Visita obligada al capítulo “Los Hijos”,
de La casa grande,
novela de Álvaro Cepeda Samudio

Clinton Ramírez C.
clinal 14@hotmail.com

Para ver un primer ensayo de Clinton Ramírez C. sobre la novela de Álvaro Cepeda Samudio,
titulado "La casa grande: Repercusiones de una visita", hacer clic en el siguiente enlace:
http://casadeasterion.homestead.com/v9n35casa.html

























Resumen: Este trabajo es una propuesta de visita al fragmento “Los Hijos”, capítulo final de La casa grande, de Álvaro Cepeda Samudio. La visita afirma el carácter de síntesis subversiva que “Los Hijos”  tiene en el desarrollo de la novela, en tanto los protagonistas representan la alternativa de fundar un nuevo orden a partir de su comunicación, su reconocimiento y aceptación. Acudir a las propias voces de los hijos ayuda a ratificar su condición arquetípica: fuerza ajena a la casa, contraria y renovadora: fuerza sustancial que personifica una emotiva declaración de la vida contra los poderes del odio y la muerte.

Descriptores: Hijos, hermanos, tía tirana, casa grande, laberinto, refrán, pueblo, arquetipo, odio, monólogo, diálogo, comunicación.
¿Qué vas a hacer ahora que se ha acercado a ti
y con palabras agudas y seguras como picos te ha vaciado las órbitas?

La casa grande, Álvaro Cepeda Samudio


El capítulo final de La casa grande, “Los Hijos”, es un matizado diálogo sin una sola acotación. Las voces protagonistas corresponden a los hijos de la hermana rebelde: dos mujeres y un hombre. Tienen menos de veinte años. Viven en la casa grande, a la que fueron llevados por el tío, a petición de la tía tirana. Vivieron con la madre en una casa de la playa.

Una de las muchachas es identificada como la Hermana, y está embarazada. Este hijo que espera es producto, según una de las voces del diálogo —la del hermano— de un “revolcón” (p. 133) que desafía la autoridad de una tía renuente a dejarlos libres: volver al mundo de la calle.

Sabemos por el monólogo de la tía-testigo —la tercera hermana— que los sobrinos están resueltos a todos con tal de obtener la libertad. Es posible que produzcan otros actos similares al de la mayor de los hermanos, la que más odia a la tía (p. 35). “Insistirán. Te acosarán” (p. 54), puntualiza esta tía-testigo mirando a su hermana echada en el sillón.

A  estas alturas de la novela, la tía es una mujer envejecida, huesuda, seca de la vista, aunque apenas si tenga cincuenta años. El embarazo de la sobrina le ha recordado el primer embarazo de la hermana rebelde. La historia regresa para volver a desafiarla o derrotarla. Ella ha pretendido criar a los sobrinos en el odio. El odio familiar, el odio del pueblo hacia el abuelo —El Padre—, el odio hacia ella misma, empeñada en perpetuar el apellido señorial de la casa.   La noticia con que la sobrina le ha picoteado la cara, la ha sumido en un estado casi de muerte.

Mientras el diálogo de los sobrinos se desarrolla, ella está postrada en el sillón que fuera del Padre, rumiando la nueva derrota. Aún así, en medio de la contrariedad, le exigió a la sobrina que el nacimiento del niño fuera en la casa. “Nacerá aquí y en esta casa se criará como uno que pertenece a esta casa hasta que de ustedes nazca alguien que pueda tomar el lugar del Padre.” (p. 62) Espera aún en estas nuevas circunstancias de rebeldía que el vástago pueda ser ese miembro de la familia capaz de reemplazarla a ella y al Padre. La  voz de la hermana testigo piensa, al analizar la nueva situación, que su hermana sigue siendo la dueña del poder de la casa no obstante el estado de derrota de sus ojos. Pero este último acto de autoritarismo, de exigencia, al que echa mano para salvar la mesa, pareciera ser más bien un testamento sin heredero.


