¿Les provoca un tinto?
Poesía de un viaje [1]

Alfonso Rubio
alfonsorubio@telesat.com.co
Profesor del Departamento de Historia de la Universidad del Valle
Santiago de Cali, Colombia


A la memoria de José Manuel Arango.


La estancia de noventa días en Medellín, el Medellín de Colombia, aunque emotiva y cercana, todavía la sigo sintiendo como un ligero soplo en mi destartalada memoria y por supuesto que, aun siendo ya mágico para mí ese número de 90, ello no me autoriza a hablar de poesía colombiana. Eso sí,  fue un excitante soplo, benefactor e imborrable. Menos autorizado todavía, cuando ese periodo de tiempo —no tanto por su escasez, sino por llevar sus límites prefijados— me obligaba a actuar con la misma avidez que un guaquero español desenterraba el oro indígena. Así, precipitada y fragmentariamente en mis lecturas —bien pensado, éstas nunca se han hecho de otra manera—, fui descubriendo y ampliando esa llamada pobre nómina de poetas colombianos, que para mí, día a día, iban alegrando mis alforjas sentimentales.

Si lo prefieren, pensemos con el castellano de España y concluyamos: ¡la ignorancia es atrevida! Pero aunque sólo sea por esta vez, déjenme decirles que la osadía inconsciente y mercenaria de una sardina sicaria me arroja  ante ustedes con el único propósito de lanzarles —no se asusten, que no me he encomendado a la Virgen— un puñado de versos y nombres de la literatura colombiana y contarles cómo éstos se me fueron apareciendo durante esa pequeña estancia. Me temo que será inevitable producirles una sensación popurricosa y más cuando lean versos descolgados de su poema y no a todos los poetas.

Todavía, yo no sé —pronúnciese con el acento paisa de Medellín—, yo no sé qué instintivos impulsos me hicieron despegar de la que nunca he sentido ni como “madre” ni como “patria”, hacia lo que muchos llaman el otro mundo y nadie el mundo del otro. Tampoco importa. Ahora, creo que a partir de ese viaje, como a Caballero Bonald, se asimiló a mi propio organismo moral el anticuerpo de la confianza en mí mismo.

Por una especie de inercia turística en la fase agobiante de los preparativos, antes de emprender el vuelo, a mi raquítica lista  de poetas colombianos, había que añadirle, sin ánimo de engordar, más nombres que además pudiesen aligerar las incomodidades y temores de mi viaje. Para ello me acerqué a la Plaza del Diamante logroñesa. Allí, en el rincón de la Librería Sancha, entre cuarcitas y malaquitas librarias, se encontraba el diamante con sus iniciales estampadas: A.M.G., Alfonso Martínez Galilea. Él fue quien me habló por primera vez de un tal Aurelio Arturo y me encomendó la misión de trasladarle desde Colombia hasta aquí, la Torre de Claudia. O lo que es lo mismo, conseguirle la obra poética de Giovanni Quessep, a quien él, Alfonso, había descubierto —¡alabado sea el Opus de Monseñor!— en Arco, Revista de los países bolivarianos.

Estábamos a mitad de Julio del año 2001 y desde que supe la fecha del vuelo y decidí largarme y alargarme, todo sucedió velozmente. Con la boca abierta, envuelto en un extraño encantamiento, había aterrizado en mitad del campus de la Universidad de Antioquia, con sede en Medellín. La ciudad universitaria es una auténtica ciudad: la plaza y su fuente con la impronta del escultor Rodrigo Arenas Betancur, la biblioteca y el teatro, canchas para toda clase de deportes y piscinas, parajes de recreo de exultante vegetación, pajarillos conchudos al alcance de tus labios, infinidad de puestos de venta: libros, café, cedés, café, bisutería, café..., rastros espontáneos, el museo, la librería, correos, médico, farmacia, el murmullo incesante de cien mil voces mestizas, la capilla y el aeropuerto —créanme, una pista verde para volar de verdad. La ciudad universitaria es una isla, nunca libre de peligros, dentro de la gran urbe que los muchachos llaman Medallo y, al momento, será por un rebote de simple asimilación fonética, Metrallo.

