Las manchas del jaguar
Clinton Ramírez C.
Capítulo XX, tomado de:
RAMÍREZ C., Clinton. Las manchas del jaguar.
Santa Marta, Ediciones Mesosaurus, 2008, 188 pp.
(Hay dos ediciones anteriores de esta novela, 1988 y 2005).
Escuchar este capítulo (XX)
en la propia voz del autor.
La presencia de Delicie en la soledad de la cantina, frente a una botella de whisky, eximía a Dámaso de concebir nuevas dudas y le ofrecía el pretexto de rendirse a la evidencia de una voz y una mirada que durante dos horas monopolizaban sus exclusivos servicios de cantinero. Ni siquiera estaba nunca en condición de negarse a colocar bajito Volver, El día que me quieras o cualquier otra canción de moda. La voz de crepúsculos de Gardel colmaba de quietud la solitaria sala, y él crispaba las manos en el limpión. El universo prescindía de su mente labrándose una existencia rotunda. La tierra se movía, el sol seguía saliendo, el mar era incansable y, siendo así de simple, no participaba en verdad de ningún sortilegio motivado en alguna ignorada rebelión de los astros. Vivía, solo, sin excusas, una realidad buena y barata que podría pesar gramo a gramo en la romana del turco Andrés. Aprendió a recibir aquellas dos horas semanales de contenido placer esgrimiendo una paciencia sin tacha, abierto al arte de escuchar, ratificando al cantinero que estaba llamado a ser, en contra del hombre de letras que pudo ser si un risueño Dios le hubiera colocado una piedra en el pecho en lugar de un corazón compasivo, incompatible con el alma sin alma que erige la escritura de los hombres que frecuentan sus dominios. Ella, en honor a la verdad, no entraba en detalles personales. A él sin embargo le bastaba verla apoyada en la barra, ausente, agotada, con los ojos hinchados, para entregarse a algún episodio que Carlota empezaba a comentar como si él hubiera participado en el mismo.
Alguna tarde Carlota decidió confrontarlo:
—Nunca bebes.
—No —respondió él algo pomposo—. El oficio exige sobriedad.
—¿Qué haces aquí entonces?
—Nada.
—¿Nada? Algún papel cumplirás.
—Digamos que existo para que ustedes sean conocidos.
Rieron. La respuesta, a más de graciosa, tenía sentido. Quizá encerraba mucho de verdad y le servía a él para aclararse al fin su función al frente de la cantina. Carlota, aún sin reponerse de la risa, explicó que ella existía también para que otros fueran conocidos. Siguió con el juego. Agregó que él, la cantina, el hotel y todo el pueblo con sus fincas no serían nadie ni nada sin su presencia.
—Ándate, Dámaso. Explícamelo de nuevo sin que me ataque la risa.
—Está claro, Carlota. Entiende mejor que yo el asunto.
Solía indagarlo sin sacarle de encima el vivo violeta de sus ojos hinchados. Parecía siempre presta a moverlo de cen¬tro, deseosa tal vez de conducirlo a terrenos más vulnerables, en donde Dámaso ofreciera menos trabas, libre de sus ata¬duras de cantinero.
—Eres un muchacho de lo más raro. Uno imaginaría que fueses cualquier cosa. Un criminal, si prefieres, el autor de un libro cuyas páginas nunca acaban, no un cantinero que entiende de libros modernos.
—Así pasa —repuso—. Sucedió igual con mi padre. Un chico astuto y disciplinado para la escritura. Yo soy apenas la mitad de él. Aunque lea algo o mucho, nunca escribo. Solo pienso. Pensar me sienta bien.
—Sabes, Dámaso, sería una dicha que todos los cantineros fuesen como tú. Pulcros, inteligentes, callados. Debiste nacer en Cuba. En La Habana. ¿Has pensado que naciste en el lugar equivocado? Se nota que aquí estás de más.
—No estoy de más. Aquí tengo un papel que cumplir.
Ella no rió esta vez:
—Es excesivo tu sacrificio. Aún estás a tiempo de irte.
Sonrió sin acritud. No sabía defenderse de declaraciones de esta índole. Nació donde nació. Vivía donde quería vivir.