Cría cuervos y te sacarán los ojos

Es muy extendido este refrán. Los hijos, los sobrinos, los nietos, los hijos de crianza tienden a pagar mal a quien los cría. Este es el motivo estructurante del diálogo. Es la metáfora que signa la derrota de la hermana tirana. En ello pensó el Hermano, al llevarlos a la casa. Sabía que ella, la Hermana tirana, sería vencida. Esperó a que su profecía de sangre se cumpliera. A diferencia del odio que la Hermana tirana empleó en la crianza, él les ofreció a los sobrinos, alegría, juegos, cierta complicidad. El Hermano les construyó cometas y les fabricó juguetes. Al sobrino le hizo un pito con un canuto de papayo. La tercera de las hermanas, la voz testigo del capítulo “La Hermana”, también esperó que su hermana mayor fuera derrotada. Es ella, observando a la hermana tirada en el sillón, la que introduce al principio del monólogo la metáfora de los hijos que les sacan los ojos a los padres. Veamos:

¿Qué vas a hacer ahora? No te has movido. Parece que ni siquiera los hubieras mirado. Pero es cierto: con qué ojos ibas a mirarlos. Se acercaron a ti y te lo han dicho. Te han dicho lo que todos sabíamos, lo que todos esperábamos porque sabíamos  que tenía que suceder con ella también (la sobrina). Lo que el hermano debió saber primero que nadie; ahora también porque es el que está mas cerca de ellos. (p. 35)

La Hermana tirana está ciega. Está ciega literalmente o está ciega por el odio. El odio le impide ver el cambio en el mundo alrededor de la casa grande. No está dispuesta ni a claudicar ni a hacer un trato con los sobrinos. No son personas ricas, influyentes, aunque sí odiadas por la participación del Padre y de ella misma en la masacre de los obreros y en la condena de muchos de los activistas en los juicios que adelantara el General Cortés Vargas. “La Gabriela”, la finca emblema de la familia, fue vendida tiempo atrás. La tercera hermana anota en su monólogo: “No supimos lo que se dijo en el saloncito de la alcaldía: el saloncito sucio y caluroso donde firmamos después los papeles de venta de La Gabriela.” (p. 52) En el saloncito fueron los juicios. Esta tercera hermana nunca supo lo que su padre y su hermana declararon. Solo saben que esas declaraciones hundieron a los huelguistas detenidos, motivo que reforzará el odio hacia la familia.

El dinero de la venta de “La Gabriela” se ha empleado en el sostenimiento de la casa y en la crianza de los sobrinos. Esta situación expresa la tragedia de muchas familias de Ciénaga, una vez  el banano empezó a declinar o cuando la United Fruit Company armó sus bártulos a mediados de los sesenta del siglo pasado. Ningún miembro de esta familia trabaja. Ha sido remisa al hecho de reconocer que estos sobrinos, productos de unión(es) indeseada(s) o forzada(s) de la hermana rebelde y muerta, tienen derecho a otra vida, a ser algo distinto a una familia odiada. Veamos otro de los mudos reproches de la tía-testigo:

Te acosarán hasta que decidas: porque su liberación depende de que tú aceptes que ellos no son parte nuestra, no quieren ser parte nuestra: que no quieren ser continuación de algo que está acabado: de una casa deshabitada y terminada. (p. 54)

Pero esta tía-testigo es pesimista, porque aunque cree que ellos “son otro principio”, ese nuevo comienzo “está destinado a perecer como todo lo nuestro”. Reconoce, al menos, que los sobrinos tienen derecho a que “ése sea su privilegio”. 

