Bienaventurados
los mansos
Sergio Sarmiento T.
Escuela de Arte Dramático - Universidad del Atlántico
Barranquilla - Colombia
PERSONAJES:
Ella
Él
Otro
Supervisor de seguridad
Comandante de policía
Anciano
Anciana
Alguien
ESCENA 1
Tres hermanos frente a una mesa de comedor. Después de cerciorarse de que las puertas están cerradas.
Ella: ¡Calla!
Él: No puedo seguir así.
Ella: ¡Que calles!
Él: ¿Cuánto tiempo crees que puedo soportar? Llevamos días en el mismo juego. No me digas que calle, puedo explotar. No me digas que cierre mi maldita boca.
Otro: ¡Sin groserías! Hemos quedado en que no habría más insultos.
Él: Es inevitable, ¿no lo ves?
Ella: Solo quiero que no sigas hablando.
Él: ¡Que no me mandes a callar!
Ella: No grites.
Otro: Pueden oírte.
Él: Que lo hagan. Ya saben lo que tratamos de hacer ¿Acaso ellos no intentaron lo mismo?
Otro: Ya no pueden.
Él: Pueden.
Ella: Ya no tienen fuerza. Con los pasos de los días sus fuerzas han bajado. Una vez, hace años, en una cena, el día del cumpleaños del abuelo, me di cuenta. Papá y mamá no hablaban. La abuela nos recordaba cómo conoció al abuelo, esas historias siempre salen a relucir en las reuniones familiares, el abuelo apenado pidió más cordero, la abuela se lo sirvió sin cortar la historia. Papá le ofreció un poco de pan y él aceptó. Papá y mamá cogieron el pan al mismo tiempo y se quedaron mirando fijamente mientras se lo daban. En ese momento tenían fuerza, ahora no.
Él: ¿Y?
Ella: Me di cuenta. Allí lo supe enseguida.
Él: ¿Cómo? ¿En qué momento?
Otro: Cuando se miraron a los ojos.
Ella: No. Con el pan.
Él: ¿El pan?
Ella: Sí, el pan.
Otro: ¿Qué con el pan?
Ella: La forma como lo cogieron. Al vuelo.
Él: Eso no me dice nada.
Ella: Tenías que verlo.
Otro: ¿Qué cosa? ¿El pan?
Ella: Te digo que la forma como lo cogieron.
Otro: Yo no lo recuerdo.
Ella: Estabas muy pequeño. No tienes por qué recordarlo.
Él: Entonces tú descubriste todo con un pan. Cada vez te salen cosas más estúpidas y vienes a mandarme a callar. Por favor.
Ella: Mira, lo tomaron así. (AGARRA UN PAN CON AMBAS MANOS).
Él: ¿Y?
Otro: Ya lo veo. Me doy cuenta. Incluso, eso me recuerda algo. Una vez mamá me planchaba la ropa, y cuando lo hacía, papá entró con un pañuelo lleno de sangre. Mamá le preguntó qué había pasado y él me miró. Después le dijo una frase a mamá, como en clave. Ella se fue al cuarto del abuelo.
Ella: ¿Que dijo él?
Otro: No, nada, ella se fue y ya.
Ella: No. La frase, ¿Qué dijo? ¿Cómo era la frase?
Otro: No recuerdo.
Él: ¿Y la sangre? ¿De quien era?
Otro: Bueno, días después fue cuando murió el abuelo, y escuché a tía Rocio hablar sobre el abuelo y una hemorragia en la nariz. Me imagino que la sangre en el pañuelo era de él.
Ella: ¿Y cómo agarró papá el pañuelo? ¿Cómo lo tenía agarrado?
Otro: Normal.
Él: ¿Y el pan?
Otro: ¿Cuál pan?
Él: ¡Éste! Ella cogió el pan y esto te hizo recordar lo del pañuelo. ¿No nos habías dicho eso?
Otro: El pan no me recordó el pañuelo.
Él: ¿Entonces?
Otro: La forma del pan.
Ella: ¿Qué pasa con el pan?
Otro: Mamá se fue al cuarto del abuelo y dejó la plancha sobre una camisa. Cuando me di cuenta, la camisa tenía un quemón parecido a ese pan.
Él: ¡Ah! Era la camisa roja.
Otro: No, la azul. La roja la quemé cuando aprendía a planchar.
Él: Miserable.
Otro: Fue un accidente.
Ella: ¿Entonces?
Otro: No, nada. Se quemó y la boté.
Ella: El plan. Me refiero al plan.
El: Debemos hacerlo ya. No veo por qué tenemos que dar rodeos.
Otro: Pero esos planes tuyos son muy malos.
Él: Claro. Como a ustedes les salen unos buenísimos.
Ella: Una vez vi una película…
Él: No empieces.
Otro: Déjala.
Él: Una vez. Vi una película… los hijos querían vengar la muerte de su padre… ¿Qué más?
Ella: Cállate.
Él: Maldición, no me mandes a callar.
Otro: Sin insultos hemos quedado.
Oscuro.
ESCENA 2
Un comandante de policía trata de encender un cigarro pero el encendedor no funciona. Frente a él, un supervisor de seguridad privada.
Comandante: Eso es ridículo.
Supervisor: Pues así es.
Comandante: ¿Y qué hizo usted?
Supervisor: Reestructurar. Cuando estas cosas pasan, reestructuramos mientras siguen las investigaciones.
Comandante: ¿Y por dónde empezaron?
Supervisor: Por el personal.
Comandante: ¿Y los perros?
Supervisor: Pues ellos están bien.
Comandante: ¿Los cambian?
Supervisor: Muy poco.
Comandante: ¿Por qué?
Supervisor: Son buenos, están entrenados.
Comandante: Entonces, ¿qué pasó esta vez?
Supervisor: Bueno, estamos investigando...
Comandante: ¿Había ocurrido antes?
Supervisor: Este tipo de cosas, no. Cuando notamos que los perros se encariñan con los vigilantes, cambiamos los vigilantes.
Comandante: ¿Y los perros?
Supervisor: Rara vez, son muy caros. Sale más económico cambiar personas que cambiar animales. Por ejemplo: en este caso, el perro sigue de servicio, el pobre no entiende de fraudes y corrupción. Al sinvergüenza lo echamos y lo demandamos. La justicia y nosotros procederemos.
Comandante: ¿Procederán?
Supervisor: Claro. Al perro hay que entrenarlo de nuevo y el sujeto tendrá que pagar.
Comandante: ¿Cómo?
Supervisor: Con su pensión.
Comandante: Un perro no puede costar tanto.
Supervisor: ¿Y el nombre? ¿Y el prestigio?
Comandante: Recapitulemos. Jesús Carpintero toma turno de vigilancia a las 18 horas del martes cuatro. Según su declaración, a las 21:30 horas se queda dormido a causa de una gripa. No se preocupa de la vigilancia porque el perro queda despierto. A la 1:20 se levanta a orinar y ve al perro comiendo un trozo de carne de res. El almacén ha sido saqueado, el perro no ladró y él no sintió ningún ruido. ¿Qué Paso? ¿El perro es cómplice de los asaltantes o el vigilante es cómplice de los asaltantes o los dos son cómplices?
Supervisor: Esperemos los resultados de las investigaciones.
Comandante: No podemos esperar tanto.
Supervisor: Yo tengo fósforos.
Comandante: ¿Qué?
Supervisor: Tengo fósforos, para su cigarro.
Comandante: Estoy tratando de dejarlo, por eso el encendedor no funciona.
