"Cuando anuncian por  el altavoz que se ha perdido un niño,
siempre pienso que ese niño soy yo."
                                                                                  
Ramón Gómez de la Serna

La historia contada en el último libro de Guillermo Tedio, El amor brujo o la Historia de la guitarra y el piojo (Medellín: Editorial Lealón, 2008), evoca a Hathor egipcia y a Ganesha hindú, seres mixtos con cabezas de vaca y elefante, respectivamente, pero con cuerpo humano. El híbrido de Tedio conjuga al lector niño y al adulto: dos sensibilidades, dos inteligencias distintas en un solo rostro único y verdadero, un solo yo. Prima facie es una historia para niños, tal y como pensaron los primeros y cándidos alocutores de Alicia en el País de las Maravillas (1865) y de El Principito (1943), dos clásicos del género. El texto abreva, entonces, en la tradición de Carroll y de Saint-Exupéry, lo cual implica, sea dicho de paso, una crítica a esa “literatura infantil” en donde el escritor se arroga la facultad de saber de los límites de la capacidad lingüística y cultural del niño  a quien le escribe. Semejante despropósito. El niño —ante todo el de estos tiempos— es sabido, interactúa tan fluidamente con los medios de comunicación que resulta comprensible que no les interese tanta bazofia que lo subestima. El niño que decodifica Los Simpsons no encuentra nada en esos textos; el adulto, menos que eso. La propuesta de Tedio pretende conjurar esa amenaza. Lo brujesco de su intención está dado desde su dedicatoria, al apelar al misterio del niño que somos y del adulto que son. El “A todos, cuando éramos niños”, de El Principito.

No es una vaca, no es un elefante, es un Piojo. Este vive en una ciudad que tiene todos los visos de ser Barranquilla. En un arrebato profético, el autor sitúa  nuestro presente como el pasado museológico de la ciudad virtual de la historia, en la que después de esos años pretéritos tan cerca del abismo, se ha dado un paso muy significativo hacia adelante: los habitantes de la ciudad, a causa del smog y la contaminación, son calvos; no hay animales, los perros se comían  y los pocos que quedaban eran habitados por pulgas cibernéticas. Era un abismo contaminado, pero se entiende, por lo del dato cibernético, que viviendo su momento —al fin— de ultra-modernidad. Un peladero, literalmente, (en donde hasta el remanente de animales del zoológico carecía de pelo) pero en un ambiente robótico. (¿Eco esto acaso de la ciudad que quedó atrás que conjugaba a la imperfección tiendas por departamento circundadas de avenidas miamizadas y una periferia hambrienta, sedienta, desplazada?)

A punto de desfallecer, el Piojo, a causa de la carencia de su sustento, entró cierta vez en una casa, y “del salón en el ángulo oscuro, de su dueña tal vez olvidada, silenciosa y cubierta de polvo, veíase…” no el arpa de Bécquer sino la guitarra verde de Cepeda Samudio. El Piojo había escuchado alguna vez que “la música sirve para quitar el hambre y el aburrimiento, porque llena el alma de emoción  y el estómago de viento y ritmo” (p. 16), por lo que optó por sacarle a la guitarra —él que había vivido de la sangre del director de orquesta Mossar— las mejores sinfonías de De Falla y de Vivaldi. El Piojo, en esta parte del relato, llegó a descubrirse, era una Pioja, que tuvo piojitos, los que a la postre terminaron conformando una gran orquesta invisible que hacía ver a la guitarra verde como un objeto mágico que producía música por sí misma.