No pareciera haber lenguaje alguno que penetre la obstinación de la tía tirana. Es poco lo que puede hacer frente al embarazo de la sobrina —la nueva Hermana rebelde—. No podrá tomar una espuela para romperle la cara, igual que hiciera el Padre con la madre de la muchacha en el comedor de la casa, ante la impotencia de los miembros de la familia. No lo hace, anota la tía testigo, porque su hermana es “más inteligente que lo que el Padre pudo ser”. (p. 55) Tampoco hará el esfuerzo que hizo el Padre de ir a buscarle un marido a la hija rebelde para tapar su falta: su entrega al soldado en el patio y probable embarazo. Exige solo, según quedó anotado, que este nuevo hijo nazca en la casa.

El Hermano supo del embarazo de la sobrina, primero que la Hermana tirana. La razón que da la tercera hermana, la tía testigo, es simple: él ha estado más tiempo con los sobrinos. Igual sucedió con su Hermana rebelde. Estuvieron más unidos en razón de ser los menores. Él llegó a la casa a caballo para acompañarla la noche que el Padre la castigó con la espuela: en la víspera de la masacre, una madrugada de lluvia. En la habitación la hermana rebelde debió contarle el episodio del soldado. En el monólogo “El Hermano”, este, frente al cadáver de su hermana rebelde, recuerda el episodio del castigo, a más de traer a la memoria momentos de la niñez pasados juntos en la casa grande. Veamos:

Toco ahora la cicatriz como esa noche toqué la herida todavía húmeda y pienso: aquí comenzó la derrota: soy yo el culpable, no el Padre. ¿Soy yo? (p. 122)

Estos paralelos de odio y rebeldía apuntan al carácter circular del mundo que la novela recrea. La Hermana tirana vive en un círculo de odio. Está negada (ciega) a reconocer el cambio del mundo. Esa obstinación suya suscita que la historia vuelva para derrotarla. La sobrina, hija de una unión rebelde, desesperada, recurre al mismo procedimiento de la madre para desafiar la precaria  autoridad o poder de la casa grande encarnado en la tía.

Resulta notorio que la casa grande, con sus redes de cuartos, pasillos, patios internos, salones, pesebreras, representa un laberinto en el que la primera generación de hijos vivió sometida al Padre y luego a la Hermana tirana. Los sobrinos en cambio son productos de otra(s) sangre(s) y vienen de afuera. Están de alguna manera preparados para romperlo. Representan el espíritu de la libertad, que debe castigar en la tía tirana al poder opresor del Padre. No usarán la espada que le sirvió a Teseo para matar al Minotauro. Ellos le sacaran  los ojos a la tía, contrariando su voluntad de pureza, orden y odio hacia el pueblo. Cepeda pone en el lugar de un mito griego el peso de un refrán que no supone derramar sangre. Otro rasgo del venenoso y fino montaje de la novela. Los sobrinos-cuervos utilizan el poder de la palabra. Voces de reclamo que actúan sobre la hermana como picos taladrando sus ojos.


La paternidad de los hijos

Este es otro enigma de la novela. Cepeda fue más que consciente de los vacíos y oscuridades que propuso. A la diversidad de técnicas y puntos de vista, agregó la ruptura en la presentación de los hechos, procediendo por saltos, o, más exactamente, juntando tiempos en los recuerdos. Los vacíos u oscuridades caben dentro de lo no dicho, de lo sugerido, o lo sabido por los personajes, que al lector le corresponde organizar o inventarse.    

Es difícil hacer una afirmación contundente sobre la paternidad de los muchachos. Los fragmentos aislados de la novela en donde se alude a la  sexualidad de la madre de estos no permiten aventurar una línea firme. El escritor Guillermo Tedio sugiere que los hijos corresponden a tres uniones de la hermana rebelde. Tres hijos: tres maridos [1] es su ecuación. En un primer correo electrónico que me envía con motivo de mi ensayo “Repercusiones de una visita”, dice:

En La casa grande (Barcelona, Plaza y Janés, 1974) [2], como todo en la narrativa de Cepeda Samudio, queda en la estética del no dicho, del intuido, de la ambivalencia o ambigüedad, lo que algunos llaman estilo lacunar (huecos, lagunas, que el lector debe llenar). Eso nos lleva a movernos en la tierra movediza de las interpretaciones a veces no comprobables y de allí su perfectibilidad. Dice la tercera hermana (narradora) dirigiéndose con un tú a la hermana que llamas tirana en tus ensayos: “No cabalgarás tres días de ida y tres días de vuelta en la misma semana como el padre para ir a buscar a alguien que tuviera algo nuestro [¿pariente?, ¿primo?] y que fuera al mismo tiempo tan distinto como para constituir una forma de castigo, y obligarlo a hacer algo que tal vez no quería hacer [matrimonio] porque su pequeña y casual cantidad de sangre idéntica [familiares lejanos] le indicaba que este hecho no iba a ser una solución. Y luego durante tres años [tres maridos] destruir eficazmente [matar] todo lo que la costumbre y la comodidad de estar juntos, pudiera crear. Provocar eficazmente el momento en que esa pequeña y casual cantidad de sangre idéntica, ahora fortificada cada nueve meses tres veces durante veintisiete meses [tres hijos], se rebelara para cabalgar de nuevo tres días y sin bajarse siquiera del caballo, disparar las veces necesarias para matar justificadamente al hombre [énfasis agregado] que ya desde el momento cuando no se pudo evitar que naciera, no porque no se intentara sino porque esa misma pequeña y casual cantidad de sangre idéntica lo había afianzado en el vientre desprevenido, debió saber que estaba condenado a esa única muerte. (p. 55)

En la interpretación que Tedio propone, a partir de la lectura de la voz de la tercera hermana, a él le parece que la hermana rebelde tuvo un  primer esposo, impuesto por el Padre para cubrir la deshonra que supuso la entrega al soldado. Quizá de este cruce en la madrugada del patio, en plena masacre de los obreros en la plaza de la Estación del Ferrocarril, hubo un fruto inocultable. Tedio concluye que la sobrina que está embarazada —la Hermana—, “la que más te odia”, es la mayor de los tres muchachos y la probable hija del soldado. Aunque el pariente sacrificado acepta ser esposo de la hija rebelde, sabe que aquello no va a terminar bien. Para mí es posible que este pariente, este marido, sea el padre de los siguientes dos hijos. El Padre, instigado por la misma hija, mata al marido pariente.  ¿Qué hizo  para contrariar al Padre? Además de matarlo, el Padre trae el cadáver del hombre en una hamaca para enterrarlo en el pueblo. (p. 56) 

Queda una explicación alternativa: la hija rebelde es obligada a casarse para cubrir la entrega hecha en el patio, con un pariente que no es del círculo de familias de la plaza central de Ciénaga, pero los hijos son todos de este marido contratado. El Padre lo mata quizá al tornarse incómodo. ¿Revelaría el motivo del pacto? ¿Haría algún tipo de exigencias? ¿A la hija no le cuadró soportar sus caricias, parirle un hijo tras otro, al punto de instigar su muerte? ¿Vivía con otras mujeres?

Cito otro correo electrónico [3] de Guillermo Tedio:

El pariente con el que el Padre ha casado a la hija menor no ha hecho nada. Entiendo que lo mata por las razones que expresa el mismo texto: quitarle a su hija rebelde cualquier tipo de acostumbramiento amoroso o conyugal con el hombre que le había impuesto por marido: "Y luego durante tres años destruir eficazmente todo lo que la costumbre y la comodidad de estar juntos, pudiera crear." (p. 55)

Me pregunto, ¿lo mata solo para que la hija no se acostumbre al hombre? Una explicación estaría en la visión endogámica de la clase a la que pertenece el Padre. El pariente o marido contratado no hace parte del círculo, aunque tenga vínculos de sangre con la casa grande. Es un hombre de un mundo rural. Acaso del mundo rural de “La Gabriela”. Cubrió una mancha, pero hasta allí opera el contrato.  Si la hija no quiso seguir, el Padre encontró entonces el pretexto perfecto para eliminarlo. Tedio estaría de acuerdo con esta explicación.