Supervisor: Comprendo. Lo mismo pasa con nuestra empresa. Nuestra imagen, la mejor. Este suceso pone en duda nuestros servicios. Los perros son nuestro fuerte. Los vigilantes son en la gran mayoría los mejores, y cuando estas cosas pasan, las manejamos como un cigarro prohibido, sin poder encenderlo, esperando el momento en que las ganas se pasen y todo quede en el olvido. Para eso necesitamos de un encendedor que no funcione. Por eso estoy hablando con usted.
Comandante: Eso es ridículo.
Supervisor: Pues es así. (OSCURO).
ESCENA 3
Escenario casi vacío. En el fondo, hacia el lado derecho del escenario, hay un sillón; casi en el centro del escenario, una mesita con una jarra de agua y un vaso. Alguien lee un periódico sentado en el brazo del sillón. Una anciana corta rosas de plástico, un anciano mira sellos de correo. La anciana llora un poco, el anciano la mira, va a tomar agua, se detiene a mitad de camino. La luz es sepia y hace calor.
Anciano: Las rosas que obteníamos en el jardín de la abuela eran más hermosas, pero su olor era insoportable. Teníamos que dormir con las ventanas cerradas.
Anciana: Eso es lo normal.
Anciano: No. El pueblo era tan seguro que podías dejar la puerta abierta de par en par y jamás corrías el riesgo de que alguien entrara, incluso en los días de fiesta, cuando salíamos a la plaza a bailar, dejábamos las puertas abiertas. Las rosas florecían, levantándose hacia lo alto del cielo, felices y esperando que la abuela les cortara el tallo y las llevara al cementerio, esas malditas rosas sabían cuál era su destino. Sabían que perfumarían la tumba de alguien.
Anciana: Eran inteligentes.
Anciano: ¿Que si lo eran? Por eso hedían, lo hacían a voluntad las condenadas. Se protegían para que nadie las tocara, para que a nadie se le ocurriera robárselas y llevarlas a algún mugroso florero. Solo la abuela no percibía el olor. Ella decía que la culpa nos tenía la nariz podrida, muchas veces nos lo recalcó y en especial los días en que nos reuníamos toda la familia a comer. ¿Te acuerdas?
Anciana: Esos recuerdos son tuyos, míos no. siempre has jodido con el cuento de las rosas y tu abuela y la comida familiar. Se me ha jorobado la espalda de tanto escucharte maldecir las flores, el agua lluvia, los palos de mangos cuando se cargan, los pájaros cuando cantan y cuando no lo hacen. Me tienes con la paciencia agotada.
Anciano: ¿Y si es así por qué no te largas? ¿Acaso necesito de tu ayuda? Puedo valérmelas por mí mismo. Siempre he estado solo, mucho antes de nacer, cuando era joven y cuando me casé y cuando tuve mis hijos y cuando nos vinimos a vivir a esta ciudad y cuando te mueras y cuando yo muera, siempre estaré solo. ¿Quién te has creído para hablarme de paciencia agotada, cuando tú eras la que venía a pedirme que te contara como había sido lo de mi abuelo y lo de mis padres y los de mis hermanos? Crees que es fácil saber que estás cultivando un apellido lleno de fracaso y olvido, que te toca apretarte los huevos y salir tú solo adelante, porque tu cochino padre no supo hacer otra cosa que esconderse. El maldito tira la piedra y esconde la mano. Nos dio para vivir bien, como si nosotros se lo hubiéramos pedido.
Anciana: ¡Calla! Ya estás empezando a babear la alfombra. Estoy harta de limpiar cada espacio en el que te metes. No sabes hacer otra cosa que hacer desorden y quejarte y babear. Si no fuera por la lástima que me da morirme sola, te dejaría aquí, solo de verdad, muriéndote de ganas por oler las rosas de tu perra abuela.
Anciano: ¿Cómo te atreves? ¡Te puedo partir la boca! Puedo estrellar mi mano contra la pared hasta que un hueso rompa mi piel y luego, con la mano astillada y sangrante, te partiría la boca. Te juro que lo hago como vuelvas a hablar mal de la abuela y sus rosas.
Alguien: ¡Podrían dejar de molestar! Estoy tratando de leer la prensa. Si siguen así, los voy a amarrar otra vez.
Anciano: Atrévete y sabrás qué es la cólera del pasado. Tus ancestros vendrán y te darán tu merecido. De una vez por todas, aprenderás lo que es el maldito respeto.
Anciana: No le hagas caso. (MURMULLO). Está senil.
Anciano: Tú también y antes que yo. ¿Creen que ustedes me intimidan? ¡Jamás! Yo podré estar achacoso y mugriento pero tengo fuerzas. Puedo estrellar mi mano contra la pared hasta que un hueso…
Alguien: Rompa mi piel… Ya dijo eso, anciano.
Anciano: ¿Si? ¿Cuando?
Anciana: Hace unos minutos.
Anciano: Esta vida es muy cruel conmigo. Yo, que me pase toda una vida solo, forjando un apellido… ¿Ya dije esto antes?
Anciana: Sí.
Alguien: Antes del golpe en la pared.
Anciano: ¿Cuál golpe?
Anciana: Olvídalo. ¡Mira, estás babeando la alfombra! Siempre con la mismas cosas.
Anciano: Tengo sed.
Anciana: Entonces trágate la saliva y no la tires a la alfombra.
Alguien: Aquí no hay alfombra.
Anciana: Silencio, es para que él crea. Así se le quita la mala costumbre. ¿Podríamos tomar agua?
Alguien: Ya les he dicho que sí.
Anciana: Gracias. (AL ANCIANO). Debes tragarte tu saliva. Aquí nos privan hasta del derecho a tomar un sorbo de agua.
Alguien: Ya les dije que sí pueden tomar agua.
Anciana: Desde que era niña, siempre me llamó la atención el color del agua, mi mamá decía que era transparente, incolora. Si la miras con calma, te das cuenta de que sí tiene color. Es como si miraras directo al sol y cuando apartas la vista, solo ves una gran mancha que te persigue a donde mires, así es el agua, como… ¿Qué estaba diciendo?
Anciano: Que odiabas el agua.
Anciana: … Mi madre me hundía en la alberca cuando me portaba mal. Sentía como si me fuera a matar. Eran horribles: el agua y mi madre.
Alguien: Aquí tienen agua. (LES OFRECE EL VASO). Beban.
Anciano: Yo no me he confesado desde el sábado.
Anciana: Tú jamás te has confesado.
Anciano: ¿Qué? ¿Quien dijo confesar? Sabes que no creo en eso.
Alguien: Por qué no vuelven a lo que estaban haciendo. Mire, anciano, sus postales se están cayendo.
Anciano: La vida se aleja cada día más de ti. Pronto te darás cuenta, cuando alguien se burle de ti y no puedas doblarle la cara con tu puño. Esas no son postales, son estampillas de correo. Son las marcas de personas que se acuerdan de otras y se toman el tiempo para escribir y mandar una carta. Es hermoso.
Anciana: Si es hermoso. (AMBOS VUELVEN A SUS LABORES INICIALES). Es hermoso recordar a los otros.
Anciano: Sí, es hermoso tomarse su tiempo y escribirles a los amigos… ¿Dejaste el computador apagado?
Anciana: No recuerdo. (A ALGUIEN). ¿Lo apagué?
Alguien: No recuerdo.
Anciana: Estaba mandado un mail a la tía cuando nos sacó de casa… ¿Lo apagó?
Alguien: No tuve tiempo.
Anciano: ¡Qué cosas se viven ahora!