A la ciudad llega un circo “La Crispeta Maromera”, una troupe de artistas fracasados a los que la guitarra “mágica” les llega como anillo al dedo, porque a partir del mismo momento en que la incluyeron como parte de la función

se produjo en el escenario el milagro de que los payasos  arrancaran estruendosas carcajadas al público…los trapecistas  no se cayeron […], al viejo león le salieron unos espantosos colmillos que paralizaron de pánico los corazones de los espectadores […] y el cuchillero, inspirado por su hija, la bailarina lanzó doce dagas, sin tocarle un pelo. (p. 41)

Es decir, la guitarra verde trae vida al circo, recupera para éste su esencia, tal y como en “Hoy decidí vestirme de Payaso”, de Cepeda, la insistencia del narrador en dar con alguien que sepa tocar la guitarra verde, se traduce en la búsqueda o anhelo por la música, la armonía que rompería con el cerco frío, mustio, triste que se escenifica en ese otro circo también.

A propósito del circo, es un elemento rico en simbologías semánticamente negativas. No es entonces de extrañar que la mejor literatura de la región —incluyendo a García Márquez, por supuesto— lo explote en sus diversas significaciones. El circo viene a representar lo que permanece oculto en la vida diaria, el tema de la máscara. En el circo todo se mueve en forma circular (lo rutinario). Los animales recorren la pista generalmente en sentido contrario a las agujas del reloj. Este movimiento constante, que no lleva a ningún lado, es señal de pérdida de expectativas y frustración. La misma carpa simbolizaría la evasión, el nomadismo, el aislamiento (“son toldo aparte”), la dificultad para relacionarse con el entorno. ¿Y los animales del circo? Estos encarnan la decadencia y la humillación. Una vez fueron fieras salvajes, vivían en su elemento y eran libres. En el circo son animales sometidos, vejados; su instinto se reprime a basa de premios y castigos; pierden el vigor y la belleza: el león de Tedio no tiene dentadura; el de Cepeda ostenta una melena de papel amarillo.

Esos animales malogrados son epígonos del primero de los actores del relato, el Piojo. En un ambiente degradado, sucio, mísero y mezquino que es el que escoge el autor para su fábula, no podía ser ni un pato, ni un cisne —tan usados y abusados en los “textos para niños”— quienes protagonizaran esta metáfora de una ciudad o acaso de un mundo cercano al colapso. El Piojo, digno estandarte de la “estética de la fealdad”, habita en un mundo prácticamente yermo donde la carencia de su sustento (cabelleras, sangre) nos lleva inmediatamente a la reflexión sobre el agotamiento de los recursos del planeta: sin cabelleras no habrá piojos; sin hielo pronto no habrá osos polares…

Este énfasis en un mundo futuro carente, lo refuerza la problemática de la calvicie que padecen los habitantes de la ciudad. Al cabello siempre se le ha visto simbólicamente como el portador de la fuerza. El no tenerlo se leería como una señal de debilidad, de entrega. Los ciudadanos de El amor brujo o la historia de la guitarra y el piojo son seres calmos a quienes no les resta sino esperar el desencadenamiento final de su mundo, un mundo que se asume cada vez más moderno, más futurista, más cibernético, menos bestial, por lo tanto el pelo (incluso el de los animales del zoológico) hay que eliminarlo con depilación definitiva.

Detengámonos ahora en el performance lingüístico del que se vale el autor para troquelar su relato. El lenguaje, uno de los resortes narrativos de toda historia, devela, en este caso, un mundo que “sabe”: carcajadas de coco, cara lechosa, crispetas, nubes de algodón, labios de sandía, hemoglobina achocolatada son algunas de las marcas que avalan lo dulce de una vida que se niega a desaparecer. Ciertamente este imaginario sabroso, deleitoso, es afín al niño y aunque pareciera que otros vocablos desafinaran con el anterior propósito, recordemos que de lo que se trata también es de abrirle nuevas posibilidades lingüísticas al novel lector. Que la premisa histórica aquella —y ya por estos tiempos hasta histérica— de que al chicuelo hay que hablarle en diminutivos y en un código estandarizado para discapacitados mentales, empiece a replantearse y no se le tema a enfrentarlo con vocablos de mayor nivel. Increíble que todavía pensemos que un niño de nuestro tiempo se maneje en el mismo nivel lexical que aquel de hace veinte, cuarenta o cincuenta años. En la página 59 de la historia del Piojo, se retrata al Inspector de Sanidad de la ciudad como un “hombrecito aséptico, escéptico, ascético, patético y peripatético”. Nos preguntamos, si esa frase hiciera parte de “literatura no infantil”, ¿qué porcentaje de adultos desconocería el significado de algunos de esos adjetivos?

