Jorge Artel en Nueva York

Álvaro Suescún Toledo
alvarosuescun@dinanet.net.co

Tomado de Suplemento Dominical El Universal, Cartagena, domingo 19 de agosto de 2007.

A Harlem, considerada la capital cultural y política de los negros en Nueva York, llegó Artel en Octubre de 1951.

Venía de Cuba, donde estuvo poco más de diez meses ofreciendo sus recitales de poesía indomulata en La Habana, luego una corta gira por las provincias de Oriente haciendo conferencias, saludando amigos, conociendo de cerca la vida y las costumbres de los negros en esa isla antillana, finalmente se estableció en Santiago de Cuba por algún tiempo, esperando autorización para entrar a Estados Unidos.

Había recibido la buena noticia de la aprobación de su visa, un mes antes, gracias a una invitación del filólogo español Federico de Onís y del poeta cubano José Antonio Portuondo, vinculados a Columbia University, donde también fueron recibidos Federico García Lorca y Gabriela Mistral. Jorge Artel había sido contratado para dictar un seminario sobre América Latina en la facultad de Estudios Hispanoamericanos. Tiempo más tarde recordaría con fruición la entrañable amistad hecha con De Onís, un estudioso catedrático que contribuyó en forma decisiva a la difusión del hispanismo en Estados Unidos. Se habían conocido un par de años atrás cuando aquel dirigía el Departamento de Estudios Hispánicos, Universidad de Puerto Rico, recinto de Río Piedras, en San Juan; eran admirables su conocimiento y su virtuosismo verbal, su conversación estaba llena de acreditados conceptos, entre otros, afirmaba que Tomás Carrasquilla era el creador de la novela latinoamericana. En sus paseos por la ciudad universitaria, De Onís le hablaba de su aprendizaje con Unamuno, en la Universidad de Salamanca; de ambos —del maestro y de la ciudad— sentía nostalgias. También solía evocar con afecto a Ortega y Gasset y a Juan Ramón Jiménez. Tendría algo así como 65 años y, aunque jubilado por Colombia University, alternaba sus estudios hispanistas entre Nueva York y Puerto Rico. 

Harlem, la Ciudad Oscura

Así la llama en uno de sus poemas Langston Hughes, estaba al norte de Manhattan. La sola mención de este nombre significaba discriminación racial y pobreza. Allí, en el Hotel Hamilton Place, frente a la plaza del mismo nombre, se estableció Jorge Artel para averiguar costumbres y realidades de los afroamericanos, interesado en esos aspectos, en su riqueza musical, su literatura y sus leyendas, algunos de los poemas  de Artel reflejan ese entusiasmo por su música, especialmente el jazz band, en ellos hace homenaje a la importancia alcanzada por representantes de la raza negra norteamericana como Josephine Baker y Paul Witheman. Desde los años 20s, artistas y escritores del sur norteamericano, al igual que muchos latinos del Caribe, se habían instalado allí, y todavía vivían en ella Hughes, Countee Cullen y James Baldwin, célebres escritores negros. A la poderosa Asociación Nacional para el Avance de la Gente de Color acudían cientos de beneficiarios cada día llenando las cuadras de  vida, la gente por montones en las calles recordaba cuando sus antepasados, mano de obra de esclavos negros, reconstruyeron el camino de indios, casi quince kilómetros, para unir Harlem con New York,  conocida ahora como la calle Broadway.


La Prensa saludó la llegada del poeta cartagenero con un  titular destacado: JORGE ARTEL EN NUEVA YORK. Se presentó como un poeta indomulato nacido a la orilla del mar, hijo de negro pregonaba su orgullo racial. El tema central de sus disquisiciones era la insistencia en la expresión de lo genuinamente americano. Agrega la información que el destacado poeta e intelectual colombiano se encontraba en esa ciudad después de haber permanecido durante largo tiempo en la Habana y San Juan. En efecto, había salido poco más de tres años atrás de Cartagena, con la cantante barranquillera Esthercita Forero, su compañera sentimental, habiendo pasado por Venezuela, República Dominicana, Puerto Rico y Cuba, en una gira artística largamente preparada para recorrer el continente americano.

El odioso “discriment”

Habían  llegado por avión a Nueva York, una semana antes.  En el aeropuerto los trámites de ingreso fueron agilizados por las gentilezas del funcionario de inmigración que  les tocó en suerte, acucioso como todos en su oficio, iba repasando la fila para hacer preguntas a los viajeros, entre ellas cuánto dinero llevaban, levantó la vista para mirar a Artel y notó que este llevaba el escudito de la masonería, le dijo: —“¡Oh, you are brother!”,   y les indicó que siguieran.  Apenas si llevaban plata,  y no sabían que, en esa época, para entrar a Estados Unidos había que portar 600 dólares, mínimo, para un permiso por seis meses. Jorge Artel  conservaba, prendido en la solapa de su vestido, un escudo masónico heredado de sus amigos cartageneros, que le había granjeado muchas ayudas a lo largo del incierto camino. Aquí también funcionó.

