Editorial:
Centenario
de las sociedades literarias
en el Sinú

Albio Martínez Simanca
albiomar@hotmail.com

Palabras de agradecimiento del investigador sinuano Albio Martínez Simanca,
al recibir el Premio Goyo de la Cultura, otorgado por El Túnel, en Montería, el 2 de noviembre de 2008.


Agradezco a El Túnel el homenaje que se me ofrece en el marco de este XVI Festival de Literatura de Córdoba.

Con gran sentimiento de gratitud lo recibo, máxime cuando tiene la denominación “Premio Goyo de la Cultura” 2008, por cuanto fue Guillermo Valencia Salgado nuestro querido maestro, quien nos condujo por los caminos de la investigación y del saber folclórico y literario.

Hace cien años…

Hace cien años sucedieron muchas cosas en el valle del Sinú, que tuvieron que ver con el periodismo y la literatura.

Todo indica que quienes se dedicaron a crear en ese momento, lo hicieron conscientes del legado que dejaban, por lo tanto proyectaron un trabajo a largo plazo y, como en una carrera de posta, entregaron sus testimonios con solidez y con la seguridad de que las futuras generaciones no les íbamos a fallar.

De algunos periódicos de la época tomo puntos de referencia que me permitirán establecer el grado de compromiso que tuvieron los pensadores del Sinú y las Sabanas hace cien años.

En El Ensayo, de Cereté, No. 3, de fecha 1 de noviembre de 1908, aparece consignado que el primer periódico manuscrito del Sinú apareció en 1890, con el título de El Incipiente, y que su fundador fue don Abraham Rodríguez N., con los redactores Vicente J. Cantero P., Elías Padrón, Miguel Herrera y Antonio García, entre otros.

De manera asociada, los creadores del Sinú de principios del siglo XX reaccionaron frente a la guerra de los Mil Días y a través de diversos medios se pronunciaron contra los horrores de la conflagración, por ello, la presencia en el escenario nacional de una figura como Rafael Reyes vino a representar un respiro, entre otras medidas, con la ley de prensa que le otorgó “reconocimiento” a medios de comunicación, libros, escritores y periodistas. Simultáneamente se expidieron las normas que volvieron obligatoria la instrucción en Colombia, hecho que empezó a generar cambios en la estructura social de la región y el país.

Basado en las “facilidades” que le otorgaban las normas, se constituyó en Lorica una sociedad literaria que va a marcar el ritmo de nuestra literatura.

El 29 de diciembre de 1907 se aprobaron los estatutos de la Sociedad de Estudios de Lorica, hecho que viene a consolidarse el 1 de noviembre de 1908, con la reconstitución de la misma mediante acta suscrita por Antonio María Zapata, Francisco Corrales O., Jerónimo Maduro P., Ernesto L. Olivares, Luis V. Lugo, Marceliano Mora, Manuel T. Lugo, Manuel J. Ceballos, Daniel Nieves P., Luis A. González O., José Dolores Zarante, Rafael Martínez, Hermógenes Fernández, Campo Elías Ceballos, José Estit, Horacio Montoya, Juan C. Lugo y Alberto L. Morales. Como Presidente Honorario de la misma fue designado el Presidente de la República, general Rafael Reyes, nombre que también llevaba el colegio fundado allí por don Antonio María Zapata, el padre de Manuel Zapata Olivella, quien a la postre recogería este legado y posteriormente nos lo entregaría.

El 1 de enero de 1909, la Sociedad salta a la palestra con el periódico misceláneo El Estudio, editado por ella y a través del cual empezaría a irrumpir con sus ideas y el pensamiento liberal que sus miembros pregonaban.

Esta Sociedad se planteó como objetivos no sólo el estudio, sino la conformación de una biblioteca, la fundación de un periódico, la realización de conferencias, la verificación de lecturas en común “de las obras más notables”, la realización de veladas literarias y ante todo, “despertar el amor por las letras”.

Como ideales tuvo la regeneración intelectual con absoluta libertad del pensamiento y la expresión, con la más altruista tolerancia, así quedó consignado en su órgano de expresión.

La principal condición para ser socio era que supiera leer y escribir, y a esto se le agregaba que fuera tolerante en religión, política, ciencias y literatura; que el solicitante fuera mayor de doce años y que pagara las cuotas de ingreso y sostenimiento establecidas por los estatutos.