Otros apartes parecieran arrojar algo de más luz. Mientras el Hermano contempla el cadáver de la hermana rebelde, en su casita de la playa,  se pregunta qué pudo derrotarla. No cree él que la haya derrotado haber sido unida  a un hombre que no quiso y cuya muerte alentó.

Admite, sin embargo, que a ella le fue impuesto un nuevo apellido “con el asco de las caricias metódicas y la comunidad de la cama y de los alimentos con un hombre cuya presencia a su lado  nunca fue suficientemente real como para ser tocada por él”, pero además aclara que la muerte de este hombre fue  “alentada por ella, alentada por la constante fecundidad de su cuerpo.” (p. 122) Se señala en este monólogo del Hermano que el Padre mata a un marido que él le escogió tres años atrás para lavar una supuesta deshonra.

Es factible suponer que este hombre —pariente contratado— haya sido un hombre mayor, que solo aparecía para embarazarla. Que el Padre haya ido a matarlo a tres horas del pueblo indica que vivía en alguna finca o caserío con otra mujer. Era un cuadro muy típico de la Ciénaga de principios del siglo XX. El Padre, en calidad de patrón, tenía, al momento de morir, una nueva concubina: la mencionada Regina. (p. 77)

La  novela nunca explica tampoco en qué momento la hija rebelde terminó viviendo en la casa de la playa. Por el monólogo “El Hermano”,  sabemos que vivía apartada al momento de morir. Ella muere en la víspera de la visita que él le hace, visita que tiene el propósito de solicitarle la entrega de los niños para ser criados en la casa grande, luego de la muerte violenta del Padre en Sevilla. El Hermano confiesa que la muerte de su hermana es un alivio. Él, el más solidario con ella, considera incluso que su muerte significa la paz de la casa. Cito un fragmento revelador del dilema de esta Hermana rebelde en la voz del Hermano:

Mi hermana ha muerto sola. Desprendida de todo lo que pudiera significar para ella un pretexto para seguir viviendo, para seguir sosteniendo un desafío que no habría conducido sino a la destrucción; un desafío que ella no había planteado, ni querido, sino que le fue impuesto, sin alternativas: liberada de la tarea de afirmar con su presencia, con su respiración, con la respiración continuada y segura de sus tres hijos, la inutilidad del desafío: desatada, pudo morirse sola. (pp.115-116)
  
Ella muere, segura de que él, el Hermano, sabrá cuidar de los hijos: confía que él, aunque la lucha sea inútil, hará algún tipo de oposición a la Hermana tirana. En este bloque de la novela (p. 116), la voz del hermano vuelve a recordar la sangre seca de la hermana en la mejilla, la sangre seca en los dedos del soldado, la sangre seca en los andenes donde cayeron los obreros masacrados, y piensa que su regreso a la casa, para estar cerca de los sobrinos, le impondrá recomenzar la lucha. No hay, sin embargo, ninguna nueva alusión a la paternidad de los sobrinos. Acepta el legado implícito que recibe, a la muerte de la hermana.

El Hermano tampoco hace referencia al padre o padres de los sobrinos. Acepta la existencia de un marido que fue asesinado. Nada más. Los  hijos de ella son sus sobrinos. A ellos les ha enseñado a volar cometas. Los mismos sobrinos reconocen que él, el Hermano de su madre, los ha criado en la alegría, en oposición a la tía tirana que los crió en el odio.

Tampoco son verificables en la novela rasgos fenotípicos de estos muchachos que permitan plantear alguna hipótesis sobre sus orígenes diversos. Son arquetipos. Son, como he indicado con motivo de mi ensayo sobre el capítulo “Los soldados”, personajes-funciones, voces. Importa la función que cumplen en la obra. El diálogo en donde aparecen puede ser tomado como una suerte de coro, a la manera de las tragedias griegas. 