Alguien: Siempre es así. Un vecino decía que las cosas en este mundo cambian tan aprisa que uno no se da cuenta y se mantiene atado al pasado. Mírese usted, jugando con sus postales…
Anciano: Estampillas de correo.
Alguien: Sí, estampillas de correo… Sí, las recuerdo, yo tenía un primo que vivía en holanda, él me mandaba cartas y paquetes con ropa y música de Europa, eso me emocionaba. Cuando llegaban las cartas y los paquetes a casa, yo corría y miraba las estampillas, buscaba las que dijeran Holanda. Eran hermosas. Muy coloridas. Algunas veces, por la emoción, me equivocaba y abría las que venían de Argentina o África. Papá se molestaba conmigo pero era la emoción la que me hacía confundir las estampillas.
Anciana: ¿Y por qué no mirabas el nombre en el paquete? El nombre de tu primo debía estar allí. No había forma de equivocarse.
Alguien: Sí podía equivocarme. Todos mis parientes que viven fuera del país, tienen el mismo nombre y apellido. (SE SIENTA JUNTO A LA ANCIANA Y LE AYUDA A CORTAR LAS ROSAS DE PLÁSTICO).
Anciano: Estas religiones van a terminar de destruir el mundo… Nunca he visto una estampilla de África. ¿Cómo son?
Alguien: Normales. Con negros, jirafas, elefantes y leones. Normales. ¿No se sienten cansados?
Anciano: Desde hace años. Cuando la guerra acabó y los niños pudieron salir a jugar al parque y las madres se sentaban en el patio a hablar con las tías y las vecinas, en las tardes después de lavar la ropa.
Alguien: ¡Qué bello recuerdo!
Anciana: No le hagas caso. Esta senil.
Anciano: SÍ, era bello, hasta que nos dimos cuenta DE que la guerra no había acabado, solo estaba durmiendo.
Alguien: Es divertido escucharlos hablar.
Anciano: Esa era la época en que la abuela tenía un rosal en el jardín. Malditas flores que apestaban a demonios y carbón. Una vez, de la rabia que les tenía, las quise arrancar y una espina se me incrustó en la mano; se me hizo una llaga. Mire, aún tengo la marca y, en algunas noche de mayo, puedo sentir el olor a podrido que sale de la cicatriz. Yo sé que no es la culpa… no lo es… no lo es… (LLORA).
Alguien: Tome agua.
Anciana: Déjelo. No la necesita, se tomará sus lágrimas. Así es él. (AL ANCIANO). ¡No vayas a babear la alfombra! ¡Mira! Estás babeando la alfombra otra vez… la alfombra… la alfombra… (LLORA).
Alguien: (SENTÁNDOSE EN EL SILLÓN Y RETOMANDO LA PRENSA). Traten de no hacer mucho ruido. Estoy leyendo la prensa. (LOS TRES LLORAN. OSCURO).
ESCENA 4
Comandante de la policía en un atril, frente a su pelotón.
Comandante: Una vez más, como todos los días, el deber nos llama a estar prestos. No hay nada más entre los ciudadanos y las instituciones. Gracias a Dios, ellos confían en nosotros y nosotros en nuestro servicio. ¡Firmes, les digo! Carajo, ¿qué puta mierda les pasa a todos ustedes? ¿Es que se me volvieron maricas o qué? ¿Acaso no pueden estarse dos minutos allí quietitos? El país está poniendo su confianza en nuestras manos y ustedes quieren irse a casa a ver el fútbol y el resultado de la lotería. Esta institución, al igual que las otras, necesita de hombres y mujeres de verdad, que se encarguen de dar valor a lo que es la palabra Estado. Miren, grandísimos pendejos, hace dos noches se robaron una tienda, literalmente. Solo dejaron las paredes. Hoy las calles están llenas de mercancías robadas. ¿Qué podemos hacer nosotros? ¿Arrestar a todo pordiosero, desplazado o drogadicto que venda en la calle? ¿Decomisar toda la mercancía?... ¡No! Ese no es nuestro trabajo. Lo nuestro va más allá. Es más grande de lo que sus cabezas llenas de mierda puedan pensar. Estamos llamados a restablecer la confianza. No queremos a un grupo de revoltosos gritando que pagan impuestos, que les robaron sus trabajos, que nuestro bien nutrido y ganado sueldo se los debemos a ellos. Debemos mostrar al país, que estamos trabajando por aclarar la situación. Ese es nuestro trabajo. Ahora bien, si logramos atrapar a estos terroristas, se desatará la cadena más grande de culpas que se haya visto en este país. Porque, más de uno de ustedes esta metido en esto. Y si no es por gracia, es por omisión, y si no tienen nada que ver, ahora sí. Mañana, cuando salgan a patrullar, quiero que hagan la tarea de investigar quién fue el perro que se metió al almacén. ¡Ojo! Solo investiguen. No quiero capturas, nunca se han pedido esas cosas. Si alguno trae por lo menos a una persona, que medio sepa cuál es la inicial del nombre del terrorista, júrenlo que no le quedará vida a toda su maldita descendencia para pagar esta traición que le hace a la Institución. Mañana nuestra tarea es la de siempre. Hagamos las cosas, como si de verdad hiciéramos algo. Pero no quiero resultados. Pronto a la gente se le olvidará y nosotros seremos los héroes de siempre. Esperaremos unos meses y buscaremos a algún imbecil que quiera confesar lo que sea con tal de que no le pateemos los huevos. Somos el eslabón más fuerte de la cadena social de este país. Somos su seguridad y confianza. Somos el todo y nada. ¡Mañana salgamos hacer nuestro trabajo! ¡A discreción! ¡Firmes! ¡Firmes, les digo, maricas! Descansen… ¿Quien tiene un maldito cigarro? (OSCURO).
ESCENA 5
Frente a un ataúd. Ella llora y el otro la consuela. Él está revisando la tarjeta de un arreglo floral.
Él: ¿Quién es Bermúdez?
Otro: Creo que algún viejo amigo de la familia.
Él: No recuerdo a éste. ¿A qué se dedica?
Otro: Seguridad. Una vez vino a ver a papá, después del almuerzo. Necesitaba un favor y papá lo llevó hasta el patio y allí hablaron como dos horas.
Él: ¿Estabas allí?
Otro: Claro, esa fue la época en que yo tenía sarampión.
Él: Con razón. Mamá me había mandado a casa de la abuela, no quería que me contagiaras
Otro: No, te mandó para que no contagiaras a más nadie. Tú fuiste quien trajo ese virus aquí.
Él: Yo no fui. A mí nunca me ha dado sarampión.
Otro: Que sí. Te la pegó un niño de segundo.
Él: Que no.
Ella: Por favor, no empiecen. Deben verlos más agobiados.
Él: Pues, ya me aburrí de estar esperando. Mira, solo mandan flores, nadie viene a presentar respeto. Todos tienen miedo, con la policía allí afuera. Es como si por venir a darnos el pésame, los señalaran. ¡Qué cobardes! Y pensar que la abuela esperaba que llegara más gente.
Ella: Justo ahora tenía que pasar. Ahora tendremos que esperar un poco más.
Otro: No, debemos seguir. Si nos quedamos quietos, van a sospechar. Anoche papá me hizo preguntas.
Él: ¿Qué le dijiste?
Otro: Nada. Le di su medicamento y se durmió.
Ella: ¿Se me corrió el lápiz de ojo?
Otro: No se nota, sigue llorando, yo te aviso cuando se vea lo bastante bien.
Ella: No me salen mas lágrimas.
Él: Piensa en algo triste, eso funciona.
Ella: Ya lo intenté y nada.