Nada tardé en encontrar el puesto de libros  adecuado, pues allí todos conocen al Hamaquero, treinta y cinco años viviendo entre los cobertizos del campus. En mi primera, rápida y tímida visita, sin decir palabra, me hice con la larga sombra larga decimonónica del bogotano José Asunción Silva. Dizque su “Nocturno III” ocupó el segundo lugar en el concurso El mejor verso de la poesía colombiana, Bogotá, 1987:

Una noche,
una noche toda llena de perfumes, de murmullos y de músicas de alas,
una noche
en que ardían en la sombra nupcial y húmeda las luciérnagas fantásticas


Todavía con la resonancia en mis oídos de aquella doble A, Aurelio Arturo acompañó a la poesía de Silva. Sólo fue nombrarlo y así, no predecía ningún deslumbramiento, pero éste se produjo y se sigue produciendo cada vez que abro la tierra y la noche y encuentro las hojas y el viento de una Morada al sur, la morada de Arturo que hechizó el espíritu de todos los poetas colombianos de la segunda mitad del Siglo XX y, por los siglos de los siglos, seguirá retumbando su “Canción de la noche callada”:

Yo amé un país y de él traje una estrella
que me es herida en el costado, y traje
un grito de mujer entre mi carne.

En la noche balsámica, noche joven y suave,
cuando las altas hojas ya son de luz, eternas...


Café tras café, sin falta, escapaba de mis académicas obligaciones para visitar al Hamaquero y sus viejos, sucios, plastificados libros, siempre manejables y siempre, día tras día, expuestos en un orden distinto que despistaba al lince más avispado. La fornida figura del Hamaquero, cubierta de ajustados y semiandrajosos ropajes; su barba larga, negra y rizada en un rostro de profeta bíblico, calvo y despierto, lo hacían un auténtico domador chafado a la antigua, de un circo que requería la ayuda de dos o tres pelaos para montarlo todas las madrugadas y todas las tardes desmontarlo.

Nuestra relación ya había avanzado y comenzamos a tomarnos el tinto juntos. El Hamaquero es Gustavo Zuloaga, parte del 40% de genética vasca que dicen, corre por Medellín.

Yo fui bibliotecario ahí —me decía apuntando con su barba la Biblioteca Universitaria—, pero no podía, yo soy un hombre azogao, un hombre de la calle. Y es cierto, él es pura acción, un demonio multicultural: librero, editor, antólogo —Alejandra Pizarnik, entre otras—, director de un programa de radio dominical sobre poesía, anfitrión de tertulias, pirata y charlatán. Ya ven, Gustavo es multicultural, sí, pero sólo vive de su trabajo.

Imagínense entonces. Primero fue desempolvando las antologías. De entre ellas, sólo les desvelo la nómina de poetas que aparecen en la Antología Una generación desencantada preparada por Harold Alvarado Tenorio en 1985. Son poetas nacidos entre 1937 y 1948: José Manuel Arango, Giovanni Quessep, el propio Alvarado, María Mercedes Carranza, la hija del franquista, perdón, del piedracielista Eduardo Carranza, Juan Manuel Roca, Darío Jaramillo Agudelo y Juan Gustavo Cobo Borda.

El Hamaquero me tenía dicho que hay tres grandes vivos en la poesía colombiana: Rogelio Echevarría, Giovanni Quessep y José Manuel Arango.

Todas las calles que conozco
son un largo monólogo mío,
llenas de gentes como árboles
batidos por oscura batahola.


Es el comienzo de una obra completa en vida, El transeúnte, la obra de Rogelio Echevarría, nacido en 1926 en Santa  Rosa de Osos (Antioquia), la misma cuna campesina de Porfirio Barba Jacob. Fue escrita entre 1948 y 1993 y no llega a los cien poemas. Los primeros poemas de El transeúnte aparecieron en la revista Mito y por ello se le considera como integrante del grupo poético del mismo nombre. Es una obra parca, medida y sopesada, rumiada y sufrida

O si el sol florece en los balcones
y siembra su calor en el polvo movedizo,
las gentes que hallo son simples piedras
que no sé por qué viven rodando.