No recuerdo haber leído interpretaciones sobre los hijos. Los artículos que conozco sobre la obra de Cepeda leS sacan el cuerpo a sus vacíos o acertijos. Estos hijos de padres forzados o sin padres conocidos —hijos bastardos— seguramente son otra alegoría del pueblo. Los  orígenes poco claros son sintomáticos. Sería otro violento cuestionamiento del mundo patriarcal que representa la casa grande, donde los hijos son, más que hijos, apellidos con poder de continuidad. Si esta interpretación cabe, sobra precisar quién es el padre de quién. En la realidad, en un universo repetitivo de madres abandonadas, de mujeres sin maridos, los hijos son de la madre, de una tía o una abuela que deciden asumir la carga. Pero la condición de ser hijos de la rebeldía, de contener sangre distinta a la de la casa, importa mucho en su significado, en la misión que están llamados a cumplir: no solo la de sacarle los ojos a la tía, sino la de romper el laberinto opresor de la casa grande.   


Los caminos de los hijos sin padre

¿Qué dicen estos hijos sin padres conocidos o reconocidos, del mundo en el que viven y combaten, qué dicen de su familia materna y de sí mismos? Las primeras dos voces que aparecen en diálogo tienen reproches para la tía:

—Ahora va a decir que sabía que le sacaríamos los ojos.
—No: que no comience.
—Sí; va a comenzar y no parará hasta llegar al llanto.
—Al llanto no; parecerá ridículo que de esos dos huecos tan grandes no salieran sino gotas pequeñas de llanto: dirá que sabía que le sacaríamos los ojos pero no llorará.
—Ojalá llorara; ojalá llorara.

Estas voces son cortadas por otra voz:

     —Cállense. (p. 132).

Esta petición es de la hermana embarazada. Sigue un forcejeo en donde queda claro que ellos han aceptado el embarazo de la hermana y están de acuerdo en apoyarla. El hermano muestra, sin embargo, cierto malestar. Piensa que la hermana lleva dentro de ella un “montón de sangre puerca, extraña” (p. 134), que será motivo de nuevas disputas. Luego de un nuevo “Cállense”, el diálogo toma otro giro:

—Nosotros somos diferentes.
—¿Diferentes de quién?
—De la madre.
—Somos iguales a la madre.
—No somos iguales: somos más fuertes: somos tres. (p. 135)

Han procedido a situarse: el embarazo indisimulable, conflictivo, rebelde, de la hermana; la pugna con una tía que verá en ellos a unos sobrinos o hijos desobedientes; la afirmación de ellos como hijos de una madre rebelde, pero más fuertes que ella, porque son tres y están de acuerdo en la pugna que libran.

El siguiente bloque de diálogo introduce vagos recuerdos infantiles. Una de las voces recuerda el palo de mango en el patio de tierra de la casa de la playa. El recuerdo más significativo es el de la tristeza y llanto de la madre.

—La madre no hacía más que mirarnos. Nos miraba crecer. Y cada año era más triste. (p. 135)

Vivían, a juzgar por otras alusiones a una niñez sin cometas, sin juguetes, en una situación estrecha. Quizá esto explique que la madre, como dice otra de las voces, llorara durante las noches. (p. 135)

Otros diálogos enseñan que estos muchachos, en su niñez, no tuvieron mucho tiempo de estar con la madre. “Un día se murió.”  Tal vez llegó a querer más o tener un poco más con ella, al mayor de sus hijos: la hija mayor, la nueva rebelde.

—A la madre no la dejaron escoger cariños.
—Quisiera poder acordarme de la madre; quisiera poder decir: se parecía a ti: o a mí; pero no sé cómo era: ni siquiera si era alta o pequeña como yo: recuerdo fácilmente sitios de la casa pero no puedo imaginarme a la madre. (p. 136)

Aunque no se acuerden de ella físicamente, sí entienden que fue forzada a querer, a unirse a otro u otros hombres. Su rebeldía, más que su sangre, es quizá lo único que los ata a ella y los hace fuerte.

