Un procedimiento
de rutina

Orlando Araújo Fontalvo
orlandoaraujo@hotmail.com

…te pareces al filo de la espada
y a la copa de sangre del verdugo.
                                   Octavio Paz

A la memoria de Simón Moreno,
que dormía a la sobra de un almendro
mientras yo remontaba mis cometas.

Simón llegó a El Dorado faltando un cuarto para las cinco de la mañana.  Parqueó su Nuevo Escarabajo en el primer sitio disponible y se fue directo a la terraza de comidas. A esa hora no había mucho de donde escoger, de modo que se conformó con un capuccino y un par de panecillos de miel de maple. Luego caminó al muelle internacional y esperó. Los viajeros fueron llegando poco a poco. Acomodaban su equipaje de mano en una silla contigua  y comenzaban a hojear nerviosos sus revistas de peluquería. Solo cuando descubrió a Etiana confirmando su vuelo, se apresuró a tomar una sección cualquiera del periódico y se concentró en la lectura. Sin embargo, pronto comprendió que no tenía más remedio que dejar a un lado el orgullo. Se acercó, estrechó la mano a unos pocos amigos comunes que habían ido a despedirla y la tomó del brazo para conversar.  Ella accedió pero enseguida cambió de opinión. Adujo que tenía que pasar a la sala de espera y se despidió con un gesto de enojo. “Cuando regrese conversamos”, le gritó a media voz mientras se alejaba.

Simón regresó al grupo e hizo algunas bromas para disimular su visible mortificación. Cuando por fin el boeing 727 desapareció entre la bruma,  la amargura apenas sí lo dejó vislumbrar que a Etiana ni el evidente trasnocho ni el helaje le habían afectado en nada su halo de pretenciosa incurable. Se despidió de todos con un abrazo de náufrago.   Fue Julián quien le dijo que manejara con cuidado. Le recordó una que otra precaución de carretera y, por último, le aconsejó acostumbrarse a las pataletas de Etiana. “Ya la irás conociendo”, dijo, palmeándole la espalda, “la nena es una digna hija de su madre”.

Luego se acomodó la bufanda y salió a la llovizna en busca de un taxi. Tres horas después, un peculiar mensaje de texto lo sacó de las cobijas: “No hay como el bagre para la tusa”. Julián examinó el reloj y, más allá de cualquier otra consideración,  se sintió en serio preocupado de que Simón ya estuviera desayunando en Honda. Se incorporó y caminó descalzo a la cocina. Mientras preparaba una infusión descafeinada, comprendió que su amigo llevaba todo cuanto necesita un viajero en ruta hacia la Costa: un New Beetle rojo y potente, una respetable provisión de discos compactos y, lo mejor, un sábado de Carnaval apenas despuntando. Lo llamó y le recomendó una vez más que no corriera.  Simón sonrió y le dejó muy en claro a su amigo que la muerte no estaba en sus planes y que lo único que podría matarlo sería el guayabo del miércoles de ceniza.

Más adelante, en una estación polvorienta entre La Dorada y Puerto Salgar, mientras le llenaban el tanque, vio por accidente a una joven esbelta de pantalón de pana, mochila arhuaca y gorra de pelotero echando dedo a la orilla de la vía.  Lo sedujo de inmediato la posibilidad de hacer más placentero el recorrido. Dijo llamarse Dalia. Contó que había nacido en Prosperidad, un villorrio arruinado en el sur de Bolívar, por lo que su familia tuvo que buscar fortuna en Cartagena. Su madre, según dijo, tuvo el privilegio insólito de ser la única mujer de piel blanca que logró vender sábalo frito y empanadas de cangrejo en el mercado de Bazurto, al lado de la negra Socorro, maestra indiscutible de la culinaria cimarrona.  

Con el propósito de halagarla, Simón hizo sonar “La rebelión” y ella escuchó conmovida el lamento épico del mulato de Pasacaballo. No obstante, cuando terminó la diatriba del español con el alma negra, Dalia detuvo el reproductor, confesó que no había nada como el joropo de los llanos y agregó que había aprendido su compás ternario al amparo de la luna y el sabor de la mamona. Simón respondió enseguida tarareando afinado unos versos que conocía desde niño: “Ojazos negros que matan cuando me miran”.

