Herencias
Katia de la Cruz
Licenciada en Lenguas – Universidad del Atlántico
El tren reanudó la marcha y Aura pudo observar a través de la ventana el paisaje montañoso alejándose sin remedio. Empezó a sentir que la ropa le asfixiaba. El abrigo y la bufanda cedieron ante el calor y sin darse cuenta quedó en un amplio vestido de olán que apenas ahora apreciaba por cómodo. Llevaba consigo un cuaderno de apuntes, cómplice de sus ratos de escritora, sin embargo, esta vez las palabras le eran esquivas y sólo dejaban espacio a un sentimiento de nostalgia que no se explicaba. Durante las primeras horas del viaje había repasado insistentemente la conversación con el abogado. Después de muchos años le entregaban como herencia la casa de la familia materna. Recibió la noticia con total desconcierto, pues siempre había pensado en su familia como una fotografía colgada en alguna pared.
Hacía la media noche llegó a la última estación. Era una ciudad pequeña, de esas en donde todos se conocen y de inmediato identifican al forastero. Una ligera brisa trataba inútilmente de acabar con el calor, Aura sentía como el sudor le pegaba a la piel el vestido de olán y pensó en lo intolerable que sería el clima durante el día. Al parecer el pueblo estaba de fiesta. Para ser esa la hora había demasiada gente en la calle, música de fondo y mucho ruido. Decidida a encontrar la casa resolvió caminar, incluso expuesta a ahogarse en el río de gente que danzaba y bebía sin descanso. Transitaba impaciente por entre la multitud cuando descubrió en una esquina el caserón olvidado. Había en él signos inequívocos de abandono, estaba Iluminado sólo por una lámpara al otro lado de la calle, la vegetación había hecho estragos en las comisuras de las paredes y varios tonos de pintura daban un aspecto desgastado, de perpetua soledad.
La oscuridad de la casa no le causó temor, sólo la sala tenía luz, el resto de las habitaciones eran cuevas llenas de muebles y trastos cubiertos de polvo. Mientras afuera continuaba la música y el calor, la casa se sentía fresca y tranquila. Algunos objetos llamaron la atención de Aura en la sala, en especial las fotos de mujeres con vestidos elegantes y una escopeta colgada encima de un altar. Cuando el sueño se hizo insoportable, Aura sólo se dejo caer en un sofá grande, bastante cómodo, de un terciopelo que bien había resistido los estragos del tiempo. Observó la lámpara en el techo con sus miles de lágrimas y por un momento, trató de apartarse buscando recrear en la memoria recuerdos de otras épocas, descubriendo la inexistencia de días felices y volviendo a comprobar su odiosa soledad.
Amaneció bañada en sudor y más ansiosa que a su llegada. Era la primera vez que despertaba sin la sensación de estar atrapada en un mismo día. Sin Matías encima de la cama, rozándola con la cola, recordándole la rutina eterna de vivir. La claridad se le hacía suficiente para recorrer la casa y revisarla por completo. Justo en frente del sofá en madera tallada una puerta grande le escondía la biblioteca. Fue el primer sitio que descubrió, los libros estaban ordenados por género e idioma, ubicados en grandes anaqueles que bordeaban las paredes de la habitación. Aura encontró cercano aquel espacio, el olor de los libros le trajo la imagen de una mujer triste sentada cerca a la ventana, siempre escribiendo, contando en sus cartas cada detalle o pensamiento. Como si buscara desesperada una justificación, quizás, el perdón del destinatario.
Subió las escaleras y llegó hasta las habitaciones, eran seis en total. Dos de ellas se comunicaban entre sí. La alcoba principal tenía un pequeño balcón que alguna vez estuvo lleno de flores. Una de las habitaciones estaba clausurada, ninguna de las llaves logró abrirla. Era como si la casa se negara a revelarse por completo. Apoyada en el pasamanos de la escalera y justo en el momento en que intentaba bajar, vinieron a ella los recuerdos. Se vio pequeña, de pie junto a la escalera, confundida por el llanto que salía de una de las habitaciones. Un par de manos la sacaron de la casa mientras los gritos se escuchaban más fuerte. Recordó la angustia, la estación de salida y el tren moviéndose en el sopor de la tarde.
A pocos pasos encontró una nota de despedida, antigua, casi olvidada por el tiempo. Hablaba de deshonra, de castigo, del destino y de la muerte como única salvación. Estaba escrita por su madre, un alma desesperada despidiéndose definitivamente. También había desesperación en Aura, su vida hasta ahora había sido una suerte de desencuentros, de abismos e incertidumbres. Una búsqueda continúa de respuestas que iniciaban con la historia de su madre, pues estaba convencida que sus sufrimientos también eran heredados.
No encontró más alternativa que romper los seguros. Una delgada capa de polvo parecía bañarlo todo en la habitación. Los objetos estaban en perfecto orden, el tocador decorado con perfumes, una mesa con hojas y lápices de varios tamaños y una mecedora cerca a la ventana. Se acercó hasta la cómoda y descubrió con sorpresa la foto de su madre. A partir de ese momento observó todo con mayor fascinación. Un par de baúles colocados a un lado de la cama fueron su prioridad. En el más pequeño encontró un vestido verde de seda, igual al de las fotos en la sala. El otro, escondía paquetes de cartas amarrados con cintas, todos marcados con su nombre. Sin pensarlo, Aura se probó el vestido, caminó de un lado a otro de la alcoba y mirándose en el espejo se encontró idéntica a su madre. Reclinada en la cama soltó las cartas y se dispuso a leerlas. Mientras que en la calle, empezaba a sentirse el calor y nuevamente la música.
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© Katia de la Cruz
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen IX – Número 35
Octubre-Noviembre-Diciembre de 2008
SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290
PROGRAMA DE HUMANIDADES Y LENGUA CASTELLANA
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
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