El otro momento significativo del diálogo de estos hijos es el bloque donde vislumbran un cambio para ellos. Se reconocen no ser parte del odio alimentado por la tía tirana, envejecida y ciega. Hay temores. El hermano pareciera tener dudas. Piensa que el embarazo de la hermana, el hijo que espera, pueda abrir un nuevo círculo del odio. Su otra hermana tiene una visión diferente, firme:

—¿Por qué culpas a la Hermana? Es que vamos a pasarnos el resto de la vida culpándonos: es que vamos a recrear en nosotros las vidas de las gentes que construyeron esta casa; este pueblo: esta raza: y que fueron destruidas lo mismo que estas paredes porque se aferraron al odio? Entonces para qué ha servido todo? Para qué la protesta de la madre: para qué la esperanza del hermano?
—Yo no culpo a la Hermana; no culpo a nadie; digo que hemos reemplazado un odio por otro; que no nos hemos liberado del odio; que esta casa y los que llevamos la sangre de esta casa no nos libraremos nunca del odio.
—Sí nos libraremos: porque cada vez pertenecemos menos a esta casa y porque cada nueva sangre está más lejos de la sangre del Padre. (p. 137)

A más de bello y esclarecedor, el diálogo representa, sin la menor duda, un manifiesto de libertad, de ruptura, suscitado a raíz del embarazo de la Hermana y el desfallecimiento, casi exterminio de la tía tirana.

Ellos tendrán la oportunidad de escoger el camino a seguir. No a seguir el camino del Hermano, del tío, que se unió a los huelguistas por rebeldía, más que por convicción (p. 138). Ellos saben que la tía pudo traerlos solo a la muerte del Padre. Pero ellos, a pesar de los esfuerzos de la tía por perpetuar la inmovilidad, la continuidad del apellido, a pesar de ser conscientes del lastre del odio que pesa sobre el apellido, saben que en ellos hay otras sangres, y que no están obligados a seguir atados a la casa. Cuenta con el amor del Hermano, del tío, “el único que nos ha visto crecer con amor” (p. 139). A la tía tirana, pese a sus desvelos, a su deseo de cuidarlos, de curarlos, alimentarlos y vestirlos, los une el odio. Ella no los odia, aunque los ha criado para que odien y sean odiados. No son capaces de odiarla. Reconocen su envejecimiento prematuro, su nueva derrota. El odio no los ha avasallado. Es su parte de victoria. Ellos se han mantenido unidos y han hecho de la comunicación la principal arma contra el mortal empeño de la tía. Los tíos solo tuvieron el monólogo para dar cuenta de unas vidas destruidas, desperdiciadas. La madre tuvo solo noches de llantos en la casa de la playa. La tía tirana tiene aún una voz autoritaria sin efectos reales. Ellos, los tres, son una sola fuerza, y gozan del poder de la comunicación, medio que los hace más que voces,  seres humanos. Es de ellos el desafío de romper el odio y de no permitir brotar en ellos un nuevo odio.

Los bloques citados o comentados son parcos sobre las relaciones de la madre. Ellos sabrán quién o quiénes son sus padres, pero, más que esto, se reconocen hijos de la madre, de la rebeldía. Es una idea motriz, de mucha fuerza, emparentada con el hecho de ser conscientes de no pertenecer a la comunidad de odio de la casa, sino al mundo de afuera, del mar, del pueblo, de las sangre cruzada que circula en ellos.