La ciudad de los rascacielos le impresionó desde el primer instante al marcar esa audaz geometría que desafiaba las leyes del equilibrio en sitios que constituyen su entraña más vertiginosa; en las calles se notaba, como un péndulo regulado por las luces de los semáforos, el ir y venir de oleajes humanos por los sectores más concurridos. Había algo maravilloso en esas grandes  pausas de silencio que tenía la ciudad en sus parques, contrastando con la música que se desprendía de los altoparlantes en todas direcciones, convirtiendo la urbe en una expresión sinfónica.

Pero ese espíritu con disposición al acercamiento los fue saturando con las sorpresas que a cada instante brotaron a su paso. Pocos días bastaron para notar la mansedumbre de los negros, en las salas de espera debían ocupar  sitios apartados, en los buses los lugares de privilegio eran para los blancos, en muchos restaurantes conservaban baños para blancos y otros para los negros,  estos no podían ocultar una gran melancolía en su mirada, todavía no alcanzaban a comprender la odiosa discriminación a que eran sometidos.

Criterios diferentes por la poesía negra

El martes 16 Octubre La Prensa de Nueva York,  publicó una entrevista hecha por Francisco Portela, en la que Artel pone de presente sus diferencias con el tono patético de lo poesía negra afroantillana, en ella salva sus diferencias con Nicolás Guillén. El poeta cubano, gran amigo del poeta de la histórica ciudad de Heredia, lo había visitado en su  casa de Getsemaní, cinco años atrás, y había recibido su visita en la suya de La Habana, en la reciente estadía, tuvo la osadía de poner en tela de juicio la poesía negra ante Artel, en una presentación que hiciera de este en la Universidad de la Habana. Con mucho respeto le reconocía al poeta una dimensión propia, fuera de la tónica colombiana donde lo indio se mezcla profundamente con lo español, para concluir que la de Artel era más una poesía de órbita marinera, según hacía pensar el soplo portuario que azotaba el rostro del lector en la mayoría de esos poemas.

A Guillén los calificativos de negra y blanca le parecían arbitrarios para la poesía por cuanto algunos escritores trabajan cierto tipo de poesía con negros,  resultando estampas superficiales en las que se ocultaba el dolor profundo, la tragedia de un grupo humano sometido que en algunos lugares como Estados Unidos, no se diferenciaba de la antigua esclavitud.

Habría que abonar a favor de Artel que numerosos poetas negristas hubieran dedicado sus versos a los aspectos más llamativos de la cultura negra, como los rituales contenidos en el baile y la música, y él, en cambio, exhibía de manera explícita un discurso reivindicativo en sus poemas, revalorando elementos esenciales de la raza negra.  Oponer la poesía negra folclorista a la poesía negra comprometida implicaba de alguna manera relegar a un plano inferior lo popular a favor de una manifestación política más marcada. En opinión de Artel ese tipo de poesía en que algunas veces incurría Guillén, exagerando la onomatopeya, solo servía para denigrar de los negros a través de versos burlones,  representaciones caricaturescas  y peyorativas de la imagen de las mujeres negras, con una fonética que exageraba la pronunciación.

Según Guillén, hablar de una poesía negra, aislada de otros elementos que integran la cultura americana, era como echar leña a la hoguera del racismo y establecer una categoría espiritual desmentida por la sociología y por la historia.  En nuestro territorio americano, otros escritores hacían discursos raciales desde lo literario, trabajando sobre las angustias del negro sin que lo festivo que se refleja en la frescura del espíritu y en la esperanzada alegría coexistente en sus dramáticas tristezas, dejara de salir a flote. De todas maneras seguía siendo poesía de mestizaje que contenía los valores de la cultura afro-europea. En ello coinciden los dos poetas, dado que Artel acepta en su mensaje cultural la expresión del mestizaje, su poesía estaba cargada de un fuerte acento político, conllevando un compromiso social con las luchas de esos tiempos.

