El sol entra por las cortinas;
la mujer de los labios rojos,
palpado un cutis de ámbar.
Cortinas verdes, igual a bosques sutiles;
la cama bajo el esbelto cuerpo
de la mujer.
Bailando en un polvo de duraznos
se difunde la luz del día.
Y en los ojos de la mujer
naciendo el sol,
como las olas sobre la mar.
Sal en las pupilas. Pestañas en azúcar.
Las manos visten una piel,
de seda y delicada; y el amor
dejó su sombra en ella.
Hoy es un nuevo día.
Labios rojos.
Besos que la noche aguarda:
la luna abrazará aquella boca.
Y un hielo blanco, quieto y amable,
sobre el caliente aliento
de esa boca en medio de su sangre.
Sol que va entrando por las cortinas;
y él se desliza por la piel:
desnuda de sombra y de noche.
Ojos que se miran a sí mismos
Parque de solitarios sueños,
parque de luz oscura verde,
donde la luna se derrama en mi rostro,
y el cielo se asoma a mis labios
prietos.
Árboles desnudos en las manos; manos
pálidas y débiles. Y el aire fresco,
sobre un cuerpo quieto.
Hay olor de libertad, y hace silencio la noche.
Allá arriba, esos puntitos con estrellas.
Y la luna enorme, en los brazos
lejanos
del cielo.
Yo bajo la cabeza, y dejo en las hojas del otoño
una mirada pensativa. Una mirada que sueña.
Unos ojos que se miran a sí mismos.
En la mortal angustia
Y en la mortal angustia, yo aguardando
húmedos los días que caen
hacia el alba otoñal de la rosa,
y así viendo el pobre árbol, ahora pudiente,
verde, buscar la muerte gris.
Escucho, empero, desdecir
tus agrias profecías, muerte,
en la paloma, sutil hálito del cielo,
hiriendo cual pálida aguja este océano
de dioses azules. Y en un sermón de liras,
con su iglesia
de ingeniosa lengua griega, púlpito
que enseña músicas palabras, reír el agobio
del que perece; preferir anhelos ilimitados,
o lo alto sojuzgando a la tierra;
altura, pues, blanco panteón de nubes,
en su fría eternidad de nieve, siendo inepta
para los horrores del tiempo.
Y allá arriba mirto y vid que se endulzan,
con la Hibla melosa cayendo
sobre trágico paraje de los plañidos,
lunares y nocturnos, de las almas;
y pedir éstas al amor del cuerpo
conceder, mas solamente
si el espíritu se ha de morir.
Pero luego, con rojos cántaros,
el tibio, virginal aliento que es del vino
se vierte en su hueco de la roca del mar,
en cuya orilla cantan los amantes, hostigando
cálidos los frutos de las abiertas bocas.
Pues deploran, así,
al sueño cesante de su carne, aunque
en los párpados cosidos de la luna
se abran, ardientes y perpetuos,
de par en par los ojos del sol.
Hasta tu cielo
Y los claveles, en tus labios,
a mis mejillas rosa néctar derramaron.
Y yo apurando pálido el paladar
de tus dientes en las cráteras,
bañadas en tempestades
de apasionados ojos.
Hay pálpitos de sangre en su rostro;
un beso prendido por tus labios
en la exacerbada madurez de una viña.
Vino de amor, frenético
de erótica ebriedad, bebido
por mi cuerpo, en las veredas y senderos
de las uñas en deseo, empapando, pues,
a los castaños jardines
de esos espumantes cabellos tuyos.
Yo tengo a tus manos en mis manos,
cual arena entre la arena, o el viento,
cálido, en el viento.
Y aquellos negros ojos, carboncillos,
son el tiempo en un par de gotas,
de alma blanda y delicada.
Un verde tallo, irguiéndose
sobre las nieves que en tu piel descansan.
Encontré, así, escrita en la cariñosa erudición
de las hojas del otoño,
a la piedra filosofal de nuestra locura.
Es acaso el pausado amor del banquete
de las bellas caricias,
a las que, sumidas en una carne sutil,
hospeda el furor intangible de los espíritus.
Yo toco el cuerpo de las alas de una paloma.
Y en las yemas de los dedos, pues,
mi alma puede volar, gozando hasta tu cielo.
Las soledades
Tierras largas como deseos,
con sus montañas en las nubes,
y las nieves igual que los dientes
de una sonrisa de mujer.
Lagos rígidos de diamante,
de peces hundiendo sus escamas de hielo;
solar del pino, nidos de la madera
bizarra, ah el aroma de caoba en tus vientos.
Tierra larga y lejana,
como el temor o la esperanza.
Bajo mis pies el soplo del rocío,
que huele la pálida embriaguez del sol;
durmiendo con sus rayos,
bebidos en vinos de suave miel.
Y una apolínea llanura de mar, serena,
escruta las orillas gracias
a sus blancas pupilas de espuma y de reflujo.
Luna, noche. A lo lejos
la brusca soledad de un horizonte.
Y yo, con la vista perdida en la eternidad,
entre una sal de azuladas venas subiéndome
—y amargas sangrando, blancas,
cual las buenas arenas—,
subiéndome, pues,
por los huesos. Invaden así a mi extraña carne,
ebria de espíritus doloridos. Entonces,
sé que estás tan cerca como yo de mis ojos.
Y el pulso siento de tus cabellos en mis dedos,
o el roto aliento de cristales entre tu llanto.
Es de tal manera que puedo palpar
las tierras de la nieve, y de la montaña,
y de los tiesos peces del lago, áspero
y lúgubre en su fría quietud.
Estás aquí, igual que se sume el blando amor
de nuestra brisa
sobre sus tiernas y delicadas colinas del marfil.
Seamos así un par de guijarros
en una marejada de agrio gris de tempestad;
dos piedras arrastradas, mas que no se hunden.
Y en la ansiosa intimidad de estas aguas,
los frutos de los cuerpos, los unos con los otros,
se pueden convidar, gozosos,
a la soledad
de nuestras dos almas en el mar.