Él: Bueno, pícate los ojos o échate limón, así saldrán más rápido.
Otro: ¿Por qué tienes los tenis puestos?
Él: No encontré los negros. ¿Qué quería que hiciera? Eran los tenis, venir descalzo o no venir.
Ella: Pongan cara de afligidos, como si les doliera la muerte de la abuela.
Él: ¿Y quién te dice que a mí no me duele?
Ella: Por las estupideces que dices.
Otro: ¿La abuela firmó los papeles?
Él: Sí, el lunes. Lo malo es que los tiene mamá.
Ella: ¿Y ahora?
Él: Tranquila, pronto me los dará. (MIRANDO OTRA TARJETA), ¿Quién es Rondón?
Ella: No sé. ¿Tú lo recuerdas?
Otro: No. Déjame ver… No tiene el nombre, solo su apellido.
Él: ¿Que es CG?
Comandante: (ENTRANDO CON UNA TAZA DE CAFÉ, YA ES UN ANCIANO). Comandante general.
Ella: (CON VOZ QUEBRADA). Abuela, que Dios te tenga en la gloria...
Comandante: No es necesario el teatro, señorita.
Otro: (SIN PRESTAR ATENCIÓN AL COMENTARIO DEL COMANDANTE). Gracias por su visita. La abuela era muy importante para nosotros y le agradezco que usted se haya acordado de ella es este momento, cuando entra al descanso eterno.
Comandante: Tranquilo, yo no conocí en vida a su abuela. Solo estoy dando una visita de rutina.
Él: ¿Rutina? ¿Cuál rutina?
Ella: Señor, estamos en un momento de profundo dolor. ¿Usted tiene algún vínculo con nuestra familia?
Comandante: Veo que no entienden la situación. Es difícil, lo sé, pero ese es mi trabajo y debo tomar cartas en el asunto. Ustedes son los llamados a responder y ayudar con la Institución.
Él: No creo que este sea el momento de hacer política. Además, yo juré no volver a votar por nadie, desde que un alcalde penalizó el consumo personal de drogas.
Comandante: ¿Penalizó? Si eso se abolió hace años, usted es libre de consumir lo que quiera y en la cantidad que quiera, por algo somos un país libre.
Él: Maldita sea. Veinte años sin probar un cachito. Maldita política, siempre cambiando, por eso es que este mundo no avanza. La política nos tiene por los huevos.
Otro: Y el recogimiento también. Gracias por su visita, señor…
Comandante: Rondón.
Ella: El de la tarjeta. O sea que usted sí tiene algún vinculo con nosotros, con esta familia.
Comandante: No tan cercana pero sí. Es un pequeño asunto de negocios.
Otro: ¿Conoció a la abuela?
Comandante: No, nunca la conocí (MIRANDO NUEVAMENTE EL INTERIOR DEL ATAÚD). ¿Sus padres se encuentran en casa?
Él: No han llegado, los estamos esperando.
Ella: Quizás la pena los tiene retrasados.
Comandante: ¿La pena o la culpa?
Otro: Podría ser más claro…
Comandante: Claridad. Esa es una palabra de mucha importancia en este momento, me gusta la claridad, siempre fui muy claro en mi trabajo y eso me dio muchos honores. Bueno, ya a esta edad, necesito de algo más gratificante que el honor y el buen nombre, necesito aclarar cuentas y así podré ser de más ayuda para este país. (TERMINA DE TOMAR SU CAFÉ). Durante el transcurso de una vida, las acciones que uno realice lo llevan a un camino que al final lo dejan respirar tranquilo. Sabemos que a pesar de las derrotas o las victorias, tenemos la dicha de haber vivido y sobrevivido. Eso es lo importante de la claridad.
Ella: Disculpe, no logro entender lo que dice.
Comandante: No se preocupe, yo tampoco. Siempre he sido así, con una retórica amplia y una mente cerrada.
Él: Como todo funcionario público.
Comandante: Exacto, logras entender la esencia de esto. Ese es el destino… Antes de seguir hablando pendejadas, podrían regalarme un poco mas de café.
Otro: Claro, en la cocina hay más.
Comandante: Solo encontré un poco, creo que se acabó.
Él: Imposible, hay café para todo un batallón. Nadie ha venido, debe haber más café.
Comandante: Eso suele ocurrir, piensas que tienes todo controlado, que todo está listo y, cuando menos lo esperas, todo termina, incluso sin que las cosas hayan empezado. ¿Donde está su padre? Él sabe de lo que hablo.
Otro: No ha llegado.
Comandante: Bueno, ya esperé mucho tiempo, creo que podré esperar un poco más.
Ella: Puede tomar asiento.
Comandante: No, gracias. Mejor voy a preparar más café, la tarde es larga. (SALIENDO POR DONDE ENTRO). A propósito, ¿de qué murió la abuela?
Otro: ¿Y ahora?
Él: Que nos vea afligidos.
Ella: ¿Son ideas mías o las flores tienen un olor raro?
Oscuro.
ESCENA 6
Anciano mirando hacia el techo. Alguien juega damas chinas con la abuela. Un grillo canta.
Anciano: Creo que puedo verlo, creo que sí.
Anciana: Déjalo, que está llorando, ¿A ti quién te interrumpe cuando lloras?
Alguien: Juegue.
Anciana: Jaque.
Alguien: Ya le dije que aquí no se canta jaque.
Anciano: Si ella quiere cantar jaque, debe dejarla, ella podría ser su abuela. Debe aprender a respetar.
Alguien: Ella no es mi abuela. Señora, en este juego no se canta jaque, solo se hace en el ajedrez.
Anciano: Y sigues de terco, llevas dos horas repitiendo el mismo cuento del ajedrez. ¿Es que no te cansas?
Anciana: Déjalo, está senil.
Alguien: Yo no estoy senil.
Anciana: Toda enfermedad se niega. Uno no la acepta hasta que ésta te patea y se ríe de ti. Míralo, allí, como un pendejo buscando al animal que llora. Le fastidia su ruido. A él nunca le gustó el ruido rutinario. Usted podía dejar caer un plato o tirar la puerta, pero jamás dejar el grifo del agua medio cerrado. Las gotas cayendo le producían pesadillas.
Anciano: Era un sonido espantoso. Primero cae una gota y luego otra y luego otra y luego otra y otra más, hasta que se forma un pequeño charquito de agua y las demás siguen cayendo y se vuelve una ecuación eterna.
Alguien: ¿Ecuación?
Anciana: Sí. Una gota cae y al estrellarse suena: pip y el asunto no termina allí, la gota salpica y genera otras gotas mas pequeñas que se disparan al aire y caen sonando: tip y estas nuevas gotas salpican y generan otras mas pequeñas que saltan con menos fuerza pero sonando pip. Lo jodido del cuento es que, antes de que suene es pip, ya otra gota está cayendo, sonando pip y así en un ritmo constante, monótono: pip, pip, pip, pip, pip, pip, pip, pip, pip… (LA ANCIANA SIGUE REPRODUCIENDO EL SONIDO Y LO ACOMPAÑA CON SU DEDO, GOLPEANDO EL CENTRO DEL TABLERO DE DAMAS. ASÍ ESTARÁ EL RESTO DE LA ESCENA).
Anciano: Por eso tenía discrepancias con los vecinos del frente. A media noche me hacían salir de casa, discutía y los amenazaba con llamar a la policía si no cerraban bien ese grifo.
Alguien: ¿El goteo era en casa de sus vecinos?