Feliz fue mi sorpresa el día en que Gustavo me presentó a José Manuel Arango. Dizque lo había leído en la antología  de la generación desencantada y en su librito Montañas. Resulta que José Manuel visitaba con frecuencia a Gustavo y a partir de entonces coincidimos y nos citamos en numerosas ocasiones. El librero me hablaba de los poetas y el poeta de los prosistas: Jorge Isaacs, Fernando González, Tomás Carrasquilla, Manuel Mejía Vallejo... Por supuesto, a los pocos días de conocerle, ya tenía dedicados sus Poemas reunidos, que van de 1973 a 1995 y con gusto, les hago partícipes de su dedicatoria:

Es un encuentro que hay que celebrar, éste de dos devociones por la poesía que vienen de orillas opuestas...

José Manuel fue uno de los editores de Acuarimántima y hasta ayer mismito, como quien dice, 5 de abril de 2002, fecha de su fallecimiento, dirigía, junto a Elkin Restrepo —disidente de los Nadaístas—,  la revista Deshora, editada en Medellín. En ella leí sus traducciones de la poetisa norteamericana Denise Levertov, muchas veces el mismo tono que escuchamos en la poesía del colombiano. José Manuel no hablaba mucho. Tal vez su persona representaba lo que se dice de esta generación desencantada: son sobrios, educados, escuetos y cultos... Ah, él conocía y situaba correctamente en el tiempo y en el espacio a Gonzalo de Berceo.

Pero, pero ¿dónde se halla la Torre de Claudia? Wiliams Cano, otro librero, éste de talante comercial, distribuidor de su mercancía a domicilio, me hizo llegar desde su librería Sim Sala Bim la Carta imaginaria, fechada en 1998, de Giovanni Quessep. La Carta era entonces su última poesía publicada y claro, ahí no aparecía la Torre de Claudia, toda su obra anterior.

En las noches de altas cotas etílicas —en esencia, aguardiante antioqueño— no había hijoeputa que no supiese de memoria al menos una estrofa de “Canción de la vida profunda”, de Porfirio Barba Jacob (1883-1942).

Hay días en que somos tan móviles, tan móviles,
como las leves briznas al viento y al azar...

Hace unos años, la Fundación Casa de Poesía Silva, que entre otras de sus actividades, elabora unas magníficas ediciones, hizo un sondeo para elegir el mejor poema de la literatura colombiana y el vencedor indiscutible, por votación popular, fue “Canción de la vida profunda”.

—Mirá —me dijo María Faiselly—, aquí estuvo un tiempecito Barba Jacob. Ascendíamos el barrio de Aranjuez —decir Aranjuez en Medellín quería decir máxima calentura—, y me señaló un inmenso y viejo edificio plantado entre casas casi colgantes. Era el Manicomio de la ciudad. Atractivo personaje este de Fernando Vallejo —me dije. Sí, Fernando Vallejo es el paisa de La Virgen de los sicarios, el paisa que dispara palabras contra todos y contra todo, el paisa que dice: Dios no existe y si existe es un cerdo y Colombia un matadero. Vallejo tiene escritas dos biografías y no precisamente dedicadas a poetas-políticos. Una de ellas, es Almas en pena, chapolas negras, la vida de José Asunción Silva, un suicida. Y la otra, Barba Jacob el mensajero, la vida de —al decir del propio Barba en su poema Acuarimántimaun lúgubre alarido...

Como siempre, Faiselly se equivocó. Pero a estas  alturas, su error resulta ser  oportuno. Quien estuvo en el Manicomio de Aranjuez, no fue el poeta de los profundos alejandrinos, sino Epifanio Mejía, el autor de El canto del antioqueño, adaptado y musicalizado como Himno de Antioquia.

Es difícil desnudarse en un solo verso con tanta intensidad y progresión a la vez:

La vida es clara, undívaga y abierta como el mar

Leyendo a Fernando Charry Lara, poeta del Grupo Mito, supe que Octavio Paz, comentando Laurel, antología de la poesía moderna en lengua española, 1941, de Xavier Villaurrutia, calificaba, cuarenta años más tarde, la presencia de Barba Jacob en dicha antología, como una desafinación y creo que con desdén lo trataba de modernista rezagado.

