De Lomo duro

Pedro Antonio Losada López
plosada8770@hotmail.com


Desde que nos encontramos, el día de asueto escolar, tuve la sensación de que no deseaba que nos vieran juntos. Sin embargo, mientras caminábamos, yo sin saber para dónde, ella me apretó contra su pecho con  ternura. Para su edad era normal, pero para mí, era una rareza. Ese día —viernes, por cierto—, había abandonado su bolso y  cambiado la rutina de su vestuario. Lucía un ajustado pantalón blanco que hacía resaltar visiblemente su feminidad y una blusa amarilla con un escote que iba a terminar unos centímetros más allá de donde empiezan  a pronunciarse las formas.

Siempre de manos, caminamos por la calle bajo la mirada de la gente, de los hombres que le expresaban su admiración con decencia y sin timidez y sin que ellos recibieran la más mínima atención de su parte. Aprecié  su actitud. Sin embargo, aunque sabía que me dedicaría su tiempo, me sentí insignificante. Comedidamente le presté mi sombra para que se protegiera del sol de medio día. Hacía calor y ella sudaba, pero, a ratos, las ráfagas de viento que venían  del río, levantando faldas y alborotando melenas,  nos refrescaban  de manera intermitente.

—Helena —gritó un muchacho desde una ventana.

Nos detuvimos.  Unas diminutas gotas de sudor que aparecieron  encima de  su labio superior, fueron limpiadas rápida y discretamente con el dorso de su mano. Volteó hacia la voz y sus ojos sorprendidos se iluminaron. El contraste de sus ojos con el matiz rosado que a su cara le imprimió aquel encuentro, me hizo verla más hermosa. 

—Hola, Juan Manuel —le respondió en tono bajo, como para sí misma.

Lo saludó de lejos con la palma de la mano. Estaba emocionada. Vimos venir al muchacho y lo esperamos. Le contó que su abuela se iba el sábado en la madrugada y él cuidaría la casa hasta el martes por la tarde. Helena colocó sus manos atrás, no sé si para ocultar algo o para mostrar su escote. Ambos estaban nerviosos, pero ella dominaba la situación.

—¿Vienes mañana? —le preguntó Juan Manuel con sumisión.

—Sí —respondió ella con seguridad, — por la tarde.

En el muchacho se  avivó  la esperanza. La vi en sus ojos y lo noté en sus visajes. El puño de su mano se estrelló suavemente contra la palma de la otra, en un ademán de triunfo. Se sonrió suavemente, hasta que su expresión se convirtió  en un  gesto amplio y franco.

Por la conversación supe que íbamos para su casa. Juan Manuel se devolvió casi saltando y  desde la ventana nos siguió con la mirada. Nosotros seguimos caminando con paso rápido. Me apretó nuevamente contra su pecho, tan fuerte que escuché el  poderoso pum  pum de su corazón y el correr de la sangre en sus venas como el tropel que produce la corriente de un río crecido. Suspiró con profundidad. Otra vez  suspiró, profundo y entrecortado. Fue entonces  cuando comprendí que  estaba equivocado. La primera vez que me apretó contra su pecho, creí que era ternura, pero no; aquella vez, como ahora, era deseo. Me di cuenta de que  sus pezones, erectos, habían  vencido la presión del sostén y se insinuaban por encima de la blusa. Unos cuantos pasos más y estábamos abriendo la puerta de  su casa.

No puedo decir que entramos de manera sigilosa, pero si procuramos el silencio y la rapidez hasta llegar a su cuarto ¡No había nadie en la casa! ¡Estábamos solos! En el cuarto no habían  ojos como los míos, ni grandes y almendrados como los suyos, que nos fisgonearan.

Me tiró sobre su cama. Trató de cubrirme con su cobija pero no lo logró. No entendí, porque aún dentro de su cuarto, ella quería esconderme. Me sentí mal. Esta actitud me confirmó la primera impresión que tuve cuando nos encontramos. No  comprendía su temor, si en la casa no había nadie, tal vez lo hizo para que no la viera desvestirse. Pero la vi. Sí, la vi, y no solo eso. Sus senos firmes y generosos, de oscuros pezones, me rozaron  cuando colocó  su blusa y su sostén, en una canasta plástica que estaba al otro lado de la cama. Muy tenuemente arrastró sus senos  sobre mi piel. En forma sutil, como una caricia  hecha con una pluma. La miré goloso. El aire adquirió  una fragancia suave y dulce a nuestro alrededor.