Anciano: Sí. Eso era exasperante, angustiante. Ese ruido era tan molesto que se colaba por las ranuras de las puertas, se paseaba por la calle y entraba a mi casa, subiendo hasta mi cuarto y estrellándose finalmente en mis oídos.
Alguien: Increíble. Usted tiene un oído fino.
Anciano: Pues claro, mis sentidos son muy buenos. Mamá, en muchas ocasiones, se iba a dormir la siesta y dejaba la comida preparándose. Yo vigilaba desde la sala; con solo olfatear un poco, podía saber cuánto le faltaba a la carne o al arroz; después me premiaba, dejándome ver el atardecer.
Alguien: ¡Que historias!
Anciano: ¿Usted no tiene alguna?
Alguien: Quizás. (TOMA AGUA). Un tío mandaba cartas a sus hijos, que estaban en el África; yo le compraba unos sobres grandes en la tienda de la esquina y después llevaba los paquetes hasta el correo. Ese era un gran paseo. El empleado del correo me dejaba pegar las estampillas. Yo les pasaba la lengua y las pegaba con mucho cuidado, trataba de adivinar a que sabía la goma de una estampilla y, como encontraba el sabor, con el tiempo no solo lamía las estampillas nuevas sino que despegaba con mucho cuidado las que venían en las cartas y las lamía. Sus sabores variaban dependiendo del material del sobre, de la lengua de la persona que las lamió primero, de lo que había comido o bebido, del tiempo que llevaba el sobre, de las condiciones del viaje, de si venia por aire, por agua o por tierra. Era toda una fantasía, todo un juego.
Anciano: Eso era una cochinada. Con razón es tan extraño, ya sabía yo que una persona normal no podía sacar a un par de ancianos para traerlos aquí. Usted está loco y, para remate, senil. ¿No te parece, amor?
Anciana: Pip, pip, pip, pip, pip, pip…
Alguien: Ustedes son los que están locos, ahora cállese y deje de molestar ¡Y usted deje ese maldito ruido!
Supervisor: (ENTRANDO, SE VE MAS VIEJO QUE ANTES). Paciencia. No pierdas la paciencia. Están entrenados para desarticular a cualquiera que trate de fastidiarlos.
Alguien: Señor, llevan horas hablando vascuencia. He tenido suficiente paciencia como para no matarlos.
Anciano: ¿Estos son tus nuevos hombres, Bermúdez? Pensé que ibas a ser mas fino con el tiempo.
Supervisor: Los tiempos cambian. Ahora hay cámaras de video, robots y puertas automáticas. El trabajo ha cambiado un poco, el entrenamiento también, ahora estos son agresivos, impulsivos, nada tácticos. Al menor movimiento, matan y después preguntan.
Alguien: Ese es nuestro trabajo.
Anciano: Eso no es trabajo, terminarás viejo, con un dolor de espalda y sin una verdadera mujer que te sirva siquiera un pocillo con caldo de pollo.
Supervisor: Déjalo, es solo un niño. Vamos a lo nuestro. ¿Donde esta lo mío?
Anciano: ¿Por qué me tratas tan fríamente? ¿Acaso ya no te soy útil? Solo quieres tu parte y ya. Estas viendo, amor…. Oye, deja ya eso, el juego terminó.
Supervisor: No podemos quemar el tiempo con amiguismos. Berta, dile que es cierto.
Anciana: Pip, pip, pip, pip, pip, pip…
Supervisor: Deja ese juego, no se te olvides que yo te lo enseñé… Jesús, dame mi parte y vete a despedir de tu madre.
Anciano: Ya no necesita que yo esté allí. Ya me tuvo de perro faldero gran parte de mi vida.
Alguien: Señora, ¿puede callarse?
Supervisor: No te hará caso, déjala. Está bien, dejemos que esto termine en calma. ¿Podrías decirme donde esta mi parte?
Anciano: Segura... No he tocado nada, soy muy transparente con mis cosas. Pasé una vergüenza pública por ti, para salvar todo nuestro futuro.
Supervisor: ¿Y eso qué?
Anciano: Quiero mis intereses
Supervisor: ¿Qué?
Anciano: Ya no puedo recuperar mi dignidad, así que el precio debe subir.
Supervisor: Sucio ladrón.
Anciano: Aprendí del mejor.
Supervisor: Estás loco, ese no fue el trato.
Anciano: No me importa, ahora yo tengo la ventaja.
Supervisor: ¿Quieres ver la ventaja? Mátalos.
Anciano: Hazlo y no tendrás nada.
Alguien: Será mejor que hable, o si no…
Anciano: ¿Si no qué? Deja de jugar al bravucón y ve a lamerle los huevos al del correo.
Alguien: ¡Maldito viejo! (SE ACERCA AL ANCIANO, QUE NO SE PERTURBA).
Supervisor: ¡Calma! ¡Calma! Está bien, Jesús, tú tienes la ventaja. Ahora debemos hacer un buen trato y todo termina… Bien, ¿cuánto quieres?
Anciano: Cincuenta.
Supervisor: Treinta y cinco
Anciano: Cincuenta o nada.
Supervisor: Cuarenta.
Anciano: No, cincuenta.
Supervisor: Hay que darles a otros, no nos va a alcanzar. Maldición…
Anciana: Pip, pip, pip, pip, pip, pip…
Anciano: Cincuenta.
Anciana: Pip, pip, pip, pip, pip, pip…
Supervisor: Es mucho.
Anciano: Cincuenta.
Anciana: Pip, pip, pip, pip, pip, pip…
Los tres: (A LA ANCIANA). Cállate.
Oscuro
ESCENA 7
Los tres hermanos tomando café.
Él: ¿Quién quiere galletas? Pienso ir a la tienda.
Ella: No puedes irte, ese es el trato.
Él: Por favor, ¿crees que los voy a traicionar y me voy a largar con todo?
Otro: Sí.
Él: Lo que faltaba. ¿Cómo es posible que un tonto negocio arruine nuestras relaciones de familia?
Otro: Por lo general, lo hacen. Quedamos en que no nos alejaríamos. Donde va uno, vamos todos.
Ella: Allí afuera todavía está ese viejo. Me molesta el no saber qué diablos quería.
Él: Lo que me molesta es que todavía estemos aquí sentados. Estoy harto de todo esto: esperar que venga mamá, preocuparnos de ese viejo de allí afuera. ¿Qué mal estamos haciendo? ¿Es un delito vender unos bienes familiares? Al fin y al cabo son nuestra herencia.
Otro: Legalmente no es nuestra. Ni siquiera estamos seguros de que sean de la abuela.
Ella: Tienen que ser de ella. Aquí no hay alguien más católico que la abuela.
Otro: Por eso. No creo que ella, con tanto amor hacia el Señor, haya pensado en un negocio así.
Él: Entonces son de mamá o papá. Ahora tenemos que deshacernos de ellos y listo.
Ella: ¿Deshacernos? Como si fueras capaz. Yo lo que pienso es que aguardemos un poco más. Hemos esperado años, creo que podemos hacerlo un par de días más.
Él: ¡No! Ese es el problema, siempre ponemos las cosas a la medida del tiempo, como si éste nos fuera a solucionar los problemas… Por una vez en la maldita vida, dejemos de estar sujetos al tiempo. Siempre fue mañana, hoy no: mañana. Miren, ya se murió la estúpida abuela y nunca pudimos sacarle la información. ¿Alguno tuvo la valentía de hacerlo? Siempre estamos aplazando todo. Nunca le preguntamos y cuando decidimos matarla, ella se muere. Pensamos en quitar del medio a nuestros padres y cuando lo teníamos listo, ellos desaparecen. Estoy harto. De verdad que me cansé… ¿Queda más café?