No deseaba ser nada distinto a un cantinero. Ni siquiera el escritor más entendido triunfaría en el afán de cambiarle la cabeza. A él le gustaba ser el personaje que inventó para sí mismo sin tener que escribir una página. Ella, no obstante esta seguridad y el valor de su íntimo hallazgo, alcanzaba a moverle el piso. El trato con las mujeres le resultaba sinuoso, no las entendía o algo le impedía abordarlas en una realidad descarnada. Podía hacer el esfuerzo de ignorarlas, de permanecer en silencio, de eludir un camino de lamentables profanaciones. Jamás sería bueno con las palabras. Tampoco sabía ocultar sus verdaderos pensamientos. Estaba claro que no las detestaba. Al contrario. Quizá las quería demasiado. Ellas, abstractas o concretas, ficticias o reales, constituían su única materia. No admitiría nunca la realidad o la ficción sin la existencia o la simulación de las mujeres.
—¡Usted tiene una inflamable imaginación! ¿Más soda?
—Deja —lo detuvo ella—. No me saques el cuerpo. Quiero hablar contigo. Me encanta hablar contigo. Fúmate un tabaco. Vamos, Anda. Quiero verte fumar. Compláceme.
Alargó un tabaco que extrajo del escote. Dámaso aceptó el fuego que la mujer le ofrecía.
—No te extrañes —le aclaró— Mi oficio es atender a los hombres. Entiendo el mundo a través de los hombres. ¿Puedes creerlo?
Lanzó contra el techo de dos aguas de la cantina una profunda y larga bocanada. En el cenicero que Carlota le reo, depositó el tabaco.
—Entiendo —admitió— Hago parte, según siento, de algún experimento suyo. ¿Soy motivo de alguna apuesta?
—Mentira —refutó ella—. Tú no entiendes nada. Nadie entiende nada. Ni siquiera la Marisola. Imagina a la pobre a condenada a permanecer sentada en su vergel.
—Está bien. Acepto que no quiero entender.
Ella le revolvió el cabello negro, ensortijado.
—Muchacho astuto. No escribes y tampoco permites que je escriba delante de ti unas simples puntaditas. ¿Es to que estudiaste para ser profesor?
Asintió.
—¿En verdad?
—Sí —respondió—. Una vez terminé el bachillerato, papá me pidió que estudiara dos años en la Normal. Así que me regresé a Santa Marta, donde me hice normalista.
—Vaya. Es una pena que hayas abandonado el colegio.
—Sí —admitió—. A la muerte de papá alguien tenía que seguir al frente del negocio.
—Eres un mentiroso —refutó Carlota— pero allá tú. Me encanta que estés aquí. Anda. Sírveme. Conduce. Es tu juego y esta es tu cantina.
Ella tomó el nuevo trago. Instó con la mirada a que Dámaso volviera a fumar. Bebió. Él le sirvió otro trago.
—A ratos me pregunto —atacó Carlota— si uno está preparado para prescindir de una voz, de un nombre.
Dámaso confesó no haber considerado jamás la posibilidad que ella abría.
—A mí —insistió—, que todo me importa un banano, me resulta difícil. Puedo prescindir de tu voz, de tu compañía los otros días de la semana. Me olvido de tu existencia, pero el lunes no puedes faltarme. El lunes eres tú. He necesitado venir a este pueblo para ser consciente de nuestra necesidad de compañía. Es maravilloso. ¿Es fácil de entender? ¿Me estoy volviendo sentimental?
Guardó silencio. Nada quería decirle. Otro lunes ella avanzó un poco más. Le formuló un reclamo algo airado:
—Detesto que me trates como si fuera tu madre. ¡Qué irrespeto!
—Usted merece mi mayor respeto, Carlota —se defendió—. Mi deber es suministrarle el whisky que mejor le sienta.
—Estás equivocado. Le he explicado el punto a Casimiro. Él es un hombre más comprensivo.
—Trata de ser paciente.
—Es como nosotros. No tenemos nada que perder. Anda: repite el disco. Acércate, quiero contarte algo que me pasó ayer con Salvador Moreno.
Dámaso, canchero, tenía el privilegio de no corregirla. Algunas veces le hablaba de las fiestas y las charadas con tal certeza que ella sin percatarse de la trampa entregaba la visita a una conversación de superficie y a la ternura del whisky.
—Fue divertidísimo. Imagino que te gustó.
—Usted es bastante ingeniosa, aunque debería consultar el libro de Emiliano, que le sería de mucha ayuda.
Ella abrió los ojos sorprendida. Frunció el ceño. Casimiro la había prevenido de las tomaduras de pelo de Dámaso.
