientras deshojaba una margarita y como el último pétalo le marcó un designio negativo, arrancó la única hoja verde que aún conservaba. Si no lo hacía, sabía que habiera sido su fin. Empujó la puerta y volvió a caminar en la penumbra, cada paso contado, llegó a su alcoba, le gustaba imaginarse ciega, recorriendo su apartamento a ojos cerrados. Se despojó de la ropa y se dispuso en su cama de tal manera que al despertar se levantara con el pie derecho.
Sintió nuevamente sus manos sudadas y el corazón acelerado. Corría sin rumbo, una hoja de papel era su brújula. La tarde estaba oscura por el vendaval, los trupillos y las palmeras se inclinaban al sur, el papel giraba junto a las hojas secas. El rostro le sudaba, sintió que no podía respirar, cayó tendida en el césped. Estaba desesperada, sentía que sus fuerzas huían, tenía miedo de no poder seguir. Su angustia era tal que al levantarse, pudo seguir corriendo, pero la adrenalina no fue suficiente. Tenía el tobillo lastimado. Levantó el rostro y aquel papel viejo revoloteaba al otro lado del río. Su consciente le decía que no se preocupara, que del otro lado nadie lo descubriría, pero el inconsciente aceleraba su circulación y un temor negro rugía en su interior. Mientras, la impotencia le hacía vibrar la piel y un espumarajo blanco emergía de la boca entreabierta.
Sintió que un vacio se apoderaba de su estómago. Despertó por un golpe que la dejó confundida, ¿Habría caído del lado izquierdo? Era muy difícil saberlo, fuera como fuera que hubiera caído, ahora se encontraba desplomada en el suelo. Se levantó, un sabor amargo le recordó el espumarajo blanco y revisó la cama: nada, todo estaba seco. “Todo fue un sueño.”
Caminó hacia el baño y sin querer se quedó estupefacta frente al espejo. Porque lo había mirado, su superstición era tal que se sentiría mal todo el día. La imagen no se borraría de su memoria: el cabello enredado, suelto, el rostro desencajado, los ojos hinchados y algunas hojas secas de hierba en sus cabellos. ¿Se habría caído realmente? ¿Cuál había sido el sueño? Revisó su tobillo y estaba sano, el cuerpo le dolía y se sentía como quien no había dormido. Le echó la culpa al pie derecho, por no haber caído primero. Prefería cualquier cosa, antes de caer con el pie izquierdo. Esta era la primera vez que realmente no estaba segura de cuál había sido el sueño. Hacía un año se había sentido similar, una noche, cuando acostada en su cama, despierta, no podía abrir los ojos por más que así lo deseara, su cuerpo no respondía y no controlaba los músculos para ejercer algún movimiento. No pudo abrir los ojos aun cuando buscó hacerlo con insistencia. Sin embargo, podía ver y escuchar todo lo que sucedía en la habitación. Como ahora, no supo diferenciar la realidad de la ficción, creía haber vivido algo, pero las señales de su cabello decían lo contrario.
En el baño encontró unos jeans tirados con las botas embarradas. ¿Y si había salido de noche? ¿Qué papel seguía? De pronto, sintió la vibración de su teléfono celular, y llevó la mano bajo la almohada que sostenía su cabeza. Cuando abrió los ojos, el sol ya se había asomado y la claridad se colaba por la ventana hacia ese iris oscuro que despertaba. El papel estaba sostenido con una fruta de metal imantado sobre la puerta del refrigerador y decía: “Esta es tu maldición, ayer también tuviste el mismo sueño.”
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© Luz Marina Velandia
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen IX – Número 34
Julio-Agosto-Septiembre de 2008
SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290
PROGRAMA DE HUMANIDADES Y LENGUA CASTELLANA
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
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