Ella: En la cocina.
Él: ¿Quieren más?
Otro: Yo paso.
Ella: Toma, pero no llenes la taza, que te quemas los dedos. (OTRO SE RÍE).
Él: Ve a reírte de tu abuela. ¡Necio! (SALE).
Ella: Deja de provocarlo.
Otro: Tú fuiste la que mencionó lo de sus dedos.
Ella: Fue sin malicia, de verdad.
Otro: Todavía le da rabia, pobre. ¿Ya te mencioné que una vez lo vi untándose crema para suavizar sus manos? Era la que utilizaba mamá. Quizás pensaba que así se le iban a quitar las manchas.
Ella: Pobre.
Otro: Sí, pobres. (SILENCIO).
Ella: Todavía ésta allí.
Otro: ¿El viejo?
Ella: SÍ. Está allí, en el frente, mirando hacia acá. ¿Para qué buscará a papá?
Otro: Algún viejo negocio. Se demora con los cafés.
Ella: Ve y ayúdalo. (OTRO SALE Y ENTRA ENSEGUIDA, SIN MUCHA EMOCIÓN).
Otro: Se escapó.
Ella: ¿Qué?
Otro: Que no está en la cocina. Se salió por la ventana.
Ella: Vamos a buscarlo.
Otro: ¿Para qué? Él volverá.
Ella: Se llevará todo. Debemos detenerlo.
Otro: Déjalo, la ambición lo va a joder. No demora en entrar con una maldición en la boca. (SILENCIO).
Ella: Está demorando. Vamos a buscarlo.
Otro: Calma.
Él: (ENTRANDO CON UNA BIBLIA NUEVA EN LA MANO). Maldita sea. ¿Quién diablos me explica esta mierda?
Ella: ¿Dónde estabas?
Él: En el puto infierno. Déjense de juegos y díganme donde están…
Comandante: (ASOMÁNDOSE POR LA PUERTA). Eso mismo estaba preguntándome, espero que sea la misma respuesta que esperamos.
Él: Estamos en una discusión familiar. Ya el sepelio acabó y le agradecemos que nos deje a solas.
Comandante: Mira, niñito, cierra la boca, y respóndanme de una vez por todas dónde están sus padres o tendré que ponerme violento.
Él: Ahora este maldito viejo pendejo nos amenaza.
Otro: Calma, Tomás. Señor, ¿podría decirnos cuál es el interés en nuestros padres?
Comandante: Vengo por un diezmo.
Ella: ¿Diezmo? ¿De qué esta hablando?
Comandante: Bienaventurados los ignorantes, porque ellos jamás se darán cuenta cuando lleguen a las puertas del reino.
Él: ¡Qué maravilla! Ahora resultó ser un evangélico cáustico y sarcástico.
Comandante: Religión. Deja que te hable de ellas, desde un principio han estado aquí, no hay medio donde se meta el hombre y no se tropiece con ellas. Es una necesidad, incluso si tratas de huir. Lo que nos reúne hoy aquí es una cuestión religiosa. Y sus padres podrían dar toda una cátedra sobre ella. Los veo y sé que me entienden, saben por dónde le llega el agua al molino. Ese refrán me lo enseño un viejo amigo y encaja muy bien ahora. He…, perdón, hemos esperado años este momento. Los días pasan y crece nuestra visión. El ser humano se vuelve tan bestia y tan nocivo para sí mismo que solo tiene una salida: esperar el final y la reivindicación de sus actos. Y puedes ser católico, evangélico, testigo de Jehová, jainista, budista, confuciano, sintoísta, judío, taoísta, hindú, ateo, musulmán o bahaísta, al final buscas tu encuentro con lo sacro. Y es cuando pensamos en ustedes, en traer regocijo y tranquilidad al mundo por medio de su fe. Y la fe cuesta. ¿Saben lo que se puede ganar uno anualmente invirtiendo en iglesias y cultos? Es más rentable que un banco o un bar, incluso, más que la política.
Él: Vaya, ese dato no lo tenía.
Ella: Cállate.
Él: Te he dicho que no me mandes a callar.
Otro: ¿Ya van a empezar otra vez?
Comandante: Déjalos, así es esta época. Tu padre sabía que iba a ocurrir, por eso se unió a este plan.
Él: ¿Oyeron? Dijo plan… ¿Usted qué sabe de nuestro plan?
Otro: Calla.
Comandante: Me imagino que ustedes también lo pensaron. ¿Verdad que la idea es buena?
Él: ¿La de las biblias?
Otro: Carajo, que te calles.
Comandante: Exacto. ¿Ven que nos entendemos?
Ella: No creo, no sabemos a que se refiere usted.
Comandante: Hace quince años, su padre y yo tuvimos una idea, pero necesitábamos apoyo y un buen amigo nos proporcionó una nube de humo para poder realizar nuestro plan. Ya pasó la cuaresma y es hora de sacar los talentos para que nos den fruto.
Otro: Deje de hablar así y díganos concretamente lo que quiere.
Comandante: Hijo, vive la esencia de lo dramático, estás ante un hecho trascendental en esta vida.
Él: ¿Y las biblias que tiene que ver con esto?
Ella: ¿Te vas a callar?
Comandante: Ellas son el centro de todo esto. Es nuestra arma.
El: ¿Arma? ¿Quién haría daños con biblias?… Nosotros pensamos en venderlas.
Comandante: Nosotros también.
Otro: ¿Nosotros?
Comandante: ¿Eres sordo o qué? ¿Acaso no te dije que tu padre y yo tenemos un negocio? (ENTRA EL SUPERVISOR SEGUIDO POR ALGUIEN Y LOS DOS ANCIANOS QUE TIENEN LOS OJOS VENDADOS).
Anciano: Como eres de pendejo, Bermúdez. ¿Me tapas los ojos para traerme a mi casa?
Alguien: Señor, ¿cómo supo el anciano que estamos es su casa?
Anciana: Por el olor a recién muerto, por el olor al café frío, por el olor de los muebles.
Anciano: No, es por ese ruido.
Anciana: ¿Cual?
Anciano: El grifo del vecino, está abierto. Reconozco esas gotas cayendo en el lavaplatos.
Comandante: Jesús, me alegra saber que todavía tienes oídos.
Anciano: Rondón, sabía que tú también te ibas a poner en éstas. ¿Acaso no podías ser mas cortés?
Ella: ¿Madre, estás bien?
Anciana: ¿Y tú también estás aquí?
Anciano: Los tres. Puedo escuchar como laten sus corazones anémicos.
Anciana: Sí, es cierto. Tomas también está aquí, huele a mi crema para manos. (OTRO RIE PEQUEÑAMENTE).
ÉL: Ve a reírte de tu madre. (SE VAN A LOS GOLPES).
Alguien: (SEPARÁNDOLOS) A ver niñas quédense quietos, o les doy a los dos.
Anciano: No lo toques o vas a ver lo que te pasa, maldito lame huevos de cartero.
Comandante: Bueno, cálmense. (A ALGUIEN). Quítale las vendas. ¿Así que los tenías de paseo?
Supervisor: No quería que se escaparan.
Comandante: Yo los esperaba acá, y me encontré con estas joyas. ¿Adivina qué? Estos pensaban llevarse la mercancía. Mínimo están pensando en el gran negocio familiar.
Supervisor: Y éste me pide el cincuenta por ciento del negocio. ¿Qué tal?
Comandante: Te dije desde un comienzo que teníamos que ser más audaces que este tipo.
Supervisor: Fue una buena coartada.
