Sombra en los aljibes
o el Génesis del mundo sinuano

Manuel Guillermo Ortega
(Guillermo Tedio)
Universidad del Atlántico
manuel.ortegah@telecom.com.co


Dividido en siete apartados (número cabalístico que evoca los siete días o pasos de la creación, en la visión bíblica), el poemario Sombra en los aljibes (Montería, Editorial El Túnel, 2008, 117 pp.), de José Luis Garcés González, contiene 112 poemas (otro número consentido por la cábala) de variada extensión, desde los muy breves hasta los relativamente largos, pero unificados o trenzados por el estilo maduro de un escritor que se ha vivido a profundidad, y por unos tópicos y temáticas que desde lo telúrico se impulsan hacia la vocación estética y, en cierto modo, metafísica, en el buen sentido del término, cuando queremos que la experiencia terrena alcance sobre nuestra piel humana, una dimensión trascendente, aunque nos habite la certeza o convicción de la nada y el vacío a que nos entrega la muerte.

No sé realmente cuánto tiempo necesitó Garcés González para escribir este hermoso libro, ni si ello contradice o afirma sus ya probadas dotes de narrador y prosista, pero aunque sea el producto de un estro o de un rapto o llamado imperativo de la musa o los demonios, al modo como lo concebían los románticos, o quizás escrito en un largo periodo, uno entiende y hasta puede sentir que Sombra en los aljibes es el trabajo de un largo recorrido en el que quedan volcadas las dos grandes pulsiones líricas, las dos máximas preocupaciones de todo esteta: el arte y la vida; la poesía, la palabra, la literatura misma, por un lado, y la existencia y sus pasiones, por el otro. Por supuesto, si unimos esas dos temáticas, nos quedamos con la vida concebida como experiencia estética, que es seguramente, la máxima aspiración de todo creador.

Mediante la primera dirección —la metapoesía, la metaliteratura, la reflexión sobre la poesía, es decir, la literatura hablando de la literatura misma—, el poemario Sombra en los aljibes muestra unas fuentes de amplia cobertura intertextual, a través de los epígrafes o en el cuerpo de los propios poemas, de manera expresa o implícita. Están allí entonces como rostros tutelares: don Antonio Machado, Nicanor Parra, Rubén Darío, Verlaine, Baudelaire, Drummond de Andrade, Onetti, Horacio, Epicuro, Heráclito, Sócrates, García Márquez, Keats, Eliot, Shakespeare, Montejo, Carlos Fuentes, Zapata Olivella, Lezama Lima, Luis Striffler, Dulce María Loynaz, José Emilio Pacheco, García Ponce, Cardoza y Aragón, Sabines, Borges, García Usta, tal vez Borges, además de la cultura Zen, Pavarotti y Nat King Cole. Dentro de esta corriente o dirección de sentido, se trata de darle al lector una reflexión desde lo lírico sobre la simbolización, la expresión de un ars poética, la poesía mirándose a sí misma, el autorreflejo, la autorreferencia. Están ahí las palabras como instrumentos de creación del mundo, palabras “Que al pronunciarlas, / como en un invicto viejo cine / de barrio, / de inmediato se vea la imagen” (p. 13).

Más que pensar en el rapto poético, me quedo con la idea de que son poemas que se han escrito, reescrito o pensado durante mucho tiempo, a tono con el pensamiento del brasileño Drummond de Andrade, en el epígrafe del apartado 1: “Convive con tus poemas antes de escribirlos. / Tenles paciencia si son oscuros. Calma, si te provocan. / Espera a que cada uno se realice y consuma / con su poder de palabra / y su poder de silencio” (p. 9). Esta vocación por la palabra le da al poeta un aquilatado poder cuando puede acabar con los dioses al exiliarlos del lenguaje, lo que prueba el poder demiúrgico, creador, de la palabra; la capacidad del género humano para producir lenguajes con los que se construyen las estructuras y el vestido del cosmos, como hizo Dios con la retahíla de cosas que integran la realidad con el solo decir, con la sola enunciación de las cosas, con el solo verbo: Fiat Luz y la luz fue hecha.

Esa vieja canoa, “La canoa de Francisco López”, abandonada en la orilla del río de los zenúes, añora, en su nostalgia de madera flotante y podrida, a los pasajeros que navegaron en ella y a los palanqueros que la impulsaron con sus largos canaletes. Esa canoa comienza a vivir de nuevo en nuestra mente, a ser casa flotante otra vez gracias a la palabra que nos devuelve su chapoteo y su ritmo. Y para reintegrarnos al ámbito de la piragua, Garcés González humaniza la madera, untándola del dolor de la nostalgia, así, “moviéndose sobre las aguas salitrosas del río, / la ocupan los fantasmas de los que navegaron en ella” (p. 63).