Por otro lado, la biblioteca que abrieron al público tenía horario nocturno y los fines de semana. Una tercera parte serían obras literarias —tal como se lo plantearon—, otra tercera parte, obras científicas, y el resto, obras dedicadas a la industria, la agricultura, el periodismo, etc. Para formarnos una idea de la tendencia que predominaba en ella, cito algunas de las obras que tenía: Ruinas de Palmira, de Volney; la novela Pax, de Lorenzo Marroquín; El arte de hablar, de Hermosilla; Poesía, de Núñez de Arce; Los mejores cuentos, de autores españoles; Los Miserables, de Víctor Hugo, entre otras.

Estudio e inteligencia fueron las banderas ondeadas, y en palabras del ilustre pedagogo don Antonio María, su director, se sintetiza este ideal:

La inteligencia pues, necesita de su aliado el estudio, el estudio constante de las leyes de la naturaleza como la chispa del combustible y éste de la chispa para que el incendio se produzca, para que mediante la inteligencia que es fuerza y el estudio constante que es voluntad, pueda convertirse el pedazo de sílex en arma pulimentada, lo árido en fructífero, la hipótesis en verdad demostrable, el hombre en super-hombre.

El sentimiento bolivariano de su director se evidencia en esta frase:

Si logramos, si no en todo, sí en parte, cumplir este deseo de nuestra alma, cuando muera, tendré la satisfacción al bajar a la tumba, de haber prendido las primeras sesiones de una Corporación que dará a mi patria, por el esfuerzo intelectual de sus miembros, honra y prez.


El llamado al amor por el estudio

Los grupos o asociaciones culturales que soportaban la prensa de principios de siglo en el Sinú, parecía que estuviesen de acuerdo para derrotar al unísono, la ignorancia y la carencia de estudio. Así, el propósito del periódico El Ensayo antes mencionado está consignado en el No. 1 de fecha 1 de octubre de 1908: “La inacción, la calma apetecible han estancado todo amor al estudio. Tócanos pues la hora de romper con esa postración intelectual… El escribir, que es el habla del pensamiento, la expresión intuitiva de las ideas, no debe mirarse en ningún caso con esa indiferencia matadora, sino por el contrario practicarse hasta darle el mayor grado de perfección posible; esa es la gran labor que debe imponerse todo aquel que tiene un espíritu lleno de elevadas aspiraciones”.

Y en el número 2 del mismo, fechado el 16 de octubre de 1908, encontramos la primera crónica roja, que por ser roja no demerita en nada el sentido literario que contiene. Por ser ella tan conocida, sólo cito algunos párrafos:

Montería, nuestra vecina hermana, acaba de ser testigo presencial de una doble y terrible escena de sangre, de ceniza, de matanza y de exterminio.

Un monstruo salido de los antros del averno fue el autor de aquel festín de carne humana.

Sobrecogidos todavía por el terror que produjo en nosotros tan infausto acontecimiento, cumplimos con el deber de relatarlo tal como no los informa uno de nuestros corresponsales.

La escena tuvo lugar el 5 de los corrientes en la hacienda de Misiguay, cabecera del Distrito de Montería y propiedad de Don Antonino Lacharme.

La mañana era serena y nada presagiaba que los tintes azulados de aquel hermoso día se tornarían poco después en rojos. Mas… así debía de suceder.

José Antonio Hernández, de sobrenombre “Boche”, natural de Sabanas y trabajador de Don Antonino, se presentó en casa de éste, solicitando por su concubina que se había refugiado allí desde la noche antes, temerosa de ser asesinada por la fiera que ya se lo había anunciado…

Este es el comienzo de la apasionante historia de “El Boche”, 11 días después de que se sucedieran los hechos y recogida a lo largo del siglo XX en disímiles informaciones de prensa y en contradictorias versiones sociológicas, cada una con su emotivo y sublime tinte literario que se tradujo en versiones novelísticas de radio.


El Cocuyo de Chinú, átomos de luz

El 6 de diciembre de 1908 pareció en Chinú, Distrito de la Gobernación de Sincelejo, El Cocuyo, bajo la dirección de Felipe S. Padilla Lores y Luis Felipe Pineda Olascoaga, con la siguiente bandera de lucha:

Corresponde el título de nuestra hoja —especialmente— a la escasez de nuestro brillo intelectual.

Salimos de la sombra de nuestra incompetencia en busca de la deslumbradora llama de la Idea, porque nos guía el átomo de luz de nuestro esfuerzo, para recorrer el amplio sendero del periodismo, que aunque no exento de malezas, tampoco estéril de frutos y de palmas.