Finalmente Artel se convence, desde su propia perspectiva, de que ello ha sido así. ¿Acaso eso no había motivado el inicio de esa larga gira en la que ya andaba por mitad del camino? En efecto, al sentir que su discurso racial no estaba suficientemente divulgado, que Tambores en la Noche, su único libro de poesías, publicado en Cartagena en 1940 pero escrito casi en su totalidad en Bogotá quince años antes, no tenía la difusión que un autor como él se merecía, se lanzó a la conquista de América. Su voz poética reproducía como un llamado ancestral la conciencia de la raza, la reivindicación de lo negro. Reflejo de esta situación es la nueva edición de Tambores en la Noche, en Guanajuato, México, en 1955,  con nueva estructura  para el libro, la inclusión de otros poemas y la revisión de algunos de ellos correspondientes a la primera edición, para articularlo de mejor y más significativa manera con el concepto de negritud.

La Americanidad, una cadena que une eslabones

Invitado por José Cohen, un barranquillero que trabajaba como profesor en Princeton University, New Jersey, Artel convoca a los latinos en el claustro, allí explica sus conceptos americanistas. Tenía el poeta la facultad de reseñar en palabras estrictas el perfil de las cosas. Creía que el hombre de América, antes de alcanzar la universalidad de la cultura, debía federalizar el concepto cultural: situarse en su pedazo de tierra. El concepto de lo nativo debía ser el aliento vivificador de nuestra cultura, el  medio de  expresión para librarnos del lastre de la civilización europea.  El poeta de las Antillas debía ser un trasunto de su paisaje antillano, el del Perú de su raza Inca,  y así el hombre de cada región. Las grandes vivencias de carácter folclórico en el campo de la divulgación y conservación de los patrimonios artísticos populares no estarían completan mientras al pueblo no se lo identificara con la pasión por lo nativo, y el esfuerzo de los folcloristas y los orientadores criollos no trascendiera del ámbito minoritario en que se desenvuelvía. La americanidad sería una gran cadena uniendo eslabones a partir del sentimiento y la expresión de lo nativo; Jorge Artel era un eslabón en esa larga cadena, poeta de una raza y de un puerto, como lo refleja en sus poesías.

En expresión del poeta, ante un auditorio repleto de latinos inconformes y entusiastas, los europeos habrían empezado su mestizaje al contacto con el crisol de razas y de culturas que era el Nuevo Mundo. La cultura americana radicaba en su esencia nativa, en la emoción integral de nuestro paisaje. Y el resultado de ese mestizaje que se dio en tierras americanas negaba cualquier supremacía racial, negra o blanca o india o mestiza. América es un todo “emulsionado y transitorio” en el que desconocer los elementos nativos sería pretender aislarnos atentando de paso contra el concepto de cultura. Si nuestro suelo se hubiera convertido en una prolongación espiritual de Europa, seríamos, en nuestro papel histórico, un nuevo escenario para la explotación del ser humano y el aniquilamiento de su dignidad, sin margen para una cultura donde se reflejara la libertad. No tendríamos razón de existir, estaríamos en contradicción con el ritmo eterno que rige los destinos de la humanidad.

El hombre americano es el porvenir

Después de la conferencia, Artel se expresó en su lenguaje natural, leyendo algunos de sus poemas que fueron aplaudidos con entusiasmo, no sin aclarar antes que estaban provistos de sensibilidad indomulata, expresión de esa angustia ancestral americana, no la entendida genéricamente como poesía negra en la que comúnmente el lenguaje de prosodia deformada, onomatopéyica, se apropia del concepto y se confunde con lo popular. Bastó con que comenzara a hablar el poeta para que se percibiera en su voz fuerte y vibrante su fina sensibilidad, su emoción sincera.

En los comienzos de diciembre concede una entrevista a Luisa Quintero, publicada en la edición de ECOS. Apasionado por las características primordiales del hombre de nuestro continente, sigue  difundiendo sus doctrinas para que los nativos de Latinoamérica desarrollemos nuestro tipismo. Expresa con convicción que en América no hemos logrado nuestra ubicación histórica como producto resultante de las tres razas que nos constituyen —blanca,  indígena y negra.

Poniendo a prueba su extraordinario poder de comunicación, Artel expresa en tono profético que en el hombre de América comienza el porvenir de la cultura universal,  sería el llamado a echar las bases del sentimiento americanista, con orientación estética a tono con la formidable geografía del medio y con todas las manifestaciones caóticas pero grandiosas de la naturaleza que lo rodea.  Artel considera que, realizadas las últimas etapas culturales de Europa, corresponde al hombre de nuestro continente verter una obra nueva con un sabor terrígeno. El problema de nuestros pueblos, en lo que se relaciona con la cuestión estética y cultural, sería adquirir conciencia de ello. Cuando los grandes conglomerados de América tuvieran madurez de espíritu colectivo y el tipismo hubiera logrado sus etapas de mayores depuraciones, estaríamos cerca de una nueva realidad americana, es la  conclusión de Artel ante un público que lo vitorea con entusiasmo.