Anciano: Por lo mismo, pido mi cincuenta por ciento.
Otro: Disculpen, ¿podrían decirme de qué mierda hablan?
Anciana: Pablo, ven acá. (OTRO SE ACERCA A LA ANCIANA Y ESTA LE PEGA UNA CACHETADA). ¿Qué es ese lenguaje?
Otro: ¡Mamá! Le he dicho que no me ponga más la mano encima.
Anciana: No hasta que te comportes.
Comandante: Señora, lo que el niño está pidiendo es que le digan qué pasa… ¿No podríamos ayudarle?
Ella: ¿Padre?
Anciano: Ok, como quieran.
Anciana: Al grano, ve al grano.
Anciano: Hace años nos robamos una biblias en un almacén de artículos religiosos.
Supervisor: Todo, nos llevamos todo.
Anciano: ¿Lo cuentas tú o lo cuento yo? Saqueamos la tienda en mi turno de vigilancia. Regamos la mercancía por todos lados, menos las biblias. En ese tiempo todos tenían biblias en sus casas, una por familia, así que las guardamos esperando a que las generaciones futuras necesitaran más, el momento en que cada miembro necesitara una personal. Y éstas, que son edición de lujo, valdrían mucho.
Supervisor. Y más cuando se riegue la noticia de que éstas son las que desaparecieron del almacén…
Comandante: Todos van a querer las biblias santas, las resucitadas.
Anciano: Sí, me echaron del trabajo por negligencia…
Supervisor: Aunque seguíamos pagándole mensualmente.
Anciano: Esperamos que la gente olvidara el caso, mas no las biblias.
Él: ¿Así que las biblias son suyas? Ve, y nosotros pensando que eran de la abuela.
Anciana: No, para nada. Tuvimos que esconderlas, porque sí esa señora se enteraba, nos denunciaba a todos. Y más con la prensa y las investigaciones diarias. Todavía viene la policía a preguntar.
Comandante: Solo a preguntar, señora, solo a preguntar.
Otro: Bueno, ahora que todo está más claro, podemos sacarle juntos provecho a esto.
Anciano: ¿Qué? ¿Estás loco? Ustedes no tienen ninguna vela en este asunto.
Él: Claro, ya las vendieron y a nosotros no nos toca nada... ¿Vieron( Hubiéramos matado a la abuela, hace rato, y el negocio habría sido nuestro.
Anciana: ¡Mataron a la abuela!
Él: ¡No! Si no alcanzamos, ella se murió sola.
Ella: Cállate.
Otro: Lo importante es que ustedes están bien.
Él: Sí, porque también los íbamos a matar.
Otro: ¿Te puedes quedar callado?
Él: Que no me mandes a callar.
Anciano: Tomás, calla de una vez o te meto las manos en vinagre.
Alguien: ¿Vinagre?
Anciana: (AL ANCIANO). ¿Ahora?
Anciano: Si, ahora.
Anciana: Mamá era mala conmigo y me llevaba todos lo días al río y allí me hundía, queriendo ahogarme, pero ella decía que era para bautizarme ¿Cuántas veces tiene que bautizarse uno en esta vida?
Alguien: Ya empezaron.
Anciano: Mi padre me odiaba, yo lo sabía, jamás lo conocí. Tanta era la ira que me tenía, que se murió tres meses antes de que yo naciera. Jamás se lo perdoné. Por eso, cuando estos mocosos se portan mal, los castigo, como él lo abría hecho conmigo. Una vez, Santiago...
Anciana: Tomás.
Anciano: Sí, Tomás, fue Tomás… Santiago nunca nació.
Supervisor: Jesús, deja de jugar.
Anciano: Eso le decía a este muchachito… ¿Cómo es?
Supervisor: Tomás.
Anciana: Abraham, el señor me ha preguntado a mí.
Supervisor: Eso no funciona, Berta.
Alguien: ¿Abraham? Aquí, ¿quién es Abraham?
Anciano: El que abrió el Mar Rojo en tres.
Anciana: Ese fue Moisés, el vecino de Ruth. No le hagan caso, está senil.
Anciano: ¡Senil Tomás! Que por no dejar de jugar, le metí las manos en vinagre, tres días con sus noches. Cuando las tenía como una aceituna, se las saqué.
Él: No me lo recuerde, viejo imbécil.
Anciano: Respeta a tus ancestros ¿o es que acaso quieres que estrelle mi mano contra la pared…?
Alguien: …hasta que un hueso rompa su piel y luego con la mano astillada y sangrante le partiría la boca. Atrévete y sabrás qué es la cólera del pasado. Tus ancestros vendrán y te darán tu merecido. De una vez por todas, aprenderás lo que es el maldito respeto.
Anciana: Puedo morir en paz. Este joven tiene salvación, se sabe el Corán… Ven, Jesús, vamos a orar a… ¿Cuál Dios toca hoy?
Anciano: Gandhi. (SE ABRAZAN Y SIMULAN ORAR, ALGUIEN SOLLOZA DE DESESPERACION).
Supervisor: Toda una obra de arte.
Comandante: Si, definitivamente son los mejores.
ÉL: Ya me harté, nuestro dinero se fue como vino. Si ya vendieron sus biblias, ¿por qué no se van?
Comandante: Todavía no las hemos vendido.
Él: Claro que las vendieron.
Supervisor: Apenas las vamos a vender.
Él: ¿Y por qué se las llevaron de la bodega?
Comandante: ¿Qué?
Él: Que las biblias no están allí. (EL COMANDANTE SALE Y ENTRA).
Comandante: ¿Donde están las biblias? No están en la bodega.
Anciano: (CORTANTE EN SU JUEGO CON LA ANCIANA). ¿Que? (LA ANCIANA SALE).
Supervisor: Jesús, no te pases de listo. Dime dónde están las biblias o te mato aquí mismo.
Anciana (ENTRANDO). Mierda. Las biblias no están.
Anciano: (A SUS HIJOS). ¿Donde están? Hablen ahora mismo.
Otro: Que voy a saber, también nos dimos cuenta cuando este señor llegó.
Ella: Seguro él sabe algo, estuvo en casa todo el tiempo y con los policías allí afuera vigilando, estoy segura de que él entró a distraernos mientras sus hombres las sacaban a escondidas.
Él: Y también se tomaron el café. Los policías son una mierda.
Anciana: (GOLPEA A ÉL, EN LA BOCA). Cuida ese lenguaje.
Comandante: Yo no saqué nada de aquí. Ustedes son unos mañosos que quieren confundirnos a todos y quedarse con el negocio.
Supervisor. Conmigo no se juega, Jesús. (A ALGUIEN, A QUIEN TODAVÍA SE LE VE SOLLOZANDO). Mátalos.
Alguien: Yo no quería lamer los huevos de nadie, solo quería probar el sabor de las estampillas. (SOLLOZA CON MÁS DOLOR).
Supervisor: Jesús, ya te tiraste a otro, mierda.
Anciana: (GOLPEA AL SUPERVISOR). Cuida ese lenguaje.
Supervisor: (TOMÁNDOLA POR EL BRAZO). Quieta. vieja estúpida.
Ella: (TOMANDO EN FORMA AUDAZ EL ARMA DE ALGUIEN). Suéltala o le perforo la próstata.
Anciana: Dale, no hables. ¡Dispara!
Comandante: (SACANDO SU ARMA Y APUNTADO AL ANCIANO). Quieta o le vuelo los huevos a su padre.
Anciana: Dispara, que a él no les sirven ya.
Anciano: ¡No! ¡No! Espera. No es momento de ponernos seniles.