—¿Emiliano? ¿Quién ese? ¿Algún tardío huelguista?
—Un tipo que come pan con cebolla y que dice ser amigo del Perrito treinta y dos.
—¿El Perrito treinta y dos, dice?
—Un amigo de papá que vivía en la guerra. Quemó treinta y dos perritos y los arrojó una noche al río. No tiene importancia. El río está bien. Las estrellas aún acuden a contemplarse en sus aguas para que la corriente, impetuosa o serena, las lleve de nuevo al mar.
La perversidad transforma caminos cuando el encanto predomina. Ella, dichosa, atenta a las palabras de Dámaso, imagino al inhumano Perrito treinta y dos. Mojando los labios en el borde del vaso pensó en aquellas consentidas estrellas que iban al mar mecidas en las corrientes del río.
Exhibía una imagen tan desprotegida sin su gatito Micifú, tan llena de sucios recuerdos, que Dámaso no comprendía cómo hacía esta Carlota de los lunes para transformarse en la mujer enérgica, autoritaria y despectiva de los fines de semana.
—¡Qué tontos!—exclamó, saliendo de un mar de aguas estancadas—. Era el elefante: el más humano animal de la creación. Me quise morir de la risa. Rafael le apostó fuerte a un increíble mico. ¡Qué mico tan grande!
—Píense que yo estuve dudando un ratón —aclaró Dámaso— Hice el ejercicio de repasar los versos y de eliminar las metáforas engañosas. Aposté sin alma al elefante. A un elefante de Israel.
—¿Está seguro?
Dudó. Confesó, tomando el tabaco, que a veces no atinaba con las adivinanzas.
—Bueno, como quieras. Para la semana entrante trataré de preparar unas más fáciles. No hay que abusar de las per¬sonas de buenos corazones. Necesito que me prestes unos libros. Ya me leí todos los de Casimiro.
—¿Alguna otra canción?
—La misma. Gardel aún es bueno. Pero, por favor, fuma. Anda. No seas un muchacho malo. Hazlo por mí.
Carlota le suscitaba imágenes encontradas. Ella le empantanaba un sueño siempre escaso, aleatorio. Ella le hacía olvidar los buenos ratos pasados a escondidas con Lolita en Santa Marta. Igual Carlota, en un movimiento compensatorio a través de un ajedrez de oscuridades, lo depositaba en la casa de Amato, Calabria. Exactamente en la habitación en la que muriera expatriada, sola y tuberculosa Dolores Votto Había sido su única novia aquella niña de endrina mirada y de negro pelo en tirabuzones. Le encantaba el arreglo de su cabello. Alguna vez le explicó que el peinado copiaba el que Lucrecia Borgia llevó a los doce. Vivía entonces Lucrecia con su padre el Papa en una Roma de helados, puñales y venenos, sin contar otras dulzuras más. "Ella vivió enamorada de s hermano". Intentaba sacudir de él los recuerdos. Olvidare olor del cuerpo de Lolita. Un olor cuyo nombre a nadie dirá Imposible olvidar. Carlota vivía para recordarle a Lolita. Allí en un pueblo perdido, sepultado en los restos de sus glorias al otro lado de la barra, en un ángulo de la cantina, el nuevo veneno adquiría un nombre concreto y cursi extraído de alguna novela sentimental.
La amarga pócima estaba en la cantina cada lunes y nadie la apartaría de sus labios. Una tarde la esperó a la entrada de la cantina.
—Alto, Carlota —le dijo sin mirarla—. Váyase. No que se aparezca más en esta cantina. Aparte de mis ojos.
Sin dejar de sonreír, de contonear los hombros con mal dad, enterada de las preocupaciones que acosaban la cabeza de Dámaso, le acarició con una mano de hábiles dedos el mentón sin rasurar, los labios delgados, la nariz hitita, las cejas pobladas antes de dar media vuelta apoyada en los talones, movimientos que respondían acaso a una declarado imposible de escamotear a una realidad que volvía a expulsarla.
—Está bien, pollito —respondió sin volverse—. Castiga en mí la muerte que quieras. No aceptaré en cambio que olvides mandarme los lunes la botella con los libros. ¿Aceptas que cancele anticipadamente?
Sacó unos billetes del escote que le arrojó a la cara. Echó andar hacia el hotel, de prisa, conteniendo con una sonrisa nerviosa el llanto que le venía de adentro, de las muchas mujeres detrás de las que se escondía en el cálculo de ser quien no era.