Anotemos, por otra parte, el carácter dramático que refleja el relato, al narrador adoptar el pronombre tú como protagonista de la enunciación. En efecto, resulta particularmente conmovedor, la manera —hasta tierna— cómo el narrador interpela al lector para que advierta, para que  no se pierda; lo dirige, o sea, lo educa. El lector se siente tan atrapado (tú, el elegido) tan parte de la historia, que experimenta los leves cambios del performance de la palabra, como cuando del sosiego en el contar pasa al desafuero, en esta especie de epifanía narrativa:

Y comenzó aquella sinfonía de uñetazos sobre la piel del cráneo mientras los veintiún piojos se saciaban como lobos diminutos o dráculas menudos y daban inicio al coro cantado y ejecutado de El Amor Brujo para que la especie de los anapluros se multiplicara sobre la faz de la cabeza del Hombre Pájaro en una infinita piojamenta, pues habían descubierto el delicioso reino del plasma, el paraíso perdido de los glóbulos rojos y blancos,  la  frondosa  selva  dorada del  regocijo. (p. 67)

La palabra, según Octavio Paz, es hija del silencio, nace de sus profundidades, aparece por un instante y regresa a sus abismos.

Surge otras veces en la forma onomatopéyica del rataplán, rataplín, que evoca a “Los Funerales de la Mamá Grande”, de García Márquez; invocando el circo cepediano; mostrándose tributaria de Carroll cuando rememora a la monarca malgeniada, La Reina de Corazones, quien llena de furia ciega sentenciaba con un “que le corten la cabeza” a todo aquel que osaba ofenderla; en nuestro relato, el Inspector de Sanidad pronuncia a cada rato un “habrase visto” que le sirve para canalizar su malestar. La apariencia de dicho inspector es inclusive Pombo redivivo: al lucir “muy tieso y muy majo” nos hace volver la vista atrás a uno de sus personajes más conocidos, Rin Rin Renacuajo.

Este diálogo con esas grandes voces hablan, efectivamente, de una propuesta rica en matices como es a la que nos tiene acostumbrados el escritor. Un fracaso de piojo, un fracaso de circo, un fracaso de ciudad son el pretexto para la reflexión siguiente: así como en la tipología de Cortázar un lector-macho puede ser una mujer y un lector-hembra un hombre, para Tedio un lector-niño podría ser un adulto y un lector-adulto podría ser un niño. Un niño que decodifica los mensajes cada vez más sofisticados de esta ultramodernidad en la que ha nacido y que desprecia, por lo tanto, tanta tontería orgánica que le quieren hacer creer es lo que su mentecita puede asimilar.

Al niño que se empina para alcanzar de la alacena el objeto de su deseo, que permanezca de puntillas para tomar el diccionario, para crecer; al adulto, que no de por sentado que todo lo sabe, porque hay niños que saben más que ellos, porque los adultos también se pierden y los llaman por el altavoz, porque ante un cuadro de Noé León —o Figurita— nos desarma lo ingenuo, lo arbitrario, lo inocente de ese misterio pintado por un adulto, aparentemente fácil, infantil…

Junio de 2008.
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©   Lyda Vega

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen IX – Número 34
Julio-Agosto-Septiembre de 2008

PROGRAMA DE HUMANIDADES Y LENGUA CASTELLANA
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

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El efecto Mossar en literatura

Lyda Vega
lydalouveg@hotmail.com
Profesora de Literatura
Universidad del Atlántico