De tendencia “reyista”, con amplio y agradable manejo del idioma, muestra su estilo parnasiano, enérgico, cadencioso, sintético y perfumado, en el que se asoma la noticia política, social, cotidiana y cultural, combinándola con la crítica abierta, libre y respetuosa. Los poemas no faltan en los rincones de sus páginas y noveles y consagrados poetas hacen alarde de sus sonetos rítmicos.

El Cocuyo, en su primera etapa, marca un hito en la historia literaria de Chinú. Es un periódico literario y de variedades, “dedicado al bello sexo”, según la frase que se pregona en su cornisa.

En él encontramos la referencia que hace al movimiento cultural que se fue generado en la región que abarcó la Gobernación de Sincelejo, puesto que junto a él nacieron otros periódicos como Orto y El Clarín,  en Magangue;  La Gaceta, de Sincelejo; Ecos del Sur, en Sahagún. Ellos abrieron el camino para el escenario que permitió entrar en el modernismo de principios de siglo.

El valle del Sinú no sólo fue fértil al parir la tierra o con el ganado que se reproduciría en las sabanas, a fuerza de insistencia, tenacidad y empeño; también las letras empezaron a florecer. Con el periódico Fiat Lux, en Montería, en 1911, se abre otro espacio para la intelectualidad de la región.


La Sociedad Literaria Menéndez y Pelayo

Quiso la fortuna que el sacerdote carmero Cristóbal Miranda Díaz llegara como coadjutor de la parroquia de San jerónimo de Buenavista, con su capilla de madera y palma. El ilustre miembro de la iglesia tenía una aquilatada formación equivalente a la de doctor de esta venerable institución, adquirida en el claustro de San Carlos de Borromeo, de Cartagena, y enriquecida con el contacto permanente que tuvo con la lectura de obras eclesiásticas y  literarias.

Había desazón espiritual y atraso en la Montería de principios de siglo. El tonsurado no se arredró y se puso manos a la obra. Tal vez su mayor obra literaria no sea un libro de poesía, que era su fuerte y para la que utilizaba el seudónimo de “Lisandro Bractima”. No, su mayor obra literaria está en el acta que les voy a leer y que dice:

Acta de constitución de la Sociedad Literaria Menéndez y Pelayo.
11 de agosto de 1912

En la ciudad de Montería, a las nueve y media del día 11 de agosto del año de 1912, se reunieron en el local de la Escuela Pública de Varones, previa invitación de los señores presbítero don Cristóbal Miranda Díaz, Julio Castilla, Bárbaro Ramírez, Miguel Ángel Mercado y Francisco Berrocal C., habiéndose excusado por escrito los señores Francisco E. Pineda y Vicente Joly, y verbalmente los señores Manuel A. Erazo, Benigno Torres, Manuel Peña y Amadeo Puche.

El señor Antonio José Guzmán ocupó provisionalmente la Presidencia y en términos claros y sencillos expuso que el objeto de la reunión era el de fundar una biblioteca y una sociedad literaria donde la juventud pueda desplegar su energía y progresar por medio del estudio.

Conocido el fin y acogido por todos con entusiasmo se procedió a verificar la elección de Presidente, Vice-presidente, Secretario y Tesorero, la cual recayó por su orden en el Presbítero Miranda Díaz, Antonio José Guzmán, Francisco Berrocal C. y Bárbaro Ramírez.

A las once menos cuarto el señor Presidente manifestó que en la próxima sesión plenaria presentaría los Estatutos y se discutiría el nombre de la Sociedad y un periódico, órgano de la misma.

El Presidente: Cristóbal Miranda Díaz

El Secretario: Francisco Berrocal C.

Tomado de Fiat Lux No. 72, 18 de agosto de 1912, p. 1.


Amigos presentes: He querido recordar estos hechos, nombres y escenarios sobre los que estamos construidos para advertir que seguimos en la misma carrera de posta, que los testimonios que hemos recibido y vamos entregando no son improvisados y que el premio que se me otorga con el nombre “Goyo de la Cultura” es como el hecho de sentir el toque en el hombro que me da el gran maestro para decirme: “¡Mijo, estás hecho de barro!”
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©   Albio Martínez Simanca

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen IX – Número 35
Octubre-Noviembre-Diciembre de 2008

PROGRAMA DE HUMANIDADES Y LENGUA CASTELLANA
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

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