Dalia esbozó una sonrisa y aceptó complacida el audaz enroque que  recomponía la partida: a cambio del arpa y la vihuela,  Simón le ofreció la  guitarra melodiosa del juglar moderno que vuelve a la ternura. La conversación fluyó sin tropiezos, al vaivén  de la música, como en un par de amigos de infancia que sintieran la obligación de ponerse al día.  Hacia las dos de la tarde, se detuvieron en un parador amplio a un costado de la carretera en donde se hallaban estacionados numerosos buses climatizados. Ambos tuvieron que hacer cola para ir al baño. Después de almorzar, Simón elogió la sazón de la cocinera y compró varias cajas de brevas con arequipe y casquitos de naranja almibarada para compartir en familia, en las breves treguas que concediera el dios de la parranda.

Antes de reanudar la marcha, sacó de su morral el computador portátil y se tomó una media hora para revisar el correo y enviar tanto mensajes de despedida como anuncios de llegada. Dalia, entretanto, compró a un lugareño desgarbado las mandarinas justas para el resto del viaje e hizo algunas llamadas desde el celular de una niña famélica que vendía minutos sentada en una silla plástica. Luego pidió un poco de agua y se humedeció los cabellos y el cuello para mitigar el calor. “Algún mensaje de tu novia”, inquirió coqueta.  “De hecho, sí”, respondió Simón. Dalia le examinó los ojos, y él, sin más vueltas,  le confesó que se llamaba Etiana Nussbaumer, que se habían peleado por una tontería, pero que, de momento, solo le interesaba el cortejo de la cumbia y la cadencia embriagadora del pito atravesao.

Ya en el carro, Dalia se sintió un poco mareada y Simón le dijo que buscara unas pastillas en alguna de las bolsas que llevaba en el asiento trasero. Ella no las encontró, pero alcanzó a ver debajo de unos paquetes lo que parecía ser un sudario de seda decorada con lentejuelas en donde se apreciaba la imagen vistosa y profana de un torito bravo con cachitos de panela. A su lado,  había una gorra negra con la insignia dorada de una petrolera americana. Simón bajó el volumen de la música, alcanzó a oír la pregunta del calvete antillano sobre lo que tiene el carnaval de Curramba y reconoció  que no veía la hora de enfundarse su nuevo disfraz de garabato.

Dalia volvió a su posición, recogió su cabello en lo que las mujeres llaman un tomate y procuró no dormirse mientras, en pleno Magdalena Medio, Simón hacía magia para sortear el deplorable estado de la vía. Sin embargo, un sueño profundo la venció hasta San Alberto. Cuando despertó sobresaltada, Simón, muerto de risa, le dijo que habían atravesado dos retenes del ejército, que en ambas ocasiones lo habían requisado, pero que por fortuna a ningún militar se le había ocurrido molestarla.  “Les dije que eras mi esposa”, bromeó Simón, “y parece que me creyeron”.

Dalia celebró aliviada la ocurrencia, revisó su mochila, sacó una mandarina y se dejó ganar por la belleza del poniente en las estribaciones de la Cordillera Central. Claro está, Simón nunca le dijo que mientras conducía había expiado su escote de reojo, ni que le atraía la manera en que procuraba disimular su desamparo, ni que ahora, le importaba un carajo el enfado de su novia pechichona. Le habló en cambio de la calidad de su mochila.  “Es un auténtico pensamiento de mujer”, le dijo. “Un arhuaco bohemio me contó mientras masticaba hoja de coca que las mujeres en Nabusímake tardan un mes completo entretejiendo el diseño irrepetible de sus mochilas”.

Dalia repuso que no sabía nada de mochilas indígenas, pero que la cargaba a todas partes como una especie de amuleto. “¿O  vas a negar que fue una suerte que alguien como tú me recogiera?” Simón asintió, pero lo persuadía la certeza de que el  influjo del azar no era más que una patraña de filibusteros. Para él, y pronto tendría la oportunidad de comprobarlo, el destino de los hombres se hallaba cifrado en una urdimbre  enigmática  pero rotunda como la  mochila que apretaba en el regazo la flor que en buena hora le brindaba compañía. 