Por el repaso que hace Esperanza López Parada en su Poesía colombiana contemporánea, supe que José Lezama Lima en Paradiso, lo menciona. Lezama comenta el último verso del poema titulado “Sapiencia”, que Barba Jacob fecha en La Habana, 1915, la misma fecha, por cierto, de su "Canción de la vida profunda". El verso dice así:

bruñir mi obra y cultivar mis vicios

Y Lezama, tomándolo como el ars poética del poeta colombiano, sentencia diciendo que son dos tonterías que sólo existen para los posesos frígidos.

A ambos también poetas, Paz y Lezama,  Diego Pérez Jaramillo, un entusiasta de Porfirio, con su mismo cinismo, les dedica la “Balada de la loca alegría”:

Mi vaso lleno —el vino del Anáhuac—
mi esfuerzo vano —estéril mi pasión—
soy un perdido —soy un marihuano—
a beber y a danzar al son de mi canción.


La Biblioteca Universitaria anunciaba los miércoles de cada semana, lectura de poesía comentada. Me dejé caer a eso de las cuatro de la tarde de uno de esos miércoles perezosos, para relajarme con el virtuosismo musical de León de Greiff, incluido en la generación de Los Nuevos, llamada así por la revista que con el mismo nombre apareció en 1925. Quizá, quién sabe, podría dulcificarme la tarde esa difícil mezcla de jovialidad y pena. Pero no escuché el “Relato de Sergio Stepansky”, esa variación instrumentada sobre unos versos ajenos:

Juego mi vida, cambio mi vida
De todos modos
la llevo perdida...


Lo que logró dulcificarme fue la voz de aquella muchacha que había hecho una estupenda selección de sus poemas amorosos.

No pude comprobar lo que en ciertas ocasiones me llegaba en forma de rumor. Que X-504 ocupaba su tiempo en la Biblioteca Pública Piloto de Medellín. Una visita a la Biblioteca, guiado de la mano y la conversación de X-504, habría satisfecho de un solo tiro, la doble curiosidad  bibliofílica que me movía por la increíble ciudad increíble. X-504 es el apodo de Jaime Jaramillo Escobar, poeta integrante del grupo de los Nadaístas. Provocadores, surrealistas, antiacadémicos, existencialistas, sicodélicos, defensores del prosaísmo en sus versos, llevan a cabo actos públicos escandalizadores durante la década de los años 60. El grupo lo funda Gonzalo Arango en Medellín y entre su nómina extensa y variopinta, también se encuentran Mario Rivero, Jotamario o Elkin Restrepo.

De entre todos ellos, acaso fue en la poesía de Jaime Jaramillo donde más me identificaba. Navegando por el Río Cauca, maravillado por los besos que desde la orilla me lanzaba Lucina, la novia de J. J. y salvando 504 sonrisas, su Sombrero de ahogado y sus Poemas de la tierra caliente, me recordaban los surrealistas y divertidos juegos del poeta francés Benjamín Péret, y así, en la función del Circo donde suelo acudir, “los caballos montan en las jirafas, las jirafas en los elefantes, los elefantes en la troup, la troup en el empresario..., hasta que se cae un enano, se descuelga un payaso y el empresario comienza a caminar lentamente hacia otro país...” Quizá las coincidencias entre ambos poetas sólo sean las de libertad, humor y rebeldía en su lenguaje poético. Aunque sea un crimen no incluir entero “Mi vida con el chamán”, del poema titulado “Perorata”, que abre su libro Sombrero de ahogado

Os voy a decir, señores, sí, os lo voy a decir, qué es
lo que hace el poeta:
Poner una veleta en la ventana para desorientar a los
pájaros.
Labrar peces de hielo para cambiárselos al Mar por
peces verdaderos.
Guardar granizo en la bodega para comer en verano
delante de los amigos.