La segunda dirección temática de este poemario es, como ya se dijo, la vida, la existencia misma pero no concebida en el vacío, de modo abstracto, sino desde las entrañas tropicales y tórridas de la tierra cordobesa, del paisaje acuoso, del ámbito anfibio. Ciertamente, el tópico más importante a través del cual el poeta nos da el tema de la vida es el agua. Claro, José Luis Garcés González es un hombre de agua, de modo que por la poesía de Sombra en los aljibes anda Heráclito licuescente, solo que el autor sinuano se baña muchas  veces en el mismo río o quizás el río moja muchas veces su percepción y su pensamiento. Si hay una idea de fondo en este libro es el agua, como río, Sinú ancestral, mar, aljibe… Y lo interesante es sentir cómo esta presencia acuífera determina no solo la visión del mundo del poeta sino también el lenguaje, la palabra, la sintaxis y el estilo, principalmente desde un sentido que se humedece en el chapoteo de la metáfora y el símil. Esta latencia o flujo del agua invade los motivos, las temáticas, la andadura de las frases, la semántica, el tono, el ritmo. Se trata de un agua histórica, de un agua geográfica que está ahí, expresa o tácita, en la canoa, en la tinaja donde los muertos beben su nostalgia por la vida. Las palabras son corriente, agua, río, lluvia inesperada, aguacero… Se habla entonces de música húmeda, flores de agua, raíces que llueven hacia adentro, naufragios, maderas podridas, ahogado que flota hinchado en el silencio, pájaro sediento, tristeza que hace aguas en los ojos, ancla, barco, coral, dulzura del invierno, muchachas sinuosas, barranca, cieno, agua fresca, camisa sudada, lágrima de sangre, barro enamorado de la tinaja, dulzura del invierno, balsas, planchones, lanchas, piraguas… Son poemas líquidos que siguen fluyendo como el río porque el poeta no diferencia aguas. Como en Eliot, el río, al igual que el lenguaje, es un “dios oscuro-hosco, indómito, intratable, útil, de poco fiar”, y la canoa [como la palabra] es una mujer acostada sobre el río.

En Garcés González, la poesía surge de las felices contradicciones del estilo. Se trata de una creación que procede del contraste, de la juntura o nexo de lo alto y lo rastrero, lo clásicamente poético y lo coloquial y conversacional, lo cultista y lo popular. En “La canoa de Francisco López”, hay versos de una finura clásica que se abrazan con la poesía de lo plebeyo y lo grosero, de tal modo que se logra un equilibrio de la balanza semántica como se equilibra el agua en la totuma o la tinaja.

Como pedía Neruda, esta es una poesía hecha de cosas altas como el viento y la luz pero también de tierra y estiércol. La canoa, vestida de cedro rojo, en efecto, gana altura y prestigio poético cuando con su nombre de La Sombra, se “balancea en las aguas de la noche” o cuando se carga a sí misma llevando la fragante madera arrancada de los bosques del Alto Sinú, pero se unta de humanidad y plebería cuando admite que sus palanqueros fueron el Pipón Ortega, a quien apodaban El Moco; o Juan, a quien le decían el Puro Hueso; o el indio Salgado, “con los dedos de los pies tan anchos como una mano de papoche”; o Pedro Riquelme, “quien no murió de madera ni de culebra” (p. 63).

Otro ejemplo de flujo y reflujo del sentido de lo bajo y lo alto en este libro es el poema titulado “Preguntas a una mariposa vieja”, en el que un hombre tiene una cita con una prostituta para indagar en sus secretos y entonces la anciana, quizás avergonzada, “convierte en oscuridad / el prólogo de su entrega” para luego, ya prendida la luz, descubrir el poeta que de sus brazos “cuelga un pedazo de pellejo” y en su sexo aniquilado “dos pequeñas orejas de elefante duermen frente a la abertura” (p. 112).

La organización seguramente intencional del volumen, en siete apartados o jornadas, pudo provenir de estar concibiendo Garcés González su escritura como la de un demiurgo que crea el mundo sinuano desde la poesía. Se trataría, por supuesto, de un mundo personal, concebido desde una visión profundamente telúrica, pero a la vez, dueña de una  dolida sensibilidad social, histórica, sinuana, montuna.

Si yo tuviera que enunciar un tópico o subtema para cada una de las siete jornadas del libro Sombra en los aljibes, me quedaría con estos vocablos que resumen los siete ejes semánticos alrededor de los cuales se integran los textos: 1. Palabra, en efecto, inicialmente fue el verbo, el instrumento con el que Dios y el poeta crean el cosmos. 2. Agua, espejo paralelo de la palabra, elemento donde aletea la vida. 3. Tiempo, no el tiempo genérico y euclidiano de los filósofos sino el transcurso contingente de la historia cotidiana. 4. Espacio, el ámbito de agua y vegetal donde hombres y mujeres viven sus anónimos heroísmos. 5. Muerte, como dice Sabines, “Viene el oleaje tenso de la muerte”; llega así el fin de la carne pero unido a este final, el deseo de trascender, de seguir siendo en la memoria de los otros. 6. Denuncia, desnudamiento de la injusticia, señalamiento de la culpa, sobre todo en este país donde “al asesinato / le llaman error, / incidente, falla táctica” (p. 100). Y 7. Amor, el último día, el cuerpo de la mujer, es decir, el descanso del dios terreno, el reposo del guerrero entre los brazos y caricias de la mujer que “deja tambaleante / la ferocidad de los veranos” (p. 103).
________________________________________
©   Manuel Guillermo Ortega
(Guillermo Tedio)

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Ensayo

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen IX – Número 34
Julio-Agosto-Septiembre de 2008

PROGRAMA DE HUMANIDADES Y LENGUA CASTELLANA
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

El URL de este documento es:
http://casadeasterion.homestead.com/v9n34sombra.html