No saludó a Casimiro que leía el periódico en la recepción. Cubrió con un mismo impulso el doble tramo de la escalera y el corto trayecto del pasillo. Tiró del pomo de la puerta. Se arrojó en la cama aceptando su desmoronamiento total. Casimiro, aún con el periódico en la mano, entró, tomando lugar al pie de la cabecera.
La dejó berrear y patalear en aquel desorden de sábanas y almohadas todo lo que no había berreado y pataleado en cuarenta años de vida difícil.
—¡Maldito! —aulló, liberando fuerzas quizás anteriores a su propia existencia—. ¡Me despreció! ¡Me echó! ¿Puedes creerlo?
Casimiro la oyó disertar con una indulgente expresión en la mirada.
—¿Queda algo de ti? —inquirió—. Con él no se puede jugar sin salir afectado. Su aire inofensivo corroe. Te lo advertí.
—¡Estúpido engreído! ¿Quién cree ser? Le tiré mi dinero en la cara!
—Ustedes las mujeres tardan en aprender ¿Pensaste ofenderlo? Solo lo libraste de pedir disculpas.
—¡Maldito pavo presumido! —volvió a aullar Carlota, fuera de sí, el rostro empapado en un líquido torrencial, el maquillaje corrido, ofreciendo la peor imagen a la que Casimiro hubiera asistido de una mujer—. ¿Es que no podía ser amable conmigo? ¡Espero que jamás sea feliz! ¡Jamás!
Llegó al límite de tolerancia con un acto que pretendió los más deplorables adjetivos: patético, risible, desatinado, pero sintió igual su deber hacerle algunas precisiones a la desecha amiga.
—¿De dónde sacas que a él, justo a él, le hace falta ser feliz? A este error de principio, sumaste otro más grave: creerte que él, nada menos que él, iba a fijarse en una p como tú. Nada perdías imaginando que él es feliz solo, sus ideas, sus libros y sus miedos. ¡Menuda y superlativa tonta!
Carlota dio un brinco y quedó sentada sobre las piernas a medio doblar. Las manos y los labios le temblaban. Había una visible poción de odio y dolor en el violeta de sus ojos.
—¿Y qué? —incriminó a un Casimiro consciente de ha ido muy lejos en una ociosa aclaración de términos—, que una puta solo tiene deberes que cumplir?
—Estoy de acuerdo contigo —precisó, tratando de pe fin a la escena—. Intento decir que hiciste una mala escogencia.
Había encontrado las palabras que le conferían determinación y elegancia al tono pausado de su voz.
—Como quieras —admitió la mujer—. Pero si hay fuerza superior en alguna parte de este puto mundo, el precio que me ha hecho tendrá que ser castigado. No pido más.
Casimiro no disimuló esta vez el enfado que le producían los giros de Carlota. Extrañó en todo sentido a la Carlota altiva, burlona, diestra en el arte de ruborizar a los hombres habituada a no encontrar oposición a sus proyectos.
—No agregues más patetismo a tu drama —le advirtió—. Recuerda que hay mejores maneras de morirse. Elige t una sola, que sea original. Tu vida merece el favor.
—¡Cerdos! —gritó Carlota, tomándose de los cabe! metiendo el rostro en el regazo—. ¡Una legión de cerdos! Carlota Delicie, una puta, les concedo al paraíso de todos excrementos posibles!
No supo en este sublime momento si tomarla de los pe ahorcarla, propinarle un par de salvajes manotazos, o, por el contrario, colocarse a su lado, rodearlas con sus brazos ofrecerle su pecho y expresarle una honesta protección. Hubiera sido preferible tener a la mano, en un extremo di habitación, a alguien que le indicara el camino a seguir. Buscó en él una fórmula que le facilitara la labor de rescatar a la Carlota que creía conocer del bravo mar de imprecaciones a la que seguía aferrada. Aclaró la garganta. Las piernas, dada la carga de la escena, le empezaban a temblar, a doler-les de una manera comparable a las horas de infierno que vivió durante el nefasto parto de Susana. Se animó:
—Que esta sea una lección para tu teatro, querida. A tu muchacho le encanta embestir las aguas. La luna que adora no sigue allí, ni eres tú, pero igual al amanecer, él entra a la corriente a buscarla. Es un milagro que continúe vivo.
