Sobre Las manchas del jaguar,
de Clinton Ramírez
La palabra y la muerte
José Luis Garcés González
Tomado de: GARCÉS GONZÁLEZ, José Luis. Literatura del Caribe colombiano:
Señales de un proceso. Montería, 2008, volumen II, pp. 858-860.
En Las manchas del jaguar, Clinton Ramírez muestra hechos, personajes y situaciones que caracterizan la cotidianidad literaria del Caribe. Esta novela, por ser la primera del autor, vaticina una narrativa de proporciones definidas y de amplias posibilidades para revestir la palabra de contrastes ingeniosos. El lenguaje adquiere una capacidad de afirmación insoslayable que oscila entre lo agresivo, lo ingenuo, lo sensual y lo enigmático, y en el que la palabra no se estanca en el juego del adjetivo, sino que se rebela y se busca para decir sólo lo indispensable.
Esta novela es el osario de un pueblo de la Costa: Ciénaga. No sólo porque las historias giren alrededor de él, sino porque éste se consume en cualquier aliento de vida, así sea en el más fortuito. Sus habitantes se diluyen en la monotonía de traer a la memoria esos seres que alguna vez tuvieron nombres, sonrisas, dardos en las palabras. Ciénaga se vive como una región de existencias rancias, ajenas aunque inevitables, que se debaten en un círculo vicioso de morir, resucitar y volver a la muerte, a esa nada que se complementa con el olvido y de la que hace parte —sin oponerse— el recuerdo.
Las manchas del jaguar es, en resumidas cuentas, el diálogo entre la violencia, la muerte y los hombres, que se escribe con letras aguzadas en el suelo de Ciénaga y que silencia todo lo que encuentra a su paso. Diálogo que ejerce la crítica para desmoronar las construcciones del odio en el alma humana, y suplir los vacíos que una historia mal pensada, mal escrita y mal contada, ha dejado en los anales del colectivo Caribe.
La violencia es una temática que se fragmenta por las distintas épocas que narra la novela. Ésta es un rumor que persiste a la huella del hombre. Y que, a veces, la borra. Toma varias facetas; pero en cada una de ellas, la cuota de arrasamiento es igual de estremecedora. No importa que se hable de la Guerra de los Mil Días, del conflicto con el Perú o de la Violencia; las consecuencias son las mismas. El ansia de destrucción que la excita es el de siempre. La violencia es la forma que utiliza el despotismo para mandar, para hacer cumplir sus órdenes. En otros términos, es el poder del poder.
La violencia que cuenta Clinton Ramírez es una que ha pasado por el tamiz de la protesta inmediata, que se ha sacudido las migajas de encono e impotencia que le impedían expresarse con naturalidad y sin urgencias. No es, pues, el suceso burdo, asfixiante, precoz y no menos comercial que atiborra las páginas de la literatura actual de este país. No es un carnaval de muertos sin historia, de sombras lejanas que no se reconocen. La violencia es una cara que ofrece —puerta a puerta— la mercancía de la muerte. Y, con ésta, la del olvido.
Con el deceso, los seres no se acaban. Al contrario, se reinician. Pero ahora no desde una corporeidad definida por las acciones instantáneas, sino desde una eternidad inconclusa en la que el dolor no se excluye, como tampoco la agonía. Perecer es hacer un hueco en el otro. Vaciarlo hasta que sienta cansancio de llevar a cuestas el peso inútil de la carroña. En la novela, la muerte es el prontuario de los hombres, para quienes la existencia no es más que la cuenta imprecisa de los ausentes.
Los hombres y las mujeres de esta obra están sumergidos en la atmósfera de la decadencia. Una parte de ellos es recuerdo de los muertos. La otra, de sí mismos. Son cadáveres que olvidaron sepultarse cuando sobrevino el desastre, que creen que la nada devuelve lo que se traga, seres que desaparecen, son abandonados, se ahogan, son asesinados o se suicidan. Los personajes de Clinton Ramírez están perdidos en la niebla de la violencia y de la muerte: Bárbara, por ejemplo, se agota entre dos ausencias: la de su marido y la de su hijo. Su vida comenzó a extinguirse desde el momen¬to en el que su compañero, inexplicablemente, se marchó del pueblo. A pesar de sus atractivos, renunció al amor, a la búsqueda de otro cuerpo. Como compensación, se dedicó a su hijo. Ejerció sobre él, el dominio de una mujer desamparada. Sus miedos. Sus ternuras explosivas. Hasta que a éste lo encuentran en la boca del mar, ahogado.
Carlos Aguilera es el indicio de un enigma. El sabor de una incertidumbre. Es un personaje que sólo se sugiere, pero que se¬ñala los derroteros del pueblo. Sagaz, instruido, revoltoso, con¬trariado. Su desaparición es —quizá— la confirmación de los usos de unas armas veladas, sin embargo, implacables. El alcalde, por su pane, es la figura concreta del despotismo. De una política cuyo método es la dictadura, que se ve obligada a exterminar al otro, a reducirlo o a callarlo porque en su concepto de libertad no aparece la oposición.
Son muchos los personajes que se describen en Las manchas del jaguar, Y Clinton Ramírez lo hace con resolución. Además de caracterizarlos, de delimitar sus alcances, los escrutina. De ahí que el monólogo sea un regreso al ser. A sus frustraciones, a sus perversidades; a todas sus voluptuosidades. A todo lo que en él es sufrimiento. Las diversas voces que aparecen en la novela dan cuenta de la pluralidad de la pasión humana. En éstas, se intuyen la inocencia, la ironía, el erotismo, la maldad y la soledad de lo perdido. Materias que interrogan al hombre, que lo atacan hasta descomponerlo en partes confusas y adversas. Son, en definitiva, estas voces las que marcan el ritmo y el movimiento de la narración, pues revelan esos lenguajes que se esconden en la conciencia, y sin los cuales la literatura no es más que la geometría de lo evidente.
Para ver dos textos críticos sobre la novela Las manchas del jaguar, de Clinton Ramírez C., y un capítulo de la misma, ir a los siguientes enlaces:
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© José Luis Garcés González
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Ensayo
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen IX – Número 35
Octubre-Noviembre-Diciembre de 2008
PROGRAMA DE HUMANIDADES Y LENGUA CASTELLANA
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
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