Otro: Calmémonos y veamos qué pasó.
Supervisor: Vamos, no jueguen. Ustedes se llevaron las biblias.
Él: No lo hicimos, yo me las iba a llevar, y cuando las fui a buscar, no estaban. Es la verdad.
Comandante: No les creo.
Anciano: Yo tampoco.
Otro: ¡Papá!
Anciano: Son mis hijos, criados a mi imagen y semejanza.
Ella: Pues no lo hemos hecho nosotros. Se necesita un ejército para sacar treinta mil biblias.
Supervisor: ¿Treinta mil? ¡Si eran cincuenta mil!
Anciana: Los ratones se las comieron. Cuando me di cuenta, quise matarlas, pero se fueron de peregrinación y no volvieron más.
Anciano: Mujer, no te pongas senil.
Anciana: No estoy senil, es verdad, te lo juro. Por mi mamá, que se acabo de ir para el cielo.
Ella: La abuela. Quizás ella se las llevó.
Él: ¿Al cielo?
Otro: Cállate. Eso puede ser, quizás las vendió.
Anciano: ¿Y cómo podríamos saber eso?
Ella: La herencia. Ella dijo que podía morir en paz porque dejaba a la familia en alto, quizás las vendió y nos dejo el dinero en herencia.
Supervisor: Si es así, quiero mi parte completa.
Anciana: Toma, Pablo, lee. (DANDOLE UNA CARTA).
Él: ¿Por qué la tiene que leer siempre él?
Anciano: Porque no se le caen las cosas de las manos.
Él: Un día de estos, papá, un día de estos... (OTRO LEE MENTALMENTE Y TODOS ESTÁN ATENTOS).
Anciana: Habla, muchacho.
Otro: Perdona, mamá… ¡Mierda!
Anciano: ¿Qué?
Anciana: Di qué pasó.
Otro: (ENTREGANDO LA CARTA AL COMANDANTE). La tonta deja en alto el nombre de la familia.
Ella: ¿Qué? No entiendo.
Otro: Que nos reivindico ante Dios.
Él: ¿Como así?
Comandante: ¡La muy estúpida donó las biblias!
Supervisor: ¿Qué?
Comandante: (DÁNDOLE LA CARTA AL SUPERVISOR). Nos jodimos.
Anciano: ¿Y en qué momento hizo eso?
Comandante: Esto es otra tuya, Jesús, tú siempre tienes una mentira para todos.
Anciano: De verdad. Yo no he tenido nada que ver en esto.
Supervisor: Las mandó hace dos días a la China.
Comandante: ¿La china? Pero si allá son ateos.
Supervisor: Quizás estemos a tiempo, quizás esa mercancía no haya salido de la ciudad.
Comandante: No esperemos más. Jesús, no te pierdas porque éstas las pagas. (SALE).
Supervisor: (A ALGUIEN). No los dejes salir. Si tratan de huir, mátalos. (SALE).
Alguien: No, no me deje aquí. Con ellos, no. Señor, ¿por que me ha abandonado?
Ella: Cálmese, no le pasará nada.
Él: ¿Vieron? Les dije que teníamos que hacer las cosas rápido.
Otro: Todo se fue a la mierda.
Anciana: Estoy tan consternada que por esta vez no te pego, Pablo.
Otro: Por favor, mamá, ya tengo treinta y tres años. No soy un niño.
Anciano: Lo que nos queda es largarnos de aquí. Y después averiguar cómo la abuela sacó esas biblias.
Él: Hace cinco días vino un camión de carga y se llevó como mil cajas.
Ella: ¿Y por qué no dijiste nada?
Él: ¿Cómo iba a saber yo que en mil cajas cabían treinta mil biblias?
Otro: Mucho imbécil.
Ella: ¿Por qué no nos vamos antes que regresen?
Alguien: ¡Si se mueven, los mato!
Anciano: Vayan saliendo por atrás, yo me encargo de éste. (SALEN CAUTELOSAMENTE. ALGUIEN TIEMBLA. EL ANCIANO CAMINA HACIA ÉL).
Anciano: ¡Job! ¡Regresaste! Espero que me hayas traído las estampillas de África.
(APAGÓN)
Anciano: (SOBRE EL APAGÓN). Ayer terminó la guerra y fuimos a la casa de la abuela. Mientras todos comían, me escapé y me oriné las rosas, pero las bellacas se sacudieron y me enterraron sus espinas en la frente. (ALGUIEN GRITA Y SUENA UN DISPARO. SILENCIO CORTO). Bueno, no me creas, pero todavía se me ven las marcas.
ESCENA 8
Comandante y supervisor nuevamente jóvenes, frente al público. Es una rueda de prensa.
Comandante: Mis queridos periodistas, nosotros, sin ustedes, no somos nada. Ustedes son los que nos manejan los hechos para que podamos entenderlos y poder vivir mejor… Son los primeros que merecen escuchar, de primera mano, los resultados de las investigaciones en relación con el robo terrorista al almacén de artículos religiosos “Divina Redención”, delito efectuado el 4 de enero del año en curso, a las 22 horas, para mayor contundencia del informe. El supervisor general de la entidad de seguridad encargado de la vigilancia del almacén les va hablar. Adelante, supervisor.
Supervisor: Es una lástima informales, queridos periodistas, que la investigación del delito cometido nos da como resultado el que unos subversivos del bien moral de esta ciudad, con fines demoníacos, robaron todos los artículos religiosos y luego dieron rienda suelta al comercio informal en otras ciudades. Dada la magnitud del hecho y teniendo en cuenta el prestigioso nombre de la empresa para la cual laboro, tenemos que castigar a los culpables y ajustar medidas internas. Por eso informo que ante este hecho, solo podemos destituir al señor Jesús Cristian Carpintero, ya que, por la negligencia durante su turno, se descuidó y permitió que los delincuentes nos robaran no solo los bienes materiales sino también nuestros espíritus. (AMBOS ESCUCHAN COMO SI LE HABLARAN DEL PÚBLICO, SE MIRAN Y EL COMANDANTE TOMA LA PALABRA).
Comandante: El señor Jesús Cristo, perdón, Jesús Cristian, se quejaba de una gripa y al momento del robo estaba durmiendo por causa del medicamento. Con respecto a las biblias que subieron al cielo, no hay hechos científicos que nos comprueben el acontecimiento. Claro, nos alegra saber que las biblias se salvaron del robo… Pero eso es lo que nos preguntamos nosotros también. ¿Dónde están las biblias? ¿Será que subieron al cielo y están a la derecha del Padre? No, señorita, no me estoy burlando. Si la gente lo toma como una broma, es porque ustedes lo muestran así.
Supervisor: De todas maneras, disculpen. Para terminar esta rueda de prensa, podemos decir que ya que nuestro talento humano nos fallo, por motivos ajenos a la voluntad, aquí la única culpa podría reposar es esos seres sin objetivos en la vida, que solo están adoctrinados para cumplir nuestras órdenes. Los perros nos fallaron, ellos tienen la culpa por no cumplir con su misión: cuidar y ladrar. Muchas gracias, que tengan buena tarde. (RETIRÁNDOSE LOS DOS).
Comandante: Pensé que la culpa era de las personas.
Supervisor: Por eso. Nos fallaron los perros. (OSCURO).
Barranquilla, agosto del 2006.
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© Sergio Sarmiento T.
LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN: 0124 - 9282
Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen IX – Número 35
Octubre-Noviembre-Diciembre de 2008
SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290
PROGRAMA DE HUMANIDADES Y LENGUA CASTELLANA
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia
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