Circula la Antología del Cuento Corto del Caribe Colombiano. Es una publicación de la Universidad de Córdoba que recoge la dinámica creativa de un género practicado en la región pero poco visible. El volumen, que ofrece cien cuentos cortos de igual número de autores, concreta el empeño que el Grupo de Investigación en Literatura del Caribe (GILC) hace desde las aulas de la universidad cordobesa por estudiar y divulgarlo. El empeño no constituye un esfuerzo insular, sino que responde a la propuesta al uso en el país —Valle, Tolima, Nariño, Quindio— de posicionar un género que lleva bien los pantalones largos. Sobra anotar que es una noticia que las letras regionales y del país reciben con las mejores expectativas.
Las cifras de la antología
Una primera cifra. Ningún autor oriundo de San Andrés en la antología. Una ausencia que muchos no extrañarán. Dos autores son oriundos de Guajira, cinco de Cesar, diez de Sucre, once de Bolívar, doce de Magdalena, dieciocho de Atlántico y cuarenta y dos de Córdoba. ¿Algún sesgo promocional? Me apuro a responder. Es el departamento de la región en donde más autores están dedicados a la escritura del género. Hace dos décadas que en Córdoba el minicuento o el cuento corto evidencia un notorio desarrollo. Una mirada a las revistas y a los libros de cuentos publicados sirve como constatación.
Trece de los seleccionados son mujeres. Una participación reducida, dirán unos, pero con calidad demostrada. Ellas son, en orden alfabético, de Atlántico: Olga Lucía Angulo, Claudine Bancelin, Fanny Buitrago, Lya Sierra, Nora Carbonell; de Córdoba: María Coneo Cotuá, Soad Louis, Linda Meneses, Carmen Victoria Muñoz, Analuz Navarro, Carmen Pinto; de La Guajira: Lindantonella Solano, y de Bolívar: Carmen Cecilia Suárez.
Es recurrente la pregunta sobre qué tan mini debe ser un cuento corto. Algunas clasificaciones ponen el límite cerca de las quinientas palabras. Algunos de los textos seleccionados tal vez excedan mi medida del género, pero la calidad al final resuelve estas molestias visuales. Eludo, pues, entrar en reparos. Tres cuartas partes de los textos no superann el límite de una página. El cuento más corto de la muestra consta de nueve palabras: Memorias de un asesino, de Juan Carlos Céspedes: “Me fui en silencio, haciéndoles creer que estaban vivos”. Si le sumamos las palabras del título, el texto no supera las trece. Un dato para coleccionistas: Leonardo Berdella figura en la antología en la página opuesta en la que aparece su padre, Leopoldo Berdella, muerto hace 20 años en Cali, y quien fue en vida uno de los más destacados exponentes del cuento en esta región.
Los seleccionados
Autores consagrados, indiscutibles. Zapata Olivella, Rojas Herazo, Germán Espinosa, Cepeda Samudio, García Márquez, Fanny Buitrago, Sánchez Juliao, Burgos Cantor, Mora Vélez, Berdella, Montes Mathieu, Gossaín, Olaciregui, Garcés integran este primer contingente.
Nombres a los que hay que sumar una lista más amplia: José Luís Díaz Granados, Álvaro Morales, Joce Daniels, Guillermo Henríquez, Andrés Elías, Nelson Castillo, Carmen Victoria Muñoz, Guillermo Tedio, Rómulo Bustos, Pedro Badrán, Carmen Cecilia Suárez, Jaime García Saucedo, Soad Luis, Nora Carbonell, Lya Sierra, Tatis Guerra, Amaury Díaz, Joaquín Mattos, John Junieles, Jaime Cabrera, Naudín Gracián, Rafael Darío Jiménez, Rubén Darío Otálvaro, Ignacio Verbel, Oscar Flórez Támara, Alexis Zapata, Víctor Bravo.
Grato resulta encontrar nuevos nombres, sin duda prometedores: Víctor Menco H., Linda Meneses, Claudine Bancelin, José Manuel Palacio, Orlando Araújo, Luis Alberto Murgas. Una lista de nuevas promesas a las que habría que agregar a los magdalenenses Adolfo Ariza, Mauricio Arrieta y Jorge Mario Sarmiento, que evidencian oficio.