El “drummer” negro de un jazz sesión

Venciendo su natural aprensión, Artel decide visitar en su casa, a comienzos de febrero del 52, a Langston Hughes, a quien admira desde tiempo atrás. Se había nutrido de amplia información sobre su vida y obra, leyendo El inmenso mar, su biografía en español, e intercambiando conversaciones con Manuel Zapata Olivella, como él mulato, poeta y nacido en Getsemaní, quien diez años antes había hecho un largo viaje, casi siempre a pie, desde Cartagena hasta Nueva York, donde lo había conocido. Hughes, cercano a los cincuenta años, estaba atareado cuando el poeta llegó al final de aquella tarde de invierno, por lo que debió esperarlo dubitativo un rato que se prolongó más de la cuenta, en el que solo la cruda nevada que azotaba afuera le impidió regresar por donde había venido. Pero una vez lo tuvo en frente, Hughes, bueno y simpático, abrazó al poeta cartagenero, y congeniaron de tal manera que un par de semanas más adelante el poeta negro americano, que hablaba bien el español y estaba actualizado en materia de literatura latinoamericana, agasajó al  cartagenero con una espléndida fiesta en su casa de Harlem, acompañados por algunos integrantes del grupo de jazz de Benny Goodman, el gran clarinetista judío. Esas “jazz sessions” eran habituales en su casa y la imitación de esos sonidos improvisados daban una nota destacada en sus poemas.  Esa noche recibió otra sorpresa: una invitación para escuchar en recital al grupo de Goodman, en  Carnaggie Hall.

Artel y Esthercita Forero acudieron puntuales al templo consagratorio de la música en Nueva York, para apreciar al quinteto de Benny Goodman en concierto, la mitad eran judíos blancos entre ellos Krupa, el gran baterista, todo el mundo quería tocar como él. En los palcos, alrededor, las entradas eran más caras y en ellos estaban los blancos. Los negros en el centro y abajo, más cerca del escenario. Artel miraba con detenimiento las reacciones del público asistente, los palcos reaccionaban con aplausos y manoteos, los negros en cambio estaban estáticos, corrían las lágrimas de la emoción. Kruppa, la leyenda viva, quedó retratado en el poema Al drummer negro de un jazz-session  con sus alas de cóndor abatido  porque al tocar la batería se hundía desde los hombros en el instrumento. Otra cosa inolvidable: la cantante de esa noche era Ella Fitzgerald.

Los trabajos y los días

El 25 de abril, el Círculo de Escritores y Poetas Iberoamericanos de New York, cuyo presidente era Juan Avilés, convocó a una conferencia de Jorge Artel. El poeta colombiano habló sobre la "Importancia del folclor Americano", una versión aumentada de su “Insistencia en América”, en la Sociedad Española La Nacional. Al filo de la media noche, Artel celebró su cumpleaños número cuarenta y tres con Juan Avilés,  sus amigos cubanos José Antonio Portuondo, profesor de literatura, y la pianista Cira Martínez, el abogado puertorriqueño Julio Pinto Gandía, el fotógrafo norteamericano Bernard Cole, el declamador dominicano Diego Henríquez Valdéz, el escritor y político venezolano Valmore Rodríguez, su viejo amigo el poeta cartagenero José Nieto,  y Esthercita Forero.

Para esos días, en las ocasiones en que el trabajo literario no alcanzaba para sustentar los gastos del día, Artel debió elaborar máscaras y lámparas artesanales,  tarea en la que se volvió ducho, poco después recibió un contrato como escritor en la División de Radio Latinoamericana de la ONU, entidad en la que ya había fracasado como traductor, luego se vinculó al cuerpo de redacción de Selecciones del Readger Digest,  adonde había llegado por influencias de Eduardo Cárdenas Nanneti y para la que elaboró entre otros relatos "Cartagena de Indias", acerca de esa ilustre ciudad en sus memorias y  "Mi primera defensa penal", descripción de las argucias que debió tramar para lograr la defensa exitosa de Pedro Canchila Cardona, un reo llamado a juicio por asesinato, y declarado inocente tras la exitosa intervención de Jorge Artel. Fue también colaborador del Catolic Digest, donde sobresalieron sus artículos por su originalidad. Su amigo cartagenero José Nieto, con quien solía ir hasta unos bares en los muelles de Brooklyn que les recordaban sus andanzas en El Bodegón y El Astor de la ciudad amurallada; Nieto, viejo amigo de la bohemia cartagenera, daba fe de estos malabares periodísticos al incluir en su inventario un artículo titulado "San Pedro Claver, apóstol de los negros", publicado con el seudónimo de Lucas Faber, utilizado con asiduidad para el diario Panorama de Maracaibo durante su estadía en ese país. Otro tema trabajado fue “La música negra tiene otro sabor en el Caribe”,  en el que establece su criterio acerca de las diferencias entre el Jazz, el Fox Trot y  la música Caribe.