Después el pantalón. Se despojó de él rápido y me mostró una pequeña cintura y unas fornidas caderas, unas piernas rectas y la masa redonda y musculosa de sus nalgas, que se abrieron cuando  se agachó a recoger del suelo el panty caído. Estaba desinhibida, sin recato. Me ignoraba con deliberación. La vi totalmente desnuda. Su ombligo, un hoyo profundo y perfecto, rodeado de vellos escasos y brillantes. Su pubis, por completo rasurado el vello, terminaba en un pequeño abultamiento dividido por un gran surco que se perdía en la profundidad rosada de sus carnes. Se pasó la mano de abajo hacia arriba y comprobó su humedad. Olió. Ansiosamente busqué sus senos y obtuve un encuadre de todo su cuerpo, en un solo golpe de vista. Observé su venusiana desnudez, como quien contempla un cuadro: con imaginación, con fantasía. Cogió sus senos y los sopesó frente al espejo, intentó lamerlos, pero no los alcanzó. Miró al frente y su reflejo le devolvió una mirada coqueta, un manoteo de pasarela  y una sonrisa de picardía.

Tocó sus manos, pies, cabello y labios. Palpó senos, ingles y  piernas. Llenó su boca y penetró sus pliegues húmedos. Lentamente el agua fue recorriendo todo su cuerpo. Las gotas de agua que vertiginosas resbalaban,  se aferraban inútilmente a su piel cuando salió del baño. Se secó frente a mí, despaciosa, segura y con provocación. Se puso un camisón amplio y muy corto que solo la cubría desde los hombros hasta el ombligo. Luego, me agarró con energía, se paró frente al espejo y, mientras se arreglaba el pelo, me puso entre sus piernas. Era una posición rara para mí y tal vez nueva para ella, pero afronté la situación con entusiasmo. Mi piel con su piel tibia y blanca. La suavidad de su pubis recién rasurado. La leve presión de sus carnosas piernas y ese aroma…. Era un olor fresco y nuevo. Era una esencia limpia y tierna. Sus piernas empezaron a temblar, se agarró del tocador para no perder el equilibrio y cuando terminó, me sostuvo entre sus manos para que no me cayera. Y nos fuimos a la cama, pero inmediatamente la llamaron.

—Helena, el almuerzo está en la mesa.

Ella no se sorprendió. Yo me asusté cuando escuché la voz. Había creído que estábamos solos. Me soltó rápidamente. Se puso el complemento del camisón, tomó el celular del peinador y se fue.

El piso era de baldosas blancas y lisas; las cortinas, de un verdoso transparente, y las paredes… ¡Oh sorpresa! Unos ojos me observaban con actitud agresiva y desafiante, mientras que otro hombre se sonreía y, cuando Helena cerró, el rostro dulce de una cantante latina de pop apareció detrás de la puerta.  Plasmados en el papel, en un instante eterno de agresión y de alegría,  todos parecían  felices de estar colgados en el cuarto. También yo lo estaba ya.

Helena volvió. Aseguró la cerradura. Abrió la ventana. La claridad fue mayor y un ramalazo de aire fresco  le sacudió algunos cabellos. Otra vez la voz.

—Después del almuerzo, no puedes estudiar, ni prender el computador, ni hacer  nada —le advirtió.

—Ya lo sé, mamá —dijo contrariada. —No íbamos a hacer nada.

Obedeció.  Me apartó de un manotón y luego se durmió a mi lado, no supe por cuánto tiempo.

Dos golpes en la puerta y el llamado para que recibiera el celular que había dejado  olvidado en el comedor, la despertaron.

—Te llama Susana —dijo la misma voz.

Helena se levantó y abrió la puerta  no más que lo necesario para que entrara la mano y entregara el teléfono. Agradeció con voz perezosa y volvió a la cama conmigo. Hablaban  de mí.

—Ni lo he tocado —le dijo mientras me miraba y me manoseó intencionalmente.

—No, no he podido. Después te llamo y te cuento —dijo.