Ausencias
Las antologías valen también por las ausencias, las críticas y las preguntas que suscitan. Un conocedor de la narrativa corta en esta parte del país echará de menos la ausencia de alguno de los hermanos Mercados: Jairo y José Ramón. A la lista de ausencia podrían sumarse Efraím Medina Reyes, Raymundo Gomez-cáseres, Martiniano Acosta, Eduardo Márceles y el profesor José Gabriel Coley. Es sabido: las excepciones, cualquiera que hayan sido las razones de la exclusión, forman otra antología, la que no se publica, la que ronda en la cabeza de críticos y lectores enterados. Aunque no nacido en la región, uno estaría dispuesto a pedir que en la muestra figurara Henry Stein, un valluno que tiene casi tres décadas de vivir y escribir entre nosotros. Me pregunto si Ramón Illán Bacca no tiene un cuento suficientemente corto como para estar en la antología. Yo, confieso, habría hecho trampa con tal de tenerlo en la nómina.
Coletilla
Como lector recibo bien los nombres antologados. En esa medida me atrevo a indicar que constituye una valiosa muestra del cuento corto en la región. Testimonia un quehacer. Denuncia el vigor de un género poco visible y pone en circulación nuevos nombres. Ofrece —aparte de auténticas joyas, asociadas a los autores de más autoridad, de las generaciones más antiguas—, una evolución de temáticas, espacios y tratamientos que son un indicio de una reconfiguración del mapa literario del Caribe. Afloran las piezas raras, de materia híbrida, depositarias de una fuerte carga de misterio irrevelable. Algunos textos merecen nuestro respeto reverente. Hay otros que reclaman de nosotros la complicidad y la risa a pleno pulmón y con toda la boca abierta.
Son distinguibles las afinidades y diferencias generacionales. Los estudiosos encontrarán en la muestra un amplio conjunto de visiones estéticas. Estéticas de la crueldad, la ironía, el humor abierto, la superstición telúrica, el erotismo y el deseo, el desengaño afectivo, la ternura, el juego inter-textual, el escepticismo, el resentimiento, el misterio, la metafísica del abismo y el cielo con los respectivos expedientes técnicos y registros estilísticos. La amplitud de la selección informa, más allá de las normales diferencias de nivel, de una literatura robusta, de buena bitácora, que ha aprendido a tramitar influencias, a discutir rebeliones y a posicionar registros.
El escritor Rubén Darío Otálvaro, el seleccionador, pugna en una de las introducciones del libro, por una “literatura coherente con la vida de hoy, acorde con la época y su exigencia de síntesis: intensa, reveladora, fugaz, absurda, sugestiva, sorpresiva y transgresora…, en fin, que suscite una fuerte colisión entre lo natural y lo extraño, entre la realidad y la fantasía, entre el escritor y el lector”. La antología satisface ampliamente dicha exigencia.
El minicuento, el cuento corto, es un género engañoso. Nada tiene de sencillo. Exige mentes disciplinadas, bien advertidas de las seducciones de la prisa, del vértigo. El vértigo moderno reclama síntesis, intensidad, una colisión que actúe como disolvente, pero el tiempo del escritor sigue otras medidas, mira la arena caer de otra manera. El minicuento es algo más que el texto que el lector aprueba, devora, consume, recomienda o desdeña. Ese algo más, todo eso que se queda con él y pasa a la caneca, las muchas horas de trabajo mental, de esfuerzos ante el ordenador, de anotaciones en las agendas o de confesiones en las libretas escolares, es su paga y la medida de su gestión. La fortuna toca a veces a la puerta, pero solo los que viven alertas, al pie de la creación, gozan del privilegio de alzarse con el botín.
Ojala el mini —en la mayoría de edad reclamada— penetre en las aulas escolares, haga suyas las páginas de los periódicos y alterne favores en las parrillas de las aceras de este país, con las revistas de farándula. Cumplo, en mi calidad de lector, con tramitar la ilusión de una expansión que puede ser un nicho de negocios para editores y autores. La brevedad y la gracia de la factura avalan esta declaración. Los descubridores, enseña la economía de la función empresarial, saben ir por los beneficios.
Perdón, yo también aparezco en la antología.
Santa Marta, Octubre 19 de 2008.
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© Clinton Ramírez C.
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen IX – Número 34
Julio-Agosto-Septiembre de 2008
PROGRAMA DE HUMANIDADES Y LENGUA CASTELLANA
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
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Los pantalones largos
del cuento corto
Clinton Ramírez C.
Mientras el hombre sentía que la vida se le iba por cada una de las heridas producidas por las cuchilladas que el delincuente le propinaba, recordó que esa tarde le había dado a su agresor un billete de veinte mil pesos para que comprara material de trabajo.
"Tuo quolque fili mi"
Joce Daniels