Importancia del folclor

Una síntesis de la conferencia de Artel fue publicada el domingo 18 de mayo en La Prensa en la que asume distanciamiento ante la llamada poesía negroide, forma ésta de clasificarla que admitía aunque con  reservas, sustentada así en su concepto filosófico. Decía él que  se podía denominar negra una poética de los afro-descendientes, escrita en lengua o dialectos de África. Siendo ella escrita por  mestizos resulta una poesía americana y, en último caso, mestiza o mulata. Tampoco creía que su misión específica debía ser anecdótica, como esa en boga, escrita para lograr efectos teatrales mediante la declamación y en la que imita la fonética defectuosa de los negros, inexistente por demás desde la época colonial.  En cuanto al acento humorístico que invariablemente se le imprime, era saludable cuando se empleaba para resaltar la ingenuidad  del personaje, del cual, el negro en cautiverio y sus descendientes, sublimaban su dolor. Pero exagerado de tal manera que el negro de esos poemas quedaba cómicamente reducido, lo único que eso tenía de dramático era que al hacerlo frente al intérprete se reían de algo que, a despecho de muchos, la mayoría llevaba en la sangre.

Americanos por la independencia de Puerto Rico

Ese mismo día, Artel hizo acopio de la fogosa oratoria que se le conociera en sus mejores años dedicados a la política en Cartagena para reiterar su convicción de la independencia de los pueblos americanos en un homenaje a Rómulo Lachatañere,  fallecido pocos antes en un accidente de aviación, quien trabajaba en Columbia University. Con él también intervinieron Sara Lachatanere, José Antonio Portuondo,  Cira Martínez, Bernard Cole y los líderes independentistas puertorriqueños Walter Christmas y José Dávila Semprit.

Lachatañere era un periodista  estudioso de las influencias africanas en Cuba y el sistema religioso de los lucumís, y era militante del partido comunista de los Estados Unidos. Tenía la misma edad de Artel. Su sepelio fue una demostración de esa gran hermandad latina expresada en la solidaridad intrínseca por las luchas sociales de cada país, especialmente entre cubanos y puertorriqueños, a las que Artel y Valmore Rodríguez fueron bastante permeables. La Liga Americana para la Independencia de Puerto Rico se disolvió  luego de que Ruth Reynolds, su dirigente, fuera puesta en prisión en San Juan; al salir libre bajo fianza más tarde, en junio, regresó a Nueva York. Bajo su liderato la organización fue revivida y transformada en Americanos por la Independencia de Puerto Rico, a quienes Artel siguió ligado por razones de afinidad con Rafael Hernández, el célebre compositor, y el poeta Luis Palés Matos, destacados integrantes de esa cofradía masónica independentista.

Al extinguirse el permiso para su estadía en Estados Unidos, Artel y Esthercita Forero viajaron a México, por la Greyhound, la empresa de buses que cubría las carreteras de los Estados del Sur, por allá observan el injusto trato y las penosas prohibiciones que aún sufren los ciudadanos afro-americanos en una segregación legalizada, estas imágenes forman parte de algunos poemas que enriquecen el contenido de la nueva edición de Tambores en la Noche, hecha en Guanajuato, México, tres años más tarde.

El autor:

Álvaro Suescún Toledo es economista, nacido en barranquilla, en 1951. Poeta y crítico de arte. Ejerce el periodismo cultural, ha realizado investigaciones sobre la vida y obra de Esthercita Forero, Carlos Franco y Gustavo Ibarra Merlano. Sobre la vida y obra de Jorge Artel, ha desarrollado una amplia investigación, conjuntamente con la profesora española Luisa García Conde, catedrática de New Yok University, en Venezuela, Puerto Rico, Estados Unidos, México, Panamá y Colombia. Tiene compilada su obra periodística, y la casi totalidad de sus poemas inéditos. Prepara un libro biográfico sobre Jorge Artel.
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©   Álvaro Suescún Toledo

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen IX – Número 35
Octubre-Noviembre-Diciembre de 2008

PROGRAMA DE HUMANIDADES Y LENGUA CASTELLANA
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

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