No solo estos espejos
Yurina de Alba
Humanidades y Lengua Castellana
Universidad del Atlántico
Barranquilla – Colombia
"Extraordinaria poesía la de Yurina. Es un verso profundo, sabiamente escrito, con la decantación de quien,
a pesar de su juventud, ha estado pensando en la existencia
como una larga herida."
Guillermo Tedio
Jamás la había sentido tan cerca
ni siquiera en los momentos más sublimes.
Ahora sé cómo es
porque su aliento revolotea por mi nariz.
Es cierto,
la muerte duerme en mi vientre,
juega en mi espalda,
impaciente y cálida
como la sangre derramada por los inocentes,
delicada y altiva
como quien tiene la disposición de vivir eternamente.
Ella no tiene mortaja.
Esta noche
ha elegido mi cuerpo
para morar en él.
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No sólo estos espejos
están atestados de escombros.
Adentro
estamos nosotros,
cundidos de sangre.
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Me pregunto
si acaso mis noviembres se cansarán.
Están preñados de ausencias
y ya va más tiempo del permitido por la odiosa biología.
La espera
es la cría inexorable
de quienes se antojan de esperanza.
A ella no le importa
la paciencia despiadada que la acompaña.
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Entendí,
con la rabia acostada en mi lengua,
que los pájaros no son del mismo color.
Continué entonces
la celebración de mi soledad
y le extendí
más y más lana a Amaranta.
Ahora que conoció a la muerte,
tiene más tiempo para escucharme.
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Tal vez aparezcas
tras las sombras dolorosas
de la ausencia,
cuando los pájaros azules
asomen sus alas
por el barranco de mi agonía.
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Ya no quiero saber
el color de los pájaros,
es como conocer los azares de la tristeza.
Ya no quiero saber
de la tristeza,
es cómo descifrar el mundo de los azulejos.
¿Qué piensan?
Mi madre me dijo esta mañana
—los pájaros están tristes—,
entonces supe
que los cardenales
seguirán visitándome cada mañana.
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El Remordimiento es el vinagre que heredamos, la guitarra que tocó Eva, el mar de ingenuidad que saboreó Adán. Es el pájaro negro que golpea su pecho tres veces y después nos saca los ojos, la última cena mal digerida que decide en súbita venganza asesinar los instantes de luna llena. El Remordimiento es este pan, este vino de cianuro reprimido. Nada nos salvará. Un cáliz nos enjuicia, nos señala con su índice carcomido, nos corta la cabeza astillada de antiguas cicatrices, desayuna nuestras manos (que ya no toleran enmendaduras), lame los huesos crucificados, acariciando cada célula culpable del cuerpo. Finalmente y en acto suicida nos prepara para llegar radiantes al festín anunciado de la muerte.
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Pensar en ti
parece fácil
pero nadie conoce
de la migraña de mi alma.
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Me gusta esperarte mirando el sol
sobre andenes de agujas,
recogiendo los ripios de las almas.
La gente pasa,
me miran con lastima
e incrustan una sombrilla en mi espalda.
Ya van muchas horas
pero el último niño en bicicleta
pasó hace algunos minutos.
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He visto pasar
por esta calle
a la gente que ha desmadrado el sol de las trece horas.
Pasan distraídos,
como juguetes ya sin baterías.
Veo pasar
el desfile de fauna podrida
y los nacidos de mala manera,
quienes altivos
muestran sus muecas erigidas por el remordimiento.
Suele asomarse también
la risa de los niños,
dulce como el vuelo de un pájaro,
y me alegra saber que por la calle
no sólo pasan putas alimentando su mala suerte
y sueños infecundos con cruces a cuestas.
Ya nada es suficiente,
sólo cierro los ojos.
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A mediodía
el hechizo me confesó su secreto.
No lo escuché.
La hora pico
no era la indicada.
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Lejos, detrás del alba, me llama mi madre.
Hernán Vargascarreño.
Tajante y resistente como murallas de cartón, llena de insinuaciones, carente de técnicas y ritmos. Atrevida, pero no por eso desequilibrada, logra persuadir hasta las mentes más impenetrables, más testarudas y menos lúcidas. Así es ella. La que no sabe de medidas, pero aprendió a darme justo lo que necesitaba, la que fue acusada de ser vulgar, porque nadie conoció la simpleza de sus intenciones.
