Los  colores de la muerte

Lina María Pérez

  El silencio retumba en los corredores de la caleta, esa tumba enorme diez metros bajo tierra. Recostado contra el frío muro de hormigón, Graciliano Gómez, irreconocible en su facha de pordiosero,  despierta con un hambre feroz. El  estar vivo le supone un reto para decidir si recurre al suicidio o si se deja morir de inanición. Aturdido por un presentimiento, pega el oído a la puerta de la habitación. Espera sin respuesta  los ruidos sutiles, a veces amodorrados, pero al fin ruidos de pasos breves, de pinceladas y trajín de tubos, frascos y papeles. Dos cerraduras y una pesada tranca parecen tareas sobrehumanas contra sus movimientos lerdos, el escalofrío y la debilidad.  La puerta cede, por fin, bajo su pulso agitado. Sobre el enorme caballete, los trazos incipientes de Las Meninas, y tendido en el suelo, sobre una pila de bocetos, el cadáver de Marcial  Torremares con  las manos agarrotadas y los ojos espantados. El contratiempo  pone fin al cautiverio de tres años, ocho meses y  dieciséis  días con el que Graciliano Gómez  obligó al reconocido plagiario a reproducir las más grandes obras de la pintura universal  para su exclusiva posesión.  Al principio lo compró con privilegios y, tramposo al fin, el seudo artista se dejó seducir con una vida a cuerpo de rey que no le correspondía, y le permitiría ahorrar para el resto de su larga vida; qué mas le daba si era dinero sucio o no. 
 
  Cuando Torremares se percató de los primeros movimientos de las tropas para apresar a Gómez, el hábil narcotraficante,  pensó que sería libre de nuevo. Estaba hastiado de su propio talento; la obligación  de cumplir un plan calculado  de plagios lo  llenó de amargura.  Desde la ventana del altillo  observó cómo se cumplía la estrategia para cazar la ansiada presa.  Una mano fuerte se posó en su hombro y una llave de judo lo redujo al desamparo mientras una aguja helada pinchó su muslo.  Despertó en la caleta  con la orden perentoria de “continuar el plan establecido, nada de comodidades, apenas lo necesario para subsistir  hasta que logremos regresar a la clandestinidad”. Una puerta con doble cerradura y una pesada tranca exterior lo redujeron a  una lastimera prisión.  Ese debió ser el último recuerdo de Torremares cuando expiró  en  medio de apuntes de Velázquez, pinceles y espátulas y las tripas pegadas al espinazo.  

  Lo que no previó Graciliano Gómez,  fue su propio final de rata hambrienta: sin comunicación con el mundo exterior, vestido con harapos, desposeído de sus afectos familiares, del carrusel de puticas y de la nómina de guardaespaldas y servidores.  La caleta fue construida para sobrevivir seis meses con todas las facilidades pero ahora no es más que un enorme sepulcro que hace tiempo no recibe provisiones. No le quedaba nada, ni siquiera el sueño de regresar a sus privilegios de pícaro, y la muerte de Torremares  mataba también  la falsa e inútil  ilusión de completar su  galería mentirosa.  Desamparado y sin alientos para sortear las partidas que le jugaba la cordura,  no tenía mucho qué perder.   

  Abriéndose paso entre latas, desperdicios y hedores acumulados durante los meses  de encierro, se arrastra hasta  su bunker-museo. En el recinto, limpio y  sin huellas de las inmundicias de los cuartos vecinos, navega un fuerte olor a óleo y acuarela.  Van Goghs y Boteros,  Picassos y Monets, Goyas, Rembrandts y Grecos reproducidos para él  por su plagiario difunto, cuelgan imperturbables  a la sordidez. Los ojos dementes  de Graciliano Gómez se deslumbran ante  su remedo de galería universal. 

  El hambre estrangula  su patética  mirada. El espejismo de colores, esfumatos, turgencias y volúmenes le sugieren la idea de vencer la proximidad de la  muerte o la terquedad de la vida. Da lo mismo.  Pica los girasoles, rebana los muslos rollizos, los brazos macizos, los cachetes mofletudos, y mutila la  deformidad geométrica de ojos, bocas, orejas  y narices. Observa los reflejos serenos de  la luz  en las  aguas azules.  No lo piensa dos veces y el cuchillo obedece la orden.
 
  Sasona con aceite de oliva y mostaza francesa los componentes de su manjar urgente servido en una fuente de plata. Graciliano Gómez se recuesta en el suelo con la mente en blanco. Una espesa baba de colores  escurre  por la comisura izquierda de su boca. 

La autora:

Lina María Pérez, escritora y filósofa Javeriana. Nació en Bogotá y ha estado vinculada con diversos proyectos culturales. Su labor como cuentista ha sido reconocida por la crítica nacional e internacional. Ha ganado diversos premios entre los cuales podemos destacar el Juan Rulfo, Modalidad Semana Negra, convocado por Radio Francia Internacional, con su cuento "Silencio de neón" (1999). También el Premio Nacional de cuento Pedro Gómez Valderrama, en el 2000, con "Sonata en mí", que fue publicado en la Revista Número 28. En el 2001 publicó su libro Cuentos sin antifaz. En el libro Retablo de voces se incluye “Ni quedan huellas en el agua”, que pueden leer también en la Revista Número 36: www.revistanumero.com
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©   Lina María Pérez

LA CASA DE ASTERIÓN
ISSN:  0124 - 9282

Revista Trimestral de Estudios Literarios
Volumen IX – Número 35
Octubre-Noviembre-Diciembre de 2008

SUPLEMENTO LITERARIO CARIBANÍA
ISSN: 0124 - 9290

PROGRAMA DE HUMANIDADES Y LENGUA CASTELLANA
FACULTAD DE CIENCIAS HUMANAS - FACULTAD DE EDUCACIÓN
UNIVERSIDAD DEL ATLÁNTICO
Barranquilla - Colombia

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