Colgó y tiró el pequeño aparato en la cabecera. Me pareció que tenía la costumbre de tirarlo todo. Enseguida se  dispuso con decisión para nuestro encuentro más íntimo. Yo deseaba mostrarle todo lo que sabía, sólo si ella me lo permitía, pero fue Helena quien tomó la iniciativa, no  pude impedírselo. Se acomodó en la cama y acarició todo mi dorso con lentitud, de abajo hacia arriba, suavemente. Parecía indecisa. Al cabo de unos segundos, se resolvió y me volteó. Cuando me descubrió por completo, su boca se abrió  por la sorpresa pero se fue cerrando  gustosa y despaciosamente  mientras  me acometía de lleno. Me contempló parte por parte, me sobó trozo por trozo con su delicada mano. Me tocó por todos  lados con  insistencia  y curiosidad. Sus dedos se desplazaban con rapidez sobre mi cuerpo, en una tenue y deliciosa caricia. Era muy hábil en esto,  parecía que estaba acostumbrada a hacerlo. Se enderezó y me subió hasta la altura de sus senos. Accedí de inmediato a su insinuación. Después quiso intentar otra posición. Ahora en el piso, yo debajo y ella encima. Frente con frente. Sus movimientos eran pocos y lentos, solo sus piernas se movían de abajo hacia arriba pero no su cadera. Le recomendé un movimiento circular. Ella disfrutaba, en su cara había una sonrisa de placer, pero no me dijo nada. Ni una palabra, ni un quejido, estaba muy silenciosa. De pronto suspiró profundo y se estremeció. Se quedó quieta unos minutos,  parecía cansada pero no satisfecha. Después de un rato, volvimos a la cama. Me acomodó otra vez entre sus piernas y empezó de nuevo a recorrer  todo mi cuerpo con su mano suave como un soplo. Entonces la puerta se abrió y su madre se adentró unos pasos. La reconocí por la voz.  Conmigo fue indiferente, ni siquiera me  determinó, como si  no existiera. Nos miró sin sorpresa, más bien con aprobación.

—Pensé que te habías dormido —le dijo.

Helena no respondió. Sintió temor. Lo percibí cuando me soltó lentamente, pero lo escondió en una mirada de inocencia.

—¿Vas a salir? —preguntó  la madre con cariño.

—Hoy no, pero mañana sí, por la tarde. Voy donde Susana. ¿Me puedo demorar? —su voz fue suave y dócil.

—Sí, ven  antes de las  siete a comer —le dijo,  nos  volvió a mirar con naturalidad y se fue.

Volvimos  a nuestro ejercicio, con más tranquilidad y más ganas.

Rato después, cuando Helena consideró que había sido suficiente, se levantó y llamó a  Susana. Marcó, puso el celular en alta voz y lo dejó en el peinador. Ya satisfecha, perdió toda  preocupación  por ocultarme.

—No me pareció tan bueno —le dijo a Susana. 

Me miró con  indiferencia y sin reato. Yo pensaba  que había hecho un buen trabajo.  Estaba sorprendido.

—Me parece como muy viejo —dijo.

—Sí, tal vez, pero a mí me enseñó mucho. Póngale imaginación —le contestó  Susana.

—No sé… Además, tiene poco color y  es muy elemental —se quejó Helena, mirándonos alternativamente a mí y a su réplica en el espejo, sin dejar de arreglarse el pelo con un peine dorado, de dientes grandes.

Me sentí decepcionado.

—Tú  lo que querías era una  revista pornográfica —le respondió Susana.

—Te voy a dar  las direcciones de unas páginas en Internet, allí  puedes encontrar de  todo y  hay para escoger movimientos, posiciones y tamaños, como en las películas.

—Tengo computador pero no Internet —le contestó Helena y tiró el peine sobre la cama.

Susana le prometió que el lunes me cambiaría por una  revista  mucho más explícita. ¡Qué  desilusión!

En la oscuridad de un morral, camuflado entre otros libros y cuadernos, espero  resignado  a que llegue el lunes.
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©   Pedro Antonio Losada López

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen IX – Número 34
Julio-Agosto-Septiembre de 2008

SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
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PROGRAMA DE HUMANIDADES Y LENGUA CASTELLANA
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
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