Sólo a veces se excede al tratar de decirme cosas de poca importancia; entonces, la ignoro, así como es ignorado el color rojo en una esquina un poco antes de la muerte. Pero una vez más está aquí, insistente, con su voz de profeta incrédulo, con la pujanza pausada de la palabra desconocida.
En eso consiste el juego de la sangre adquirida: el lenguaje que la genética no me puede negar.
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A veces,
muchas veces,
tu presencia me invade.
Entonces
no te encuentro.
La ignominia del azul
Lejos de sí mismos,
inexorables,
pariendo soles que agonizarían al final del día
y desenvainando las paredes del llanto.
Eran muchos,
la calle era su lugar,
este lugar
de té y galletitas,
damitas sofisticadas,
filántropos, obras sociales y miseria.
Ya no se puede
agitar el hambre hasta hacerla languidecer
al otro lado de uno mismo.
Se despreciaban
y también a nosotros,
que nunca atravesamos
la templanza de sus pasos
ni la súplica frecuente en su mirada antojada
de la voluntad de Dios,
quien no los abandonó
pero cerró sus ventanas
y vetó la luz de sus sombras,
para cambiarlas luego
por más cal, por más tierra
y por más mierda que llevarse a la boca.
Azul es el cielo
—como bien dicen todos—.
Azul es la vergüenza
que nos amortaja.
Señales
Hazme señas para saber que estás aquí.
Cualquiera, no necesitaré grandes cosas.
Sólo respira y, como la mariposa que perdió sus alas
y sale con reposada desesperación a su encuentro ,
te buscaré.
Llevaré conmigo los zapatos rotos —los mismos de la fotografía—
para que ni la providencia se apiade,
para que el olvido se olvide de mí,
para que los bándalos no me asalten la memoria,
para que me busques en tus espejos y sepas que soy yo.
Este no es un sueño. Despierta.
Psicopatía
Lo juro,
yo no quería hacerlo.
Inventar una mirada para tus ojos vacíos como mi locura,
tantear la jornada entre la luna yo-tú.
Pero lo hice.
“Ya vamos a llegar”
—te dije—
y no recuerdo más nada.
Tu mano buscando certezas,
tu mirada holgazana
y tu sangre violentando mis venas
mientras el puñal resquebrajado
daba gritos de lastima,
todos para mí.
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De cuando en cuando
algunas de las mariposas enrojecidas
trataban vanamente
de salir de las valijas aglutinadas.
Recordé
que una de ellas,
enardecida por el escorbuto del mediodía,
tanteaba el sopor de la muerte,
mientras las otras
disipaban la incertidumbre revoloteando sorprendidas
en la sala de espera de un aeropuerto.
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Al Sancho que nunca tuve…
La lagartija se arrancó la lengua.
La pisoteó y arrastró por el desierto
y siguió su vagar.
Luego
notó que otras de igual especie a la suya
la devoraban: se mordían, peleaban
para obtener un mendrugo de aquel órgano
extendido en el suelo y aún esplendoroso a pesar de los zarpazos.
La lagartija caminó lejos de allí.
Huyó.
No vaya a ser que sus vestigios le produzcan asco
y sienta deseos de vomitar.
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El amor
es el nombre de un cuento de hadas
que nos contaron
cuando habíamos dejado de ser niños.
Felino
Desplegándose
(infantil-confuso)
de la multitud devanada,
dio maullidos el gato emocionado.
Ahora
ronronea satisfecho, agazapado
en el ovillo dulce de la muerte.
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El agua pasa por más pequeña que sea la hendija,
una señora vende pescados frescos a precios cómodos,
un yerbatero resucita los cadáveres de la incertidumbre,
un borracho conjuga sus soliloquios eternos.
Mientras, los ojos atestados de ausencias
deciden un declive forzado en la cara.
Decembrino
Este año las brisas durarán más.
Y no es la furia de Dios,
Él no nos reprende con sus sombras y vaivén.
Es la culpa que revolotea encantada.
Viaje
Los besos de los niños
no conocen de vanidad,
no van a cenar ni inventan excusas.
Son fiesta, música, jazz.
El error es crecer.
Y ya no más trueques en el jardín,
los poemarios de inocencia,
canciones de barcos perdidos.
Crecemos con la certeza de cazadores de nada,
y resignados,
como ángeles en decadencia,
vamos al supermercado,
tomamos el dentífrico
y aprendemos por fin
a amarrar las agujetas…
Después de los cumpleaños
quedan las risas
convalescientes.
Entonces nos maquillamos
porque recordamos que a la muerte
le gusta vernos llegar lindos y preparados.