Carlota Delicie no estaba hecha de eternidad. Ni mucho menos preparada para las oscuras palabras de Casimiro. Incomprendida, insultada, impotente, volvió a la vía expedita de los berridos y las maldiciones.
—¡Maricones! ¡Pervertidos! ¡Asalta cunas! ¡Yo también soy una mujer! ¡Malditos! ¡Valgo igual que ustedes! ¡Respiro! ¡Sudo! ¡Sueño! ¡Trabajo igual!
Ella debía desaparecer, morir, como desaparece y muere todo aquello que luzca el rebelde emblema humano. Equivocada de medio a medio en su lance, sin atenuantes, fracasaba de un modo jubiloso, y quizá allí, en el fallido intento, concluía su carrera.
Moriría un lunes o quizá murió antes, en algún momen¬to de uno de esos tantos lunes de whiskys, llantos y canciones a los que se abandonó sin remedio,
Casimiro subió alguna tarde a despertarla. No encontró respuesta a sus llamados. Modificó el silencio del piso forzando la puerta. La encontró desnuda, pálida, enredada en las invisibles aguas de una inconsciencia aplastante que amenazó con echar abajo la tibia penumbra de la habitación.
Siempre presto, informado, tiró de las cortinas. La llamó tres veces. Insistía en negar que aquel cuerpo moldeado para servir la gran mesa de la vida estuviera ahora sentado a manteles con la juiciosa señora de la levedad. Pensó en la trampa de un desfallecimiento normal. Llamó a gritos a las otras muchachas, que apresuradas, a medio vestir, olorosas al semen de la prolongada siesta, salieron en tropel hacia el cuarto, dejando en los suyos a los amantes de los lunes por la tarde.
Nunca importó mucho determinar la causa real de aquel aletargamiento sin medida. Tampoco es que hubieran faltado explicaciones en un pueblo tan suspicaz, tan dado al run run, al patatín y al patatán. El padre Samuel, que soñó verla salir apedreada y abucheada, tuvo que modificar esta irascible actitud, teniendo que resignarse a saber que se moría en una habitación de El Imperial. Aceptó una tarde ir a mitigar la agonía sin voz de la pecadora con los óleos de la piedad. Le cupo el privilegio de cerrarle los grandes, acuosos y rasgados ojos violetas.
A la muerte de Carlota todos, hombres y mujeres, creyeron haberla conocido. Nadie, que sepa, ha podido decir de qué nicho crepuscular salió la diablilla, ni por qué vino. La mitología pulula. En opinión de Casimiro importa poco la sinrazón que la trajo a esta tierra pródiga en la que terminó de vivir según la disposición natural de un oficio al que le sería fiel más allá de la disolución de sus formas.
Los carteles mortuorios que Casimiro ordenó hacerle invitaban al sepelio de Carlina Fonseca. Una broma, sin duda, de Navarrito de Boni, el tipógrafo, pero dos hombres acongojados, unidos en el dolor, Salvador Moreno y Rafael Salzedo, en medio de un diluvio de ron que duró una semana en algún puteadero de la orilla del río, propagaron a tiros aquella última verdad. Nadie tenía que tomar represalias contra el humor sano de Navarrito De Boni.
Carlota Delicie se antoja tan irreal como una vieja llovizna en una tarde estática de enero. En la memoria de los hombres que tuvieron su cuerpo ella es un liviano recuerdo sin rostro, sin ojos, sin gestos, sin palabras.
Casimiro conserva su baúl en la habitación que ella ocupara en El Imperial. Allí están las revistas de farándula, los discos americanos, los vestidos de luces, las zapatillas plateadas, las prendas interiores, los adminículos de tocador, las cartas familiares, las fotografías que tomara Apolonio Rovira en el salón del hotel durante los musicales o las que le sacó el Baby Cardozo, el fotógrafo alto, amariconado, que hacía traer de Barranquilla las veces que permitió que su voz de gata ronca se escuchara en el Rialto. Es su legado más visible. Es el único patrimonio de Carlota que acaso nos pertenezca de verdad, aunque puede que haya placas que más vale olvidar en honor a la memoria de Carlina Fonseca.
Para ver dos artículos críticos sobre la novela Las manchas del jaguar, ir a los siguientes enlaces:
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© Clinton Ramírez C.
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen IX – Número 35
Octubre-Noviembre-Diciembre de 2008
SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290
PROGRAMA DE HUMANIDADES Y LENGUA CASTELLANA
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
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