Tienen el sacrificio rebelde de la madre y la esperanza que sembró en ellos el tío. Estos representaron la oposición, el rechazo de un orden despótico. Cada uno de ellos asumió, según los recursos al alcance, la cuota de sacrificio que le correspondió entregar en la desigual confrontación familiar y social. La rebeldía sería la paternidad que ellos estarían dispuestos a reconocer. Es su origen y su destino asumidos con convicción, aceptación que ratifica la condición alegórica/arquetípica de estos hijos.  


¿Por qué tres hermanos?

En la anterior generación de hijos de la casa hubo tres hermanas y un hermano. En esta última son tres. Aparte de ser una fuerza unida, que dialoga —algo imposible en la camada anterior—, ellos prolongan la relación de algunos de estos primeros hijos de la casa. La Hermana embarazada guarda una estricta correspondencia con la Hermana rebelde, o sea, con su madre. El sobrino tiene mucha afinidad con el Hermano, con el tío. Sufre o sufrió incluso de ahogos, igual que el tío cuando niño, aunque pareciera dotado de un carácter más resuelto. La otra hermana tiene la lucidez de la tercera hermana de la pasada generación. Al igual que su tía-testigo, ella es buena observadora, pero más decidida a asumir un papel distinto. Es una fuerza bisagra. Entiende que el papel suyo es mantener unidos a sus otros dos hermanos. Ella será la encargada de nunca permitir que en ellos el odio de la casa se recree.

En este trinomio, que prolonga y corrige la cosecha anterior, no hay cabida para la tía. No hay o hubo un cuarto hijo. Ella es la antagonista. El rol llamado, si no a destruir, al menos a no reproducir. Los tres son conscientes del peligro que los amenaza. Solo la comunicación los salvará. Solo así lograrán romper el laberinto y recuperar el mundo de los humanos.  

Final-final: no va más

Esta forzosa visita al capítulo “Los Hijos” afirma el movimiento esperanzador que palpita en el diálogo de los hermanos. Los hijos o los sobrinos son conscientes del poder de la comunicación, de la fuerza de la cooperación, con las que habrán de romper el odio circular de la casa grande.

Son conscientes de la  filiación con la casa grande. Son la prolongación de ciertos tipos, de ciertas figuras o voces, pero, asimismo, llevan en ellos, en la sangre, otras fuerzas subversivas, favorecedoras de la vida y la renovación. Ellos vienen de fuera, del mundo marginal, libre y abierto del mar. Ser hijos de fuerzas no nombradas les facilita entrar al laberinto y enfrentar al toro o bestia del odio. El signo inicial de este movimiento es el embarazo de la Hermana, desafío de la autoridad que equivale a haberle sacado los ojos a la tía.

Este esclarecedor capítulo no arroja un solo indicio sobre la paternidad de los hijos. Este vacío de paternidad en la novela sería una probable soterrada alegoría de los orígenes sin orígenes del pueblo. Esto afirmaría la condición de arquetipos de los Hijos en tanto personificación de una fuerza subversiva, substancial, llamada a construir otro mundo sobre el viejo orden patriarcal excluyente, exterminado o agónico; orden remiso, sobreviviente,  en un país empeñado en usar la sangre de sus hijos para escribir la historia y la literatura.

Notas:

[1] El tres es uno de los números preferidos de Cepeda. 
[2] Comentario del escritor Guillermo Tedio, director de la Revista Electrónica LA CASA DE ASTERIÓN, en correo electrónico del 16 de Noviembre de 2008, procedente de Barranquilla.
[3] Correo electrónico del 18 de Noviembre de 2008, remitido desde Barranquilla.

Bibliografía:

Cepeda Samudio, Álvaro. La casa grande. Plaza y Janés, Barcelona 1974.
Santa Marta, Noviembre de 2008.
_______________________________________
©   Clinton Ramírez C.

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen IX – Número 35
Octubre-Noviembre-Diciembre de 2008

PROGRAMA DE HUMANIDADES Y LENGUA CASTELLANA
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

El URL de este documento es:
http://casadeasterion.homestead.com/v9n35hijos.html