En fin, escasamente fui leyendo todo lo que Gustavo, el maldito librero, desempolvaba. Unos poetas me recordaban a otros poetas, ciertos poemas a otros poemas y en algunos poetas, todos sus poemas, a un solo poema. No ubicaba ni a uno ni a otro, ni en el tiempo ni... ¿en qué espacio? Para mí, todas eran voces que golpeaban primero en una larga montaña y algo más tarde —sin olvidar la voz precedente y en ocasiones, todas ellas convertidas en un coro de multifloridas coristas—, algo más tarde, me llegaban como un eco intemporal. Me parecían los colombianos, autores de una breve y cuidada obra que precisamente por ello se hacía intensamente jugosa.

De nuevo mi querido domador me dio a conocer a Jorge Gaitán Durán, el fundador de la desmitificadora revista Mito (1955-1962) y compañero de Caballero Bonald en su estancia bogotana allá por el comienzo de los años 60. En torno a Mito estaban otros poetas como Eduardo Cote Lamus, Álvaro Mutis, Fernando Charry Lara o, como dijimos, Rogelio Echevarría.

Yo no sé, pero leyendo la poesía de Jorge Gaitán, sentía una apretada familiaridad:

Somos como son los que se aman.
Al desnudarnos descubrimos dos monstruosos
desconocidos que se estrechan a tientas,
cicatrices con que el rencoroso deseo
señala a los que sin descanso se aman...


Gustavo conservaba entre sus tesoros algún ejemplar de la revista Mito, pero yo no sé, era como si mi regreso se precipitase por un desbarrancadero y tuve que volverme sin Mito, sin Faiselly y... ¿dónde, dónde encontrar la Torre de Claudia? A mediados de Octubre, la Torre de Claudia permanecía intacta, pero debía ser imposible hacerse con ella en los innumerables e insospechados mercados de la Gran Colombia. No pude creerlo. Diariamente me cruzaba con ella y, sin embargo, nunca la veía. Sí, fue Didier Álvarez, compañero de faenas y primo de Darío Gómez, el Rey de la música guasca. En uno de esos casuales encuentros por los pasillos universitarios del Pabellón 12, él fue capaz de transformar una vulgar en maravillosa mañana. Me agasajó con el Libro del encantado y por fin pude contemplar y visitar la Torre de Claudia de Giovanni Quessep, la Torre que cobija su obra poética, breve, intensa y elevada.

En mi desconcertante regreso, cada vez que leía su poema de "La alondra y los alacranes", egoístamente lo convertía en una historia personal. Ahora, todavía sigo apropiándomelo de la misma manera, pero también he abierto mis sentidos a ver en él parte del paisaje panorámico de la poesía colombiana:

Acuérdate muchacha
Que estás en un lugar de Suramérica
No estamos en Verona
No sentirás el canto de la alondra
Los inventos de Shakespeare
No son para Mauricio Babilonia
Cumple tu historia suramericana
Espérame desnuda
Entre los alacranes
Y olvídate y no olvides
Que el tiempo colecciona mariposas

Nota:

Texto que el día 15 de mayo de 2002, en el marco de las Jornadas de poesía en español celebradas en Logroño (La Rioja, España) durante los días 3-18 del mismo mes y año, sirvió para presentar la conferencia de Esperanza López Parada titulada Poesía colombiana del siglo XX. Del Mito a la Nada: Jorge Gaitán Durán y Jaime  Jaramillo Escobar. Actualmente y con idéntica autoría, el texto forma parte del libro de relatos titulado Yerbas del patio.

El autor:

Alfonso Rubio nació en Arnedo (La Rioja. España), 1964. Es profesor del Departamento de Historia de la Universidad del Valle (Santiago de Cali, Colombia). Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Zaragoza (España). Ha publicado los libros de poesía Corazón cargado (1994), Liebres (2003) y Lesiones (2005); los relatos Yerbas del patio (2006); el estudio literario La muerte a cuchillo. Un romance en el archivo: poética y realidad (2006), y sus textos de especialización archivística: Aplicativos de investigación archivística (2005) y Estudios de usuarios en archivos municipales (2006).
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©   Alfonso Rubio

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen IX – Número 34
Julio-Agosto-Septiembre de 2008

PROGRAMA DE HUMANIDADES Y LENGUA CASTELLANA
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

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