Se detuvieron un poco antes de Bosconia, para que Dalia fuera al baño e hiciera una llamada pues se negó apenada a usar el celular de Simón. Cuando regresó, se había quitado la camisa de mangas largas y solo conservaba una camiseta de algodón. Era evidente, por demás, que se había aplicado lápiz labial y algo de discreto perfume de imitación. Sin mucha convicción, dijo que no había podido comunicarse, pero que ya no importaba. Parecía más animada, se quejó con argumentos irrefutables de tanto vallenato prefabricado y hasta se ofreció a reprogramar la música.  

Simón en cambio había hecho un par de llamadas sin problema y creía estar ya enterado de los pormenores de la rumba que le aguardaba. Había comprado además un paquete de seis cervezas en lata. Dalia aceptó de buena gana el ofrecimiento. Él se entusiasmó todavía más con “El día de mi suerte”, en la voz de Héctor Lavoe. De pronto, como sin motivo, ella dijo estar antojada de  mango de azúcar y solicitó con gran sentido de la persuasión que pararan en la primera venta.  Con toda razón, a Simón le pareció que las mandarinas combinaban mejor con la cerveza, dijo algo sobre el incremento de la natalidad en los predios de don Carnal y asumió divertido su papel de marido complaciente. 

Quince minutos después, en un recodo solitario, Dalia divisó por fin lo que buscaba. Según lo convenido, Simón detuvo la marcha frente a un ventorrillo en donde había una única mesa curtida sobre la cual reposaban tres pirámides de mangos filipinos. “Parecen alineadas con el cinturón de Orión”, dijo, en clara alusión a las tumbas de Gizeh.

Ella no comprendió la clarividencia del comentario. Se le acercó por primera vez en todo el viaje y le susurró unas palabras al oído. Luego, ante el asombro de Simón, comprendió que la resaca del sentimentalismo la había arrastrado mar adentro. Se sintió vulnerable y se apartó de golpe. Sacó de su mochila  una pistola Baretta 9 milímetros y le propinó  un disparo certero en la frente. El impacto de salida destrozó por completo el vidrio de seguridad y esparció una viscosa estela de cristales rojiblancos en la calzada de asfalto. Una camioneta de vidrios ahumados pasó sin detenerse. El dueño de la fruta surgió de la nada. Aunque desgarbado, no tuvo problemas para deshacerse del cadáver. Lo arrojó sin documentos a una quebrada de aguas heladas que bajaba de la sierra en donde legiones de mujeres tejían sus pensamientos en el tiempo. Por último, se puso al volante, tomó un desvío y encendió las exploradoras para iluminar la senda destapada. “Ajá, Dianoris”, preguntó sin mucho interés, “¿cómo estuvo la vuelta?”. Ella acarició las lentejuelas del disfraz de garabato, sacó de su mochila la última mandarina del trayecto y contestó resignada: “No te preocupes, amor”, dijo, “no fue más que un procedimiento de rutina”.  


El autor:

Orlando Araújo Fontalvo. Licenciado en Lenguas Modernas de la Universidad del Atlántico y Magíster en Literatura Hispanoamericana del Instituto Caro y Cuervo. Ha sido catedrático en algunas universidades de Bogotá y Barranquilla y fue profesor asistente de Novela Hispanoamericana en el Seminario Andrés Bello del Instituto Caro y Cuervo. Diferentes artículos de su autoría han sido publicados en revistas especializadas. Ha participado como ponente en congresos nacionales e internacionales. Actualmente, es profesor del Colegio Karl C. Parrish, la Universidad del Atlántico y la Universidad del Norte, en la ciudad de Barranquilla.
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©   Orlando Araújo Fontalvo

LA CASA DE ASTERIÓN
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Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen IX – Número 34
Julio-Agosto-Septiembre de 2008

SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290

PROGRAMA DE HUMANIDADES Y LENGUA CASTELLANA
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
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